martes, 19 de julio de 2016

SOBRE EL ÁNGEL DE LA GUARDA

SOBRE EL ÁNGEL DE LA GUARDA



No me cabe la menor duda de que tenemos un ángel de la guarda que vela por nosotros. En varias ocasiones he podido experimentar su presencia, si no en el sentido estricto del término, sí, por lo menos, en sus efectos derivados, que viene a ser igual. Cuento una anécdota al respecto y que el amable lector juzgue por sí mismo.
En dos ocasiones que yo sepa la de la guadaña ha estado a punto de llevarme al otro lado utilizando las artes del ahogamiento. Una, de la que ahora no voy hablar, fue en El Golgo, un remanso paradisíaco del Segura ya desaparecido, al que instancias mías me llevó mi padre, cuando, tras las arduas clases recibidas por parte de mi progenitor en Las Balsas del tío Carrilero, creía que ya sabía nadar. A la sazón tenía ocho años, y, tras la experiencia, tomé nota del peligro que suponen los ríos, aun los de tercera, sea el caso del Segura. Pero tendría que aprender más acerca de los ríos. Muchos años después volví a sentir a la de la guadaña —y esta vez un poco más cerca— en Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir.
Tenía treinta años —siempre pensaré que el tiempo es falaz y es un enigma—, me había casado hacía poco y estaba a punto de concluir mi primer año de trabajo en Ronda. En espera de cantar las notas finales había unos días por delante, así que junto con Pedro Alonso, mi compañero de Filosofía, planeamos una excursión de varios días por la costa atlántica de Cádiz. En principio íbamos a ir los dos jóvenes matrimonios, Pedro y Carmen, y Mª José y yo, pero como en el automóvil quedaba una plaza libre se nos adosó Manolo Moratinos, un solterón oriundo de Aguilar de Campoo que se había dejado caer por aquellas latitudes del sur. Fue una maravilla recorrer aquellos pueblecitos en los que todavía no había hecho estragos la locura del turismo: Bolonia, Trafalgar, Los Caños de Meca, Conil… El último día de la excursión decidimos acercarnos a Sanlúcar de Barrameda, con la intención de, antes de subir a Ronda, tirar para Trebujena, donde Spielberg estaba rodando El imperio del sol.
Aquel día fue caluroso en extremo, tanto que el termómetro llegó a marcar los 40º —cuento esta circunstancia para enmarcar debidamente los hechos que sucedieron—. Hacia mediodía, nos acercamos a las bodegas de Barbadillo. Recuerdo la amabilidad con que nos enseñaron aquellas vetustas bodegas, las filas de barriles donde se amontonaba el precioso néctar que hacía las delicias de los paladares. Llegó el momento de la degustación y el amable empleado que tan agradablemente nos había explicado los pormenores de la elaboración de aquella ambrosía, descorchó tres botellas: una de Manzanilla, otra de Oloroso y otra de Brandy. Escanció el precioso líquido en unas copichuelas y nos las fue pasando al hilo que elogiaba los méritos de cada caldo. Al quite, cuando me daba la espalda el buen hombre, enganchaba al azar alguna botella por el gollete y, entre risas absurdas, vertía, rápido y con temblorosas manos su inestimable líquido en mi copita; así, mientras los demás tenían sus copichuelas quietas casi todo el tiempo, la mía, con el ajetreo, tanto se llenaba como se vaciaba con celeridad. Acabada la degustación, las tres botellas que el buen hombre había sacado, ni qué decir tiene, quedaron temblando.

