viernes, 30 de mayo de 2014

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD

LA CONQUISTA POR EL RESPETO Y LA DIGNIDAD







Mi padre pidió el traslado, y la familia, con la casa a cuestas como los caracoles, vino desde Lorca a Murcia. Yo tenía siete años, y ese cambio, como otros muchos que sucedieron a lo largo de mi vida, resultó traumático. Dejaba atrás mi pequeño mundo de las Casas Baratas, mis amigos, y venía a instalarme en un nuevo mundo, ignoto y por descubrir. Por de pronto, tenía que cambiar de colegio, y ese cambio se producía a mitad de curso, así que llegué al colegio de don Ramiro como el nuevo.
El colegio se encontraba en El Royo, y era cochambroso y cutre; a la sazón, creo, lo constituían tres aulas mal iluminadas en los bajos de un inmueble. Una, para los cagones, que llamábamos los pequeños; otra, para gente comprendida por un arco de edad entre los siete y los doce años; otra, para gente mayor. Yo vine, por edad, a pertenecer a la del medio.  La profesora que me cayó en suertes fue la señorita Delfina, mujer joven que andaba por la veintena, pero que a mí se me antojaba crecida en años.
El horario de clases era partido: de nueve a una de la mañana, y de tres a cinco de la tarde. Los padres que querían añadir una hora de permanencia a sus hijos pagaban un poco más, y estos salían a las seis. El aula era multiforme y de variopinto pelaje. Recuerdo unos pupitres vejestorios, acuchillados en su mayor parte, ajados y con rótulos empotrados en la innoble y roñosa madera que hacían alusión a leyendas que podríamos considerar de mal gusto. Unas columnas mal encaladas partían el espacio, y los alumnos pillines sentaban plaza detrás de las mismas para no ser vistos; al fondo quedaba una gran mesa carcomida, rodeada de sillas desvencijadas, restos, supongo, de un glorioso pasado. Adosado a uno de los laterales se encontraba el  viejo retrete de taza turca, con unos baldosines que en otra época debían de haber sido blancos, pero que ahora se hallaban muy renegridos, por donde se deslizaban, gloriosas, las moscas y las beatas, tan acostumbradas a ese amable hábitat que apenas se alteraban cuando desde un cordoncito sucio alguien hacía operar la ruidosa cisterna.
Vine a ocupar uno de los primeros puestos (mi padre había hablado con don Ramiro), muy cerca de la tarima donde se elevaba la mesa de la señorita Delfina. Era fácil intuir allí el color de sus bragas, por lo que la señorita Delfina, aunque en Lorca había jugado a los médicos con las niñas y administrado alguna inyección que otra, vino a constituir mi primer amor platónico. No pretenda nadie que yo venga a referir lo que mi imaginación perturbaba maquinaba, pero puedo decir que aquellos excesos eran inocentes de alguna manera porque todavía no se había producido mi despertar sexual.
Recuerdo el olor de los lápices y las gomas, las manchas de tinta que salpicaban las ropas de los críos, los ruidos que entraban de la calle, broncos, cuando había pelea, o suaves y murmurantes en medio de los estampidos de coches o motos, interrumpidos no tan de tarde en tarde por la ininteligible voz de un carretero que jaleaba a la mula. En el aula, cuando no íbamos por riguroso turno al retrete, nos entregábamos a la ciencia. La señorita Delfina con aterciopelada dicción explicaba las lecciones aquellas de la Enciclopedia Álvarez, en mi caso la de 2º grado, y, a mi entender, lo hacía con gran conocimiento. Aquella mujer se multiplicaba: daba palos a la gramática, la historia, la religión, la literatura, las matemáticas, y, ayudada por un gran mapa desplegado en el que había curiosas y atrayentes palabras ―cordillera Carpetovetónica, Bética, Penibética; pico Aneto, Moncayo, Mulhacén…―, a la geografía. No había misterio que no alcanzara su saber; entre los obligados palmetazos para imponer el orden y los castigos de rodillas, corregía deberes o nos obligaba a escribir con tediosos dictados, o nos sacaba al encerado donde teníamos que realizar insufribles sumas, o restas, o divisiones, o multiplicaciones.

