¡Qué gran verdad expresa el apotegma que
enuncia que donde está la herida también está la cura! Suele ser así, y el
terapeuta del alma bien conoce que cualquier sanación debe abordar y sacar a la
luz aquello que produjo el dolor, esto es, debe hurgar, por violento que sea, en
la herida. Se trata de curar al hombre dañado por una flecha, tal como Buda hace
tiempo enunció, por lo que no es plan de saber qué tipo de flecha le traspasó,
quién la disparó y desde qué ángulo, sino de arrancarle la flecha y sanar su
desgarradura; después se indagará. Dicho lo cual, por la gravedad de la herida,
la cura puede ser más o menos larga y tortuosa; en cualquier caso, no se trata
de perderse en procedimientos o en discusiones superfluas sino en abordar de
cara el problema, y aunque esto conlleve remover fondos oscuros, al cabo,
aunque queden las cicatrices, se tendrá la certeza de haber alcanzado la
sanación.
Guillermina Sánchez Oró en Voces rotas trata de sanar una herida de
familia acerca de algo que ocurrió y no debía de haber ocurrido; acerca de algo
que, una vez sucedido, se habló en voz baja, con dolor soterrado, rabia y
respeto. De esta forma, los demonios del sufrimiento siguieron hurgando los
fondos de nuestra autora hasta el punto de que terminaron por reclamar una
confrontación radical para mitigar el dolor, porque el dolor no se aplaca sino
se le afronta, y, si cierto es que el daño no se puede reparar propiamente, por
lo menos, se puede transfigurar y conducir hacia algún tipo de redención.
Guillermina es una mujer asertiva, de natural
ariano y difícil de arredrar, y, por si fuera poco, de temperamento artístico,
faceta no desdeñable que suma a su carácter el don de la creatividad. Por eso, como
mejor medio para afrontar el doloroso hecho que produjo aquel desgarro, en la
familia y en ella misma, ha encontrado la expresión literaria, gracias a la
cual expone el drama y redime a la mujer, su tía, que sufrió aquel percance.
Ahora bien, no solo se queda ahí (algo que en sí mismo sería un logro de
especial relieve) sino que alienta la esperanza en cualquier otra mujer que
haya pasado por tan vil experiencia como la del tráfico de personas, esto es,
de la trata de blancas. El clamor que eleva Guillermina Sánchez Oró es fuerte,
potente, y en su ímpetu arrastra a esa necesaria redención no solo de las
víctimas, sino también de aquellos otros que perpetraron el crimen. La
confrontación será radical.
Voces
rotas
constituye un thriller apasionante en
busca de la verdad, el honor y la sanación, los capítulos se suceden rápidos y
los personajes quedan engarzados en la trama con especial maestría.
«Judit
estaba obsesionada con la muerte de su tía, Ysabel», esta es la primera frase
de la novela y supone el pistoletazo de salida. Judit se obsesiona tanto con la
muerte de su tía, piensa en ella tan frecuentemente que camina por el borde de
la depresión y termina por somatizar la zozobra interior que llevó a su tía al
suicidio. ¿Por qué? «En plena flor de su vida, cada vez que se asomaba a una
ventana o se asomaba a un balcón, le venía la imagen difuminada de su tía, se
le emborrachaba la mente y sentía un impulso irresistible, una tentación que la
arrastraba a ejercitar esa visión».
Judit desarrolla su vida en Ceuta, pero al
finalizar los estudios medios de bachillerato marcha a estudiar abogacía a la
universidad de Oxford. Terminado el curso, el destino le deparará una
desagradable sorpresa: Fátima, su amiga del alma, quien le daba apoyo y
consuelo por la pérdida de su tía, mientras bebía una copa desaparecerá de uno
de los bares más emblemáticos de Oxford, The
Bridge. Puesta al corriente la policía londinense, se harán cargo de la
investigación las inspectoras Lidia y Tamara. El drama está servido y comenzará
una investigación que se desarrollará dentro de un gran arco geográfico e
involucrará a la CIA.
¿Cómo se pueden realizar actos tan execrables
como el de la trata de blancas? Indudablemente hay un proceso. El mafioso se
hace. Suele nacer en un entorno social necesitado y, poco a poco, para sacar
dinero y sufragar gastos cotidianos, se anima a cometer pequeños crímenes;
estos irán en aumento y cada vez serán más abominables. No hay amigos entre los
mafiosos, pero sí existe el prestigio que da lo horrendo, el cual permite
ascender por los escalafones de la organización. Por eso, aunque nos
horrorizamos, no nos sorprendemos cuando Muley, el padrastro de Fátima, es una
de las piezas clave de su rapto, y más nos horrorizamos cuando, pese a las
súplicas de su hijastra, la viola y le pega, y la ofrece a cualquier postor que
quiera pagar el deshonroso estipendio.
Fátima tendrá suerte y será rescatada, pero
no otras mujeres cuyo destino final, después de numerosas vejaciones y
torturas, será la de ser vendidas u otro peor. ¿Qué tipo de psicología poseen los
individuos que se dedican a este tipo de crímenes? Son seres que han llegado a
lo más bajo de la condición humana; aunque parecen humanos, todo indica que en
algún recodo del camino perdieron su alma. ¿Puede haber redención para ellos?
Esta es una de las preguntas que aborda Guillermina Sánchez Oró y que hacen, si
cabe, más interesante Voces rotas,
porque no solo se quiebra la voz de la víctima sino la del malhechor. Capturado
el mafioso, enfrentará su encarcelamiento, y allí su vida no será fácil, pues
existe una justicia más terrible que la de los tribunales: la de la cárcel.
