sábado, 22 de marzo de 2025

CARTA PARTIDA. EXPOSICIÓN TEMPORAL 2

 

CARTA PARTIDA. EXPOSICIÓN TEMPORAL 2 (2022)

FULGENCIO MARTÍNEZ Y ANDRÉS ACEDO

ARS POÉTICA. COLECCIÓN NON OMNIS MORIAR. 2024

 


Carta Partida es un poemario que, tras su aparente sencillez, muestra una gran complejidad estructural. Para empezar es un dueto en el que intercambian voces dos ortónimos, u ontónimos, del autor: Fulgencio Martínez y Andrés Acedo, circunstancia que, de entrada, supone un diálogo poéticamente cantado para encontrar el nombre que está detrás del nombre, el nombre verdadero o Palabra Perdida, análogamente a como Platón se refería a ese otro Sol que está detrás del sol. Su complejidad también reside en el hecho de que, como sinfonía no tan de fondo, lo ocupan seis movimientos presentados bajo la forma de tríptico: A (primera tabla), Sabiduría del comienzo, B, Carta partida (tabla central, la más extensa) que se presenta con la estructura de tríada, ambas partes, A y B, escritas por Fulgencio Martínez; y, una tercera tabla, C, Al sol que declina cuya autoría se debe a Andrés Acedo, quien presenta una Antología mínima de su poesía, en forma de díptico, cuyas partes están compuestas por tres poemas cada una. (Para que nadie se pierda, la estructura sinfónica de Carta Partida se presenta bajo los siguientes seis movimientos: 1º, Sabiduría del comienzo; 2º, Carta partida 1; 3º, Carta partida 2; 4º, Carta partida 3 ; 5, Al sol que declina 1; 6, Al sol que declina 2). Por otro lado, con la finalidad de entender el subtítulo del poemario, tal y como señala el autor en la Nota Crítica del inicio, Carta Partida forma parte de un todo más amplio; así, aunque primera entrega, refiere el segundo episodio de un proyecto recopilatorio de la poesía del autor de los últimos años, Exposición temporal, cuyo primer episodio, aún por salir, lleva el título de Tiempo revivido, y el tercero y cuarto, Sendas del invierno en primavera y Espacio para una urna, respectivamente, y ya concluidos. Al hilo, señalo como característica nuclear de esta escritura el tiempo (casi todos los poemas están fechados), la sensación de una extraña temporalidad que envuelve a las personalidades poéticas del autor, quizá con la intención de tensar un arco, más o menos consciente, entre la fugacidad y la eternidad, el recuerdo y el anhelo, el instante que se constituye y toma ensidad en sí mismo y su sucesivo paso hacia otro instante, pleno y vacío a la vez; algo que se patentiza con especial nitidez en el juego de espejos presentado en la última tabla del poemario Al sol que declina. Son espacios de danza que se entrecruzan en la subjetividad del autor como pidiendo un sentido, posiblemente el que otorga el Amor.

