CARTA
PARTIDA. EXPOSICIÓN TEMPORAL 2 (2022)
FULGENCIO
MARTÍNEZ Y ANDRÉS ACEDO
ARS
POÉTICA. COLECCIÓN NON OMNIS MORIAR.
2024
Carta
Partida
es un poemario que, tras su aparente sencillez, muestra una gran complejidad
estructural. Para empezar es un dueto en el que intercambian voces dos
ortónimos, u ontónimos, del autor:
Fulgencio Martínez y Andrés Acedo, circunstancia que, de entrada, supone un
diálogo poéticamente cantado para encontrar el nombre que está detrás del
nombre, el nombre verdadero o Palabra Perdida, análogamente a como Platón se
refería a ese otro Sol que está detrás del sol. Su complejidad también reside
en el hecho de que, como sinfonía no tan de fondo, lo ocupan seis movimientos
presentados bajo la forma de tríptico: A (primera tabla), Sabiduría del comienzo, B, Carta
partida (tabla central, la más extensa) que se presenta con la estructura
de tríada, ambas partes, A y B, escritas por Fulgencio Martínez; y, una tercera
tabla, C, Al sol que declina cuya
autoría se debe a Andrés Acedo, quien presenta una Antología mínima de su poesía, en forma de díptico, cuyas partes
están compuestas por tres poemas cada una. (Para que nadie se pierda, la
estructura sinfónica de Carta Partida
se presenta bajo los siguientes seis movimientos: 1º, Sabiduría del comienzo; 2º, Carta
partida 1; 3º, Carta partida 2;
4º, Carta partida 3 ; 5, Al sol que declina 1; 6, Al sol que declina 2). Por otro lado,
con la finalidad de entender el subtítulo del poemario, tal y como señala el
autor en la Nota Crítica del inicio, Carta Partida forma parte de un todo más
amplio; así, aunque primera entrega, refiere el segundo episodio de un proyecto
recopilatorio de la poesía del autor de los últimos años, Exposición temporal, cuyo primer episodio, aún por salir, lleva el
título de Tiempo revivido, y el
tercero y cuarto, Sendas del invierno en
primavera y Espacio para una urna, respectivamente,
y ya concluidos. Al hilo, señalo como característica nuclear de esta escritura
el tiempo (casi todos los poemas están fechados), la sensación de una extraña
temporalidad que envuelve a las personalidades poéticas del autor, quizá con la
intención de tensar un arco, más o menos consciente, entre la fugacidad y la
eternidad, el recuerdo y el anhelo, el instante que se constituye y toma ensidad en sí mismo y su sucesivo paso
hacia otro instante, pleno y vacío a la vez; algo que se patentiza con especial
nitidez en el juego de espejos presentado en la última tabla del poemario Al sol que declina. Son espacios de
danza que se entrecruzan en la subjetividad del autor como pidiendo un sentido,
posiblemente el que otorga el Amor.
Quizá deba propasarme en las obligaciones
que, como reseñista, debo a Carta partida,
y procurar una aclaración que, sin duda, el lector agradecerá si se enfrenta de
bruces con esta escritura. Me refiero a su autoría firmada por dos de los
ortónimos del autor. En este sentido, mucho echo de menos no poder haber asistido
a una charla entre un tal Fulgencio Martínez y otro tal Fernando Pessoa en un
café de Lisboa, allá por los años treinta del siglo pasado. Esta charla,
ciertamente, hubiera sido imposible en la realidad, pero en el reino de la
imaginación, que es el de lo literario y posible, sucedió realmente. Me llegan
noticias de que iba la cosa acerca del concepto de personalidad literaria, y si
un autor podría tener una o unas cuantas. Así un tal Borges, allí presente, que
curiosamente había viajado desde Argentina para asistir a aquella reunión,
recitó un poema, el de los Dones, y dijo que la clave del poema estaba en sus
dos últimas estrofas, y con ese acento inconfundible del Cono Sur argumentó a
favor de la multiplicidad de los yoes que conviven y forman una sola sombra,
aunque después se rebatió a sí mismo y afirmó que quizá fuera al revés, que
fueran muchas sombras las que componen un solo yo, pero que, por razones
puramente literarias, quizá estéticas, prefería la primera opción; la ceguera,
sin embargo, no le dejaba apreciar ni el yo múltiple ni su sombra única,
tampoco lo contrario. «Tal vez todo sea un sueño y seamos soñadores soñados por
otros soñadores», aseveró con un vago deje de melancolía al final de su