La autora pasa revista a las condiciones de
vida de los presos condenados a cadena perpetua por crímenes de trata o de
violación. Según sea la cárcel de un país africano o de uno europeo, el trato
será diferente. En cualquier caso, la vida de estos condenados pende de un
hilo, tanto que resulta peligroso salir al patio con los demás presos;
cualquier reyerta, provocada con intención, puede significar la muerte, máxime
si algún capo del exterior la desea como venganza, o, simplemente, para
silenciar a un posible testigo que los inculpe. Ahora bien, pese a lo abyecto
de los crímenes de estos sujetos, Guillermina, haciendo gala de una gran
bondad, tras el sufrimiento vivido en prisión, tras el arrepentimiento que
pueden producir los años y la soledad, les facilita una puerta para la
redención. El final de Voces rotas
será agridulce, aunque esperanzado. La vida no se puede devolver, el daño está
hecho y el mal campa; sin embargo, el futuro queda abierto a una multiplicidad
de posibilidades, el sol brillará mañana.
ALHAMA, CASA DE LA
CULTURA, 24 DE ABRIL 2025, 8 DE LA TARDE
(EXTRACTO DE LA PRESENTACIÓN)
¿Por qué “relatos intangibles”? Hecha esta misma pregunta a Amparo González
me respondió lo siguiente: porque solo
se entienden propiamente o se vislumbran al final de sus tramas.
Como lector, y puesto que cada lector tiene
derecho a su lectura, añadiría que también son intangibles porque remueven un fondo de emociones, a veces
difíciles de precisar en cuanto se entremezclan unas con otras, y son como cuchillos
que traspasan las entrañas, cuchillos
que nos van a hacer sangrar de algún modo. Y es que los relatos aluden
tanto a la inteligencia como a la emoción, aunque puestas en una balanza
inteligencia y emoción, el platillo que se inclinaría sin lugar a dudas sería
el de la parte emocional. Las tramas por
las que Amparo nos va hacer transitar y su resolución siempre involucrarán al
corazón, hasta el punto de que de forma empática o simpática nos pondremos al
lado de sus protagonistas, la gran mayoría femeninos. Al hilo, resalto algo
propio de la escritura de Amparo, de la cual es muy consciente y ella misma se
encarga de subrayar al inicio del libro: Todos ellos (los relatos), a través de
los pequeños detalles incidirán sobre lo que no se ve, “allí donde todo empieza a perder sus contornos” para arrojar una
pequeña luz sobre eso mismo que no se ve, porque, como ella dice “tengo la certeza de que hasta los más
pequeños actos de una persona tienen un sinfín de motivos, y como autora aspiro
a mostrarlos”.
Diré, por eso mismo, que la misma pretensión
por la que Amparo González escribe le lleva a asumir un determinado estilo de
escritura: minucioso, detallista, minimalista, descriptivo y muy visual
Las tramas de los diez relatos que componen “Relatos intangibles”, salvo uno, “La vida no es lo que soñabas” del que
después diré algo, van a suceder o van a tener como referencia a Calandria, una
población que en el imaginario de la autora es trasunto de Alhama, su ciudad
natal, aunque también podría ser trasunto de cualquier localidad que no fuera
excesivamente grande y todavía conservara los aromas (antiguos) de una vida
sencilla, en el mejor sentido de la palabra, apegada a la tierra, donde
siguieran existiendo oficios antiguos (talabartero) y se pudieran apreciar los
trinos y silbos de la simpática ave de la que toma nombre.
Aparte de tener una población significativa
pero no demasiado grande, una cualidad
importante que definiría Calandria sería su carácter gatuno, pues en ella
hay más gatos que personas, y los hay porque están protegidos por los vecinos.
Nos llevaría lejos hablar de este carácter gatuno de Calandria y enlazarlo con
la “gatunidad” de Amparo, si se me
permite la expresión, porque sería una extralimitación hasta cierto punto
abusiva por mi parte, ya que supondría un salto hacia lo personal. .
Retomando lo que sea especificidad de Calandria, habría que la caracteriza la vivencia del tiempo lento, sin prisas, que
tienen, los cuales se dejan “fluir”; ahora bien, lo propio de su carácter es el Amor, el amor que se cierne, difuso
pero efectivo, sobre su atmósfera y convierte la vida de sus habitantes en
agradable, con sentido. Y ese Amor explica la longevidad de sus naturales,
pues la mayoría se van pasados los noventa. Esto se debe a que jamás se
abandona a los ancianos, ya que siempre viven con algún hijo o nieto hasta que
mueren, y, como segunda razón, porque los mayores no paran de hacer cosas, así
que se sienten útiles. Son dos razones importantes para seguir vivo: la condición de no abandono a la que se añade la de seguir dando.
Con el paso del tiempo algo ha cambiado, sin
embargo. ¿Se era más feliz antes que ahora? La autora deja la pregunta en
suspenso porque “para ello —son sus
palabras— necesitaría, primero, conocer
la naturaleza humana y, después, mirar por debajo de la apariencia de las vidas
humanas”.
De este modo Amparo deja latente el tema de
la felicidad, ese gran tema de la felicidad, qué es y cómo conseguirla;
mientras, para dar respuesta a esta temática, ensaya varios tipos de respuesta
en los diez relatos que componen el libro donde de forma implícita la expone,
mostrando lo que no es y lo que podría ser (que el lector agudice su mirada).