En aquel ambiente de estudio yo hubiera sido feliz si mis compañeros a la salida de las clases no me hubieran zurrado. Un niño bajo, gordezuelo y con pocas habilidades sociales atrae pronto la ira de sus semejantes; para colmo, había llegado a mitad de curso y me habían asignado una de las plazas de la primera bancada: vine a constituir, sin lugar a dudas, un extraño pegote adosado a aquel, ya de por sí, heterogéneo conglomerado. Muchos años después, cuando estudié a fondo mi carta astrológica, pude comprender el juego de las estructuras y por qué ciertos esquemas se habían repetido de forma tan insistente a lo largo de mi vida (y, lo más grave, la razón por la que seguirían repitiéndose); supe entonces por qué yo tenía aquella facilidad tan grande de, en vez de amigos, hacer enemigos, y por qué al dar un puntapié a una piedra estos salían en masa. Pero esto sabido, también comprendí, que los esquemas no distraen la responsabilidad de cada uno ante el mal, porque el esquema o la metafísica están ahí, pero las decisiones son libres.
Pero vengo a las zurras, pues bien que me las dieron, y de lo lindo. No había día que pasara sin que me crujieran la badana. Cualquier motivo era bueno para darme leña, así que se olvidaron los motivos por la que me la daban (a ellos y a mí), y sin razones aparentes o causas que lo justificaran, me sacudían porque sí, porque les daba la gana, con generosa magnificencia. Dádiva no querida, pero otorgada; dádiva de palos y puntapiés, de puñetazos, de capones, de collejas, de pescozones, de tortas, de guantazos. Y yo sufriendo en silencio los abusivos asperges. Recuerdo días horribles de angustia, tanto así que la mierda la llevaba pegada al culo y, de apretarla, comencé a sufrir problemas de estreñimiento, y ni con lavativas, ¡la leche!
Una tarde llegó el más chulo de todos los críos, un matoncete cuya fama había trascendido los difusos límites de la pequeña Murcia de aquel entonces adentrándose por la huerta, al que todos le teníamos miedo, pues repartía con desusada generosidad sin recibir nada a cambio, y me dijo que a la salida me iba a dar una paliza.
―A la salida te voy a dar una paliza ―eso me dijo. Y creo que remarcó―: ¡Vas a cobrar, cabrón!
A ese niñato, por si acaso aún viviera y, no lo quiera el azar, estas palabras mías cayeran bajo su procaz mirada, lo llamaré con el supuesto nombre de Angelico. El Angelico era tres o cuatro años mayor que yo, y me sacaba la cabeza; musculado, grande, con el belfo velludo y la voz mudada, parecía una torre. Esto dicho, no era lo mismo recibir algún capón o patada de enemigo insignificante que del Angelico; los otros críos eran de fuerzas menguadas, pero el Angelico… el Angelico… ¡te podía matar a palos!
Cuando me soltó la amenaza, quedé aterrorizado. Niño normalmente atento a las explicaciones de la señorita Delfina, de repente quedé como idiotizado; estas, se me volvieron difusas, en amalgama, y comencé a oírlas en sordina. La señorita Delfina explicaba con su candorosa voz, como he dicho, pero yo no me enteraba de nada; la atención la tenía puesta en mi propia angustia. ¿Por qué me pega? ¿Qué le he hecho? ¿No tiene bastante con moler a los de su edad?, eran preguntas que me volvían a las mientes una y otra vez, de forma repetitiva, angustiosa. Apreté más la mierda en el culo para volverme insignificante y desaparecer, y deseé ―e incluso recé― un golpe de suerte: que el Angelico buscara gresca con otro y se olvidara de que me tenía que zurrar.

No fue así. Sonó la sirena que daba por acabada la jornada. Con fines de distracción remoloneé lo que pude a la hora de recoger mis cosas; dejé que salieran mis compañeros y me quedé para el último, quizá tuviera suerte. Pero a la puerta me esperaba el Angelico, fiel a su promesa; un coro de críos malos y sedientos de sangre lo jaleaba. El Angelico se hallaba en todo su esplendor y con una autoestima muy elevada; al verme, tiró para mí con aires chulescos, con arrogancia, con superioridad, dueño de la situación y dispuesto a matarme.
Fue entonces cuando sucedió algo que me cogió por sorpresa hasta a mí mismo. Sentí de repente una extraña energía; una fuerza se apoderó de mí, la cabeza se me voló literalmente, me silbaron los oídos y yo dejé de ser yo. Inciertos me llegan los recuerdos sobre lo que sucedió; no sabría reconstruir la escena. Arrojé la cartera al suelo ―se desparramaron los libros―, y tiré para el Angelico que, pavoneándose, venía hacia mí. Le salté y comencé a morderlo, a arañarlo, a darle puñetazos. Lo derribé, y lo pateé; lo pateé con todas mis fuerzas, lo pateé y le mordí, y le mordí, y le mordí, y le mordí… ¡hasta arrancarle el hígado!
Debió de formarse un griterío enorme, pues, apresurada, vi salir a doña Delfina. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar!, oía de forma lejana. ¡Lo va a matar! ¡Lo va a matar! Los críos, el coro, gritaban, pero nadie me ponía la mano encima. ¡Que lo mata! ¡Que lo mata!
Eché a correr. Sé que eché a correr. El Angelico quedó tirado en el suelo, llorando y doliéndose, y vi que doña Delfina se inclinaba hacia él. Me llamó doña Delfina a voces, pero ya estaba lejos, corriendo. Llegué a una acequia, y me perdí entre los cañares por un pasadizo secreto que solo yo conocía. Sé que anduve entre las cañas, perdido. Me distraía ver correr las aguas sucias, oír el sordo rumor de aquella acequia encenagada.
Me esperaban varias sorpresas en el versátil futuro. Cuando llegué a casa me encontré a mi madre enfurruñada. El Angelico, el muy mamón y poco hombre, había ido llorando desde el colegio hasta mi casa, y se había chivado a mi madre de la felpa que le había sacudido. Le enseñó los arañazos del cuello, y lloró y se lamentó ante ella de modo entrecortado, debido a la incipiente hinchazón que comenzaba a abultarle los morros. Mi madre, la pobre, sacó algodón, agua oxigenada, y lo curó como pudo. De eso me enteré más tarde, porque, al regreso de la excursión por los cañares, ignoraba la rastrera jugada del Angelico. Casi con toda seguridad me llevé algún zapatillazo, pues mi madre era muy dada a tirar de zapatilla, y aquella tardé la pasé encerrado en mi cuarto.