Ya fuera de las bodegas, los cinco excursionistas discutimos qué hacer, si ir a comer o a darnos un baño. El sol caía vertical e inmisericorde y se me cogió cierta debilidad en la sesera casi sin darme cuenta, por lo que no participé mucho en la conversación y me dejé llevar por los otros. Decidieron finalmente que era preferible darse un baño antes de comer pues el calor era insufrible.
Y allí que nos vimos, en la desembocadura del Guadalquivir, teniendo enfrente el coto de Doñana. Rápidamente ideé un plan para deslumbrar a mis acompañantes. Era bastante simple, y así se los hice saber: iría a nado al coto de Doñana, descansaría un breve rato tomando el sol y luego regresaría listo para comer; total la distancia era bien corta.
—Voy y vengo en un santiamén —eso les dije.
Quería impresionarlos, causarles un impacto tal con mis artes natatorias del que difícilmente se repondrían. Y de verdad que los impresioné, pero no en el sentido que yo quería.
Me quité las gafas, razón por la cual lo único que comencé a ver fueron bultos, unos móviles y otros inmóviles, borrosos todos, y me tiré al agua. Había una bajada de marea fortísima, de la que no fui consciente; por eso, el primero en sorprenderse de la velocidad que tomaba al nadar quizá fui yo mismo. Y cierto que iba rápido. Pasé como el rayo por el lado de dos barcazas que venían a toda velocidad en mi dirección, y cuando me vine a dar cuenta vi la playa como un hilo lejano, la de Doñana también.
 Mi sesera comenzó a reponerse de la debilidad pasajera sufrida hacía tan poco, y con la rapidez del vértigo comencé a sopesar posibilidades. Conocía algunas leyendas urbanas sobre surfistas que, arrastrados por la corriente, desde Tarifa habían aparecido por alguna isla de las Antillas… Tomaba tintes oscuros la aventura... ¿Podría volver?... ¿Caería presa de algún tiburón del Estrecho?... ¡En cuántas cosas que se agitan debajo de las aguas y no podemos ver pude pensar! Una extraña lucidez sustituyó mi atolondramiento anterior.
Decidí serenarme, ¡qué fuera lo que Dios quisiera!, pero el pánico no podía hacer presa en mí. Recordé una frase de mi padre que repetía a menudo cuando me enseñó a nadar: “Nunca luches contra la corriente, te agotarías; déjate llevar y ya saldrás por algún lado”. Eso hice y, por si sí o por si no, recé alguna oración furtiva. Y mientras la costa se alejaba pensé en lo corta que había sido mi vida si moría. Pensé en tantos proyectos que quedarían trucados, en Mª José, en mi posible descendencia que ya no tendría la oportunidad de existir, y sentí pena de mí mismo. Pensé, sí, y recé. Sin embargo, aquel no era mi día; la parca podía esperar.
De repente, sumido entre estas cavilaciones, vi que se acercaba una pequeña embarcación a motor —pof… pof… pof… pof…— y se ponía junto a uno de mis flancos, a barlovento diría, aunque podría haber sido a sotavento. Miré hacia arriba y, junto al hombre que manejaba el motor, se encontraban Pedro y Manolo. “¡Salvado”, pensé, ¡puff! ¡Gracias, Dios mío!”. Pero lejos de mostrar la menor muestra de agradecimiento, increpé a los de arriba, a los de la barca me refiero:
—¡Ah, sois vosotros! ¿Qué hacéis por aquí?
Y al decir  aquella estupidez, y para que apreciaran mis destrezas natatorias cambié de estilo, de braza a espalda. Fue entonces cuando oí una expresión admonitoria, de esas liquidadoras de autoestima:
—¡Vamos, sube, que no puedes con tus huevos!
La soltó Manolo Moratinos, el solterón loco que se había adosado a los dos matrimonios con la finalidad de darnos el viaje.