Son
estos relatos en los que la autora se involucra, a veces hasta los tuétanos. No
diré que son “selfies” de sí misma, pero sí que se les asemejan bastante, y
añadiría que la mejor forma de conocer a Amparo, para quien no la conozca,
sería a través de ellos, pues, de algún modo, marcan hitos autobiográficos que ella ha querido resaltar, momentos
culmen de su vida, cargados de una gran intensidad y significación. A este
respecto, y para no dar rodeos, traigo a colación el relato que a mí más me ha
impactado, me refiero a “La Llegada”,
al que, como entradilla, lo anteceden unas palabras de la autora:
“Estoy
dispuesta a correr el riesgo de contaros esta pequeña historia. Sé que somos
nuestro secretos, pero a veces contarlos nos hace sentir que estamos realmente
vivos”.
Me gusta esta forma de introducir el relato.
Por un lado, Amparo, puesto que es ella la que se retrata, se siente temerosa a contar no una ficción, sino una historia (esto
es importante), pero a la vez, en un
arranque de valentía nos comunica que está dispuesta a ello; primer momento. En
un segundo momento confiesa la razón o el motivo que le lleva a contar la
historia: dice que sabe, (y esto también es importante), que posee sabiduría,
que posee un conocimiento poderoso que no es otro que sabe que somos nuestros secretos; es decir, está validando el poder
del secreto en cuanto este secreto, por su importancia es capaz de definir
nuestro ser, lo que somos. Ahora bien, también conoce o sabe que este
secreto no debe permanecer secreto, que no es un secreto para guardarlo en lo
más profundo de un armario o cajón, o en la última Matrhioska, porque, precisa,
a veces contarlo, esto es, comunicarlo a un semejante que sabe que lo va a
entender, o, por lo menos comprender, “nos
hace sentir que estamos realmente vivos”. Ahí está el detonante de la comunicación y el mismo detonante de la
escritura. Para vivir hay que contar, esto es, para vivir, para hacer la vida
real junto a nuestros semejantes, debemos darnos en lo más íntimo, debemos
darnos en los secretos que definen nuestro ser.
De este modo, si el darse quizá sea la forma más clara de profesar el Amor,
generalizo esta entradilla y la trasmito al resto de los relatos del libro;
asíenlazo con lo que esbozaba con
anterioridad: estos relatos intangibles
son, en el fondo, un ejercicio de amor.
Pero vengo al relato La llegada. Amparo le da comienzo de manera muy dura, aséptica,
blanca, cuando precisamente el momento que vive la protagonista está cargado de
una intensa emoción, una emoción como quizá no tengan otros momentos que ha
vivido o vivirá. La protagonista va a dar a luz, y lo va hacer por cesárea.
Necesita complicidades, una ayuda afectiva, cariño, pero no los encuentra; de
este modo la atmósfera que envuelve el relato se convertirá en horriblemente
opresiva:
“Me
cubren con una manta helada, pesada, y que raspa mi piel. Recuerdo las mantas
de mi abuela (tenía que pedir ayuda para salir de la cama de lo que pesaban).
El paritorio es un espacio inmenso, vacío; en el centro, una mesa de acero, y
cerca una mesita con ruedas de material quirúrgico”.
La protagonista mezcla lo objetivo del hecho
en sí, el parto, con la subjetividad con que lo vive, subjetividad que a la
postre es lo que cuenta, pues la vivencia que tenemos de los hechos, lo
queramos o no, son los hechos.
La capacidad de trasmisión de emociones de
Amparo es genial; el lector, como ha sido mi caso, enseguida quedará
sobrecogido por una sensación heladora
de frialdad que se trasmite desde el primer momento, a la que se suma el
desvalimiento de la protagonista aherrojada a la condición de cuerpo,
cosificada, despojada de todo lo humano que podría haber en ella,
precisamente por la asepsia con que es envuelto el parto, por la falta de ese
calor humano que tanto está echando en falta, algo que no colma el pequeño roce
de la mano de una enfermera sobresu
brazo; al contrario, tal roce incluso agudiza la sensación de extrema soledad
de la parturienta, quién en su interior llega a exclamar:
“¡Madre
mía! Lo oigo todo nítidamente, “soy conejillo de indias”, mi cuerpo va a
contribuir a la formación de futuros profesionales.”
Se ha percatado de que en el paritorio han
entrado unos estudiantes para recibir una clase práctica. ¡El colmo! Parece que
hay algo de recochineo, permítaseme la expresión, en ello, pues esta mujer que
literalmente va a ser abierta en canal constituirá el espectáculo de unas
gentes desconocidas por muy estudiantes que sean. Esta consciencia que ella toma de su estado, de su absoluta
indefensión, casi podría ser un punto de ironía en el relato, y lo es, pero es
un punto de ironía macabro, negro, que contrasta fuertemente con las albas
paredes del paritorio.
(Como la imaginación es libre a mí,
personalmente, las pinceladas con que Amparo describe este hospital, me evocan
a uno de esos que aparecen en las películas sobre la I Guerra Mundial, con
enormes salas de paredes altas y blancas, llenas de camas de metal donde los
heridos moribundos se retuercen de dolor y esperan la muerte, y donde unas
enfermeras voluntarias, sin conocimiento de la profesión, se afanan, sin saber
qué hacer, yendo de un lado para otro, y donde un cirujano torticero a lo Peter
Lorre, después de un triaje de esa manera, amputa con saña brazos y piernas…)
Menos mal que la capacidad reflexiva no le ha
sido anulada a la protagonista, y eso mismo le permite sobreponerse, centrarse,
abrazar la importancia del instante, abrazarse a sí misma ante la indefensión.
