martes, 29 de diciembre de 2015

ÉTICA, POLÍTICA, ARISTÓTELES

ÉTICA, POLÍTICA, ARISTÓTELES



                                                          Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios,
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

A.    Machado.


Se debe a Aristóteles la estructuración de la filosofía en sus diversas disciplinas. Frente a la filosofía teórica, contemplativa, opone la práctica y poética. La póiesis atiende a la producción de los objetos, hace referencia a la acción que realiza el sujeto entorno a la producción, constituye el saber técnico; la praxis, por el contrario, se refiere a la acción intransitiva, esto es, aquella que repercute en el mismo sujeto que la realiza. La acción práxica tiene dos dimensiones: la individual y la colectiva. La ética se ocupa de la acción individual; la política de la colectiva.
¿Cómo debemos actuar? Aristóteles supedita la respuesta a esta pregunta al para qué. Puesto que es un hecho que actuamos, esta acción sería ciega sino sabemos para qué actuamos. Actuamos para la consecución de un fin. Ahora bien, existen diversos tipos de fines, y éstos se pueden instrumentalizar, unos en función de otros; conseguido tal fin, lo convertimos en un medio para conseguir otro fin, y este nuevo fin, a su vez, lo mediatizamos para conseguir otro fin, y así sucesivamente. Aquellos fines que no pueden ser instrumentalizados para conseguir finalidades inferiores son más importantes que aquellos que fácilmente se mediatizan para conseguir fines superiores, pues si queremos conseguir dinero, por ejemplo, sería para la satisfacción de una serie de necesidades que de otro modo quedarían insatisfechas; la necesidad satisfecha es más importante que el dinero con el cual se satisface, pero no al revés. Hay, pues, fines superiores a otros, en el sentido de que la consecución de unos fines se articula para la consecución de otros, pero estos últimos, a su vez, no se pueden instrumentalizar en aras de los primeros. ¿Existe, sin embargo, un último fin, algo que no pueda supeditarse a ningún otro y más allá del cual no se pueda pensar cualquier otro que le sea superior? Para Aristóteles, sí: la felicidad.
No está mal, todo ser humano sano quiere ser feliz. Pero, ¿qué es la felicidad? Aristóteles precisa que no es lo mismo para el vulgo y los sabios. El vulgo piensa que la felicidad consiste en alcanzar un fin inferior; el sabio sabe que esta felicidad sólo puede consistir en alcanzar su humanidad, esto es, en sacar de sí lo mejor que lleva dentro de un modo virtual y actualizarlo en aras de su propia realización. Se trata de optimizar la vida en todos los frentes partiendo de la circunstancia concreta en la que se encuentra cada cual. Esto sólo es posible trabajando el carácter, la manera de estar en el mundo. Aristóteles tiene muy claro que el hombre es proyecto, pura potencialidad que camina hacia su actualización. Una golondrina no hace verano, pero es cierto que si alguien quiere conseguir una determinada excelencia debe trabajar para ello, pues una serie de actos dirigidos en el mismo sentido conforman una actitud, esto es, una disposición interior para actuar de la forma que se ha elegido; conformada la actitud se desarrolla la aptitud, esto es, la facilidad para actuar de la forma que se pretende; pero las actitudes, a su vez, conforman hábitos, es decir, una manera espontánea de comportarse. El carácter no es sino la suma de todos los hábitos que se han conformado a lo largo de la vida; por tanto, no es descabellado pensar que las diversas formas del carácter determinan las diferentes formas de destino.

