miércoles, 20 de abril de 2016

SIRENAS EN LA NIEBLA

SIRENAS EN LA NIEBLA
ANA MARÍA ALCARAZ ROCA
EDITORIAL TOMBOOKTÚ




Conocí a Ana María Alcaraz Roca hace ya unos cuantos años. Recuerdo que era noche de primavera avanzada o de inicios de verano. En una edición de Ardentísima, de las primeras, nos habían convocado a una serie de poetas para dar un recital en San Pedro del Pinatar. Acabado el mismo, mientras tomábamos las consabidas cervezas en una terraza, me presentaron a Ana. Resultaba que Ana había ido al recital en el automóvil de otra poeta, pero a esta otra poeta le había salido un plan o no sé qué, por lo que no podía volver por el mismo camino y, por supuesto, le era muy incómodo o difícil devolver a Ana a su hogar. Sabido era que yo me volvía a Cabo de Palos, por lo que la susodicha, al hilo que me presentaba a Ana, me sugirió si la podía llevar a El Algar, localidad en la que por entonces vivía, pues me cogía de paso.
Estas fueron las circunstancias “azarosas” en las que conocí a Ana, y tengo que decir que para mí fue una gran suerte, pues a partir de ese momento gané una amiga de las de verdad, sincera, noble, sin ambages, de una pieza, como se dice, con la que en un futuro tendría que realizar algunas andanzas y recorrer varios trechos en este, a veces, tan difícil y truculento camino de la literatura. Y no sólo eso, sino también en el futuro nos esperaban muchas escapadas lúdicas junto con su marido, Pepe Izquierdo, y mi esposa, Mª José. Puedo decir que los dos matrimonios hemos pasado ratos de auténtica fruición y en nuestras conversaciones han caído a nuestros pies personajes demasiado encumbrados.
Pero he de decir que lo que en principio fundamentó nuestra amistad fue eso precisamente: la pasión por la literatura. Después puede ir descubriendo otros aspectos de Ana María que me agradaban: su profesionalidad y buen hacer en su trabajo como maestra de primaria en un colegio de Los Belones donde, al hilo de sus tareas docentes, actualmente dirige la Biblioteca e imparte talleres de escritura; su entrega sin reservas a la familia, la lucha por los suyos —y hablo de familia en sentido amplio ya que ella es la mayor de tres hermanas— por los que se desvela; y es quizá esta percepción que tuvo desde muy niña, de que había seres que de alguna manera dependían de ella, que ha conformado en su carácter un alto grado de responsabilidad ante cualquier tarea acometida… Ana es mujer de fiar, no traiciona, tiene palabra y su palabra, cuando la pronuncia, la lleva hasta sus últimas consecuencias. Ana es una mujer perfeccionista con un alto grado de sensibilidad, una mezcla especial de dos virtudes que pueden, y de hecho lo hacen, dar lugar a resultados sorprendentes; quien no la conozca lo suficiente puede quedar despistado ante una aparente formalidad de trato, pero es eso algo que pronto desaparece cuando emerge la Ana poeta, sensible, la Ana afable. Una Ana María que siempre estará dispuesta a darlo todo por nada. Abrirá puertas, todas las puertas del mundo; nunca se las cerrará a nadie.
Y tengo que decir más: Ana María tiene por costumbre, casi por vocación, entregarse a causas perdidas, a ésas que otros dan por imposibles u obvian debido al viejo prurito de la comodidad. Pero que nadie se preocupe: Ana siempre se sitúa al lado de lo que estima justo, y lo reivindica con pasión, casi lo exige; no tolera el desprecio al débil ni al marginado, se subleva ante cualquier indicio de injusticia, de falta de consideración, de oprobio. Entonces la sensibilidad se le sube hasta la inteligencia, y esta inteligencia, a la vez que comprensiva de los muchos factores que conforman los contextos de las cosas, es feroz y enormemente incisiva. Es la suya una inteligencia que adelanta acontecimientos, que prevé, que intuye. Si a todo esto le sumamos una gran capacidad de trabajo, consideraremos que Ana María ha nacido para algún tipo de liderazgo, y de hecho lo ejerce, pues no es mujer que se deje manejar con facilidad, y menos aún que esté dispuesta a establecer un trato con lo que agrada al común, a la masa o aquello que se deriva de las convenciones. Ana María Alcaraz vive en el futuro, no en el presente, y si de vez en cuando recapitula el pasado, es para lanzarlo hacia el futuro. Por esto su carácter, aun pactando con la realidad, es radicalmente anticonvencional. A mí me agrada su forma de ser, por lo que la admiro y la quiero, y tengo en un gran honor que me haya brindado su amistad. Y esta última consideración, la hago extensiva a todo el mundo: Tenga la seguridad quien Ana haya elegido como su amigo, que ha tenido una gran suerte, y que sin lugar a dudas lo comprobará en el día a día y en el avatar de las circunstancias.