Quizá deba propasarme en las obligaciones que, como reseñista, debo a Carta partida, y procurar una aclaración que, sin duda, el lector agradecerá si se enfrenta de bruces con esta escritura. Me refiero a su autoría firmada por dos de los ortónimos del autor. En este sentido, mucho echo de menos no poder haber asistido a una charla entre un tal Fulgencio Martínez y otro tal Fernando Pessoa en un café de Lisboa, allá por los años treinta del siglo pasado. Esta charla, ciertamente, hubiera sido imposible en la realidad, pero en el reino de la imaginación, que es el de lo literario y posible, sucedió realmente. Me llegan noticias de que iba la cosa acerca del concepto de personalidad literaria, y si un autor podría tener una o unas cuantas. Así un tal Borges, allí presente, que curiosamente había viajado desde Argentina para asistir a aquella reunión, recitó un poema, el de los Dones, y dijo que la clave del poema estaba en sus dos últimas estrofas, y con ese acento inconfundible del Cono Sur argumentó a favor de la multiplicidad de los yoes que conviven y forman una sola sombra, aunque después se rebatió a sí mismo y afirmó que quizá fuera al revés, que fueran muchas sombras las que componen un solo yo, pero que, por razones puramente literarias, quizá estéticas, prefería la primera opción; la ceguera, sin embargo, no le dejaba apreciar ni el yo múltiple ni su sombra única, tampoco lo contrario. «Tal vez todo sea un sueño y seamos soñadores soñados por otros soñadores», aseveró con un vago deje de melancolía al final de su disquisición. Cierto tipo, algo foráneo al tema que se debatía, se tiró al ruedo y habló sin tapujos de lo que él denominaba heterónimos. Dijo llamarse Bernardo Soares, y afirmó que la clave del núcleo de cualquier personalidad está en el fingimiento: se trataba de fingir el dolor para que el dolor fingido fuese más real que el sentido, o al revés; por tanto, y concomitantemente, quien más fingiera sería más real que quien lo hiciera menos, aunque cualesquiera de los fingidores remitiera a un Gran Fingidor que, en su fingimiento, les diera la existencia. Esa era la clave y la diferencia entre los heterónimos y el ortónimo al cual remitían. A los presentes, tal salida, les pareció un trabalenguas sin sentido, pero Soares insistió y trajo a colación cuestiones de etimología. Un autor ciertamente se podía desdoblar en múltiples personalidades que adquirieran cuerpo; estas serían extrañas a su creador y vivirían por sí solas, por así decir: tendrían su propia fisicidad, su personalidad, su manera de expresarse. Serían los heterónimos, los cuales siempre remitirían al autor del cual fuesen dependientes. Para concluir, dijo Soares que él mismo era un heterónimo del tal Pessoa, allí presente, pero que poco o nada tenía que ver con él salvo en la ficción del dolor y, también, en que ambos eran portugueses. Por alusiones, Pessoa calló, no podía menos. Tomó la palabra Fulgencio Martínez. Dijo Fulgencio que se negaba a ser un mero heterónimo de Fulgencio Martínez, y que, por lo tanto, reclamaba su propio nombre independientemente de que el otro se llamara igual que él. «No compliquemos las cosas —dijo con un ademán de rebeldía que no admitía dudas—, el autor es dueño de su escritura y hasta cierto punto, por su capacidad creativa, se constituye en un dios menor». Propiamente no habría que hablar de heterónimos sino de ortónimos, con más propiedad de ontónimos, explicó, porque, con independencia de su origen o procedencia, cualquier voz que llega al umbral de lo que podríamos considerar personalidad, es correcta; esto es, tiene esencia propia, una propia estructura interna o fysis que la individualiza frente a cualquier otra personalidad (incluso de la de su autor), de manera que la hace única, y aunque quede remitida a un hacedor, deja de remitirse al tal hacedor porque es voz hacedora del hacedor mismo. «En mis ortónimos soy yo», dijo, casi emulando al rey Sol. A partir de este punto, la conversación aquella fue muy liosa y algunos de los presentes llegaron a las manos, tales pasiones se desataron. Hubo sangre, sí, algún muerto a navajazos, pero no quiero relatar las bajezas a que puede llegar la pasión literaria.



Supongo que poco o nada habrá dejado en claro la divagación anterior, no importa: a todos nos acecha la muerte. Aun así, algún crítico a deshoras podría pensar lo que no debe y, sobre todo, debido al juego con los ortónimos que sea trae el autor de esta Carta Partida (poemario en que solo aparecen dos, aunque en la sombra quedan tres: Séptimo Alba, Sebastián Alfeo y el otro Fulgencio Martínez), albergar en su coleto la sospecha a que algunas mentes simples pudieran llegar, y concluir que este, al igual que Pessoa estaba como una cabra, queda atacado de parecido mal. No, nada de eso. Consciente de esta burda banalización a que pudiera llegar la cortedad de miras, el autor, en defensa de sí, sale a su encuentro para rebatirla sin contemplaciones y, con fina aunque punzante ironía, en la Nota Crítica del inicio echa mano de unos versos aparecidos en un poemario anterior, muy aclaratorios:

 

He contribuido a la diversidad

de la especie humana

escribiendo bajo personas poéticas

diferentes e iguales a mí mismo.

No tengo enfermedades ni practico el yoga;

señor, solo hago versos a mi chica.

 

Algún día hablaremos en serio sobre estas fundamentales cuestiones, mientras tanto digamos algo sobre el poemario. ¿Carta partida?, ¿qué significa esto? Al hilo del título, lo primero que me llega es una sensación de hiato, de pérdida o lejanía, de algo que es necesario recomponer con urgencia pues en ello va, para un hombre acostumbrado a pensar, el Sentido, para cualquier hombre, el Amor. Indudablemente, el Amor con mayúscula. Recomponer el Amor en su vastedad y en todas sus facetas, esa es la tarea, pues no otra cosa sino el Amor es lo que se ha roto. Mientras que esto no suceda, el corazón será arrasado por la despoblación, la sensación de la fugacidad, la pérdida, el vacío y la anexa melancolía.

Una carta partida es un pergamino que se desgaja en dos partes, y cada una de estas partes se otorga a dos personas. El original queda sesgado, pero aun así, cada una de las mitades se convierte en signo de identificación y custodiarán un secreto hasta que de nuevo vuelvan a estar unidas. Si el hiato, la consciencia de separación, la soledad, la sensación de extrañeza frente al otro y el mundo presiden el poemario, también es verdad que en él aparece el anhelo del retorno, la esperanza del regreso o vuelta al origen, y no con las manos vacías sino cargadas de dones. Puesto que el tiempo, no el espacio, es lo que marca las distancias, el mayor don sería la anulación de la misma temporalidad: llegar a conscienciar el eterno presente.