Un acontecimiento humano, tremendamente humano, precioso en cuanto supone el
alumbramiento de una nueva vida, la excesiva tecnificación lo ha convertido en
algo rutinario y frío, amorfo y sin relieve y, añadiría, casi dañino en cuanto
convoca tanto desamparo. Así, la parturienta que ha sido abierta en canal
(repito) y después cosida a la vista de un público no deseado (ella hubiera
preferido que estuviera su esposo a los estudiantes, pero a este le han
impedido la entrada) reflexiona:
“Pienso
en este equipo de profesionalescon
tristeza, porque valoran más la “tecnología” que el “contacto” en un momento
tan sublime e irrepetible para una mujer, donde ella percibe toda su desnudez,
ha dado vida a otro ser, se ha quedado vacía. Y ahora está sola de nuevo. Un
hueco difícil de reponer.
Por fin
vienen a por mí, ya cerca de otro ataque de llanto. No quiero pensar más. Lanzo
una última pregunta al Universo: “¿Hay algún ser humano por aquí?”
Terrible
conclusión: ante los actos más importantes que podamos hacer en nuestra vida
resulta que estamos solos. Y se puede añadir algo más: se entiende que un
estudiante de medicina tenga que recibir clases prácticas, pero ¿acaso no se
viola un derecho fundamental, el de la intimidad, cuando la desnudez, no solo
del cuerpo sino de las entrañas, es expuesta a la vista de alguien a quien no
se le ha invitado ni dado permiso para hacerlo?
Valga, por tanto, la pregunta que lanza Amparo
por boca de la protagonista del relato a las blancas paredes, a la nada, como
moraleja. Pregunta que recuerda aquella interpelación que hacía Diógenes cínico
a sus compatriotas durante los días de mercado cuando, en medio de la multitud,
se paseaba con un candil buscando a un hombre. “¿Hay algún ser humano por aquí?”
La
sensación de desvalimiento, de fragilidad, de indefensión, la soledad añadida y
el desamparo,
de una u otra forma irán apareciendo a lo largo de las páginas de estos “Relatos Intangibles”, hasta el punto
que desde cierto ángulo de vista se podría considerar el libro como un tratado sobre la fragilidad humana.
Las protagonistas de ellos, los alter
de Amparo, hay que decirlo, o los selfies
que Amparo hace de sí misma experimentarán un dolor silencioso que no aflorará
a superficie, sino que, de una forma u otra, quedará soterrado bajo sus pieles.
Así le ocurre a la protagonista de “La vida no es lo que soñabas”. Una
joven que, con toda la ilusión que conlleva la juventud, sale de Calandria por
primera vez para trabajar en el extranjero; sabe algo de francés y esta
oportunidad que se le presenta no solo, piensa, le reportará un dinero con que
afrontar el futuro sino que le servirá para perfeccionar su conocimiento del
idioma. Con ese bagaje ilusionado en su macuto se encamina hacia el pequeño
hotel de Suiza donde trabajará de chica para todo:
Con una
adolescencia tardía a cuestas y una ingenuidad e inocencia de alguien que no ha
dejado su hábitat, se subió a un tren de mercancías (parecido a los trenes que
trasportaban a los judíos) y después de treinta horas por multitud de paradas y
dificultosos arranques, llegó a Suiza.
La ironía es mordaz; el contraste, brutal.
Tengo que suponer que el vagón al que sube esta pobre chica, Rosa Guerrero,
debía de ser un tercera de aquellos en los que, comenzando por los asientos,
todo eran tablas. Empezamos mal, y seguimos peor:
La
esperaba una señora que ya no cumpliría los setenta años, robusta, grande y con
aspecto de mujer dura.
En fin, tras el deslumbramiento de los
primeros días, extasiada por los nuevos paisajes cubiertos de nieve tan
diferentes a los de su Calandria natal, la realidad se impone por sí misma y
resulta que no es nada agradable. Trabaja a destajo, sin un horario definido, y
comienza a ver cosas raras:
Pero lo
que descubrió aterrada era que la abuela, la vieja, entraba a su habitación, a
su intimidad y le removía todo; se quedó sin aliento.
Nos encaminamos a un mal final cuando la
pobre e ingenua Rosa sufre un intento de violación por parte de la abuela; el
asco que le produce ese intento es tal que pide el finiquito a los dueños del
hotel para regresar a España, y estos le dicen que por romper el contrato no
están dispuestos a pagarle una serie de días. No acaban aquí las desgracias de
esta indefensa criatura pues cuando hace la maleta y va a recoger el poco
dinero que tiene ahorrado descubre con asombro que la asquerosa vieja se lo ha
robado; total, que solo le queda lo justo para volver a su Calandria natal.
Echando mano de nuestro refranero, quizá el relato como subtítulo debería
llevar “ir por lana y salir trasquilado”.
¿Qué
podría ocurrir si la fragilidad humana se hace tan patente como cuando se
pierde un sentido? Esto ocurre en el último relato, que lleva por título El club de los frágiles. La
protagonista se queda ciega de la noche a la mañana y, al perder la vista, su
relación con el mundo cambiará drásticamente. Normalmente se dice que la
ceguera es símbolo de sabiduría, pues al perder la visión hacia fuera, esta se
interioriza y se vuelve hacia dentro; lo que del mundo exterior se evade, se
gana en conocimiento del mundo interior. Tal tesitura aparece en el relato,
pues la protagonista no solo, con los otros sentidos agudizados, establece
mapas con qué orientarse en el mundo, sino que gana una fortaleza interna que
contrasta con la fragilidad de su cuerpo. Ahora bien, ¿qué ocurriría si un
chico se enamorara de ella y, por amor, quisiera experimentar su fragilidad?
Dejo ahí la pregunta; la respuesta, en el relato.
