jueves, 11 de julio de 2013

ALIZARES DONDE MIRE...


ALIZARES DONDE MIRÉ… , UN POEMA DE FULGENCIO MARTÍNEZ (I)

Soy de los que piensan que un solo poema puede justificar a un poeta. Afortunadamente Fulgencio Martínez tiene en su haber numerosos poemas que lo justifican, pero yo traigo aquí uno que en su día me produjo un especial impacto: Alizares donde miré. En la producción de Fulgencio es de los antiguos, ¿pero qué es lo antiguo o lo nuevo en la inmensidad del tiempo? Aquello que está llamado a perdurar rejuvenece a cada instante; de este modo ocurre con las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, con alguna Rima de Bécquer o con el Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, por poner unos ejemplos. A ellos se suma este Alizares, magnífico poema tocado por excelsa mano...



Por lo general, los poetas no son seres asertivos, y Fulgencio Martínez no lo es. Pero esto ya es una suerte, porque en la falta de asertividad del poeta radica las más de las veces la riqueza del poema. Y éste es el caso. Si, de por sí, la palabra siempre dice más de lo que entendemos o sospechamos (mucho más de lo que suponemos), cuando ésta es poética puede llegar a un colmo de significación, a un exceso de resonancia que hiere al Ser mismo en el desbordamiento de consciencia que propicia el cimbrear de su propia desmesura. La palabra se convierte en símbolo que acerca y abarca una realidad allende lo meramente cotidiano, y, si designa algo palpable, sin embargo apunta a algo intangible, a un “misterio”. El poema adquiere “voz” transfiguradora de un universo que vela y desvela a la vez.

I

Alizares donde miré
impávida escarcha.
Aquí, en una pared de la cocina,
pegaba, de niño,
los cromos de las horas.
Enfrente: dos palomas rojizas
con sus buches hinchados,
hasta el tapete de madera
–con su cenefa morisca–
llenas siempre de agua.
Nunca las vide sino así:
siempre llenas de agua.
(Mi madre no quería
que me asomara yo al fondo
de orzas o tinajas; el fondo,
donde el verdín se aposenta.)

Inocencia y culpa: un extraño motivo. Una necesidad de hierro como una cadena en la que todo sucede según un orden preciso, pero ante la cual el poeta sólo puede sentir la extrañeza de su propia enajenación:

Alizares donde miré
                                impávida escarcha.

Días siempre iguales sucediéndose: muro, pared, círculo; las horas son cromos, y, los cromos, se pegan a las horas. La cenefa se persigue a sí misma a través del tapete de madera, redondo, interminable, sin principio ni fin. Un alizar es un cromo, y un cromo es una hora, y una hora es la misma sucesión del motivo de la cenefa, que es el alizar: la cadena que clausura al espacio es la misma que encierra al tiempo, pero tiempo y espacio son la cadena. Colección, suma, agregado monótono de cosas siempre iguales: la espesura es un bosque idéntico.
Emergen círculos; prima lo femenino, lo espectral, lo lunar. El poeta patentiza su oralidad. La relación madre/hijo deviene aglutinante del poema, conforma un eje preciso de sentido.
El niño es inocente, ajeno al universo imprevisto de amenaza donde habita como centro, la cocina –la cocina es sede del calor y del hogar. Las orzas o tinajas gemelas son compañeras de buches rojos, palomas. Sin embargo, nada es como aparece. El símbolo de inocencia, la paloma, es de buche abultado y rojo, pero al mirarla de otra manera sólo vemos una orza o una tinaja; ambivalencia del deseo, tensión entre una sublimación y una caída. Lo femenino protector suscita la proliferación de los círculos, pero esas tinajas de redondeces, hinchadas y rojizas, también sugieren la evocación de unos senos, un deseo sexual incipiente, quizá la avidez de un incesto, y, de nuevo, un círculo, que reverbera sonoridad. Impávida telaraña y laberinto: cualquier protección o velo se convierte en tope y límite, negación, y suscita el deseo de transgredir aquello mismo que delimita. Se oculta lo diabólico como un disimulo o una ficción.
Lo tenue de lo cromático apunta a una potencialidad, así el verdín que se aposenta en el fondo de las aguas de las tinajas –¿oscuras? Supuestamente, sí: las cubre un tapete de madera con su cenefa morisca– torturan al niño con la comezón de la curiosidad, el atisbo de una tentación. La cadena que envuelve y encierra un universo minúsculo –la cocina–, tenue es también como el color no llegado a sazón.
Hay tristeza desde el inicio, sensación de deterioro, vetustez, muerte, aun en lo más precioso, en el arcano del corazón, recóndito, donde habita el recuerdo; por ello, esa escarcha, que es impávida, sorprendida como un dulzor de muerte. Llueve. La escarcha es el yeso desconchado de la pared; la escarcha es fría, es hielo, es muro, es tope. El mal se esconde en la vetustez de lo blanco, y lo blanco, remite al agua de las tinajas:

Mi madre no quería
                                que me asomara yo al fondo.

La prohibición de la madre sostiene la protección del niño. Pero el mal late, en el fondo, potencial, y el niño escucha una llamada que lo traspasa; la seducción del mal es de oscura resonancia. El mal reposa y acecha oculto en el fondo de las orzas o tinajas –vestidas de inocencia, puesto que sus buches redondos recuerdan a las palomas–, “siempre llenas de agua”, siempre, como para silenciar nuestra propia mirada en su fondo, la del niño, como un espejo que conjura lo suyo innombrable, su mentira y su silencio, al devolvernos, pura, esa mirada desde el brocal; abocada allí, presa de un encanto. Y el poeta insiste, obsesivo, como justificando su inocencia anterior a cualquier seducción, su endeblez de niño:

Nunca las vide sino así:
                        siempre llenas de agua.