Al día siguiente, después de pasar lista, en un silencio horroroso, la señorita Delfina me instó a que saliera frente a mis compañeros. Se levantó de su silla y, sin mediar palabra, me soltó un bofetón; no me dolió, provenía de ella. Luego vino el rapapolvo; con mucho énfasis puesto en el hablar dijo cosas de mí que no eran ciertas y hasta me recordó a mis padres. Por último, para poner rúbrica y guinda a su hacendoso discurso, me conminó a que me arrepintiera por lo que había hecho y que le pidiera perdón al Angelico, que a la postre se encontraba por allí sentado, con la cabeza baja, el cuello desollado y los morros hinchados; algún moretón que otro le afloraba por la cara y un ojo lo tenía menos que entreabierto, a la virulé. Ante mi negativa a hablar, la señorita Delfina arreció en sus descalificativos hasta que terminó con la recriminación de que yo era un Intocable:
—Eres un intocable, un intocable, un intocable... ¡Intocable! ¡Intocable! ¡Intocable!...
¡Qué bríos! Estaba histérica, y yo no podía entender por qué prefería defender al Angelico y no a mí, pues era yo el afrentado y siempre había llevado las de perder a sus ojos ciegos; además, al expresarse de aquel modo, dejaba a las claras que era seguidora de una serie de las que se emitían por televisión.
La señorita Delfina terminó por desterrarme a la patética mesa del fondo, eso sí, con la orden explícita al resto de mis compañeros de que no hablaran conmigo. Ninguno debía dirigirme la palabra, y menos contestar si yo se la dirigía a ellos, ni dentro ni fuera del aula; nadie podía dejarme el sacapuntas, la goma, el boli, el lápiz, alguna cuartilla, etcétera. Tampoco intercambiar saludos. Yo me había convertido por arte de birlibirloque en un apestado, en un intocable. Y, lo cierto, es que algo de verdad debería de haber en eso, pues mis compañeros, tras ponerme el apodo de El Gato, dejaron de canearme. Y el Angelico, a pesar de que los dos vivíamos en las Casas de la Renfe y le era fácil perpetrar alguna represalia, no llegó a tramar ninguna, y de ahí en adelante me trató con mucho respeto, casi me huía.
A los pocos días, la señorita Delfina me llamó a su lado. Muy digna, casi ofendida, me preguntó si quería volver a mi antiguo puesto, en la primera fila de la clase, a lo que le dije que no, que me encontraba muy a gusto en donde estaba. Sé que la señorita Delfina se sorprendió de mi respuesta, porque después oí comentarios; dicho lo cual, a partir de ese momento flexibilizó el castigo y con cualquier pretexto mandaba otro niño a la mesa del fondo donde yo me encontraba: la de los intocables, que así pasó a llamarse.
Mi padre había tomado cartas en el asunto. Cuando se enteró del affaire (hacía servicios de varios días, incluidas noches), realizó tres movimientos en ese tablero de ajedrez que suponen las decisiones. Con el primero le explicó a mi madre que defenderse no era cosa de gentuza, y que si el crío le ha pegado a otro que venía a pegarle a él, ha hecho lo correcto. El segundo consistió en una visita: fue a hablar con don Ramiro. No sé en qué términos se desarrolló aquella entrevista, pero a partir de la misma, don Ramiro, al que se le tenía mucho respeto en mi casa, dejó de ser don Ramiro, y se convirtió en Don Capullos, y el colegio que regentaba, pasó a denominársele el Colegio de Don Capullos. Como tercer movimiento negoció mi entrada en otro colegio; de esta forma, en el siguiente curso escolar fui a los Jerónimos (pasado el tiempo, denominado SANJE), y constituí uno de los alumnos que formaron la primera promoción que subió al kilómetro uno de la carretera de Alcantarilla a Mula, pero eso ya es harina de otro costal.
Los actos que realizamos, aunque no admitan la posibilidad de una elección, tienen consecuencias. La vida me ha puesto muchas veces en difíciles tesituras; he tenido la desgracia, por aquello de los esquemas que se repiten mencionado más arriba, de encontrarme a menudo con Angelicos, Miguelicos, Paquicos, Hijoputicos, Cabroncicos y Tontoelpijicos de diversa índole. Algunos de estos, a pesar de que pertenezco al grupo de los sufridores y poco proactivos, salieron escaldados a fondo, y supongo que para bien, porque seguro que el escalde les habrá servido para rectificar conductas impropias.

Me gané el derecho al respeto y la dignidad a un precio muy duro. Yo era mejor que ellos: hacía los deberes, llevaba mi cuaderno plagado de Muy Bienes y siempre respondía a las preguntas de la señorita Delfina. Venía de un colegio de amplios ventanales, iluminado de sol, y, en la clase de don José, había ocupado plaza en el Cuadro de Honor. Me gustaba aprender y en mí habían cristalizado los hábitos de estudio. El cambio fue brutal. Me pregunto si El Angelico de los cojones, cuando pasados los años estuviera apretando tornillos, recordaría que un niño de aire triste, gordezuelo y algo repelente, le paró los pies en seco y le dio una tunda de antología, y meditaría al respecto.

