jueves, 18 de julio de 2013

LOS ARCANOS MAYORES DEL TAROT

LOS ARCANOS MAYORES DEL TAROT
VALENTIN TOMBERG


Cuando la editorial Herder en 1972 (edición en español, 1987) publicó Los arcanos mayores del Tarot, todavía no se había revelado su autoría, por lo que, con una Presentación de Robert Spaemann y una Introducción de Hans Urs von Balthasar, la obra apareció como anónima. Más tarde el gran público conoció a su autor: Valentin Tomberg.
Personaje curioso este Valentin Tomberg. Si los acontecimientos externos de cada biografía de algún modo son índice de lo que sucede en el interior de una persona, no cabe duda de que Tomberg fue una figura crística. De hecho parece que su gran aspiración fue construir una Cristosofía; en un primer momento, siguiendo los jalones dejados por Rudolf Steiner, en un segundo, a raíz de su conversión al catolicismo, incorporando el acervo del hermetismo cristiano.
Valentin Tomberg nació en San Petersburgo el 27 de febrero de 1900 en una familia burguesa y recibió una educación esmerada. Sus inquietudes espirituales, a la sazón de los 15 años, le llevaron al contacto de Rosacruces y teósofos de diversa índole; a los 17 leyó La ciencia oculta de Rudolf Steiner y quedó hondamente impresionado. Delineó, pues, su camino espiritual según los pasos del sendero antroposófico.
Lo que, en principio, parecía un futuro prometedor para el joven Valentin, quedó truncado por la revolución rusa. Muerto el padre, el hermano desaparecido, presenció el fusilamiento de su madre por los soviets. Se exilió a Tallinn (Estonia), donde para sobrevivir tuvo que realizar los más diversos trabajos, los que simultaneaba con sus estudios antroposóficos. Espíritu libre, pronto chocó con las jerarquías de la Sociedad Antroposófica; se suceden así una serie de afectos y desafectos con los antropósofos, propios de un thriller esotérico. Rompe con los antropósofos de Estonia, rompe con los antropósofos alemanes, y ya en 1938, viviendo en Rotterdam, rompe con la rama Antroposófica de Holanda. Quiero pensar que a los celos que suscitaba su vigorosa personalidad se sumaron sus opiniones sobre Hitler, en quien veía uno de los siete grados de revelación del anticristo, figura satánica por mediación de la cual operaban los poderes ocultos. Si la sinceridad sigue a la clarividencia, no es de extrañar que se convoquen los poderes de las sombras para silenciar a cualesquiera osados delatores. Tal ocurrió con Steiner, tal ocurrió con Tomberg.
En 1943 hizo un intento de entrar en la Iglesia Ortodoxa, pero fue rechazado por mantener ideas de corte esotérico. Es en 1945, dada la espalda a su anterior fase vital, que se convierte al catolicismo, aunque sin perder su libertad de espíritu. Muchos de sus antiguos correligionarios lo tildaran de traidor. Tomberg, el traidor. La calumnia y la difamación lo perseguirán hasta la tumba. Su muerte acontece el 24 de febrero de 1973, en Mallorca, durante un período de descanso, antes había terminado dos trabajos fundamentales: Pacto del Corazón y Meditaciones sobre los Arcanos Mayores del Tarot.
Hace algún tiempo tuve la suerte de asistir durante tres años consecutivos a un seminario sobre Los arcanos mayores del Tarot (todavía no se nos había revelado su autor) bajo la dirección de Emilio Saura. Los primeros jueves de cada mes nos reuníamos para realizar nuestra propia meditación. A la exposición de Emilio seguía un diálogo entre los componentes de aquel peculiar grupo que pretendía una mayor profundización en el significado de las XXII láminas de estos arcanos, de sus símbolos y de las resonancias y analogías suscitadas entre los mismos; así fue que fuimos devorando con mayor o menor fortuna, según la disposición de cada cual, las 709 páginas que, en mi edición, componen el libro.