            Seguramente pensando en lo macho que era su marido, Mª José, desde la linde de la playa, vio cómo me alejaba a toda velocidad hacia el coto de Doñana. Se sorprendería, digo yo, de que en vez de avanzar hacia el coto, me viera ir a toda leche hacia mar abierta, pero no le daría mayor importancia dada la idiosincrasia de su cónyuge y de las ganas de agradar que siempre tuvo el mismo. 
       En éstas salieron del agua dos mozos como varales, con unas aletas bajo el brazo de las que miden casi dos metros de largo, y se situaron a su lado mirando hacia aquel punto que se perdía en lontananza. Por proximidad, Mª José oyó lo que decían:
—¡Er tío eze no zale! —expresó uno de los mozos.
—No, no zale… —vino a convenir el otro en suave aquiescencia.
Mª José, al oír aquel inquietante cruce de palabras, se acercó a los chavales y les preguntó:
—¿Cómo que no zale er tío eze?
—No zale —le dijo el primero de los gañanes—. La corriente ez muy fuerte y lo arraztra hacia dentro. Hay que eztá loco para meterze con una bajada de marea como ézta.
—¡Maere mía! —exclamó Mª José.
—¿Por qué dice maere mía, zeñora? —preguntó el que parecía más avispado de los dos mozos.
—¡Porque er tío eze ez mi marío! ¡Ez mi marío!
—¡Zeñora, no diga ezo!
—¡Zí, ez mi marío! ¡Mi marío! ¡Mi maríoooo…! —expresó Mª José al borde del síncope.
Más o menos la conversación fue en esos términos. Para darle dramatismo he puesto en boca de Mª José la pronunciación de la zona, aunque en realidad ella  no habla ni hablado nunca así, porque es castellano hablante que a lo sumo deja traslucir en su dicción ciertos modismos de la murcianía.
Pedro, mi compañero de filosofía, al quite, y al percibir el medio síncope de Mª José, se acercó presuroso:
—¿Qué pasa?
—¡Que no sale! ¡Que no sale!...
Sin dilación, comprendiendo en el acto lo que ocurría, Pedro echó a correr hacia unas barcas cercanas que dormitaban en la playa. Afortunadamente el dueño de una de ellas se encontraba en las proximidades. No fueron precisas excesivas explicaciones; pronto, el buen barquero, junto con Pedro y Manolo, se pusieron en marcha para rescatarme.
El regreso de aquella excursión fue terrible, casi que nadie me habló en el trayecto de vuelta, por lo menos de motu proprio. Ni siquiera Mª José que a mis solicitaciones respondía con monosílabos. Comimos un pescado soso en uno de los restaurantes que había junto al mar, y después por unanimidad, salvo mi voto, se decidió regresar a Ronda sin pasar previamente por Trebujena, tal como lo teníamos planteado y tanta ilusión nos hacía unas pocas horas antes. Intenté varias veces hacerme el gracioso, contar alguna anécdota pilla, soltar algún chascarrillo… y ¡mierda, qué caras de palo, pijo! Todos los regresos de alguna manera u otra son tristes y melancólicos, pero aquél lo fue de una forma especial.
Sin embargo, la juventud no es rencorosa, y a los pocos días ya estábamos preparando otra excursión antes de que acabara el curso. El affaire quedó archivado y no sé tocó más. ¿No se tocó más? Yo sí, le di muchas vueltas en mi torturada cabeza. ¿Qué tontuna me llevó a actuar como lo había hecho? Podía haberme ahogado sin ningún tipo de dudas; fue una suerte que vinieran a rescatarme. No obstante, la cosa se las traía. Ni Mª José ni mis compañeros fueron conscientes del peligro que yo corría hasta que les alertó la conversación de los chavales. Éstos, al salir del agua, podían haber cogido para sus  casas y comentar el tema de camino; pero no, se quedaron en la playa —tal vez deseosos de carnaza, no sé—, y vinieron a conversar cerca de Mª José. Podría, por otro lado, haber sucedido que Mª José no hubiera estado junto a ellos y, por consiguiente, tampoco los hubiera oído. Una vez alertados del peligro, podría ser que ninguno de mis acompañantes hubiera sido capaz de tomar una resolución, dado el azoramiento del momento. Pero Pedro era hombre de acción y de decisiones rápidas, y tiró para las barcas sin pensarlo dos veces. Sin embargo, ¿y si sólo hubieran estado las barcas, tendidas al sol? De poco hubiera valido su resuelta carrera. No obstante, allí se encontraba el dueño de una de ellas, cosa curiosa dada la hora. Y la barca estaba lista para salir… En fin, se ensamblaron las circunstancias de manera oportuna, aunque cualquier fallo en aquella cadena podría haber dado al traste con el feliz desenlace. No fue así.

¿Quién era el barquero? Lo recuerdo como un hombre de aspecto anodino y, la verdad, no tuve tiempo de darle las gracias. Al llegar a tierra, enseguida se despidió,  desapareció rápidamente. ¿No me pareció en algún momento mientras regresábamos y el motor fatigado de la barcaza luchaba contra la onerosa corriente que sus ojos desprendían cierta guasa? Tal vez sí, tal vez no…
—¡Vaya, si resulta que no son barcos! —exclamé cuando rebasamos las dos grandes boyas del estuario que señalaban la mar abierta y a la ida de mi viaje había confundido con pequeños y rápidos barcos.
Ni puto caso, no me devolvieron palabra alguna. Seguramente ya se habían puesto de acuerdo para ningunearme. El barquero también callaba y me miraba con zumba… Me da qué pensar, se me adosa una mosca a la oreja y se me dispara una pregunta: ¿podría mi ángel de la guarda haberse encarnado durante unos momentos en el amable barquero con el fin de salvarme de una muerte casi segura? Puede que sí. Sabedor de mi metedura de gamba hasta el corvejón, estimó encarnarse y tener preparada una barca para cuando fuese requerido; antes orquestó las circunstancias de tal modo que resultaran felices y llevaran a mi rescate.
Que cada cual piense lo que quiera; yo sé lo que tengo que pensar. Quede aquí referida esta anécdota para aviso de nadadores.

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                                               Jesús Cánovas Martínez©