Otra pregunta que aborda Amparo es muy
interesante y hace referencia, cómo no, al amor. ¿Qué ocurre con el primer amor
de adolescencia cuando pasan los años?, o, mejor aún: ¿Por qué no se dio el
paso cuando había tiempo y se ha permitido que ese amor quede larvado como una
herida?
Esta fragilidad nos la mostrará Amparo
magistralmente en el anciano, viudo, con sus tres hijos casados y en el
extranjero, que vive solo; bueno, vive con una sirvienta. Es un hombre ilustre,
que tiene un prestigio ganado y a quien, salvando a los que ha enterrado,
bastantes por cierto, aún le quedan muchos amigos: son los libros con los que
convive. Este relato lleva por título “Compañía”
y está dedicado a Alfonso Martínez-Mena.
Podría decir mucho más de estos Relatos intangibles, pero no consiste
mi labor en ir destripándolos uno por uno, sino, por el contrario, ofreciendo
algún botón de muestra, correr las cortinas para dejarlo ver e invitar a su
lectura. Creo, por tanto, que aquí debe finalizar mi labor, eso sí, agradeciendo
a Amparo González Tomás el haberlo escrito, ya que leer estos relatos
intangibles nos hace a nosotros menos intangibles, más concretos, más
conocedores de nosotros mismos por cuanto, al vivir las situaciones y, sobre
todo, las emociones de los protagonistas, acunados siempre por los cantos de
las calandrias, se nos revelan los propios secretos que nos definen.
Carta
Partida
es un poemario que, tras su aparente sencillez, muestra una gran complejidad
estructural. Para empezar es un dueto en el que intercambian voces dos
ortónimos, u ontónimos, del autor:
Fulgencio Martínez y Andrés Acedo, circunstancia que, de entrada, supone un
diálogo poéticamente cantado para encontrar el nombre que está detrás del
nombre, el nombre verdadero o Palabra Perdida, análogamente a como Platón se
refería a ese otro Sol que está detrás del sol. Su complejidad también reside
en el hecho de que, como sinfonía no tan de fondo, lo ocupan seis movimientos
presentados bajo la forma de tríptico: A (primera tabla), Sabiduría del comienzo, B, Carta
partida (tabla central, la más extensa) que se presenta con la estructura
de tríada, ambas partes, A y B, escritas por Fulgencio Martínez; y, una tercera
tabla, C, Al sol que declina cuya
autoría se debe a Andrés Acedo, quien presenta una Antología mínima de su poesía, en forma de díptico, cuyas partes
están compuestas por tres poemas cada una. (Para que nadie se pierda, la
estructura sinfónica de Carta Partida
se presenta bajo los siguientes seis movimientos: 1º, Sabiduría del comienzo; 2º, Carta
partida 1; 3º, Carta partida 2;
4º, Carta partida 3 ; 5, Al sol que declina 1; 6, Al sol que declina 2). Por otro lado,
con la finalidad de entender el subtítulo del poemario, tal y como señala el
autor en la Nota Crítica del inicio, Carta Partida forma parte de un todo más
amplio; así, aunque primera entrega, refiere el segundo episodio de un proyecto
recopilatorio de la poesía del autor de los últimos años, Exposición temporal, cuyo primer episodio, aún por salir, lleva el
título de Tiempo revivido, y el
tercero y cuarto, Sendas del invierno en
primavera y Espacio para una urna, respectivamente,
y ya concluidos. Al hilo, señalo como característica nuclear de esta escritura
el tiempo (casi todos los poemas están fechados), la sensación de una extraña
temporalidad que envuelve a las personalidades poéticas del autor, quizá con la
intención de tensar un arco, más o menos consciente, entre la fugacidad y la
eternidad, el recuerdo y el anhelo, el instante que se constituye y toma ensidad en sí mismo y su sucesivo paso
hacia otro instante, pleno y vacío a la vez; algo que se patentiza con especial
nitidez en el juego de espejos presentado en la última tabla del poemario Al sol que declina. Son espacios de
danza que se entrecruzan en la subjetividad del autor como pidiendo un sentido,
posiblemente el que otorga el Amor.