disquisición. Cierto tipo, algo foráneo al tema que se debatía, se tiró al
ruedo y habló sin tapujos de lo que él denominaba heterónimos. Dijo llamarse
Bernardo Soares, y afirmó que la clave del núcleo de cualquier personalidad
está en el fingimiento: se trataba de fingir el dolor para que el dolor fingido
fuese más real que el sentido, o al revés; por tanto, y concomitantemente,
quien más fingiera sería más real que quien lo hiciera menos, aunque
cualesquiera de los fingidores remitiera a un Gran Fingidor que, en su
fingimiento, les diera la existencia. Esa era la clave y la diferencia entre
los heterónimos y el ortónimo al cual remitían. A los presentes, tal salida,
les pareció un trabalenguas sin sentido, pero Soares insistió y trajo a
colación cuestiones de etimología. Un autor ciertamente se podía desdoblar en
múltiples personalidades que adquirieran cuerpo; estas serían extrañas a su
creador y vivirían por sí solas, por así decir: tendrían su propia fisicidad,
su personalidad, su manera de expresarse. Serían los heterónimos, los cuales
siempre remitirían al autor del cual fuesen dependientes. Para concluir, dijo
Soares que él mismo era un heterónimo del tal Pessoa, allí presente, pero que
poco o nada tenía que ver con él salvo en la ficción del dolor y, también, en
que ambos eran portugueses. Por alusiones, Pessoa calló, no podía menos. Tomó
la palabra Fulgencio Martínez. Dijo Fulgencio que se negaba a ser un mero
heterónimo de Fulgencio Martínez, y que, por lo tanto, reclamaba su propio
nombre independientemente de que el otro se llamara igual que él. «No
compliquemos las cosas —dijo con un ademán de rebeldía que no admitía dudas—,
el autor es dueño de su escritura y hasta cierto punto, por su capacidad
creativa, se constituye en un dios menor». Propiamente no habría que hablar de
heterónimos sino de ortónimos, con más propiedad de ontónimos, explicó, porque, con independencia de su origen o
procedencia, cualquier voz que llega al umbral de lo que podríamos considerar
personalidad, es correcta; esto es, tiene esencia propia, una propia estructura
interna o fysis que la individualiza
frente a cualquier otra personalidad (incluso de la de su autor), de manera que
la hace única, y aunque quede remitida a un hacedor, deja de remitirse al tal
hacedor porque es voz hacedora del hacedor mismo. «En mis ortónimos soy yo»,
dijo, casi emulando al rey Sol. A partir de este punto, la conversación aquella
fue muy liosa y algunos de los presentes llegaron a las manos, tales pasiones
se desataron. Hubo sangre, sí, algún muerto a navajazos, pero no quiero relatar
las bajezas a que puede llegar la pasión literaria.
Supongo
que poco o nada habrá dejado en claro la divagación anterior, no importa: a
todos nos acecha la muerte. Aun así, algún crítico a deshoras podría pensar lo
que no debe y, sobre todo, debido al juego con los ortónimos que sea trae el
autor de esta Carta Partida (poemario
en que solo aparecen dos, aunque en la sombra quedan tres: Séptimo Alba,
Sebastián Alfeo y el otro Fulgencio Martínez), albergar en su coleto la
sospecha a que algunas mentes simples pudieran llegar, y concluir que este, al
igual que Pessoa estaba como una cabra, queda atacado de parecido mal. No, nada
de eso. Consciente de esta burda banalización a que pudiera llegar la cortedad
de miras, el autor, en defensa de sí, sale a su encuentro para rebatirla sin
contemplaciones y, con fina aunque punzante ironía, en la Nota Crítica del inicio echa mano de unos versos aparecidos en un
poemario anterior, muy aclaratorios:
He
contribuido a la diversidad
de la
especie humana
escribiendo
bajo personas poéticas
diferentes
e iguales a mí mismo.
No
tengo enfermedades ni practico el yoga;
señor,
solo hago versos a mi chica.
Algún día hablaremos en serio sobre estas
fundamentales cuestiones, mientras tanto digamos algo sobre el poemario. ¿Carta partida?, ¿qué significa esto? Al
hilo del título, lo primero que me llega es una sensación de hiato, de pérdida
o lejanía, de algo que es necesario recomponer con urgencia pues en ello va,
para un hombre acostumbrado a pensar, el Sentido, para cualquier hombre, el Amor.