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                                       Jesús Cánovas Martínez©




lunes, 26 de mayo de 2014

EL TELEVISOR

EL TELEVISOR




En la primavera-verano del año 1968 yo tenía once años y vivía en Murcia, en un gueto que llamaban las Casas de la Renfe. Las Casas de la Renfe se encontraban, y todavía se encuentran, en la carretera de Patiño, empotradas entre las Calderas del Gas y los talleres de la estación de ferrocarril, y las llamaban de esta forma, y todavía las llaman, porque en ellas habitaba, y todavía habita, una colonia de ferroviarios. Allí pasé parte de mi infancia, desde los siete hasta los trece años, y hubiera pasado también mi adolescencia y juventud si a mi padre, a la sazón maquinista, no lo hubieran trasladado a Madrid para conducir lo que por aquella época era uno de los trenes de lujo, me refiero al TER.
Pero no quiero perderme en episodios que ahora no vienen a cuento, por lo que vuelvo a las Casas de la Renfe donde mi infancia, como casi todas las infancias, discurría feliz, ya que cuando somos niños la ignorancia, a la vez que la inocencia, cubren con un velo la triste realidad del mundo y la tornan opaca. Todo era feliz entonces, y la vida primigenia se afirmaba con rotundidad, tan luminosa y fragante como solo lo es por las tierras del sur. ¿Problemas? Por supuesto que sí, y muchos, pero eran estos menudos, y si alguno de ellos adquiría el toque de la gravedad, al cabo de pocos días se volvía insignificante.
En aquel año de 1968 sucedió un acontecimiento que trastocó los modos de vida de mi familia, y por consiguiente, los  míos. Resultó que por primera vez entraron en mi casa unos electrodomésticos que, a parte de la vieja radio, se podrían llamar como tales. Se trataba de un televisor y de un frigorífico, de las marcas General Eléctrica y Kelvinator, respectivamente. El frigorífico, entre otras muchas ventajas, ofrecía la posibilidad de fabricar helados; y el televisor, no digamos: daba prestigio social, pero sobre todo prometía tardes de películas y anuncios, algo importante que contar.
Recuerdo a mi padre, junto con el técnico que vino a montar la antena, en la terraza de mi bloque de pisos, el nº 2 de las susodichas Casas de la Renfe. Había que colocar la antena en determinada posición, y no otra, para que se recibiera la señal sin interferencias, el cable había que ondularlo así y no asá, tal menudencia debía de ser de esta manera, etcétera; en fin, alegres pormenores que prometían una ligera felicidad. La antena quedó fija junto a las otras (pronto llegarían muchas más), un extraño árbol vertical entre la maleza del bosque iridiscente de hierros y cables que, en lontananza, coronaba los tejados y terrazas de la ciudad.

Tengo que retrotraerme unos años antes para recordar mi primer contacto con ese monstruo que vomitaba sonidos e imágenes. Fue en Lorca, cuando yo vivía en otro gueto que llamaban las Casas Baratas, última frontera de la ciudad, antes de que la carretera horadara los baldíos y las tierras yermas camino de Puerto Lumbreras. Ya lo conocía, porque lo habían introducido en algún bar para atraer, retener y entretener parroquianos, pero fue propiamente en la casa de mi amigo Antoñín cuando vine a disfrutar de aquel novedoso invento. Corría el año 1961, quizá el 1962, tal vez el 1963. Recuerdo una serie en especial, de tiros, que hacía las delicias de los que por aquel entonces éramos infantes: Bronco Ley, proyectada en las horas de la siesta. También recuerdo partidos de fútbol: el Madrid contra el Barcelona, el Madrid contra el Osasuna, el Madrid contra el Murcia..., aunque tengo que decir, en mi favor o en mi contra, que por aquellas tempranas fechas de mi vida ya me motivaba bien poco este deporte, como cualquier otro deporte que no fuera la natación, aun practicada en las acequias o en las turbias balsas cubiertas de ova.
Salto en el tiempo y vuelvo a las Casas de la Renfe. Tener por aquella época un televisor, ya lo he dicho, daba prestigio, porque no todo el mundo lo tenía. No era extraño, pues, que se adosara algún vecino, sobre todo en lo concerniente a la gente menuda, amigas de mi hermana o amigos de mi hermano o míos, cuando emitían las series del momento: Los Intocables, El santo, El fugitivo, Bonanza... Y era tal el favor del que gozaban estas series que cuando se dejaba de emitir una en favor de otra, aparecían canciones de autor anónimo que los críos cantábamos por las calles:

Ya se ha muerto El Santo,
sin ningún motivo,
y ahora el más famoso
es El Fugitivo,

Que turururu tú,
que turururu tú,
que la culpa la tienes tú,
que la culpa la tienes tú.