“Vide”, “aguas”… ¿Qué aguas son éstas? ¿Las aguas del alma del niño son las mismas que las aguas del fondo de las tinajas y, estas aguas, son blancas como las palomas o rojas como sus anacrónicos buches hinchados?… El verdín se aposenta en el fondo; el reconocimiento implícito de una necesidad desencadena lo irremediable. El niño no es niño; no lo es porque aparece el verdín. La identificación del “verdín” con el mal presupone una entropía creciente no retornable ni reciclable, de la cual la madre lo quiere proteger con su mandato. Pero hay que seguir siendo niño para que la protección de la madre sea efectiva. Y esto mismo es lo imposible.
La irrupción del mal la reconoce el poeta iluminándola: “vide”. Desde su prisión, desde lo remoto y antiguo, el sabor exquisito de lo arcano emerge en el laberinto de la memoria; el “vide” expresa una rotura imperativa, una quiebra, remite a algo que no es el solo deslizarse sereno por la superficie de las aguas, la propia incorrección consciente de la mirada.



II

El humor que había en mis venas de crío,
¿por qué batanes ha pasado?
La cometa está rota pero vuela
a ras del cielo: la palabra también,
mas vuela, ¡ave de presagios y altura!
Todavía vengo a escribir, madre,
un bando de palomas y de neblíes,
un hombre es una jaula tirada por leones,
el ser humano es un libro,
                                               y un arca
y un libro es un barrote
de la jaula tirada por leones.

La propuesta de un laberinto en el cual todo retorna sobre sí mismo, sobre el hombre o el poeta, que es centro o término de esa referencia, el laberinto, irrumpe, súbita, con pregunta angustiosa:

El humor que había en mis venas de crío,
                               ¿por qué batanes ha pasado?

Y el despertar que propicia es angustioso en la pregunta, porque la respuesta es un laberinto:

                             un hombre es una jaula tirada por leones,

como Quijote vencido, engañado y apaleado. Los batanes sugieren un ritual de paso, que desemboca sin embargo en el trágico balance de una pérdida o una derrota. Si en la primera parte del poema, antaño, temblaba una delicada insinuación en la palabra y su elipsis –la plétora del agua–; ahora, la emoción perturbada, arriesga la metáfora de los leones que precisan un peligro.
Nada está en su sitio o todo es muy correcto. No salimos del círculo pese al despertar del sueño del “crío”; y es ese “despertar” el que hace la vivencia de esta circularidad aún más, si cabe, dramática. Y la convierte en peligro al hacerla pregunta, pues toda pregunta es un riesgo, una hendidura: la cometa está rota. Sí, la cometa está rota, pero vuela a ras del cielo.
“Cometa”, “ave”, “palabra”; “león”, “libro”, “arca”: dos series de símbolos –¿deliberadamente elegidos?–, cada una de ellas compuesta por una terna. La concatenación de los símbolos implica la concatenación de las aseveraciones. La cometa, como la palabra, es un ave que remonta el vuelo; el elemento aire sublimiza el deseo, lo eleva y lo absorbe en azul, en girondas de revuelos. El león, que tira de la jaula donde yace el hombre –prisionero–, el libro o el arca, aluden a lo secreto y escondido, al germen donde se repliega toda esencia, como un “aroma” enclaustrado, el del arca, que espesa y se dilata entre los umbrosos rincones de los desvanes y de las cámaras. Así, la cometa, el ave, la palabra, explicitan una forma; el león –signo solar–, el libro, el arca, condensan una esencia. Pero el león también supone un peligro, como la cometa, que está rota, aunque vuela. La zozobra interior del poeta se escinde y se debate, vela y desvela, entre la angustia y la serenidad, una esperanza “a ras de cielo” y el presentimiento del “mal”, inefable.
Sí, la cometa está rota, pero vuela: la identidad del poeta como la de las cosas se ha roto; el “estado primordial” se añora y se recuerda, aunque forzoso es reconocer su pérdida. Algo hay que oculta y algo hay que aflora. El hombre, secreto como un arca o un libro, transvuela su esperanza y su deseo a la misma ambivalencia de la evocación de un símbolo, bando de palomas –insiste– y de neblíes, ave. Y el ave es paloma y es neblí; si el neblí es pequeñísima y nórdica rapaz con cola que termina en una banda negra de borde blanco, la paloma es inocencia, aunque cárcel –¿de amor?– del niño que despierta, tirada por leones. El mundo, uniforme y lineal, mas primigenio y prístino, machacado por los batanes, por los mazos o las piedras, la algarabía del agua tumultuosa, deja paso al nuevo mundo que le sucede, múltiple y fracturado –aguas turbias, fuego que devora y consume–; sus hiatos apenas quedan salvados  por los puentes de una palabra, única esperanza, que aún vuela: la escritura. ¿Hacia dónde? Hacia arriba, a lo alto. El poeta lanza una exclamación gozosa, un saludo lustral:

¡ave de presagios y altura!

Mas sigue siendo el hombre un tránsito perdido en una jaula, biblioteca inabarcable, como la de Babel, que tiran los leones, circular.


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