Cada uno de nosotros es lo que él mismo hace de sí, lo sepa o no; pero es mejor saberlo, puesto que sólo quien lo sabe tiene la oportunidad de cambio. Podemos realizar un trabajo sobre nosotros mismos y modificarnos, pero este trabajo también se puede frustrar. A priori no hay ninguna garantía de conseguir la propia realización salvo la voluntad mantenida a lo largo del tiempo de quererla.
Ahora bien, somos seres muy condicionados, no sólo por fuerzas internas sino también por las situaciones externas. Las circunstancias entre las cuales nacemos y discurre nuestra vida también nos condicionan: estatus social, salud, amistades, género, edad, sociedad en la cual se vive. Se podría añadir un largo etcétera. Por eso el sabio que busca la felicidad se debe regir por la prudencia, esto es, por el cálculo o ponderación de estas circunstancias, por un saber hacer, que es lo mismo que un saber vivir: por una adaptación consciente con propósito de mejora a su propia realidad.
No existe, pues, la felicidad con mayúscula; existe la felicidad con minúscula, y es la que cada uno quiere y consigue para sí. Además, la felicidad no se puede desligar del propio camino emprendido para ser feliz. La realización personal, por tanto, la consecución de la completud como ser humano corre pareja al trabajo emprendido para conseguirla. En este orden de las cosas, ¿qué es la felicidad?: La apuesta por uno mismo.
Aristóteles no es ninguna anticualla del pasado; es tremendamente actual. Cuando leo al fundador de la psicología positiva, Martin Seligman, o a psicólogos de esta línea, constato su vigencia. Al griego sólo le faltaban estadísticas y trabajos de campo para confirmar sus teorías; Seligman coge el testigo y aporta lo que le faltaba. Está bien que la psicología se ocupe de poner solución a los diversos morbos, pero quizá ha descuidado algo importante: optimizar la vida de las personas normales, o, lo que es lo mismo, abordar el tema de la felicidad y ayudar a las personas a ser felices. Si es cierto que nacemos con un rasgo que nos predispone a ser optimistas o pesimistas, también es cierto que no todo depende de factores innatos; hay variables en las que podemos intervenir y determinan la manera más o menos feliz con la que afrontar la vida, y éstas no son tanto, aun teniendo su importancia, las que atienden a la posición económica o la salud,  por ejemplo, como al trabajo sobre el carácter —nuestro modo de estar en el mundo—, sobre las propias ideas, sobre la visión que tenemos de la realidad. Y me atrevo a añadir algo no desdeñable: Para que las minúsculas pudieran pasar a mayúsculas habría que apuntar al horizonte de la espiritualidad.
Pero volviendo a Aristóteles, ¿alguien por sí mismo puede realizarse? No, pues somos seres relacionales, necesitamos de los otros para hacernos; en nuestra naturaleza tenemos una tendencia innata que nos lleva a vivir en sociedad y no como lobos solitarios. La política, de este modo, cobra una relevancia especial. Puesto que necesariamente nos proyectamos en la sociedad, y ésta es tanto reflejo nuestro como nosotros de ella, la organización de la convivencia es imprescindible para que podamos organizar nuestras vidas particulares. Si no existe un orden político, tampoco puede existir un orden ético; si no existe una justicia social, no puede existir la justicia individual, una vida buena, esto es, la vida feliz. Aristóteles prioriza de este modo la política a la ética. Es tema este a discutir: ¿La esfera ética mantiene una superioridad sobre la esfera política, o viceversa? Si no existe un orden político justo, con gran dificultad alguien podría encontrar su equilibrio interior, porque de entrada tiene en contra muchas cosas; pero si no existen hombres o mujeres justos, prudentes, íntegros, que asuman las funciones de gobierno y tomen las decisiones políticas difícilmente podríamos pensar que vivimos en una sociedad justa.

Los políticos son paradigmas de conducta, y lo son para bien o para mal. Un pirata o un tonto con poder condicionará una sociedad donde abunden los piratas y los tontos; lo mismo podemos decir si los dirigentes de esa sociedad, o los que aspiran a dirigirla, son macarrones, son ladrones, son pusilánimes, les falta un chispazo mental, son mentirosos, son enterados o tienen una determinada tara de carácter u otra. Los políticos deberían de ser personas realizadas, y digo esto en el convencimiento de que cualquier persona íntegra, intachable, con sobrados conocimientos, independientemente de las posiciones ideológicas que pudiera adoptar, siempre trabajaría para el bien general. Aristóteles era muy consciente de esta eventualidad, por eso proponía a Pericles como ejemplo de hombre prudente. La pregunta cae de por sí: Hoy, en España, ¿qué político de los que tenemos aguantaría la comparación con Pericles? ¿Podemos medir a alguno con el griego?
El pasado llama a la puerta y se hace presente. Ahora que quieren mermar, sino desterrar, la presencia de la filosofía en las aulas —y no me refiero sólo a la LOMCE, pues la cosa viene de antiguo—, ¿deberían los filósofos salir a la calle, o, por lo menos, asomarse al blog?
Al terminar este breve artículo oigo que sube de la calle cierta musiquilla. Abro la ventana y miro hacia abajo. Veo una cabra encaramada sobre una especie de podio, y un señor con bigotes y chaqueta de pana sacando sonidos, a fuer de manija, de un extraño artilugio; una señora ataviada con un vestido de faralaes tiende una pandereta vuelta del revés a los viandantes. Es el circo de la cabra, o eso parece.