Sin embargo, desde el carácter de Ana María, o de la percepción que yo tengo del mismo —ella dirá— vengo a lo que me trae a escribir estas palabras: suministrar una serie de pinceladas sobre Sirenas en la Niebla, su segunda novela que ve la luz, según la percepción que yo he tenido de la misma.
Lo primero que salta a la vista es su complejidad, tanto en su trama como en sus técnicas narrativas, así también en la carga simbólica que porta y la cantidad de ejes de sentido que se imbrican en la misma, algo que sólo ha podido ser posible desde un gran trabajo de documentación y una dedicación exhaustiva a la escritura. Dicho esto, después de leer Sirenas en la Niebla queda un sabor postromántico en la boca —a mí me lo ha dejado—, la sensibilidad zarandeada desde la misma desolación con que comienza hasta su final, también desolado y en niebla:

Una niebla espesa como nata se aproximaba desde el mar y pronto envolvió los contornos del paisaje con una gasa grisácea. No sé si fue el efecto opresivo de aquellas nubes bajas o por mi decaído estado de ánimo, el caso es que se me saltaron las lágrimas. Escuché el ulular de la sirena que sonaba desde el viejo faro del promontorio alertando a los navegantes. Recordé las palabras del joven Nikolakis y me deshice en llanto.

Pero frente a esta desolación interior, aparece la esperanza. De este modo, rubrican el libro las siguientes palabras:

Pronto comprendí mi gran error, avanzando con lentitud, una silueta familiar se aproximaba. En su cara se dibujaba una sonrisa. Entonces supe que ya podía levar el ancla y reanudar el rumbo pues una sirena orientaba mi navegación en medio de la niebla. Quizá, con un poco de suerte, mi nave no volviese a zozobrar.

Son palabras de Elena Guillén, la protagonista que lleva el hilo conductor de la trama y quien previamente ha declarado que la evocación de un amor imposible es un ejercicio, además de estéril, doloroso.
El Amor traspasará toda la novela, y traspasará la niebla de la novela. Esta niebla invade a los personajes, que desde sí mismos se eluden, nunca se muestran tal y como son, escorados todos ellos hacia el naufragio, hacia el fracaso en el amor.
Desde su inicio se intuye un drama, una historia confusa, trágica tal vez. Hay un misterio a desvelar, algo que se prevé, que se presiente, algo oculto, la presencia de un secreto, quizá horrible, de familia, que fascina al lector y se convierte en leit motiv o estrategia narrativa de Sirenas en la Niebla.
 Elena Guillén vive sola en la casa familiar de Los Arenales, sita al borde de una playa frente a La Laguna, intentando reponerse de su fracaso matrimonial, una relación toxica que se ha llevado por delante diez años de su vida. Quiere reconstruir su vida, ha retomado sus antiguos estudios de Arte, pero la asolan las pesadillas y el aullido del lebeche insistente contribuye a esa sensación de sinsentido y soledad que anida en su alma. La decrepitud de la casa que conoció días más felices, el antiguo jardín en cuyos arriates se secaron hace tiempo las dalias y hortensias aumentan esa sensación. No queda nada de un pasado que barre la arena y la niebla. Se confabula la naturaleza para reforzar la sensación de pesimismo, la certeza de que todo intento de superación resulta inútil, que cualquier lucha despiadada contra el destino está condenada al fracaso. Algo dentro de mí me aconsejaba —se dice Elena—: lucha, huye, sal de este pantano, lame tus heridas al sol y toma cualquier senda; la que recorres no sigue más allá, no te conducirá a ningún palacio habitado por un príncipe que te hará feliz para siempre.