Aquella parca corrala de las Casas de la Renfe poco a poco se fue alegrando, y comenzaron a entrar más televisores en las casas; entonces los críos, aunque vivíamos en las calles y nuestras vidas sociales de juegos y peleas con frecuentes transacciones de palos las hacíamos lejos de cualquier techado, comenzamos a salir menos, porque había que ver los dibujos animados (aquel conejo, Bugs Bunny, el cerdito Porky o el gato Silvestre, mi preferido), o la serie televisiva de turno. Había solo un canal que sintonizar, pues en Murcia, todavía no se había instalado el repetidor de la Cresta del Gallo, y la famosa 2 era un lujo inalcanzable. Más tarde llegó también la posibilidad de sintonizar la 2 y contemplar con arrobo, aunque a mí me aburría sobremanera, un programa mítico que conducía un tal Íñigo.

Para los que vamos entrando en edad las comparaciones entre los tiempos de nuestra niñez y los actuales se deslizan de forma natural, y estas se establecen sin mayores sobresaltos, casi como necesidad. Hoy en día llego del trabajo a mi casa y sintonizo el televisor; la oferta de canales es variada. Sintonizo uno de estos canales y encuentro basura; sintonizo otro, y lo mismo: basura. Vuelvo a sintonizar: anuncios; cambio de canal: una película que he visto cuarenta veces. De nuevo pruebo suerte: una tertulia encorsetada y cansina en la que intervienen periodistas paniaguados; cambio: un noticiero de sucesos. No me interesa nada de esto y sigo zapeando: basura. Cambio otra vez: basura. De nuevo: basura. ¡Tantos canales y tanta basura! Anuncios de coches inalcanzables, anuncios de seguros, anuncios de artículos de cosmética, anuncios, anuncios, anuncios y, entre la basura de películas de una violencia extrema, más anuncios; luego llegan los programas groseros de un gusto insufrible... ¡Basura! ¡Basura! ¡Basura!
Entonces regreso a la televisión de mi niñez, una televisión en blanco y negro y con un solo canal, y recuerdo unos programas como los que ahora no se estilan: las noches de miedo de Chicho Ibáñez Serrador, aquellas Historias para no dormir (magníficas las adaptaciones de los cuentos de Poe como El Último Reloj El Corazón Revelador―, magistralmente interpretado por Manuel Galiana) o ¿Quién es el asesino?; recuerdo obras de teatro, películas y a los actores del momento. Llegan a mi memoria Tony Leblanc con Cristobalito Gazmoño, Locomotoro, los Teleñecos; José Bodalo, José Luis López Vázquez, Fernando Fernán Gómez, Paca Gabaldón, Fiorella Faltoyano, Alberto Closas, Lola Gaos. Impresionante fue la interpretación que hizo José María Rodero del Calígula de Camus; Antonio Garisa puso el punto en La Cesta, y Pepe Isbert la ternura en La Gran Familia o en Los jueves, milagro. Recuerdo haber visto La Caza de Carlos Saura o Calle Mayor de Bardem. Disfruté con Eloísa está debajo de un almendro o con La venganza de don Mendo, las tragicomedias de Jardiel Poncela y Muñoz Seca, respectivamente; con las comedias de Alfonso Paso o de Álvaro de la Iglesia, o con los dramas de Buero Vallejo: En la ardiente oscuridad, Historia de una escalera. Me llegan las canciones de Luis Aguilé, de Serrat, de Los Brincos, de Los Rayos, de Los Pekenikes, de Los Bravos, Si yo tuviera una escoba, Black is black, o el La, La, La de Massiel.
Aquella televisión rendía homenaje al género chico. Pude ver El Huésped del Sevillano, La Revoltosa, La Parranda, El Caserío, La verbena de la Paloma, Agua, azucarillos y agua ardiente... Mi padre tarareaba por casa (afeitándose, la espumilla blanca rodeándole la cara) con su preciosa voz de barítono, una voz educada de joven, cuando perteneció al Orfeón Fernández Caballero:

Fiel la espada triunfadora
que ahora brilla en mi mano...

O:

Canta mendigo errante
cantos de tu niñez...
           
O:

Fígaro, sí, Fígaro, no,
Fígaro, Fígaro, Fígarooo...

O:

En la huerta del Segura,
cuando ríe una huertana,
resplandece de hermosura
toda la vega murciana,
y en las ramas del naranjo
brotan flores a su paso.
¡Huertanica de mi afán,
tú eres pura y eres casta
como el azar!

Huerta, risueña huerta,
que siempre frutos
y flores das,
Murcia, la que cubierta
en todo tiempo
de flor estás,
Murcia, son tus mujeres,
gala de tu palmar,
Murcia, qué hermosa eres,
¡tu huerta no tiene igual!

¡En la huerta he nacido
para amar y vivir!
¡En tus campos labrados
de amor y trabajo
me quiero morir!


 Eran tiempos jóvenes y alegres. Con una oreja enfrente de la otra, hice absurdos pinitos; aunque mi padre lo pretendía, yo nunca aprendí a cantar.


