viernes, 19 de julio de 2013

LOS DEMÁS DÍAS

LOS DEMÁS DÍAS
ANTONIO GARCÍA SOLER


¿Qué le pido yo a un poema? Carga emocional, carga intelectual y belleza. Cuando se cumplen estos tres requisitos puedo decir que me hallo ante un buen poema. Si un libro está compuesto por buenos poemas, entonces me encuentro ante un buen libro. Un buen libro me hace pensar, emocionarme, arrobarme en la fruición que concita su belleza. Este es el caso de Los Demás Días de Antonio García Soler. Los poemas que lo componen han sido destilados en el tiempo por un largo y laborioso trabajo de continua reescritura. Que confiese el autor, han sido más de veinte años, y el resultado obtenido raya lo tremendo de la síntesis, de la concisión y de la soledad sonora, tomando la expresión de san Juan de la Cruz. Son poemas adelgazados hasta su extrema pureza, desnudos de abalorios, ascéticos, y así, con esa extraña y sorprendente economía en que se hurta la palabra, se suceden los conceptos, las emociones, el sentido de la belleza, que vienen como el martillo a golpear al lector. El resultado es inquietud, zozobra interior, sobresaltado esplendor. No es este un libro cualquiera, un libro sumado al montón de otros libros, que con el ligero paso de los días al final nos deja indiferentes. No, el autor, al desnudar los poemas, se desnuda así mismo: convierte la escritura en ejercicio de desnudez con que pretende mostrarnos (y mostrarse) de manera nítida los contornos y aristas de su alma, la profundidad de la misma, eso sí, no sin un deje de aparente distancia, de patente ironía a la que conduce una mirada que se pretende escéptica, y de una agónica lucha, más que contra el olvido, contra la nada.
Es esta lucha contra la nada (una lucha agónica, repito, metafísica), que aparece desde el primer poema hasta el último y constituye el trasfondo de Los demás días, la que le lleva al poeta a enfrentarse con la temporalidad. Deuda, el pasado, el tiempo emotivo del recuerdo, de los seres queridos que afloran en la memoria, de los ancestros, de la sangre que con su sangre dio vida a la vida del poeta; Esto, esto es lo que hay, el inerme presente, el ahora, que continuamente pasa y se disuelve; Acaso, tal vez, el futuro, el recuento, una repetición de lo mismo quizá, un retorno de estaciones y de años, un retorno de, aun siendo otros, los demás días.
 El tiempo es un enigma, y en sí mismo contradictorio: Es un hecho curioso que el tiempo que nos permite vivir sea también el disolvente de nuestra vida, y con ella, de nuestras vivencias y recuerdos. Esa es la experiencia que tenemos, ineludible, y no obstante, extraña y paradójica, porque en nuestro inconsciente (ya lo decía Freud) nos sentimos inmortales. Por eso queremos escapar a esa afrentosa ley; sin embargo, por más que lo intentamos, constatamos la derrota. Saturno devora a sus hijos inmisericorde; la memoria, a su modo, podrá rescatar los pecios del naufragio; Aiôn jugará al azar con el instante; quizás alguien  acceda, tocado por la gracia, a la segunda memoria, y allí pueda encontrar las cosas que fueron como fueron, su síntesis perfecta, el encaje de las piezas que en su día parecían deslavazadas, y aun así la forma de hierro de la temporalidad será inapelable y en nuestra vivencia de la cotidianeidad nos seguirá golpeando: el antes siempre se convertirá en después, y nosotros, sin pretenderlo, nos iremos haciendo pasado irremediablemente.
¿Acaso se resuelve un enigma porque uno sobreviva eternamente?, pregunta el Wittgenstein del Tractatus, en cita que el poeta recoge al inicio del poemario. No, vivir en la temporalidad no resuelve ningún enigma; vivir en la eternidad, cuando ya no hay más tiempo, sí, porque, si eso fuera posible, quedaría anulada toda pregunta. Pero tal posibilidad, de momento, nos queda vedada, por lo que la pregunta se vuelve retórica. No preguntes, por tanto, vive en la paradoja, vive en el tiempo, rescata el instante, el ahora; rescata el único día de todos los días, aquel en que se resuelven los demás, tal parece ser la apuesta de Antonio García Soler.