¿Qué aportan Los arcanos mayores del Tarot? Calor, cercanía, humildad. Querido amigo desconocido, invariablemente es la fórmula con la que el autor comienza la meditación sobre cada lámina. Querido amigo, hay en esta expresión ternura, intimidad convocada, disposición para la confidencia, propias para la transmisión de un secreto; desconocido, pues el autor pretende dejar un legado a voces, esparcir la simiente de una enseñanza por el camino. Es curioso, el autor hace sus confidencias a un desconocido con la confianza de que no será defraudado. Un desconocido habla a otro desconocido en tono cordial y franco (no podía ser de otra forma) sobre los secretos de la Sabiduría. Una seguridad íntima, una certeza interior, le llevan al autor a presentarse así, en pura desnudez intelectual, sin ambages que lastren la comunicabilidad, de tú a tú. De este modo las meditaciones sobre las láminas del Tarot son confesiones de ultratumba purificadas por el paso por la muerte.
Se sitúa Tomberg bajo la perspectiva del hermetismo cristiano. El hermetismo cristiano no es otra cosa que el culmen de la vigorosa tradición esotérica occidental, y supone, al pronto, dos prenotandos: 1) Hay un Maestro de todo maestro, y es Cristo; 2) De forma derivada, el texto bíblico, sobre todo los Evangelios, son una suerte de ejercicios espirituales capaces de transformar a quienes los realizan diligentemente. Con respecto al primer prenotando hay que decir que es el mismo Cristo quien se define como el Camino, la Verdad y la Vida. Por esta razón solo hay un esoterismo posible: el conocimiento de Cristo, medio y meta de toda indagación espiritual. Obviar tal eventualidad supone caer en el ocultismo de más triste acepción. El segundo prenotando enfatiza la convicción de que la única puerta de acceso al conocimiento de Dios, el hombre y la naturaleza en profundidad son las Escrituras. No basta con leer y releer el texto, lo que puede llevar a un conocimiento intelectual o abstracto del mismo, válido ciertamente, pero mutilado y disminuido. Se trata de penetrar el texto con una admiración creciente (como, por ejemplo, hace el cabalista), pues no es el Dios de la letra el que se trata de conocer, sino el Dios vivo, creador de un universo de jerarquías vivas.
Así, pues, la meta de los ejercicios espirituales es la profundidad. Ahora bien, el simbolismo es la lengua de la profundidad, pues solo los símbolos son capaces de reavivar las capas profundas del alma; de ahí la importancia que adquieren los arcanos mayores del Tarot, útiles catalizadores de trasformación. “Son auténticos símbolos —dice Tomberg, nada más comenzar la meditación sobre la primera lámina, El Mago—, es decir, operaciones mágicas, mentales, psíquicas y morales que evocan nuevos conceptos, ideas, aspiraciones y sentimientos.” Para que den su fruto se han de meditar en el recogimiento y la soledad propios del discipulado de la noche, aquel que siguen los herméticos. De esta forma, el vínculo común que une a los herméticos no es otro sino los ejercicios espirituales y las experiencias que implican, la profundidad a que conllevan. ¿En qué consiste dicha profundidad? Indudablemente, en un acopio de conciencia, en una ruptura de nivel, en una mayor comprensión del misterio de Dios que se corresponde con una elevación del ser.
Se podría decir que la filosofía hermética es una especie de unidad holística, por cuanto la experiencia vivida (o vívida) se aúna al conocimiento de la mística, la gnosis, la alquimia y la magia sagrada. El hermético, por tanto, es aquel ser que experimenta y vive en sí mismo el ser, el saber y el poder; es decir, quien reúne en sí mismo la hondura de la mística, la sabiduría directa de la gnosis y el poder realizador de la magia. En este sentido su ideal es básicamente alquímico, lo que significa que cuanto más se transforma, más verdaderamente humano se vuelve, pues “más se manifiesta lo divino subyacente a la naturaleza humana en él, o, lo que es lo mismo, la imagen y semejanza de Dios”. El hermetismo, pues, transforma al hombre, le ayuda a convertirse en lo que verdaderamente es según su esencia o naturaleza; ello implica un proceso de “sublimación” por el que lo vil o lo bajo queda crucificado. Pero por esta crucifixión, como dice san Pablo, puede emerger el hombre nuevo. Este nuevo hombre es el ser libre por antonomasia; aquel que, vivificado por Dios, ha sido también rehumanizado, y, por rehumanizado, llevado a la realización en sí de la imagen y semejanza divinas, las que portaba de manera, escondida y vulnerada, en su interior.