Ya en la obertura de la Carta aparece un poema intenso, de desoladora melancolía, Extraño próximo. El autor relata una anécdota trivial; sin embargo, esta anécdota esconde algo que no se dice, pero se palpa. Todo el entorno es cotidiano, y aun así una fiera de desolación, oscura e impredecible, ronda al acecho. Se trata de la despedida que el tal Fulgencio, el autor, evoca mirando una fotografía; aquella hecha con sus padres, en el andén de una estación, cuando marcha a estudiar lejos y ahora contempla.

 

¿Por qué llegarías a tiempo?

Pudiste haber perdido el tren,

 

se pregunta, y se responde, casi al final del poema. Previamente ha posado la mirada en hechos que, propiamente, no importan: detalles fugaces. Pero lo que importa es lo que no dice, mas deja intuir: la huida frente a su realidad, frente a sus padres. Todo la alude, pero todo la encubre como un engaño. De tal modo aparece el abismo de la separación. Sabe, aun de forma no del todo consciente, que, aunque regrese, la realidad nunca volverá a ser la misma. Él volverá cambiado y sus padres habrán cambiado. Nada será igual a como es ahora; el futuro es incierto, el presente se desvanece en la espera del tren que le llevará a otra ciudad. El hiato se agranda y el autor huye hasta de sí mismo.



No es de extrañar que Carta partida vaya dedicada a sus padres, porque de modo implícito el autor deja caer que esa distancia frente al hogar (más materno que paterno) es la ruptura primordial, y como tal, preside cualquier ruptura posterior. La separación de la casa familiar, del hogar, nutricio y amoroso, preludia el resto de las separaciones posibles que están por llegar y que irremediablemente acontecerán en el decurso del tiempo. Son separaciones que agrandarán la distancia de sí mismo, y sobre sí mismo, hasta llevarla a un paroxismo: la bipartición del autor en dos mitades, una de luz, otra de sombra (Escribo con una mitad de mí/que desconozco). No puede haber mayor lejanía que la distancia de ese algo que somos, de sí o de Dios, y la sensación del vértigo que convoca, cada vez más angustioso cuando, sin alardes ni expresiones enfáticas, son las palabras sencillas las que lo aluden al tiempo que encubren una complejidad de emociones:

 

Por mucho que apostamos

no hay esperanza, ni hay paz, ni hay

silencio, hasta tu silencio huye, creador,

la pausa para alejarte de tu obra

unos pasos, eternos, y firmarla o destruirla.

 

 

Si falta la fe, dice Fulgencio, tan solo queda la sobrevida del recuerdo cordial. No sé si esto sería suficiente para aplacar cualquier sensación de inanidad; seguro que no. Aun así la memoria, frente a la fugacidad del pasado que siempre huye y se nos aleja, puede recuperar algunos trozos rotos, y si el silencio se vuelve demasiado opresivo, atrapar un poco del amor humano, que sí, en las vueltas y revueltas del camino, del tiempo, sigue ofreciéndose para paliar la soledad de quien lo busca o nombra. No es de extrañar, por tanto, que con un juego de espejos, o poemas reflejos dedicados a Soledad, el autor haga finalizar esta Carta Partida:

 

Converso con el amor imposible

que a veces va conmigo, y que a veces

necesito tenerlo en la distancia

para que en su ausencia lo reconozca.

 

 

                                   Por Jesús Cánovas Martínez

                                   Filósofo y poeta

                                   Ad astra per aspera

sábado, 22 de febrero de 2025

CUANDO EL TIEMPO

 

CUANDO EL TIEMPO

GINÉS RECHE

EL BARDO. COLECCIÓN DE POESÍA. 2024

 


La nueva entrega poética de Ginés Reche, Cuando el tiempo, viene enmarcada por un prólogo de Francisco Domene, un contraprólogo o epílogo de Antonio Carvajal y una postdata de Antonio García Soler, tres amigos del autor, profesores de literatura los tres y magníficos poetas. Componen el poemario cuarenta y cuatro poemas, supongo número que en la iconografía de Ginés tiene cierta significación, previo el poema programático del inicio, Sin concesión. La división de los mismos se articula según el ternario: 1) Cuando el tiempo, con quince poemas; 2) Cuando el amor, con catorce poemas; 3) Cuando la vida, con quince poemas. Estas simetrías de estructura aluden al verso del inicio que, como un lema o mantram, sirve de dedicatoria y guía:

 

A los que son en mí: tiempo, amor y vida.

 

Poema de un solo verso que, en cuanto a su fondo, como señala Antonio García Soler, recuerda las tres heridas de Miguel Hernández, y, en cuanto a su forma, es un endecasílabo contracadente, propio de los poetas intuitivos, como recuerda Antonio Carvajal. Añadiría yo, centrándome en el primer hemistiquio, la plena consciencia que tiene el autor de que tanto el tiempo, como el amor, como la vida, son en él, realidad plena que los engloba, pues es él y solo él (aun con el peligro de la redundancia) quien registra en el suceder del tiempo la vida, y, en esa vida que se sucede porque es tiempo, el amor, y, por último, en el amor, la plenitud de la vida a la que el tiempo conduce: tiempo en el tiempo, tiempo de vida, tiempo de amor sin concesión.