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jueves, 17 de diciembre de 2015

LA SOMBRA DE ARTHUR

LA SOMBRA DE ARTHUR
ANTONIO SOTO



Recuerdo que hace unos años, en nuestra etapa de espartarios, acodados en la barra del bar El Convento (Lorca), enfrente de unas humosas manzanillas —¡ah, la bohéme— y a la espera de una lectura de poesía o tras la misma, Antonio Soto me comentó que llevaba entre manos un libro de poesía rompedor y me lo delineó en sus formas básicas. Pronto vino a adosarse el pesado de turno, por lo que tuvimos que pasar a hablar de otros temas, y ahí quedó la cosa. Ese libro, por aquellas fechas quizá en esbozo, recientemente ha visto la luz. Lleva por título La sombra de Arthur, y sobre él pretendo decir unas palabras.
Al sopesarlo, lo primero que llama mi atención es su título, ya que presenta una anfibología que supongo consciente. ¿Arthur tiene una sombra o Arthur es una sombra? Ambas interpretaciones caben según consideremos la preposición “de” como expresión de un genitivo subjetivo o, por el contrario, objetivo. Una primera y precipitada lectura posiblemente nos llevaría a decantarnos por su segundo significado, aunque si volvemos al libro con la intención de ahondarlo, tras su relectura, tampoco cabría desechar el primero: Arthur es una sombra, pero Arthur también tiene una sombra. Tal disemia estructural traspasará todo el poemario.
¿Por qué Arthur tiene una sombra? Porque Arthur puede ser el paradigma de cualquier ser humano y, en particular, de Antonio Soto; ahora bien, si todo ser humano tiene una sombra, Antonio Soto tiene su sombra; así, Arthur, como alter del poeta, muestra la sombra del poeta, por concomitancia reflejo a su vez de la sombra de toda la humanidad. Sin embargo, Arthur, ya desde el primer poema del libro, se nos muestra a sí mismo como sombra, y sombra viajera, nocturna, ávida de sangre y de belleza: Arthur también es una sombra. Constatada tal disemia, si conjugamos los dos posibles significados, vendremos a concluir que Arthur es una sombra que habla desde la sombra y muestra los aspectos nocturnos del ser humano, aquellos que nuestra consciencia rechaza, reduce y condena a los sótanos del inframundo, esto es, del inconsciente, sea éste individual o colectivo.