Indudablemente, el Amor con mayúscula. Recomponer el Amor en su vastedad y en
todas sus facetas, esa es la tarea, pues no otra cosa sino el Amor es lo que se
ha roto. Mientras que esto no suceda, el corazón será arrasado por la
despoblación, la sensación de la fugacidad, la pérdida, el vacío y la anexa
melancolía.
Una carta partida es un pergamino que se
desgaja en dos partes, y cada una de estas partes se otorga a dos personas. El
original queda sesgado, pero aun así, cada una de las mitades se convierte en
signo de identificación y custodiarán un secreto hasta que de nuevo vuelvan a
estar unidas. Si el hiato, la consciencia de separación, la soledad, la
sensación de extrañeza frente al otro y el mundo presiden el poemario, también
es verdad que en él aparece el anhelo del retorno, la esperanza del regreso o
vuelta al origen, y no con las manos vacías sino cargadas de dones. Puesto que
el tiempo, no el espacio, es lo que marca las distancias, el mayor don sería la
anulación de la misma temporalidad: llegar a conscienciar el eterno presente.
Ya en la obertura de la Carta aparece un poema intenso, de desoladora melancolía, Extraño próximo. El autor relata una
anécdota trivial; sin embargo, esta anécdota esconde algo que no se dice, pero
se palpa. Todo el entorno es cotidiano, y aun así una fiera de desolación,
oscura e impredecible, ronda al acecho. Se trata de la despedida que el tal
Fulgencio, el autor, evoca mirando una fotografía; aquella hecha con sus padres,
en el andén de una estación, cuando marcha a estudiar lejos y ahora contempla.
¿Por
qué llegarías a tiempo?
Pudiste
haber perdido el tren,
se pregunta, y se responde, casi al final del
poema. Previamente ha posado la mirada en hechos que, propiamente, no importan:
detalles fugaces. Pero lo que importa es lo que no dice, mas deja intuir: la
huida frente a su realidad, frente a sus padres. Todo la alude, pero todo la
encubre como un engaño. De tal modo aparece el abismo de la separación. Sabe,
aun de forma no del todo consciente, que, aunque regrese, la realidad nunca
volverá a ser la misma. Él volverá cambiado y sus padres habrán cambiado. Nada
será igual a como es ahora; el futuro es incierto, el presente se desvanece en
la espera del tren que le llevará a otra ciudad. El hiato se agranda y el autor
huye hasta de sí mismo.
No es de extrañar que Carta partida vaya dedicada a sus padres, porque de modo implícito
el autor deja caer que esa distancia frente al hogar (más materno que paterno)
es la ruptura primordial, y como tal, preside cualquier ruptura posterior. La
separación de la casa familiar, del hogar, nutricio y amoroso, preludia el
resto de las separaciones posibles que están por llegar y que irremediablemente
acontecerán en el decurso del tiempo. Son separaciones que agrandarán la distancia
de sí mismo, y sobre sí mismo, hasta llevarla a un paroxismo: la bipartición
del autor en dos mitades, una de luz, otra de sombra (Escribo con una mitad de mí/que desconozco). No puede haber mayor
lejanía que la distancia de ese algo que somos, de sí o de Dios, y la sensación
del vértigo que convoca, cada vez más angustioso cuando, sin alardes ni
expresiones enfáticas, son las palabras sencillas las que lo aluden al tiempo
que encubren una complejidad de emociones:
Por
mucho que apostamos
no hay
esperanza, ni hay paz, ni hay
silencio,
hasta tu silencio huye, creador,
la
pausa para alejarte de tu obra
unos
pasos, eternos, y firmarla o destruirla.
Si falta la fe, dice Fulgencio, tan solo
queda la sobrevida del recuerdo cordial. No sé si esto sería suficiente para
aplacar cualquier sensación de inanidad; seguro que no. Aun así la memoria,
frente a la fugacidad del pasado que siempre huye y se nos aleja, puede
recuperar algunos trozos rotos, y si el silencio se vuelve demasiado opresivo,
atrapar un poco del amor humano, que sí, en las vueltas y revueltas del camino,
del tiempo, sigue ofreciéndose para paliar la soledad de quien lo busca o
nombra. No es de extrañar, por tanto, que con un juego de espejos, o poemas reflejos
dedicados a Soledad, el autor haga finalizar esta Carta Partida:
Converso
con el amor imposible
que a
veces va conmigo, y que a veces
necesito
tenerlo en la distancia
para
que en su ausencia lo reconozca.
Por Jesús Cánovas
Martínez
Filósofo
y poeta
Ad astra per
aspera