 

El tiempo

que estrenamos tú y yo

es nuestra vida más que confirmada.

El amor, sin ninguna concesión.

 

  Pero tanto el tiempo, como la vida y el amor, si no estuvieran poblados serían realidades vacías, porque es un hecho que la vida, nuestra vida humana, solo tiene sentido si la traspasa el amor. Sí, es cierto que el poeta tiende a enamorarse del amor, pero, mientras que así ocurre, vive en una quimera, pues el amor, para que sea amor, hay que concretarlo en un ser al que sea ama, en este caso y siempre, en la amada, en una mujer concreta, carne de su carne y hueso de sus huesos, a cuyos brazos Ginés tiende indefectiblemente. Resulta curioso, en este sentido, como de forma machacona, insistente, más que recurrente, en los primeros poemas del libro ya aparecen esos brazos de la amada (el abrazo entre ellos donde se da la conjunción viva del amor) como el único seguro puerto o refugio. Son la casa segura, el nido donde invernar frente al otoño, la luz que aplaca la noche, el olvido ante la cotidiana y perentoria urgencia.

Sea:

 

Cuando el tiempo te nombra,

la vida tiene casa propia

en tus brazos;

frío, afuera.

 

O:

 

Viviré en tu estación otoño,

invernaré en tus brazos.

 

O:

 

Sobre tus brazos

nunca queda resquicio de la noche

como si fueras todo luz…

 

O:

 

Abres los brazos,

el tiempo nos proclama

olvidos sabios.

 

Las citas se podrían multiplicar. Hay que vivir con urgencia el amor, pues el tiempo en su transcurso lo transformará en las ascuas de una hoguera. La vida es breve, todo es breve, y pronto un vestido de domingo puede convertirse, tras el lapso de los días, en puros harapos: No hay razones/que puedan explicar/los harapos que viajan/de un corazón a un martes/de un viernes a un adiós (del poema La Brevedad), y al final llegará, casi sin sentirlo, la rúbrica del epitafio de la muerte.

Ahora bien, Ginés Reche es un poeta vitalista, luminoso, de soleado cielo, del sur, y si nombra esa posibilidad de la muerte en el mañana es para acentuar la vida y el amor en el ahora. El tiempo nos lleva, es cierto; pero no hay que perderlo mirando/debajo de las piedras, porque la vida, en continuo discurrir, sigue, y seguirá siempre con proyección de futuro:

 

No sé con qué epitafio

me despediré, pero en ti,

vientre de mi palabra,

la vida sigue.

 

Vientre de mi palabra para convocar a la amada y nombrarla, preciosa y sugerente metáfora con la que alude a la preñez del amor en la esperanza no defraudada de futuro, en su simplicidad y en su multivocidad, que nos llevaría lejos analizarla con detenimiento.

La vida, frente a la brevedad, sigue adelante; no se detiene. La percepción de tal choque (lo breve de lo vivido y la vida que no renuncia a vivirse) parece un oxímoron, y lo es. La contradicción entre el tiempo (decurso de eterno fluir) y la vida (sucesiva pero renovada a cada instante) se resuelve en la perennidad del amor, porque la vida perdura en el tiempo, que es tiempo de amor, y convoca la alegría de vivir. Precioso es el poema que inaugura la tercera estancia del poemario, Cuando la vida, un poema que se arroga de tintes clásicos (Amor al que te rindes, de tal modo comienza) y recuerda, con asumida filiación por parte del autor, al mejor poemario de amor del siglo XX en el sentir de muchos críticos, me refiero a La voz a ti debida de Pedro Salinas. Como no podía ser de otro modo, lo introduce una cita del maestro del 27: Qué alegría, vivir/sintiéndose vivido, y su título no es otro (no podría ser otro, acorde con la cita) sino Qué alegría, vivir.

 

Mil historias,

demasiados augurios, cien olvidos,

sólo una vida

para perdernos y encontrarnos.

 


 Un amor, concretado en el tú que da sentido al yo, e irradia y se difracta en el tiempo que lo contiene y termina por abarcar la totalidad de la experiencia vital de Ginés, hasta el punto de que el tiempo, su tiempo, deviene tiempo del amor. En primer lugar, amor que, como flecha de deseo, busca a la amada (el tú, la completud), y, encontrada, con ella sucede, en sus brazos, la plenitud total de la vida. Así queda expresado en el magnífico poema Alba:

 

Cuando el tiempo formula

su andanza de mañana,

hallo el día

 

en ti. La vida y tú,

tanto futuro.

 

Después, desde esa plenitud, el amor magnifica con su toque a familiares y amigos (y esto no solo lo deja traslucir de forma implícita sino que también lo explicita cuando, en la tercera parte del poemario sobre todo, el autor dedica sus poemas a seres queridos), trasluminando la cotidianeidad y la naturaleza misma: Tanta alegría fueron estas casas,/tanta vida/en tardes de placeta, dice en el comienzo del poema que dedica a sus abuelos.