El hermético sabe que la realización de su más alta posibilidad es un don de Dios, pero también sabe que no por eso debe eludir el propio trabajo. Así, pues, se hace necesario un proceso de iniciación para alcanzar tan alta meta, que no consiste en otra cosa diferente al saber saber. Precisa Tomberg: “El iniciado es el que sabe preguntar, buscar la respuesta y emplear los medios aptos para llegar hasta ahí”. Ahora bien, esta triple sabiduría de saber preguntar, buscar y actuar, solamente los ejercicios espirituales la enseñan; por ellos, pues, el iniciado aprende el sentido práctico (y en filosofía hermética no hay otro sentido que el práctico) y la infalible eficacia del arcano de los tres esfuerzos reunidos, que constituyen la base de todo ejercicio espiritual y de todo arcano: Pedid, buscad y llamad, tal como expresa San Lucas (11, 9): “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán”. Así, pues, ¿qué enseña la filosofía hermética? Enseña cómo preguntar, buscar y llamar para llegar a la experiencia mística, las luces gnósticas y el efecto mágico de lo que se pretende saber de Dios.
Por consiguiente, el iniciado o hermético ha de desarrollar, en primer lugar, una aptitud: la aptitud para saber saber. Esta aptitud, a su vez, implica el desarrollo de dos sentidos: el de síntesis y el de iniciación. Por el sentido de síntesis el hermético sabe propiciar no solo una síntesis entre mística, gnosis y magia, sino también una resolución de antinomias, en principio, irresolubles, y en última instancia, la resolución más importante de todas: la del punto blanco de arriba, cegadora luz que tan solo contiene luz, con la del punto negro de abajo, la oscuridad del subconsciente. No otra cosa propone la Tabula Smaragdina: “Verum sine mendacio, certum et verissimum: Quod est inferius est sicut quod est superius, et quod est superius est sicut quod est inferius, ad perpetranda miracula rei unius.” Cuando el hermético consigue la neutralización de cualquier binario o la solución de las antinomias, entonces se dice que ha realizado el don del negro perfecto; es decir, supera la conciencia egoica, en cuanto la trasciende hacia una mayor luz, por el hallazgo de una síntesis suprema, la que como verdad anida entre las dos oscuridades, la de arriba y la de abajo. Pero lo realmente interesante es que el esfuerzo por realizar la síntesis, lleva hacia el sentido de la iniciación, que es el de la profundidad; el cual, como fin práctico tiene la realización del hombre de autoridad (del hombre-padre), y como fin espiritual, como ya ha quedado dicho, se orienta hacia el Dios vivo y la vivificación que proviene de Él.
Para terminar esta breve nota de presentación de Los Arcanos Mayores del Tarot y siguiendo con la aclaración de cuestiones que podríamos considerar preliminares entorno a la indagación espiritual, quiero resaltar que el iniciado o hermético no solo debe de desarrollar una aptitud, en los dos sentidos expuestos, sino que parejamente ha de desarrollar una actitud. Esta actitud es la de El Ermitaño, tal como lo expresan los símbolos de la IX lámina. Valentin Tomberg trae al respecto una cita de Éliphas Lévi: “El iniciado es quien posee la lámpara de Trismegisto, el manto de Apolonio y el báculo de los patriarcas.” Traduzcámoslo: Por la lámpara, el iniciado posee el don de hacer brotar la luz de las tinieblas; por el manto, crea una segunda piel con la que se aísla de la mundaneidad, esto es, del sordo y opaco discurrir de humores, prejuicios y anhelos colectivos; por el bastón, posee un sentido realista que le lleva a tactar la realidad, no con uno, sino con tres pies, por lo que avanza con una experiencia inmediata de lo vivido sin intervenciones ajenas a él mismo. Por todo lo cual, podemos decir que el iniciado o hermético es el hombre prudente por antonomasia; difícilmente tomara postura o partido por algo, difícilmente levantará la voz en la asamblea pública. Al igual que los contemplativos, aunque sus obras y su meta son esencialmente prácticas, incluso a pesar de su índole espiritual, se retirará del mundo para llevar una vida disciplinada y austera, en la que tomen relevancia la oración, el oficio divino y el estudio.
 

Alguna vez se ha hecho mención a las tensiones que hay en el seno de la iglesia, que aparecen en su mismo nacimiento, y no obstante se resuelven de manera musical y estética; Von Balthasar, sin ir más lejos, habla de la sinfonía de la fe. En la horizontalidad, la iglesia judaizante de Santiago, conservadora, valedora de las obras, pugna con la iglesia abierta a la gentilidad de Pablo, integradora, la que hace hincapié en la fe. Pero en la verticalidad se sitúa la iglesia de Juan confrontando a la de Pedro. La iglesia de Pedro tiene el poder y las llaves; la iglesia de Juan, el apóstol que en la última cena reposó su cabeza junto al corazón de Jesús y quedó abrasado por su Amor, posee el perfume y el fuego.



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Jesús Cánovas Martínez©