martes, 16 de julio de 2013

EL DESEO O LA LUZ

EL DESEO O A LUZ
MARIANO VALVERDE RUIZ



Una disyunción siempre es un enigma a resolver, una encrucijada, un nudo a desatar, un reto. Al proponer una disyuntiva en el título, quizá el autor esté expresando su naturaleza escorpiniana, retadora por principio —la que, dicho sea de paso, es muy apta para comprender las cosas del amor—; o, quizá quiera hacer alusión a un guiño o una sonrisa puesto que ni el deseo ni la luz se excluyen, ¿por qué lo deberían? El deseo que surge allende los dominios invisibles de la noche conlleva en su seno la carga de la luz que se torna vida, y, esta vida, vuelta vida y luz, en más luz se convierte cuando retorna al punto invisible que le dio origen. Deseo y luz se compaginan, se convierten el uno en el otro y así se transforman mutuamente en espiral dialéctica. Esta suerte de metafísica, pronto se comprendió en Oriente; por eso el tantrismo sacraliza la sexualidad como vía de conocimiento e iluminación. En nuestro mundo occidental, sin embargo, tan alejado de sus orígenes (y de cualquier origen), considerar el sexo supone hablar de algo meramente trivial, vaciado de cualquier contenido o carga metafísica; afirmar su sacralidad, por consiguiente, en estos tiempos de terror que corren, por excesivo, tal vez pudiera mover a risa. No obstante hay que recordarlo: no siempre fue así, ni tiene que ser así. Es propio del poeta remontar con su emoción y entusiasmo sobre las trivialidades al uso, y aun asumiéndolas, transportarse desde la cotidianeidad sin relieve hasta la comprensión de lo que, tras ella, otorga el sentido y, en última instancia, la inmaculada blancura del Ser.
Mariano Valverde insiste en los misterios de la sexualidad, grata, y tortuosa, vía de conocimiento. Así, El Deseo o la Luz se remonta a la concepción originaria de Eros, tal y como aparecía en el pensamiento griego, entendido como impulso creativo o luz primigenia que irrumpe desde la oscuridad de la Noche —Aristófanes piensa que nació de un huevo puesto por la Noche, quien lo había concebido con Érebo, la Oscuridad— o, como relata Hesíodo en la Teogonía, desde el Caos primigenio. Es el responsable directo de la fuerza creativa de la naturaleza y del orden de las cosas, y así era adorado en los misterios de Eleusis como protogonos, el primero en nacer, quien comunica la vida y la luz a los demás seres. Entendido de esta manera, Eros es una fuerza cósmica de primera magnitud con un poder ilimitado capaz de doblegar a dioses y hombres, y no un mero compañero de juegos y travesuras de Afrodita, ciego y alado, como la tradición posterior quiere verlo; menos aún será aquel dios incompleto que Platón considera hijo de Poros, la Abundancia, y Penía, la Pobreza, queriendo simbolizar con esta doble ascendencia lo precario del amor, el deseo insatisfecho o la plenitud frustrada, porque sería imposible de colmar al faltarle constantemente algo. Esas concepciones devaluadas de Eros podrían ser válidas para cualquier otro que no fuera Mariano Valverde, pero no para él. Porque en su poemario implícitamente rebate la concepción de Platón. Desde el primer poema hasta el último, creando una trabazón sólida entre los mismos, afirma con tal plenitud la vivencia del amor que no deja resquicio alguno para la carencia, tampoco deja traslucir un banal capricho, intenso pero pasajero. Si en El Deseo o la Luz aparece el juego erótico, es desde el postulado de la certeza, no desde la ambivalencia del azar, porque el poeta ya ha elegido compañera para tan sublime juego, Adela, la mujer en la que Mariano condensa a todas las mujeres y a quien dedica el libro.

Si de la resonancia de la globalidad del libro, venimos a la consideración de sus líneas concretas, cabe resaltar un eje fundamental de sentido: su aspecto de comunión. Comunión entre los cuerpos de los amantes, con la naturaleza, con el mundo sidéreo, especialmente con la Luna, comunión entre sus almas y comunión de sus cuerpos con sus almas. Estas diversas comuniones, con-uniones, no son otra cosa que la concreción del canto de la luz y la transparencia; desde un mundo bruto y opaco, el deseo se hace luz y expande la transparencia; la intimidad de los amantes reluce y los transforma. Da la impresión de que aparece en el libro una suerte de viaje iniciático por el que se transita desde los momentos inaugurales del encuentro amoroso hasta la asunción de una nueva conciencia, previo paso por las cimas del éxtasis sensual y su arder en llama purificadora, en la que se quema lo innecesario: En llama de gemidos, pura lumbre,/ agua y cuerpos ardiendo, sólo fuego,/ brasas en rojo vivo al aire, brasas...  Es así que los tiempos verbales se eclipsan frente al origen de todo tiempo, el infinitivo. Junto a ti quiero ser infinitivo: /amar, amor, amar, tan sólo amar, como una letanía del gozo, el poeta repite por tres veces al final de cada una de las tres partes del poema Leve retórica del deseo
El tema del carpe diem cae como un añadido, una explicitación de lo obvio de la dicha: Vive y siente te digo, y después vive/ sin mirar lo que dejas consumido. Ahora bien, sólo en la consunción por el fuego se llega a la recuperación de la unidad perdida, esto es lo definitivo de la vivencia del amor, y vivencia a pleno pulmón, sin disfraz, sin tapujos, sincera y desnuda. Por eso, en la desnudez de su vértigo o deseo, ha aprendido el poeta algo más: tras la misma proximidad arrebatada de los cuerpos, tras el encuentro amoroso, es la luz la que perdura en el alma de los amantes, definitivamente transformadas sus almas en luz, en transparencia mutua. Así, de forma lapidaria, dice el verso con el que se cierra el poema Te acercas: Estás aquí y yo en ti. Eres. Soy. Somos.
En la alquimia, el Mercurio surge del matrimonio real del Rey con la Reina; este nuevo ser es el Andrógino divino, transparente y completo, algo así como la Luz de la que habla el poeta: Somos luz o deseo en un momento/ de piel en llama cerca de las horas/ que olvidan el invierno tras las manos. Y lo demás, si existe, no nos falta. La rúbrica de la dicha, habrá que repetirlo, es el presente. Y a éste nada le falta ni le sobra.
En lo referente a la forma, el libro está compuesto fundamentalmente en endecasílabos, aunque de vez en cuando también afloran algunos heptasílabos. Conviene este metro al tono generalmente hímnico de sus poemas. Pero en cuanto a los recursos estilísticos lo que más llama la atención  es la apuesta por una técnica de mestizaje, que consiste en mezclar la expresión trivial con el cultismo, propiciando de esta manera el acercamiento de palabras con campos semánticos distintos, a veces divergentes, y que procuran la metamorfosis de las imágenes en rotunda fuerza expresiva. Por ejemplo, sean estos versos: Empiezo a ser efluvio de la esperanza/ bajo el talle ceñido a tus caprichos... O éstos: ...y mis ojos y mis manos vulneran/ tu secreto: el prurito que descubre/ una braga de negros arabescos.
El Deseo o la Luz, es un poemario gozoso de sensualidad derramada, en donde se apura el néctar que ofrece su copa, en la fiesta de Eros, trascendido de mieles y palabras oblicuas.



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Jesús Cánovas Martínez©