Pero, insisto, para Ginés, en la pareja primigenia de enamorados que expresan los pronombres tú y yo, comienza y concluye el amor humano, lo demás acontece como un fruto. Por eso, la vida plena del amor no es sino la muerte perfecta, porque más allá de ese núcleo vivo del amor (el yo del poeta disuelto en el tú de la amada), no hay nada:

 

Porque vivir en ti

es mi muerte perfecta.

 

El amor en el tiempo, cuando es plenificado, abole el mismo tiempo y convoca la muerte, la ausencia del tiempo. El poeta, acercando vida y muerte, propone como única resolución de tal antítesis el amor: vivir en ti, y luego, nada más, la muerte perfecta.

Cuando el tiempo de Ginés Reche posee una gran unidad temática y una perfecta cohesión en sus poemas. Al igual que en poemarios anteriores, el autor se decanta por la utilización de la elipsis como figura retórica predominante, con lo cual consigue la involucración del lector en la materia del poemario; por otra parte, hace gala de un minimalismo expresivo y una economía de recursos, de tal forma que otorga a sus poemas, y en general a todo el poemario, una impronta de intimidad y confesión, propia de una conversación al amor de la lumbre.

 Cuando el tiempo ha sido finalista del IX Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. Desde estas páginas animo a Ginés a prodigarse con más frecuencia de la que nos tiene acostumbrados.

 

                                               Por Jesús Cánovas Martínez

                                               Filósofo y poeta

                                               Ad astra per aspera

miércoles, 20 de noviembre de 2024

LA RABIETA DE WENDY

LA RABIETA DE WENDY

MARIÁNGELES IBERNÓN VALERO

PRÓLOGO DE MANUEL MADRID

LA FEA BURGUESÍA

 


 

Enfrentar la lectura de un poemario es fascinante y difícil, y se hace más fascinante y difícil cuando se intenta una interpretación del mismo. A veces el universo simbólico que nos presenta su autor es demasiado personal y la elipsis que encubre los acontecimientos que desencadenaron los poemas es tan rotunda que resulta difícil, ya no hacerse una idea de lo que el poeta nos ha querido trasmitir, sino atinar siquiera en los círculos externos de la diana que pretendemos. Sin referencias que faciliten la hermeneusis, difícil es adentrarse por territorios inexplorados; aun así, si eso ocurriera, ¡bendita poesía!, porque aumentaría su carga de misterio, de fascinación, y el deseo de comprender e interiorizar los poemas. Cierto que sin indagar causas o proyecciones el poema es válido en sí mismo, pero también es cierto que si queremos transparenciar el alma de su autor nos hace falta algún hilo conductor que, a modo de hilo de Ariadna, nos permita llegar, a través del laberinto en que nos vemos sumidos, al centro de esa alma; quizá también necesitemos algún asidero que nos sirva de anclaje ya que, si no es de este modo, podríamos fácilmente perdernos. Aun así, incluso si nos perdiéramos en el océano de las polivalencias, nuestra lectura sería válida siempre y cuando hayamos conectado con la emoción que late en el fondo de las palabras con que el autor nos regala.

En La Rabieta de Wendy, su autora, Mariángeles Ibernón Valero, ha tenido a bien otorgarnos una serie de pistas para nuestras indagaciones, aunque, poeta con pudor, para no mancillar su desnudez, la puerta la ha dejado tan solo entreabierta. Me refiero a la puerta que da acceso a su corazón. Intentemos franquearla.

El título del poemario en sí mismo es muy significativo. Wendy refunfuña, se apesadumbra y enfada. ¿De qué o quién? Indudablemente de Peter. ¿Por qué? Porque Peter le ha hecho una faena o no ha estado a la altura de sus expectativas; Peter se desfasa, Peter se queda atrás, Peter retrocede en la perspectiva de su mirada. Así, el poemario tiene dos partes claramente definidas: 1) Cartas a Peter, desde las sombras; 2) Good bye, Peter. Ahí te quedas con Campanilla en el País de Nunca Jamás. La Rabieta de Wendy adopta, por tanto, el cariz de una reprobación. Un reprobación que la autora extiende, en un primer momento, tanto a Peter, y a todo lo que significa Peter, como a sí misma, ya que ella no queda al margen de los pequeños dardos que inflaman los poemas (en medio de los cuales, hay que decirlo, planea una ironía más o menos encubierta); en un segundo momento, esa reprobación se generaliza cuando el azul, el azul verdadero, sigue mostrando la pervivencia del amor. Constatada la pervivencia del amor, cualquier reconvención pierde su fuerza. Solo queda la alegría de vivir y la nueva anchura del horizonte que se muestra espacioso.