Con una velocidad de tempo adecuada, distendida en descripciones de intenso lirismo, salpicada de diálogos pertinentes, la autora nos irá mostrando el pasado de Elena, de su familia, enriquecida a finales del siglo XIX gracias al tatarabuelo Leandro Conesa, un hábil comerciante que supo adaptar su negocio de telas a la nueva pujanza económica, basada en el auge de la minería —la fiebre de la plata— en Mirabilia, la ciudad del sureste español en donde se desarrolla su vida. Desde ese tatarabuelo, casi figura mítica, artífice de la riqueza económica de la familia, en línea descendente aparecen los ancestros de Elena, y con ellos también aparece el pasado familiar que se conforma y gravita sobre la protagonista casi como una amenaza. Son personajes que en sí mismos sufren una incomunicación, esclerotizados; personajes atrapados en prisiones interiores, herederos de algo oscuro que los constriñe y encierra en pequeñas celdas donde se hace imposible la comunicación con los demás. Fracasados de alguna manera en el amor, experimentando la vaciedad, cada uno de ellos tiene su particular prisma con el que afronta la vida, su perspectiva, su casilla cerrada, y si alguno de ellos aparentemente es proactivo viene finalmente, como el polvo que se aposenta en los muebles viejos, a anclarse en una pasividad que en sí misma es destructiva. Viven como autómatas, como zombies. Prisioneros de mecanismos que no han elegido y de los que no son conscientes, todos ellos con una carga de sufrimiento más o menos disimulada, que en cualquier caso, por demasiado inmensa resultaría obsceno dejarla traslucir.
En un libro que casi por casualidad cae en sus manos, Epígonos del Movimiento Prerrafaelista europeo, Elena Guillén descubre un pintor de finales del siglo XIX del que se sabe poco de su obra y menos aún de su biografía: sólo quedan algunas fotografías de su escasa obra pictórica, doce cuadros desaparecidos o sepultados en viejas almonedas, y algunos apuntes biográficos, reconstruidos gracias a la correspondencia que mantuvo con su maestro y mentor, William Waterhouse. Este epígono del Prerrafaelismo del que apenas se sabe nada es James Philippe Hunter. Cautivará a Elena de manera enigmática, premonitoria, y la niebla vendrá sobre la trama de la novela y cautivará al lector.
Pronto a la protagonista sus padres le participan que tienen la intención de vender un viejo palacete familiar, Villa Mercurio, edificado por el tatarabuelo a las afueras de Mirabilia, el cual sólo les causa gastos y resulta imposible de mantener. La madre le entrega a Elena unas cajitas donde ha depositado una serie de objetos recogidos de la Villa que intuye pueden interesar a la hija. En una de ellas hay libros de cuando era niña; en otra encuentra las viejas artes de la bisabuela Renée, una vidente que pasaba por bruja; finalmente, en la tercera, halla unos diarios escritos en inglés por nanny, la niñera e institutriz de la abuela Esperanza, que había llegado de Inglaterra a principios de siglo huyendo de su familia por haberse enamorado de un muchacho sin posibles. Elena abre la primera página de los Diarios y lee: Tower House, 1899, May.
La sorpresa es mayúscula cuando descubre que aquel muchacho sin posibles del que se había enamorado la niñera de su abuela no es otro sino James Philippe Hunter. Comunicará su descubrimiento a César Pérez de Castro, catedrático de Arte con el que, a la vez que irá reconstruyendo la vida de Margaret Hills, la niñera, se involucrará en la investigación y rastreo de las pistas del pintor. En una incursión que hacen a Villa Mercurio en busca de esas pistas, en un gabinete secreto, posiblemente mandado construir por el bisabuelo Fulgencio para prácticas no del todo ortodoxas, entre ellas las del amor, y quien acogió a Margaret recién llegada de Inglaterra, descubren a modo de capsula del tiempo un cilindro de plata ennegrecida; cuando después de sufrir una serie de avatares logran abrirlo, encuentran en su interior cuidadosamente enrollado Flower passion, el cuadro más emblemático de Hunter del que sólo quedaba una fotografía como testimonio, y que por la correspondencia de éste con Waterhause se sabe que pintó en 1907.


Margaret Hills pertenecía a la alta sociedad de Inglaterra y no sólo fue la amante de James Philippe Hunter, sino su musa e inspiradora; sus rasgos se repiten insistentemente en toda la obra del pintor. En Flower passion queda reflejada su especial belleza, la cabellera de fuego y unos ojos esmeralda enmarcados en el óvalo perfecto de la cara; en una de sus manos, la flor de la pasión. La reconstrucción paulatina de la vida de Margaret significará de alguna manera el reencuentro que hace Elena Guillén con una identidad perdida, la reedificación de su propia persona.
Ana María Alcaraz Roca juega magistralmente con los espacios y los tiempos, y también con las voces que oscilan de la primera persona a la tercera. Y esta cadencia de espacios, tiempos y voces inspirará a la novela agilidad, fluidez, a la vez que incidirá en un misterio que se irá desvelando poco a poco como si de una trama policial se tratara. Se diferirá su solución, lo que aumentará el interés del lector; mientras tanto nuevos personajes irán apareciendo y formando parte de la novela.
Desde Mirabilia viajaremos al País de Gales, pero también hacia otro tiempo: el final de la época victoriana. Recorreremos viejos bosques de hayas prohibidos, lugares desolados y solitarios, casas herrumbradas, abadías semiderruidas, mansiones donde habitan los fantasmas, paisajes inhóspitos y salvajes que de alguna manera evocan un mundo gótico y de nostalgia, desheredados de la presencia humana, donde la belleza y la destrucción se darán la mano. Asistiremos a fiestas galantes en el Londres de finales de siglo XIX, a la presentación de jóvenes a la reina Victoria; pero también recorreremos la Mirabilia de principios de siglo XX, habitada, al igual que ocurría en la vieja Inglaterra, por la desigualdad, la hipocresía social y la impostura. Al final los espacios cambiarán y viajaremos a la Grecia actual, a una pequeña isla de las Cícladas, Sikynos. Allí se nos revelará algo sorprendente.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©