Supone el poemario una carga de profundidad, y pienso que con él Antonio Soto adquiere su madurez poética. Si en Lolitas o en Pubis Púber había explorado los misterios del eros y En aquellas islas del alma, premio “Armilla de Poesía”, con una emoción a flor de piel había enfrentado la muerte, en La sombra de Arthur, aunará eros y thánatos, el placer y el dolor, la vida que se quiere y se perpetúa así misma como conatus, aun en el hastío, con una pulsión de muerte estremecedora que conduce hasta el desgarro y la nihilidad. Fuerte es la carga del poemario, antítesis de contrarios enfrentados que, como única resolución posible, atiende al horizonte de la belleza, eso sí, una belleza pura a la vez que malversada, espléndida a la vez que tenebrosa.
Pero vayamos por partes. ¿Por qué son inocentes los animales? Entre las posibles respuestas, elijamos una, quizá aquella que se impone por evidente: Los animales son inocentes porque no son conscientes de su condena. Arthur sí lo es, y cuanto más se le intensifica esa consciencia, más le acrece en su interior la sensación de no poder escapar de la misma. Ya, de por sí, esto es horrible: No hay salida ni escapatoria de la condición de Arthur, y Arthur lo sabe. Tal condena a la que queda sometido no es otra que la de saberse arrojado a una cadena trófica donde para seguir viviendo debe otorgar la muerte, incluso la del ser bañado por la inocencia; pero hay más, a esa hambre o sed fundamental, se le suma una sexualidad irrefrenable que lo subyuga y esclaviza.
Hasta aquí, nada nuevo que no conozcamos. El sexo y el hambre, los dos impulsos básicos que traspasan a los animales, de los que ellos no son conscientes. Los seres humanos, sin embargo, en mayor o menor grado, sí son conscientes de los mismos; en Arthur se intensifica dicha consciencia hasta el paroxismo. Porque cualquier parangón que queramos establecer entre el ser humano y Arthur enseguida cede ante lo enorme. El sexo en los seres humanos, aun atávico, se puede deslindar de la función de dar la vida y plantearlo como disfrute; en Arthur, el sexo, aun como disfrute, no se puede deslindar de la certeza de la muerte. La condena de Arthur llega hasta una hipérbole que rebasa la cordura —y, en este sentido, la condición humana—, pues su sexualidad se tiñe de un impulso amoral y fundamentalmente lascivo que en su consumación pretende la destrucción total del objeto de su deseo. Así, ya en el primer poema del libro, el lector queda enfrentado con algo monstruoso, pues el sexo corre parejo con la sangre cuando nuestro protagonista hace el amor a dentelladas con la mujer que le ha dado la vida:

De lo más profundo del corazón
latía mi amor por la sangre.
Ella me invitaba a poseerla.
Desnuda en su lecho de muerte
aguardaba mis finas dentelladas.

La consumación de tal incesto será el preludio de una vorágine de sexo y de sangre, porque Arthur buscará saciar el deseo inextinguible que lo habita y buscará saciar su sed infinita en una espiral de soledad y de muerte. Vagará Arthur por las ciudades y los desiertos, llorará por Iona bajo las torres de Londres o suspirará por Gino en la Plaza de San Marcos en Venecia; desde las frías aguas de la bahía del Hudson arribará a Manhatam, pero también el viejo París a la orilla del Sena conocerá sus pasos; frecuentará suburbios, parques, tabernas, burdeles portuarios, callejas estrechas sin luz, bosques o desiertos en pos de la satisfacción de su deseo y de su hambre; islas del sur de bellas muchachas, monjitas del Piamonte o tibias escolares anunciando la primavera serán sus presas; bajo el cielo rojo de Arizona una muchacha en un sucio motel sabrá de su furtiva visita, pero también la vieja Bohemia en las riberas del Rhin le ofrecerá la sangre de adorables walkirias. Vagará por el orbe todo, insatisfecho, transido de amor, de hambre y de soledad.


Hurtado al amor, creciendo en él la consciencia de monstruo, por las noches, en los cementerios, se oirá su llanto, su queja desconsolada entre las pútridas tumbas: De noche, en los cementerios, lloro y me desespero aguardando el sueño que me fue vedado por extrañas fuerzas… Siente el hastío prolongado a lo largo de noches monótonas, sin posibilidad de luz o redención, expulsado de todo hábitat humano, extraño a la vida pero sin posibilidad de la vida: Mañana de nuevo la luz,/ y vuelta a los infiernos. A su soledad, se añade la fatiga —un poema comienza: Para mí nunca habrá descanso./ Frágiles aleteos se oyen en la noche./ Todos los paraísos duermen ahora…; otro, del siguiente modo: Nada de amor. Las estaciones/ tienen el rostro del desaliento…—, y, mientras, en su corazón deshabitado del amor, pena el amor: Decidme, ¿qué tengo que hacer con este corazón? Enfermo de amor cruza la vida con todos sus inviernos.
La sombra de Arthur es un libro fundamentalmente existencial que de forma implícita plantea una serie de preguntas perentorias acerca de la vida y la muerte, a las que se les añade la resolución poética que el autor les confiere. La angustia ante la propia existencia queda resaltada hasta lo salvaje y patético, sea en el eterno vagar, sea en el ansía de la propia extinción. La muerte para él vedada, consciente de su no vida, Arthur clama:

 Cuánta belleza se consume en mi pecho. Hay una mariposa en el cristal que late como un crepúsculo. Los días mueren pero no la memoria. ¿Hay una muerte peor que ésta?