Dicho lo anterior, se puede decir algo más sobre La rabieta de Wendy, mucho más. La desazón proviene del desencanto, y, el desencanto, de las expectativas defraudadas. Si Wendy se enfada es porque Peter, aquejado de inmovilismo emocional, no ha despertado del sueño de la infancia, esto es, del sueño de la inocencia y de la falsa felicidad que le es pareja, de la ilusión. Tal estado de cosas se parece a un círculo infernal. Un amor enquistado termina no siendo amor y convoca las sombras. ¿Qué sombras? Las sombras de la soledad y la tristeza.



 

Querido Peter:

 

Sabes que nunca me gustó

la soledad…,

 

así comienza el poemario. Hay una inicial toma de consciencia (ya se sabe que para cambiar una situación primero hay que hacerla consciente), y enseguida la autora nos adentra por los mares de la noche y la tristeza:

 

Mi eco ya no es voz

en los mares habitados por piratas.

 

Cuando se derrumba un mundo aparece la noche, esa noche por la que caminará Mariángeles, entre las sombras que son las ruinas del desencanto. Y se adentrará con presteza en esa noche, metáfora de la soledad y de la oscura tristeza que siempre se adjunta a la soledad, y caminará, mujer fuerte, sin arredrarse, esperanzada, hacia la luz del alba:

 

La noche es inmensa,

no tiene apenas luz;

aunque, frágil, camino

por las sombras.

No me reconozco,

tendré que esperar

de nuevo al alba.

 

Mariángeles rompe con un estado de cosas circular, con toda seguridad agobiante, que la oprimía, ya que algo ha cambiado en ella, y, al cambiar algo en ella, también ha cambiado algo en el mundo, sean las personas y afectos, de tal forma que la profundidad de su mirada sobre el mundo se ahonda y se hace más cierta: la máscara de la ilusión al ser suprimida deja paso a lo real. Por eso, en última instancia, tal y como yo lo percibo, este poemario, La Rabieta de Wendy, atiende a un ritual de paso. Paso no exento de sufrimiento, ya que a la autora se vienen abajo sus antiguos ídolos y se derrumban sus viejas preconcepciones, casi con seguridad un antiguo amor. Y eso duele. Sin embargo, tras el sufrimiento, late esperanzado el nuevo albor que preludia la posible mañana del verdadero amor.

 

Que tú y yo quisimos ser uno.

De eso no existe duda.

 

Después del pasaje, el renacimiento, la plena conscienciación del ser (como dirían los ingleses, la aprehensión del self) y la libertad del despertar:

 

Mi pensamiento se me cae a pedazos,

cuando pienso en la Wendy de ayer.

Ahora, la soledad me viste de azul,

azul libre de los océanos

y rojo de cereza madura.

 

Poemas de renacimiento llenan la segunda parte del poemario, Mariángeles de forma fenomenal, mágica y secreta, ha trasmutado el amor con minúsculas en un amor con mayúsculas. La herida cura; queda la cicatriz, pero el nuevo horizonte se presenta impoluto.

 

Imagino las cosas que se irán conmigo,

las que fueron reales y las que no.

Me atrevo a todo, aun sabiendo

que la vida tiene dientes que muerden,

pero también manos que dan amor.

 

 

                                   Jesús Cánovas Martínez©

                                   Filósofo y poeta.

                                              Ad astra per aspera. 

jueves, 3 de octubre de 2024

EL DÍA QUE NACÍ YO

 

EL DÍA QUE NACÍ YO

ANA MARÍA ALCARAZ ROCA

EDITORIAL MURCIALIBRO



Ana María Alcaraz Roca



        Con la impecable factura de la Editorial MurciaLibro se publica El día que nací yo de Ana María Alcaraz Roca, una biografía novelada de Enrique Piñana Segado, maestro durante la República, represaliado después de la Guerra Civil y habilitado en su profesión pasados muchos años de aquel, tristemente, desastre social.

«La historia vital de cualquier persona merece ser preservada para que alcance la dimensión más amada por el ser humano: la inmortalidad», nos dice la autora como primera frase del libro en el pequeño Introito con que abre los cortinajes de la narración. El Tiempo es quien habla y Ana María Alcaraz, en este caso, hace las veces de su paladín. El Tiempo es el río cuyas aguas nunca son las mismas, él hace y deshace, y en el caso de los seres humanos atiende a sus nacimientos y sus muertes; es él quien abre los ciclos vitales y quien los cierra, sabedor de que siempre la Muerte, al final, tendrá su última palabra. Y es que, acontecido su nacimiento, el ser humano sabe, o debería saber, que el acto más importante que le quedará por realizar será el de su propia muerte. Por eso la Muerte se erige como dadora de sentido, tal y como señala Ferrater Mora, muy en la órbita heideggeriana, en El Hombre y la Muerte: con su muerte la vida de un hombre se ilumina, pues todos los actos que este en vida haya realizado remiten y concluyen en ella. Ante tan drástico hecho, impotente posición es en la que quedamos los seres humanos, inermes ante nuestro trágico destino. ¿Trágico? No del todo; para un creyente la muerte es un puente hacia otra dimensión; para un agnóstico, ante la incertidumbre, o, para un ateo, ante la amenaza de la anhilación, la Muerte puede ser conjurada (por lo menos, de algún modo) por un libro: un libro que recoja o refleje su vida, porque lo que resulta cierto, y debido a lo cual se pueden rebatir los existencialismos demasiado pedestres, es que antes de morir vivimos. Y esto es lo que hace Ana María Alcaraz, conjurar la Muerte exponiendo una vida, la de Enrique Piñana.

