viernes, 3 de marzo de 2017

CASA MUERTA



CASA MUERTA

Yo soy aquella la casa lejana
y aquel hombre triste que la habita…

                   Carlos Edmundo de Ory



La tarde cae oblicua
y se apoya sin alma contra el muro.
Se fatiga la luz sobre las piedras.
Los escombros. Las tapias. Los relumbros
del sol en los cristales, hechos trizas.
Cascotes y cemento
se apilan. Zumban moscas. Tejas rotas. 
Vuelan vencidos pájaros de tarde
y gritan. Flota el polvo.

Hasta la puerta me he llegado, lento
hueco que se abre a su vacío y tiembla,
umbral sonoro.
                            Voces hubo.
                                                           Palpo
no más amor que el necesario
ni más tristeza que la justa:
al espacio que ofrece una mirada
la música de antaño convoca la memoria.
No fui feliz.

Se amortigua la tarde
y penetro más hondo, más adentro.

Grandes boquetes en la sombra arañan.

Palidece la luz, avanzo solo.
Estoy solo. Sin sombra. Solo. Solo.

Cuando gimen y crujen las maderas
acumulo tristeza y trastos viejos;
medroso el pensamiento atisba en los rincones,
propone sus enigmas en la estancia.

Estoy solo en la sombra de esta casa;
terror de niño que descubre impávido
unas pintadas: falos y vulvas al carbón,
tiza negra por las paredes, símbolos
que convoca la soledad, el tedio,
para pedir siquiera un gesto de ternura.
¿Acaso no es así?
El corazón, a veces, se ilumina.
Unas latas, los restos de una hoguera,
vidrios rotos.
                                               ¿Qué queda de la infancia?



Del libro “Otra vez la luz, palomas
Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©

miércoles, 1 de marzo de 2017

EL PRECIO DE LA TARDE

A veces las tardes tienen un precio, un breve estridulo:




Sentir el precio de la tarde,
cómo se deshace en derrota
                         su tenebroso adiós
y descuelga elipsis de figuras
                                         o un nombre,
las últimas gaviotas tierra adentro.


En los mares de la sed o del espanto,
apenas el grito de los pájaros
como preciado ungüento.
Pero me aploma el corazón, me hunde
su paso en la sombra,
su ansioso laberinto
                         o tristeza.


Tacto, ansío, evoco, de súbito
               tú - también -,
golondrinas al crepúsculo.


Del libro “Estridularia
Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©