Quizá deba propasarme en las obligaciones
que, como reseñista, debo a Carta partida,
y procurar una aclaración que, sin duda, el lector agradecerá si se enfrenta de
bruces con esta escritura. Me refiero a su autoría firmada por dos de los
ortónimos del autor. En este sentido, mucho echo de menos no poder haber asistido
a una charla entre un tal Fulgencio Martínez y otro tal Fernando Pessoa en un
café de Lisboa, allá por los años treinta del siglo pasado. Esta charla,
ciertamente, hubiera sido imposible en la realidad, pero en el reino de la
imaginación, que es el de lo literario y posible, sucedió realmente. Me llegan
noticias de que iba la cosa acerca del concepto de personalidad literaria, y si
un autor podría tener una o unas cuantas. Así un tal Borges, allí presente, que
curiosamente había viajado desde Argentina para asistir a aquella reunión,
recitó un poema, el de los Dones, y dijo que la clave del poema estaba en sus
dos últimas estrofas, y con ese acento inconfundible del Cono Sur argumentó a
favor de la multiplicidad de los yoes que conviven y forman una sola sombra,
aunque después se rebatió a sí mismo y afirmó que quizá fuera al revés, que
fueran muchas sombras las que componen un solo yo, pero que, por razones
puramente literarias, quizá estéticas, prefería la primera opción; la ceguera,
sin embargo, no le dejaba apreciar ni el yo múltiple ni su sombra única,
tampoco lo contrario. «Tal vez todo sea un sueño y seamos soñadores soñados por
otros soñadores», aseveró con un vago deje de melancolía al final de su
disquisición. Cierto tipo, algo foráneo al tema que se debatía, se tiró al
ruedo y habló sin tapujos de lo que él denominaba heterónimos. Dijo llamarse
Bernardo Soares, y afirmó que la clave del núcleo de cualquier personalidad
está en el fingimiento: se trataba de fingir el dolor para que el dolor fingido
fuese más real que el sentido, o al revés; por tanto, y concomitantemente,
quien más fingiera sería más real que quien lo hiciera menos, aunque
cualesquiera de los fingidores remitiera a un Gran Fingidor que, en su
fingimiento, les diera la existencia. Esa era la clave y la diferencia entre
los heterónimos y el ortónimo al cual remitían. A los presentes, tal salida,
les pareció un trabalenguas sin sentido, pero Soares insistió y trajo a
colación cuestiones de etimología. Un autor ciertamente se podía desdoblar en
múltiples personalidades que adquirieran cuerpo; estas serían extrañas a su
creador y vivirían por sí solas, por así decir: tendrían su propia fisicidad,
su personalidad, su manera de expresarse. Serían los heterónimos, los cuales
siempre remitirían al autor del cual fuesen dependientes. Para concluir, dijo
Soares que él mismo era un heterónimo del tal Pessoa, allí presente, pero que
poco o nada tenía que ver con él salvo en la ficción del dolor y, también, en
que ambos eran portugueses. Por alusiones, Pessoa calló, no podía menos. Tomó
la palabra Fulgencio Martínez. Dijo Fulgencio que se negaba a ser un mero
heterónimo de Fulgencio Martínez, y que, por lo tanto, reclamaba su propio
nombre independientemente de que el otro se llamara igual que él. «No
compliquemos las cosas —dijo con un ademán de rebeldía que no admitía dudas—,
el autor es dueño de su escritura y hasta cierto punto, por su capacidad
creativa, se constituye en un dios menor». Propiamente no habría que hablar de
heterónimos sino de ortónimos, con más propiedad de ontónimos, explicó, porque, con independencia de su origen o
procedencia, cualquier voz que llega al umbral de lo que podríamos considerar
personalidad, es correcta; esto es, tiene esencia propia, una propia estructura
interna o fysis que la individualiza
frente a cualquier otra personalidad (incluso de la de su autor), de manera que
la hace única, y aunque quede remitida a un hacedor, deja de remitirse al tal
hacedor porque es voz hacedora del hacedor mismo. «En mis ortónimos soy yo»,
dijo, casi emulando al rey Sol. A partir de este punto, la conversación aquella
fue muy liosa y algunos de los presentes llegaron a las manos, tales pasiones
se desataron. Hubo sangre, sí, algún muerto a navajazos, pero no quiero relatar
las bajezas a que puede llegar la pasión literaria.
Supongo
que poco o nada habrá dejado en claro la divagación anterior, no importa: a
todos nos acecha la muerte. Aun así, algún crítico a deshoras podría pensar lo
que no debe y, sobre todo, debido al juego con los ortónimos que sea trae el
autor de esta Carta Partida (poemario
en que solo aparecen dos, aunque en la sombra quedan tres: Séptimo Alba,
Sebastián Alfeo y el otro Fulgencio Martínez), albergar en su coleto la
sospecha a que algunas mentes simples pudieran llegar, y concluir que este, al
igual que Pessoa estaba como una cabra, queda atacado de parecido mal. No, nada
de eso. Consciente de esta burda banalización a que pudiera llegar la cortedad
de miras, el autor, en defensa de sí, sale a su encuentro para rebatirla sin
contemplaciones y, con fina aunque punzante ironía, en la Nota Crítica del inicio echa mano de unos versos aparecidos en un
poemario anterior, muy aclaratorios:
He
contribuido a la diversidad
de la
especie humana
escribiendo
bajo personas poéticas
diferentes
e iguales a mí mismo.
No
tengo enfermedades ni practico el yoga;
señor,
solo hago versos a mi chica.
Algún día hablaremos en serio sobre estas
fundamentales cuestiones, mientras tanto digamos algo sobre el poemario. ¿Carta partida?, ¿qué significa esto? Al
hilo del título, lo primero que me llega es una sensación de hiato, de pérdida
o lejanía, de algo que es necesario recomponer con urgencia pues en ello va,
para un hombre acostumbrado a pensar, el Sentido, para cualquier hombre, el Amor.
Indudablemente, el Amor con mayúscula. Recomponer el Amor en su vastedad y en
todas sus facetas, esa es la tarea, pues no otra cosa sino el Amor es lo que se
ha roto. Mientras que esto no suceda, el corazón será arrasado por la
despoblación, la sensación de la fugacidad, la pérdida, el vacío y la anexa
melancolía.
Una carta partida es un pergamino que se
desgaja en dos partes, y cada una de estas partes se otorga a dos personas. El
original queda sesgado, pero aun así, cada una de las mitades se convierte en
signo de identificación y custodiarán un secreto hasta que de nuevo vuelvan a
estar unidas. Si el hiato, la consciencia de separación, la soledad, la
sensación de extrañeza frente al otro y el mundo presiden el poemario, también
es verdad que en él aparece el anhelo del retorno, la esperanza del regreso o
vuelta al origen, y no con las manos vacías sino cargadas de dones. Puesto que
el tiempo, no el espacio, es lo que marca las distancias, el mayor don sería la
anulación de la misma temporalidad: llegar a conscienciar el eterno presente.