Tarea ardua esta, la que se propone el poeta, situarse en el límite del mundo, entre lo que se puede decir y lo que no se puede decir; indagar el sentido de un mundo en tránsito, que a cada instante se diluye, con las ineficaces palabras que suministra el lenguaje. Por eso habla consigo en el poema inaugural del libro (único que no lleva título, un síntoma), en soledad, a modo de confesión y en segunda persona: Es fácil/ que no aciertes/ en verso/ ni en prosa.
Ofrece el poeta su duda. No importa la escritura, importa acertar con la vida. Habla desde el cuerpo, el suyo, esta carne. Y, al final, la paradoja: Vida/lo demás, más allá del linde. Wittgenstein, pues, y la pregunta por el sentido. El sentido no se puede decir, solo se puede mostrar; ahora bien lo que se muestra no se dice porque está más allá de los límites del mundo y del lenguaje, herramienta esta que, según el principio de isomorfía, sirve para expresar el mundo. La carne, por tanto, es límite; más allá de la comprensión, en ella, la duda: La vida, la vida misma, lo que verdaderamente importa, consiste en el sentido que se le infiere; pero esta vida no se dice, se muestra, mas lo que se muestra carece de sentido porque no se puede decir: no hay lenguaje para ello. Quizá entendemos así ese juego con la elipsis y el silencio que traspasa todo el poemario. El silencio muestra lo que no se dice, el silencio habla, y a ese silencio se le añaden palabras como puños, rotundos adverbios de temporalidad, insistentes, que apuntan al límite: día, días, vida, nada, ahora, esta mañana, esta tarde, esto, acaso, todo, tierra, tanto, tal vez…
En el siguiente poema, Glosa  el poeta abre la rendrija de su intimidad para dirigirse al lector, un lector hasta cierto punto hurtado, pues la amenaza del solipsismo, otra de las caras de la nada, se evidencia: Ocupado lector —le dice—:/ No temas/si no llegamos/ a entendernos/por ahora. Guiño al Quijote, recuerdos de Gorgias: la vida es inexpresable en palabras, por inexpresable, incomunicable; ahora bien, porque no se puede comunicar, no se puede decir, y porque no se puede decir, no es. Toma fuerza la mirada escéptica, la ironía; el juego filosófico con que se nos arrastra hacia el nihilismo es patente.
Sin embargo ese juego no es tal juego cuando el poeta asume posturas, se posiciona. Ocurre así en el poema Credo, que constituye un Credo extraño pues parece más bien un No Credo. Independientemente de sus creencias o no creencias, veo aquí al Antonio García Soler más genuino, a quien conozco desde hace bastantes años pero con quien echo en falta alguna conversación de las de verdad, un poco seria si fuera posible: Lo demás/ no es nuestro,/ creí escucharte/ alguna vez. Lo demás, el silencio, no es nuestro, claro que sí; lo nuestro es la carne. Pero ya Nietzsche, el filósofo vitalista por antonomasia, en uno de sus primeros libros, Aurora, alertaba de lo poco que sabemos sobre nuestro cuerpo. Corporeidad misteriosa esta carne nuestra que gime, y grita, y anhela, y pregunta. Tengo para mí que cortar voluntariamente el hilo (y un corte real necesariamente ha de ser voluntario) que nos sujeta a lo alto, del que a veces (de acuerdo, no lo objeto) pendemos como marionetas, aboca a la desesperación. Podremos retorcer la sintaxis de la vida, pero eso no impedirá la caída en el nihilismo más atroz, es decir, en el vacío. Esto va en serio; si postulamos la broma tendremos que concluir que es cruel, a pesar de aceptar luceros.
El poeta ahonda en el vacío (es terrible este Antonio) y de la mano nos lleva a contemplar los infiernos de la soledad, la extinción del amor, en poemas tan fuertes y evocadores como Extinción, Otra versión, la misma, Otra vez. Y sigue con ese juego intelectual en que se entrelazan ironía y escepticismo, vueltas a la noria y espasmos de conceptos, hasta el poema que se constituye en un clímax del poemario (hay otro, del que ahora hablaré): De Nada. Ahí nos propone un claroscuro, un contraste metafísico: la vida y la muerte; la verdad y la mentira:

Ya he muerto:

verdad increída
aún.


Y no he muerto.

Verdad del día,
mientras tanto.

Reproduzco el poema con sus silencios, esos espacios en blanco que hay entre sus versos, sus puntos y comas, para que se aprecie la carga de tremendismo que conlleva. Fuerte contraposición antinómica que evoca el argumento de Epicuro. ¿Cómo podemos experimentar nuestra propia muerte? Eso es imposible, aún; si nosotros somos, ella no es. La frágil verdad es la del día, la no muerte... mientras tanto. ¿Apostar por la vida, pues? Tal vez, porque al final habrá un dejar de saber/ con la elegancia/ de los muertos.
Y si hablamos de Epicuro, bueno es decir la resolución que propone nuestro poeta ante ese manifiesto, claro, rotundo, avance de la nada: la vida en el ameno jardín, la charla con los amigos, el vaso en el bar o el café, el regreso a la casa, la familia (la esposa, los hijos, a quienes va dedicado el libro), los recuerdos de infancia; el cultivo de una sana apatheia, la virtud de la inteligencia, la equilibradora frónesis… Sin embargo, en medio de ese juego estoico/epicúreo, de aceptación y no aceptación entre un elegante soslayar, aparece otro juego, no ya el de los conceptos, sino el de los sentimientos que transporta la emoción tenaz, fijada al instante. La luz fugaz que evoca Puerto de Almería, o, tras la contemplación del otro mar, que vendrá, metáfora de la muerte, en Convertible XXIX, los poemas que inaugura La acequia de la higuera y le siguen, vienen a aparecer como estampas, visuales, táctiles, tremendamente emotivas, propias de un hijo del sur.

El poeta recuerda a los suyos, y la visión abstracta queda sustituida por la visión cálida; no estamos ya ante los conceptos sino ante las vivencias. El concepto distancia, pero la vivencia posee el don de la intimidad, es próxima: cuando habla el corazón, cesa la cabeza. Yo no sé si el poeta es consciente de ese hiato abrupto, si lo hace a propósito o no (creo que sí), pero en el lector supone un golpe, un corrimiento de sentido que de repente lo toma por sorpresa; así, en mi quizá no muy atenta lectura, estos poemas inesperados constituyen lo más granado del poemario. Aflora la emoción, se preña el poema y se desborda: los suyos son él, él mismo, el poeta, Antonio García Soler, quien los recuerda y evoca y les da la vida. De este modo, con la emoción en creciente, llegamos al poema axial de Los demás días, aquel que en sí mismo justifica el libro: Padre. Posee el aleteo del misterio, transmite la emoción del haiku, arrasa con una silenciosa lágrima, desnudo, en su transparente y equívoca sencillez:

Tus amigos vivos
me hablan a mí,
pero se equivocan.

 


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Jesús Cánovas Martínez©