Portada de El día que nací yo

Ya que nos enfrentamos a una biografía novelada, el tema del libro como remedo de la inmortalidad no solo resulta interesante sino muy pertinente. Tanto Ana María Alcaraz como José Sánchez Conesa, cronista de la ciudad de Cartagena, copresentadores junto con  Belén Piñana, nieta de Enrique Piñana y profesora de Literatura, incidieron sobre el particular durante la presentación de la novela. José Sánchez Conesa, tomando como referencia al recientemente fallecido Paul Auster, señaló que el género biográfico, en el fondo, significaba la redención de la vida. La vida de cualquier ser humano, con sus luces y sombras, su brillo social o su paso anónimo entre las gentes, podrá ser tragada por el olvido, pero quedará su constancia en un libro, quizá el Libro, y, por tanto, si no la eternidad ansiada, alcanzará la permanencia procurada. En no pocas páginas el maestro americano se hace eco de esta idea (véase, por ejemplo, de forma dramática en El libro de las ilusiones, o, de manera no exenta de cierta negra comicidad, en Invisible). En sentido propio, ninguna vida es un camino hacia la disolución y el olvido, pues el sentido de cualquier vida no se encuentra en ella, sino, por la dimensión histórica y social que enmarca su devenir, fuera de ella, y se podría decir, por su dimensión trascendente, fuera del mismo Tiempo que la presidió. Tan interesante tema me recuerda a Unamuno, a quien no le daba la gana morirse y recomendaba fervientemente que cada ser humano compusiera con su vida una novela, o nívola, según él entendía.

Y es que, tal y como recomendaba Unamuno, esto es lo que hacemos con mejor o peor tino, de manera más acertada o menos, lo queramos o no, lo sepamos o no: novelar nuestra propia vida al construirla con nuestras decisiones y actos. Ahora bien, para que haya constancia de la misma, y para que la memoria la fije, se debe poner por escrito. Hay quien, en un momento dado escribe su autobiografía, y lo hace bellamente, rescatando recuerdos, reflexionando sobre ellos y contextualizándolos, hasta el punto de que se convierte en un testimonio de época, tal y como hizo Chateubriand en Las memorias de ultratumba; otros, sin embargo, tendrán la suerte de contar con un hagiográfo para tal rescate, como fue el caso de Alejandro con Quinto Curcio Rufo. Enrique Piñana Segado, casi cincuenta años después de su muerte física, la ha tenido con Ana María Alcaraz Roca, quien ha contado para esta labor, a parte de su particular investigación, con los imprescindibles recuerdos de la hija de Enrique, Manuela, y con los materiales y documentos custodiados por su nieta, Belén.

Enrique Piñana Segado


¿Cuánto sufrimiento puede soportar un ser humano sin quebrarse o morir? ¿Cuál es la medida de su resiliencia? Recién concluida la lectura de El día que nací yo, removidos los fondos de mis emociones, le puse un wassap a la autora para decirle que me había dejado un regusto muy amargo. Todo el sufrimiento de una generación clamaba desde sus páginas, porque independientemente del lado o la zona a que el destino o las circunstancias les hicieran pertenecer durante la Guerra Civil Española, la inmensa mayoría de sus componentes fueron inocentes y, en parecida medida les acometieron el sufrimiento, el miedo, el hambre y la absoluta precariedad. A esta generación rota que vivió el horror de la guerra y la consiguiente posguerra perteneció Enrique Piñana, a quien las circunstancias hostiles marcaron de forma onerosa por su gravedad. Debió de nacer un fatal día en que los astros estaban nublados y por el firmamento se deslizaba una mala luna. Así lo cantaba Imperio Argentina:

 

El día que nací yo

Qué planeta reinaría.

Por donde quiera que voy

Qué mala estrella me guía.

 

Nacido en el barrio de la Concepción de Cartagena, huérfano de un Capitán de Infantería de Marina y el mayor de cuatro hermanos, Enrique pronto ingresó en el Colegio de Huérfanos de Guerra de Guadalajara donde recibió una sólida formación que en el futuro le capacitaría para desempeñar la profesión de maestro, y donde poco a poco fue desarrollando una vocación paralela convertida pronto en pasión: la de poeta.

Enrique Piñana fue un maestro-poeta como sus propios correligionarios lo llamarían a sus espaldas. Hombre de principios, de trato respetuoso, católico practicante, de gran moralidad, su bonhomía pronto le llevó a remediar, en la medida de sus posibilidades, las carencias que tenían sus alumnos. Ahora bien, ser maestro y ser poeta, en los tiempos que corrían era un binomio explosivo.