Por eso envidia a los muertos que lentamente se disuelven en sus tumbas, a los que contempla como verdaderos dioses: Ellos duermen/ en sus lechos de terciopelo rojo/ indiferentes a los días y a las noches… Pero a la vez que envidia esa oscura suerte de los muertos, también denuncia la no menos oscura suerte de los vivos, las lacras de la humanidad:

Los hombres me odian… Sienten terror cuando oyen mi nombre… Y, sin embargo, ¡pobre bestias! Ellos son más sanguinarios… Son vengativos y envidiosos… son aves de rapiña, roban, violan… destruyen a sangre y fuego al contrario. Ninguna bestia es tan dañina como el hombre…

Entre tanta desolación, la única certeza que a sí misma se muestra es la belleza. Y, para Arthur, la única calma posible ante el pesar y la desesperación será la eterna y traumática persecución de esa belleza, para hacerla expirar entre sus propias manos, bajo colmillos sangrientos, como consumación de la propia búsqueda y como venganza. ¿Venganza? Sí, porque solamente a partir de la consciencia de la propia fealdad se puede tomar la resolución de dar muerte a todo aquello que es bello y en lo que atisban signos de pureza. Arthur, sombra viajera, ente apenas con cuerpo, predador nocturno, necesariamente elije como objeto de su deseo a un ser joven que eclosiona en flor. No lo olvidemos, Arthur es un vampiro, y pena de amor.


Búsqueda de sentido, pues, que es lo mismo que búsqueda de la verdad, que es lo mismo que búsqueda del amor. La originalidad del poemario consiste en que esta triple búsqueda se lleva a cabo desde el eje de la nocturnidad y de la sombra. Una de las víctimas pregunta al vampiro: ¿Es usted el maligno? Y la respuesta, a fuer de sincera, resulta tétrica y desconsoladora: No, tampoco soy el maligno. Mi mundo está lejos de él, como de Dios. Para que lo comprendas mejor, ni el uno ni el otro me dan cabida en sus reinos. Mi condena es vagar por el mundo sin otro fin que la soledad y mis ansias de ser como vosotros. Resultan tremendamente patéticas, por fútiles e imposibles, estas ansias por ser como un humano; un humano, sí, un ser débil, pero capaz de reír y alegrarse, de sentir la ternura y el afecto, de ser digno del amor y de la muerte. Sin embargo, a pesar de esta declaración, Arthur —digamos ahora la sombra de Arthur— resbala por el lado de lo luciferino; sólo así se puede entender la imprecación al innominable que encontramos en el poema XLV, y sólo así se entiende la definición, transida de tenebroso orgullo, que de sí mismo hace en el poema XXVIII. Es más, dicha soberbia luciferina se muestra con nitidez en otro poema, el XLVI, donde desde alturas celestes o de profundas tinieblas —cielo de sombra, cielo impostado—, sediento de sangre, el vampiro vigila y se cierne sobre el mundo: Soy la garra del águila/ que sobrevuela las gargantas,/ y mis alas me elevan/ hasta lo más alto del cielo. Por si fuera poco, como se delinea en el poema LII —y no creo forzar el texto—, Arthur, por oposición a lo satánico, se sabe una individualidad desgarrada, orgullosa, insomne y al acecho, vórtice de una luz tenebrosa; lo satánico —aquello que él desprecia—, en fiel contraste con su condición, no es más que la masa de lo torpe e inconsciente, un punto negro de estupidez insoportable. Imposibilitada la resolución crística entre lo luciferino y lo satánico, puesto que el estado vampírico la torna irresoluble, a lo largo de las páginas del poemario el lector comprobará cómo crece, anidada por la soberbia del espíritu, la condición del frío en ese ser, etéreo y corpóreo, sediento de sangre y lujuria, condenado a vagar sin término por los estratos más bajos del mundo intermedio.
Arthur es un vampiro que busca el sentido de su existencia, aquello por lo que él mismo puede ser verdadero, el lugar donde reconocerse y ser, la posibilidad de querer y ser querido. Pero la sombra tan sólo tiene la existencia de la sombra, por lo que tal búsqueda necesariamente ha de quedar frustrada, ¿o no? Este ha sido el empeño de Arthur: conquistar su existencia, disolverse como sombra, morir o vivir con una nueva vida a la que se pudiera llamar real, plena. Arthur ha insistido en ese empeño a lo largo de su vagar. Si ya en el poema II nos había advertido de su condena al perpetuo viaje, tal viaje concluirá en una huida definitiva de sí mismo, hacia el norte, hasta la inmensa noche polar de fríos glaciales. Ese viaje que comenzó en una recóndita selva, oscura y enmarañada, remota como el tiempo, terminará bajo la inmensa noche del polo:

Y se hizo el blanco y el silencio sobre la tierra. Allí, bajo la inmensa noche de los fríos glaciales me dispuse a dormir un largo sueño en aquel abrasador lecho de nieve.

Así termina este libro bellísimo, con un oxímoron precedido por una sonora sinestesia, quizá porque todo él no ha sido sino un oxímoron terrible. En el polo se intensifica el frío, que es lo mismo que decir que se intensifica la consciencia lúcida. Después de hacerse el silencio y el blanco, ya no es posible el color ni la palabra, porque el blanco contiene todos los colores y el silencio todas las palabras; después del clímax sólo cabe el silencio y el blanco, la albura total y silenciosa en la verticalidad abrasadora del polo donde se hace imposible toda sombra.
 Tras este final, a los lectores nos acosan las preguntas. En la noche vertical y absoluta del polo, ¿se disuelve la sombra individual en una gran sombra como el leve sueño en el sueño profundo? ¿Si la luz restallante en su esplendor resulta cegadora, no ocurrirá lo mismo, pero a la inversa, con la última noche, inmensamente azul y gélida? Por último: ¿Qué es la verdad? Antonio Soto eleva la respuesta desde la tarima de la sombra. El blanco toma la función de sustantivo y se iguala al silencio para formar una sinestesia. El silencio es blanco y el blanco es silencio, pero la nieve abrasa… ¿Tales expresiones aluden a una redención o a una eterna condena? ¿Se puede hacer consciente la sombra o la sombra inunda definitivamente la consciencia?


Nadie busque en La sombra de Arthur un remanso donde se espacie la paz en la dicha que supone cualquier lectura contemplativa, donde venga la ternura con su mano a acariciar levemente el corazón, porque no lo hallará. Quien se acerque a sus páginas encontrará más bien cierta incertidumbre e inquietud en su alma, una zozobra que le hará mirar hacia atrás de reojo, cuando de noche ande solo, sintiendo el frío y la niebla, por las calles de una ciudad anónima alejada de cualquier confort; acelerará el paso y, mientras las oscuras farolas proyecten su sombra sucesiva, quizá alcance a ver aparecer la otra sombra, aquella que no ha sido convocada. Oirá cómo arrecia el ulular del viento, sentirá cómo le atrapa una extraña ventisca, un frío intenso, cómo sus vísceras se conmueven y le deshabita cualquier posibilidad de firmeza. Extrañas flores se desprenderán entonces de árboles misteriosos porque la noche le ofrecerá la copa donde se mecen inquietas sus pesadillas.
Lo dicho sobre este poemario estremecedor, seguro que es demasiado poco. El lector avisado, sin embargo, encontrará en él secretos que yo no he sabido ver. Pero ésta ha sido mi lectura. Traigo el siguiente poema como compendio y colofón de la misma:

Hermosa juventud, tienes el alma cansada.
Y tú, noche, no me abandones nunca.
Ni el helado aliento de una tumba
es comparable al frío que tú me das.
Existencia, dime la hora de mi muerte.
Ya es tiempo que esta pesadilla termine.
Id, demonios, a la búsqueda de otra maldad.


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Jesús Cánovas Martínez©

jueves, 3 de diciembre de 2015

UNA DECISIÓN DE REFORMA: BLANCA LUZ

UNA DECISIÓN DE REFORMA: BLANCA LUZ.