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viernes, 16 de mayo de 2014

IZQUIERDAS O DERECHAS, O CÓMO NOS ENTRETIENEN

IZQUIERDAS O DERECHAS, O CÓMO NOS ENTRETIENEN


 ¡Qué ganas tenía de colgar este post! Y la ocasión se me ha servido en bandeja al presenciar el debate, es un decir, entre Elena Valenciano y Miguel Arias Cañete, los números uno de listas del PSOE y del PP, respectivamente, para las elecciones europeas a celebrar en este país que no todos los que viven en él llaman España. El debate no ha defraudado las expectativas que suscitaba, y como era de esperar ha resultado cansino, monótono, adocenado, repetitivo, insistente en el y tú más, falto de elegancia, y, añadiría, rayano hasta en el mal gusto… Ha sido un diálogo para sordos, o, como diría algún castizo, ha sido un diálogo de besugos: pactado de antemano en cuanto a preguntas y tiempos, encorsetado, con una patética falta de fluidez, ha puesto de relieve la altura de nuestros representantes, y, al trasluz, nos ha dejado la ingrata percepción de unos partidos hundidos en la miseria de sus propias corrupciones, en sus desajustes internos y luchas domésticas por el poder.

Quizá la distinción entre izquierdas y derechas, salvo para aquellos interesados en mantener un determinado estatus, a los cuales les puede favorecer este tipo de distinciones, está haciendo más daño que beneficio al todo de la ciudadanía, ya que en los últimos tiempos resulta, dada la complejidad de nuestra sociedad, hasta cierto punto obsoleta; no hay más que ver lo vacíos que resultan dichos rótulos cuando se contrastan con la realidad. Izquierdas o derechas sirven para calificar al contrario con el fin de excluirlo; pero izquierdas o derechas no suman voluntades para el hacer común, para la implantación de un orden social verdaderamente justo.
Como todo el mundo sabe, la designación de izquierdas o derechas se acuñó en la Revolución Francesa, y provino de las posiciones que ocupaban los diputados en la Asamblea Nacional; así, a la derecha del presidente se sentaban los conservadores que defendían el Antiguo Régimen, mientras que a la izquierda, por su parte, se sentaban los progresistas contrarios a la monarquía y privilegios del régimen anterior. Hoy en día, ¿qué es el progresismo o el conservadurismo que no sea el propio folklore? Ya no existe el Antiguo Régimen, y lo que en un momento fue vanguardia liberal, ya no es vanguardia de nada; del mismo modo, los abanderamientos socialistas, tras la caída del Muro de Berlín, resultan un tanto trasnochados. Nadie en sus justos cabales, por ponderar extremos, puede reivindicar el estalinismo totalitario como el laissez faire del liberalismo. Son formas políticas que en su día sirvieron para derrocar, pero no para construir; la historia, en su decurso, se ha encargado de desmentirlas como panaceas de buen gobierno de los Estados. No obstante, si esto es así, algunos todavía no se han enterado, y enarbolan la etiqueta de izquierda o derecha olvidando (o quizá no) que tras esas etiquetas no hay nada salvo las meras ansias que tienen algunos de alcanzar el poder y administrarlo, o, lo que viene a ser lo mismo, pero con matices jocosos sino fueran graves: de vivir simple y llanamente de la política.

La verdad es que si tiramos por este camino nos podemos meter en un berenjenal, pero, señores, en el berenjenal ya estamos. De lo que se trata es de salir de él. Que son necesarios los políticos, no hay lugar a la duda. El problema no es ese, el problema es este otro: ¿Qué funciones son las que, en propiedad, deben desempeñar los políticos? O, planteado de otro modo: ¿Qué modelo de estado queremos? Y, al hilo: ¿Hay gente lo suficientemente preparada que, asumiendo las reglas de dicho modelo, se involucre en la cosa pública con el fin de servir al bien común y no a intereses individuales o partidistas?
Es necesario, pues, plantear las cosas desde un punto de vista formal para que, teniendo clara su forma o estructura, al rellenarla de materia, aquello que surja no venga a ser un engendro.
Que la justicia es prioritaria en el orden social, ya lo afirmaban en la antigüedad Platón o Aristóteles; que es necesario gobernar teniendo siempre como meta el bien público, también lo señalaban los mismos filósofos. La justicia, ese algo que se estudia en las Facultades de Derecho, es tema prioritario para el buen gobierno de la cosa pública, y a él se ha hecho referencia desde muy antiguo. Cae por su peso que la justicia no se debe conocer para darle el marro y burlarla, sino para aplicarla; porque de su buena aplicación, y no de otra manera sería posible, depende el buen orden social, y puesto que nadie vive en solitario en razón de que somos seres relacionales, de ella depende también la vida buena, que diría Aristóteles, a que podamos aspirar cada uno de nosotros como seres racionales y libres, esto es, de ella depende nuestra propia realización como personas. Por tanto, señores, ni izquierda ni derecha, sino justicia y honestidad. Y la honestidad, por supuesto, hace referencia tanto a la coherencia como a una buena administración donde no exista ni el despilfarro ni el robo.
El modelo que queremos es el democrático donde todos quepamos, pero, ¿actúan la totalidad de los políticos como si lo conocieran? Por las guindas que algunos sueltan en los medios de comunicación, o por la manera cómo actúan, cabe pensar que no todos. Quizá por eso se hace necesario un intento de reciclamiento de los mismos, o una aclaración de puntos donde todos vengamos a convenir. Unas someras pinceladas al respecto no vendrían mal. Ahí van:   
 El denominado imperio de la ley, o, lo que es lo mismo, la tácita igualdad de todos los ciudadanos ante la ley es un requisito fundamental en la forma democrática de gobierno. En democracia no debe existir nadie, ni persona física ni institución, por encima de la legalidad. Si, pues, la actuación de cualquier representante del Estado no puede ser arbitraria, dicha actuación deberá estar sometida a un control eficiente.