Ya en la obertura de la Carta aparece un poema intenso, de desoladora melancolía, Extraño próximo. El autor relata una
anécdota trivial; sin embargo, esta anécdota esconde algo que no se dice, pero
se palpa. Todo el entorno es cotidiano, y aun así una fiera de desolación,
oscura e impredecible, ronda al acecho. Se trata de la despedida que el tal
Fulgencio, el autor, evoca mirando una fotografía; aquella hecha con sus padres,
en el andén de una estación, cuando marcha a estudiar lejos y ahora contempla.
¿Por
qué llegarías a tiempo?
Pudiste
haber perdido el tren,
se pregunta, y se responde, casi al final del
poema. Previamente ha posado la mirada en hechos que, propiamente, no importan:
detalles fugaces. Pero lo que importa es lo que no dice, mas deja intuir: la
huida frente a su realidad, frente a sus padres. Todo la alude, pero todo la
encubre como un engaño. De tal modo aparece el abismo de la separación. Sabe,
aun de forma no del todo consciente, que, aunque regrese, la realidad nunca
volverá a ser la misma. Él volverá cambiado y sus padres habrán cambiado. Nada
será igual a como es ahora; el futuro es incierto, el presente se desvanece en
la espera del tren que le llevará a otra ciudad. El hiato se agranda y el autor
huye hasta de sí mismo.
No es de extrañar que Carta partida vaya dedicada a sus padres, porque de modo implícito
el autor deja caer que esa distancia frente al hogar (más materno que paterno)
es la ruptura primordial, y como tal, preside cualquier ruptura posterior. La
separación de la casa familiar, del hogar, nutricio y amoroso, preludia el
resto de las separaciones posibles que están por llegar y que irremediablemente
acontecerán en el decurso del tiempo. Son separaciones que agrandarán la distancia
de sí mismo, y sobre sí mismo, hasta llevarla a un paroxismo: la bipartición
del autor en dos mitades, una de luz, otra de sombra (Escribo con una mitad de mí/que desconozco). No puede haber mayor
lejanía que la distancia de ese algo que somos, de sí o de Dios, y la sensación
del vértigo que convoca, cada vez más angustioso cuando, sin alardes ni
expresiones enfáticas, son las palabras sencillas las que lo aluden al tiempo
que encubren una complejidad de emociones:
Por
mucho que apostamos
no hay
esperanza, ni hay paz, ni hay
silencio,
hasta tu silencio huye, creador,
la
pausa para alejarte de tu obra
unos
pasos, eternos, y firmarla o destruirla.
Si falta la fe, dice Fulgencio, tan solo
queda la sobrevida del recuerdo cordial. No sé si esto sería suficiente para
aplacar cualquier sensación de inanidad; seguro que no. Aun así la memoria,
frente a la fugacidad del pasado que siempre huye y se nos aleja, puede
recuperar algunos trozos rotos, y si el silencio se vuelve demasiado opresivo,
atrapar un poco del amor humano, que sí, en las vueltas y revueltas del camino,
del tiempo, sigue ofreciéndose para paliar la soledad de quien lo busca o
nombra. No es de extrañar, por tanto, que con un juego de espejos, o poemas reflejos
dedicados a Soledad, el autor haga finalizar esta Carta Partida:
La nueva entrega poética de Ginés Reche, Cuando el tiempo, viene enmarcada por un
prólogo de Francisco Domene, un contraprólogo o epílogo de Antonio Carvajal y
una postdata de Antonio García Soler, tres amigos del autor, profesores de
literatura los tres y magníficos poetas. Componen el poemario cuarenta y cuatro
poemas, supongo número que en la iconografía de Ginés tiene cierta significación,
previo el poema programático del inicio, Sin
concesión. La división de los mismos se articula según el ternario: 1) Cuando el tiempo, con quince poemas; 2) Cuando el amor, con catorce poemas; 3) Cuando la vida, con quince poemas. Estas
simetrías de estructura aluden al verso del inicio que, como un lema o mantram, sirve de dedicatoria y guía:
A
los que son en mí: tiempo, amor y vida.
Poema de un solo verso que, en cuanto a su
fondo, como señala Antonio García Soler, recuerda las tres heridas de Miguel
Hernández, y, en cuanto a su forma, es un endecasílabo contracadente, propio de
los poetas intuitivos, como recuerda Antonio Carvajal. Añadiría yo, centrándome
en el primer hemistiquio, la plena consciencia que tiene el autor de que tanto
el tiempo, como el amor, como la vida, son en él, realidad plena que los
engloba, pues es él y solo él (aun con el peligro de la redundancia) quien
registra en el suceder del tiempo la vida, y, en esa vida que se sucede porque
es tiempo, el amor, y, por último, en el amor, la plenitud de la vida a la que el
tiempo conduce: tiempo en el tiempo, tiempo de vida, tiempo de amor sin concesión.
El
tiempo
que
estrenamos tú y yo
es
nuestra vida más que confirmada.
El
amor, sin ninguna concesión.
Pero
tanto el tiempo, como la vida y el amor, si no estuvieran poblados serían
realidades vacías, porque es un hecho que la vida, nuestra vida humana, solo
tiene sentido si la traspasa el amor. Sí, es cierto que el poeta tiende a
enamorarse del amor, pero, mientras que así ocurre, vive en una quimera, pues
el amor, para que sea amor, hay que concretarlo en un ser al que sea ama, en
este caso y siempre, en la amada, en una mujer concreta, carne de su carne y
hueso de sus huesos, a cuyos brazos Ginés tiende indefectiblemente. Resulta
curioso, en este sentido, como de forma machacona, insistente, más que
recurrente, en los primeros poemas del libro ya aparecen esos brazos de la
amada (el abrazo entre ellos donde se da la conjunción viva del amor) como el
único seguro puerto o refugio. Son la casa segura, el nido donde invernar
frente al otoño, la luz que aplaca la noche, el olvido ante la cotidiana y
perentoria urgencia.