Una noche cálida tomé un tren militar en la estación de Albacete, corría octubre del año 1981. Como lectura llevaba un libro de Herman Hess: Siddharta. A la noche siguiente, tras un día de asueto en Madrid, trasbordé a otro tren militar destino Pontevedra. Me dio tiempo a leer el libro, cambiar palabras con los compañeros reclutas y echar alguna cabezada. Desperté por Redondela, de amanecida. Pronto llegó el tren a Pontevedra. Unos soldados de la Vigilancia Militar a golpes de silbato hicieron que bajáramos los reclutas a toda prisa y, luego de formarnos en el andén, nos condujeron a unos autobuses cuyo destino era el C.I.R. nº 13 de Figueirido, a ocho kilómetros de la capital gallega, en la cima de un monte sembrado de rumorosos eucaliptos y añosos pinos.
En Figueirido hice mi período de recluta y, una vez concluido, allí me quedé de soldado. Supongo que como era licenciado en filosofía pura (en aquella época se denominaba así), y en algunos cuestionarios había puesto que, como destino, prefería ser jardinero y cuidar de plantas y matujos (resonaban en mí las lecturas de Rabrindanath Tagore) a organizador de tropa y cabecilla de asaltos, no sabían qué hacer conmigo. Tras una serie de avatares que en otro momento relataré y, como con certeza expresó un innumerable ciego, porque las leyes del azar son de hierro, me colocaron en la Sección de Personal a las órdenes del teniente Patiño. Fue un destino (el teniente Patiño era una buena persona) hasta cierto punto agradable, pero duró hasta que a toda la sección la metieron en el calabozo, el servidor incluido. A la salida de la vil prisión, y como castigo, a los integrantes de la denostada sección nos enviaron a Tropa. A mí me tocó la 5ª Compañía; como instructor de la misma y, pese a que no lo era, ejerciendo de cabo, terminé mis días de mili, ya corriendo noviembre de 1982.
Creo que no fui un buen soldado (en cualquier caso, tal circunstancia daría igual, puesto que cuanto más indisciplinado, gamberrete y pillo resultaba un soldado, más subía su consideración en los mandos). Me movían ciertas ideas para no serlo. Con veinticuatro años, acabada la licenciatura y con dos años de doctorado, tenía mis intereses puestos en realizar la tesis y opositar a profesor. Agotadas las prórrogas, tener que ir a la mili me partía el espinazo (y así resultó). Cuando fui a la Caja de Recluta con una desganada pregunta, las alternativas sobre mi destino militar resultaban claras: O me iba en octubre a Figueirido, o lo hacía en enero del año siguiente a Figueras. No había más (en aquella época el camino de la insumisión estaba poco transitado y ofrecía sus riesgos). Opté por Figuierido como mal menor, pues las fechas que encuadraban el período militar resultaban menos lesivas.
Aquel período de mili me trajo cosas buenas. Resaltaré dos: Conocí Galicia, tierra admirable y bella, y conocí la verdadera lealtad. En mi recuerdo siempre estarán aquellos paisajes de las Rías Bajas, la lluvia insistente, los paseos por la ribera del Lérez, el aroma de los eucaliptus movidos por el viento, los amaneceres y puestas de sol, las tazas de ribeiro, el pulpo a feira, los churrascos, Santiago, La Coruña, la pequeñina Pontevedra, Vigo. Y en cuanto a la lealtad, allí encontré amigos leales y ciertos que, aun con el paso del tiempo, llevo conmigo.
Pero no todo fue loable, y puestas las cosas en la balanza, ésta se inclina hacia un lado u otro según los determinados pesos que se pongan en sus platillos. También experimenté la bajeza humana, la traición, la humillación, la imbecilidad que supone lo que es absurdo. El choque con aquella realidad dura, impositiva y ciega, fue impactante, diría que traumático, porque mi mente no se amoldaba a las vivencias por las que tenía que pasar. Se me vinieron abajo muchas idealidades de repente; no digo esto como una justificación de mi posterior forma de actuar, sino como una realidad. Mi reacción fue visceral, pues ante tal estado de cosas, no se trataba tan sólo de aplicar la máxima de no salir voluntario ni para comer; por el contrario, había que escapar. Lo intenté y pasé por un tribunal médico que desestimó mis alegaciones; así las cosas, la única escapatoria posible resultaba la de la mente. Había que ponerla en otro sitio, y para ello venía en mi socorro un collarín (ya hablaré de él), el alcohol, las timbas, las escapadas del C.I.R. por un sumidero a mitad de la noche, las visitas furtivas a La Piedra. Llegó un momento que creía, y no sin razón, que me columpiaba en una cuerda floja, o caía sin remisión por una vertiente de vértigo que conducía hacía la depravación.
He sentido muchas veces la necesidad de expresar mis vivencias, las emociones que las acompañaban, las ideas que las movían, de forma poética. Sobre la altura de esos poemas, no me cabe a mí juzgar; quizá no merezcan la pena. Sé que el olvido se los tragará como se lo traga todo, pero eso ahora no importa: en su momento me sirvió escribirlos. Lo importante en nuestras vidas ocurre de repente, casi de forma sutil. Ya casi al final de la mili, opté por una decisión; le he sido fiel desde entonces. El siguiente poema hace mención a ella, que cada benévolo lector saque la conclusión que estime oportuna.   