La división de poderes no es ningún adorno para el sistema democrático, sino que, por el contrario, debe ser efectiva y real. ¡Pobre Montesquieu, si levantara la cabeza! Los poderes no solamente deben estar separados, esto es, instalados en unas instituciones que les sean propias, sino que también deben ser independientes, o lo que es lo mismo: no deben haber influencias de unos sobre otros. Según este principio, el poder legislativo, legisla, hace o deroga leyes; el ejecutivo, ejecuta, gobierna; y el judicial, juzga e impone las sanciones a las transgresiones de la ley. Dicho con otras palabras: la competencia de los jueces es la de juzgar de acuerdo con la legalidad vigente y nada más. ¡Pues bien!, lo que el ciudadano de a pie percibe no es precisamente esto, sino algo muy diferente de tal idealidad: Puesto que la ley se interpreta desde las diversas ópticas partidistas, los partidos que se alternan en el poder tienen como algo pactado colocar en los altos tribunales del Estado, según unas determinadas cuotas, a tales o cuales jueces simpatizantes, llámense progresistas o conservadores, cuando tales calificativos en lo que atañen a un juez y su función son meramente anacrónicos.
La participación del todo de la ciudadanía en la deliberación política no debería tan solo limitarse a una convocatoria en las urnas cada cierto tiempo para elegir a sus representantes políticos, sino que, por el contrario, se debería caminar, y favorecer, puesto que, al fin y al cabo, no se vota a personas sino a programas, una participación directa de la misma en cuestiones fundamentales que atañan a modelos, sea, por poner unos ejemplos, el energético, educativo, de sanidad o de justicia, no digamos acerca de las cuestiones sociales candentes. A problemas directos, respuestas directas.
La democracia supone un estado opinativo, y por consiguiente, reclama una preparación esmerada de la ciudadanía en lo que se refiere, entre otras cosas,  a la asunción de su responsabilidad política, con el fin de que cualquier ciudadano sepa dar las razones de por qué asume un determinado posicionamiento político y no otro, algo que implica no solo conocer las razones de su posición, sino también, y concomitantemente, las otras posibles posiciones y por qué esas otras él no las asume; es únicamente de esta forma que el diálogo no solo puede ser posible, sino real, y, cuando el diálogo es real, la democracia se convierte en un hecho. Insisto: esta responsabilidad ante la propia elección es fundamental, puesto que lo que se elije, nadie lo elije para sí mismo, sino también para los demás, y tiene consecuencias. Vemos, como contrapunto, que las leyes educativas desde la LOGSE para acá, en vez de procurar una formación de ciudadanos responsables, fomentan la irresponsabilidad de los mismos, porque se descuida, o se la relega a un segundo plano, su educación como personas a favor de su formación como meras máquinas productivas; se deja de lado la formación integral del ser humano para favorecer aspectos meramente parciales de dicha formación, superfluos en la mayoría de los casos y que atienden a los solos fines del mercantilismo.
Los que trasegamos con esto de la filosofía, no somos ajenos a los planteamientos utópicos; esto dicho, si no se señala la dirección que apunta a un fin, si no se clarifica cuál y cómo es ese fin, difícilmente se podrá alcanzar.
Para que este post no acabe en la formalidad de las meras palabras, y por comprometerme un poco, si alguien me preguntara: ¿Qué hacer? ¿A qué partido votar?, le respondería que, una vez visto lo visto, y dado que la mentira desde hace mucho tiempo la tenemos instalada en el poder, la única posibilidad de una efectiva regeneración democrática no se encuentra en los partidos tradicionales, sino en las nuevas plataformas y partidos que están surgiendo desde los fondos del descontento social.


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                                                 Jesús Cánovas Martínez©