Sea:
Cuando
el tiempo te nombra,
la
vida tiene casa propia
en
tus brazos;
frío, afuera.
O:
Viviré en tu estación otoño,
invernaré en tus brazos.
O:
Sobre tus brazos
nunca queda resquicio de la noche
como si fueras todo luz…
O:
Abres los brazos,
el tiempo nos proclama
olvidos sabios.
Las citas se podrían multiplicar. Hay que
vivir con urgencia el amor, pues el tiempo en su transcurso lo transformará en
las ascuas de una hoguera. La vida es breve, todo es breve, y pronto un vestido de domingo puede convertirse,
tras el lapso de los días, en puros harapos: No hay razones/que puedan explicar/los harapos que viajan/de un corazón
a un martes/de un viernes a un adiós (del poema La Brevedad), y al final llegará, casi sin sentirlo, la rúbrica del
epitafio de la muerte.
Ahora bien, Ginés Reche es un poeta
vitalista, luminoso, de soleado cielo, del sur, y si nombra esa posibilidad de
la muerte en el mañana es para acentuar la vida y el amor en el ahora. El
tiempo nos lleva, es cierto; pero no hay que perderlo mirando/debajo de las piedras, porque la vida, en continuo
discurrir, sigue, y seguirá siempre con proyección de futuro:
No
sé con qué epitafio
me
despediré, pero en ti,
vientre
de mi palabra,
la
vida sigue.
Vientre
de mi palabra para convocar a la amada y nombrarla,
preciosa y sugerente metáfora con la que alude a la preñez del amor en la
esperanza no defraudada de futuro, en su simplicidad y en su multivocidad, que nos
llevaría lejos analizarla con detenimiento.
La vida, frente a la brevedad, sigue
adelante; no se detiene. La percepción de tal choque (lo breve de lo vivido y
la vida que no renuncia a vivirse) parece un oxímoron, y lo es. La contradicción
entre el tiempo (decurso de eterno fluir) y la vida (sucesiva pero renovada a
cada instante) se resuelve en la perennidad del amor, porque la vida perdura en
el tiempo, que es tiempo de amor, y convoca la alegría de vivir. Precioso es el
poema que inaugura la tercera estancia del poemario, Cuando la vida, un poema que se arroga de tintes clásicos (Amor al que te rindes, de tal modo
comienza) y recuerda, con asumida filiación por parte del autor, al mejor
poemario de amor del siglo XX en el sentir de muchos críticos, me refiero a La voz a ti debida de Pedro Salinas.
Como no podía ser de otro modo, lo introduce una cita del maestro del 27: Qué alegría, vivir/sintiéndose vivido, y
su título no es otro (no podría ser otro, acorde con la cita) sino Qué alegría, vivir.
Mil
historias,
demasiados
augurios, cien olvidos,
sólo
una vida
para
perdernos y encontrarnos.
Un
amor, concretado en el tú que da sentido al yo, e irradia y se difracta en el tiempo
que lo contiene y termina por abarcar la totalidad de la experiencia vital de
Ginés, hasta el punto de que el tiempo, su
tiempo, deviene tiempo del amor. En primer lugar, amor que, como flecha de
deseo, busca a la amada (el tú, la completud), y, encontrada, con ella sucede,
en sus brazos, la plenitud total de la vida. Así queda expresado en el
magnífico poema Alba:
Cuando
el tiempo formula
su andanza
de mañana,
hallo
el día
en
ti. La vida y tú,
tanto
futuro.
Después, desde esa plenitud, el amor
magnifica con su toque a familiares y amigos (y esto no solo lo deja traslucir
de forma implícita sino que también lo explicita cuando, en la tercera parte
del poemario sobre todo, el autor dedica sus poemas a seres queridos), trasluminando
la cotidianeidad y la naturaleza misma: Tanta
alegría fueron estas casas,/tanta vida/en tardes de placeta, dice en el comienzo
del poema que dedica a sus abuelos.
Pero, insisto, para Ginés, en la pareja
primigenia de enamorados que expresan los pronombres tú y yo, comienza y
concluye el amor humano, lo demás acontece como un fruto. Por eso, la vida
plena del amor no es sino la muerte perfecta, porque más allá de ese núcleo
vivo del amor (el yo del poeta disuelto en el tú de la amada), no hay nada:
Porque
vivir en ti
es mi
muerte perfecta.
El amor en el tiempo, cuando es plenificado,
abole el mismo tiempo y convoca la muerte, la ausencia del tiempo. El poeta,
acercando vida y muerte, propone como única resolución de tal antítesis el
amor: vivir en ti, y luego, nada más,
la muerte perfecta.
Cuando
el tiempo de Ginés Reche posee una gran unidad temática y una
perfecta cohesión en sus poemas. Al igual que en poemarios anteriores, el autor
se decanta por la utilización de la elipsis como figura retórica predominante,
con lo cual consigue la involucración del lector en la materia del poemario; por
otra parte, hace gala de un minimalismo expresivo y una economía de recursos,
de tal forma que otorga a sus poemas, y en general a todo el poemario, una
impronta de intimidad y confesión, propia de una conversación al amor de la
lumbre.
Cuando el tiempo ha sido finalista del
IX Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. Desde estas páginas animo a
Ginés a prodigarse con más frecuencia de la que nos tiene acostumbrados.