Después de unos años de interinaje, obtuvo plaza en Vertientes, pedanía de Cúllar, en el altiplano granadino, en el fatal año de 1936, durante el cual la guerra mostraría su faz de despropósitos. Enrique, para conjurar sospechas y mantenerse al margen de las embestidas de la maquinaria asesina que operaba detrás de las trincheras, se afilió al Partido Socialista y a su sindicato afín, la U.G.T., en su sección de Trabajadores de la Enseñanza, y como especial salvoconducto se valió de la poesía. Sin embargo, ocurría que en Vertientes el Frente Popular solo había conseguido cuatro votos, mientras que en Cúllar había ganado por holgada mayoría; tal circunstancia provocó el recelo de los socialistas de Cúllar quienes veían en Vertientes un nido de fachas. Este recelo cuajó en problemas de abastecimiento de víveres para los habitantes de la pedanía y en molestas incursiones de milicianos a la caza de gentes de derecha. Bien titula Ana María Alcaraz el capítulo donde habla de estas tropelías Caminando al borde del precipicio, pues Enrique Piñana fue puesto a prueba por el destino y como un funámbulo tuvo que caminar por encima de un abismo. Para salir al paso a los problemas de abastecimiento se fundó en Vertientes la Sociedad de los Trabajadores de la Tierra y Enrique ocupó el cargo de secretario-contador (no podía ser de otro modo debido al analfabetismo reinante), Asociación que fue un refugio para muchos ya que sus integrantes se juramentaron para no divulgar la ideología política de ninguno de ellos. Aun así como la Delegación Municipal de Abastos de Cúllar les negaba reiteradamente la cuota de alimentos preceptiva, los de Vertientes tuvieron que constituir una Cooperativa para el Consumo, con la que aliviar su precaria situación. Por otro lado, con estas iniciativas, en Vertientes no hubo saqueos de haciendas (salvo la del Cortijo Vigueras por parte de los de Cúllar que Enrique no logró evitar y en el cual no se involucró) y se consiguió algo todavía más importante: evitar los terribles paseos que los milicianos llevaban por su cuenta burlando el poder central. En Vertientes no hubo muertos en las cunetas, e incluso Enrique Piñana, jugándose el tipo, escondió en su casa al sacerdote y al jefe de Falange al abrigo de los que venían a matarlos.

Un momento de la presentación


Tiempos duros los de la guerra en que Enrique no fue al frente debido a su miopía; aunque, después de guerra, le acechaba un largo periplo de miseria y desdichas, de una dureza aún mayor que la anterior. Maestro, poeta (publicados algunos poemas comprometedores) y perteneciente al bando perdedor: no pintaban buenas cartas para nuestro protagonista. Como medida cautelar se le suspendió de empleo y sueldo y enseguida se le montó un doble proceso: un Sumarísimo Consejo de Guerra en Cartagena por “auxilio a la rebelión” y, de forma paralela a este, fue enjuiciado por la Comisión Depuradora del Magisterio Primario de Granada por “dejación de funciones”, a los que tuvo que hacer frente con no poco valor, sacando agallas y fuerzas casi de la nada, porque las calumnias y las difamaciones, las acusaciones en falso, las distorsiones de su actuación llegaron hasta de aquellos que Enrique consideraba seguros avales (“delatar a un rojo suponía ponerse a resguardo de posibles represalias”, señala la autora).

Leída la novela El día que nací yo, la idea que me hago de Enrique Piñana Segado es la de un hombre bueno a quien el destino dio muy malas cartas para jugar la partida de la vida. Durante la guerra toreó el toro del horror y, terminada esta, toreó el toro de la ciega represión. Con una inquebrantable voluntad, una esperanza puesta en la verdad y la justicia, arropado tan solo con su honorabilidad se defendió de las falsas acusaciones. Pasados los años se le reconoció su inocencia y se le restituyó en el puesto de maestro (aunque con la cláusula de que no poder ostentar cargos directivos). No le hacía falta si de dinero hablamos, en Cartagena había abierto la Academia Piñana que le reportaba muchos más beneficios que el precario sueldo de maestro; por el contrario, sí resultó importante en cuanto restitución de su honor. Por el camino había dejado a su primera mujer, Rosario (muerta de tisis en 1942), y muchas ilusiones.

Ana María Alcaraz con el autor de la reseña


Para terminar esta reseña diré que Ana María Alcaraz ha tenido muy buen criterio al salpicar las páginas de El día que nací yo con poemas de Enrique Piñana (de hecho, tal recopilación supone una extensa antología de sus poemas y nos da la medida del hombre con más profundidad). Por otro lado, ha reproducido los documentos con los cargos que se le imputaron en los dos procesos que tuvo que afrontar y la consiguiente defensa que hizo de sí mismo.

 

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Jesús Cánovas Martínez©

Filósofo y poeta

Ad astra per aspera