viernes, 2 de mayo de 2014

GRACIAS

GRACIAS




Gracias, gracias, gracias, gracias y 12.856 gracias, 12.856 millones de gracias, muchas, muchísimas gracias. Gracias a todos, amigos, los que habéis tenido a bien visitar este blog; los que lo habéis seguido desde un principio o los que os habéis ido incorporando a lo largo de su andadura; los que en silencio habéis entrado por sus vericuetos o los que habéis compartido o dejado alguna huella de vuestra lectura (un «me gusta», una «recomendación», un «+»), algún comentario: sin esos estímulos hubiera sido imposible seguir adelante. Hoy, tres de mayo de dos mil catorce, La Tierra vuelve al mismo punto en que se encontraba con respecto al sol hace un año y este Arco del Triunfo cumple también su año; sin vosotros (permitidme la insistencia) hubiera sido vano y estéril cualquier esfuerzo o ilusión puesta en él. Al darle inicio me movió la intención de comunicar; ha sido cumplida con creces, y me siento satisfecho.
Fruto de un curso on-line, pensé dedicar el blog a tareas pedagógicas únicamente, pero pronto mudó aquella primera intención para convertirse en otra más abarcadora, fuera en cuanto a los temas tratados o a sus lectores. Los temas se abrieron a todos los posibles; sus lectores, a todos los que el conocimiento o el azar me permitieran llegar.
 Quizá haya un denominador común en las temáticas o en la forma de tratar las temáticas tal y como aparecen en el blog. Es de señalar la hipertrofia o abundancia de textos reflexivos o críticos sobre cualesquiera otros. Ciertamente sé que para algunos la crítica de textos se sitúa en los márgenes de la literatura; sin embargo, aunque soy muy repetuoso con las opiniones de los demás, yo tengo las mías propias, y pienso que no solamente hay que leer o escribir, sino también hay que entender lo que se lee o escribe; hay, en definitiva, que leer o escribir sabiendo. Cae por su peso, pues, la intención reflexiva sobre la escritura. En el blog, pues, de manera explícita insisto en la importancia de leer, y leer, y leer, y releer, y escribir, y escribir, y escribir, y reescribir sobre lo leído y escrito, y escribir y leer sobre lo escrito y releído, sobre lo releído y reescrito con el fin de comprender. Supongo que tal particularidad será debida a una malformación de mi carácter, pero a estas alturas de mi vida puedo decir que resultaría difícil corregirla.
Quizá exista un libro, un libro sobre todo libro, un libro que haya que buscar y asumir el riesgo de que pueda ser encontrado; no sé. Borges deja caer esa posibilidad con relativa frecuencia. O quizá sea una palabra repetida hasta el infinito desde todas las perspectivas posibles, no sabría decir tampoco. No hay nada nuevo bajo el sol, afirma Qohélet.  
Un ser humano si no entra en relación con los otros, es una pura abstracción; un ser humano, por tanto, es también los otros. En consecuencia, para daros las gracias, tendría que mencionaros uno a uno, con nombres y apellidos, y ganas me dan de hacerlo; sin embargo, eso supondría un peligro: que me olvidara de citar a alguno. No es mi intención, aun disculpable (pienso), incurrir en desconsideración; por tanto, repito: ¡Gracias a todos! No obstante, mencionaré a dos personas que desde un inicio han apoyado la andadura de El Arco del Triunfo. Son dos amigos de hace tiempo, polifacéticos, escritores, versados en el mundo de la edición; y añado: dos amigos que han dicho mucho, pero les queda aún más por decir. Ambos, aparte de hacerse eco de lo publicado en este blog, han tenido a bien no rechazar nunca cualquier trabajo que yo les haya enviado. Uno es Francisco Javier Illán Vivas, director de la revista Acantilados de papel; otro es Fulgencio Martínez, director de Ágora, papeles de arte gramático.

Para mí, las entradas del blog, han sido como los hijos; unas, ciertamente, más elaboradas que otras; o más extensas o menos; con diferentes cargas de profundidad; algunas han abordado ciertas temáticas de manera recurrente, otras han incidido en la disparidad de sugerencias o consideraciones. En cualquier caso todas han sido queridas por mí y, como los hijos, todas gozan del mismo afecto. Dicho lo cual vengo a convenir que no todas ellas han tenido la misma aceptación por parte de vosotros; así unas han sido más visitadas que otras. Repasaremos, pues, el ranking de los post, según el número de las visitas efectuadas; y remontaremos, por eso de que la héptada tiene algo de magia, desde el puesto número siete al primero de los post más visitados. Lo haremos a partir de mañana, según el orden inverso de su cantidad de registros: En el nº 7, El quinto camino: El Caballero y la Dama de sus Pensamientos, con 300 vistas; en el nº 6, A propósito de Gestas y Dimas: La discriminación de los espíritus, con 305 vistas; en el nº 5, Frente al cuerpo incorrupto de la beata María Ángela Astorch, con 320 vistas; en el nº 4, El elocuente silencio, con 329 vistas; en el nº 3, Las razones astrológicas de la última cena, con 348 vistas; en el nº 2, Los arcanos mayores del Tarot, con 402 vistas; y en el nº 1, Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo, con 647 vistas.  A esta epístola, por ser la ganadora, le haremos una especie de triduo en minúscula y festivo, con abundancia de traca (por algo el blog se llama El arco del triunfo y no Las horcas caudinas), porque quien actúa de cierto modo, en razón de eso que algunos denominan justicia, se expone a que le den una respuesta apropiada.
Hasta la fecha, con este, han sido 56 post publicados y, registradas, 12.856 visitas; tal circunstancia constituye para mí, repito (y lo repito hasta la saciedad), un motivo de alegría. Sí, porque otros blogs son más frecuentados, y yo me alegro por ello; pero, puesto que no me anima la comparación con nadie sino la exigencia debida a vosotros de mostrar calidad o de tratar cuestiones que interesen desde el punto de vista de una mínima solvencia intelectual, también me alegro de las visitas que ha tenido mi modesto blog (siquiera con menos de la mitad de registros ya lo hubiera considerado un éxito). Por esta razón es por la que quiero brindar virtualmente con vosotros, mis queridos amigos, elevar la copa y prorrumpir en una nueva andanada de gracias:
Gracias, amigos, un millón de gracias a todos los que me habéis seguido en esta aventura, miles de millones de gracias. Al cabo de un año hay sobrados motivos para el brindis y la alegría, y ánimos para seguir adelante.
Amigos queridos: Brindo «con» vosotros y «por» vosotros.



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