BLANCA LUZ 

«Para mí fue bastante,
y con su luz llené mi eternidad de hoy.»

Eloy Sánchez Rosillo


Llovía sobre Vigo
y caminaba en mi costumbre solo
por las calles en cuesta y retorcidas
de la Piedra, chapoteando el agua.
La ciudad, fuera del cuartel se abría
sin resquicios del alba, tachonada,
oscura de portales en oferta
donde las meretrices procuraban los cielos
módicos de un placer
sin ociosas preguntas.
Así te descubrí.

Tú me llamaste.

(¿Qué es el Amor? «Amor es noche oscura
del luminoso sur en mi memoria
y humedecidas lágrimas», pensé,
como si de repente mi anhelo suspendiera
y acrecentara la nostalgia viva,
en mi pecho la rosa,
los ligeros puñales
verticales cayendo en la lluvia insistente.)

Golpeando susurros en mí oído
habló el silencio, creo, por tus labios,
en portugués meloso y lento,
con precisa dulzura
y sorpresa de mar:
«Eu son unha muller. Ti eres un home.»

El rimel se corría en tus pestañas
y ocurrió aquello en el portal oscuro:
Me pusiste tu mano tan leve sobre el pecho
que mi pecho estalló en ternura.
                                                                No dije nada,
pero besé tu mano,
y tu mano se hizo ala,
y el ala en luz volvió
reveladora.

De pronto sentí el tiempo detenido
perderse en sus abismos, fulgurante;
sentí la soledad, la mar, la noche;
el paso de los días, su fracaso;
el cosmos siempre nuevo y viejo, el cielo;
los montes y los ríos, todo, nada.
Sentí tu mano viva sobre el pecho
punzando el corazón, adentro mío;
desatada la sangre por sus sendas
comunicando vida,
mi cuerpo tumultuoso como espasmo.

Tú me miraste entonces como nadie
antes lo había hecho,
como quizá nadie después lo haría,
porque supe que tú eras tú, sola,
y que conmigo yo en soledad era
frente a la lluvia.
Sentí lástima y miedo.
Ni tú, ni yo, ni el mundo,
ni nada con sentido ni respuesta,
tan sólo soledad desparramada.
Allí era el vértigo, el abismo,
la blanca luz.
                                        Y supe del dolor
y del amor extrañamente juntos,
que el deseo los ojos cubre y ciega
las interrogaciones presentidas,
que todo fluye, nada queda,
y al fin se desvanece
en una nada absurda,
y que la ceguedad habita cada instante.

De pronto me acordé del océano,
el inmenso de Dios,
y con mi boca a balbucir
comencé unas palabras:
«Beata Mater, Virgo intacta,
intercede pro nobis ad Dóminum,
Sancta et Immaculata.»

Surgieron con el viento, con la brisa,
al cimbrear las hojas del otoño
muy dulces en los parques,
al sol sesgadas…


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