miércoles, 10 de julio de 2013

PLAZA DE BELLUGA

PLAZA DE BELLUGA.
José Luis Martínez Valero





La Plaza de Belluga es el centro histórico y cultural de la ciudad de Murcia. Allí el inmafronte de la Catedral dialoga con las columnatas del edificio Moneo y el bermellón barroco del Palacio Episcopal; este diálogo es apenas un susurro, sereno y vivo, que transporta la sensación del tiempo efímero por el que discurre la vida humana al tiempo permanente de las piedras, la gracilidad del cielo por el que navegan las nubes a la serenidad y quietud de la tierra en su más vasta dureza. La Plaza es el centro de la ciudad, y como tal, lugar o hueco en que sus calles convergen; allí se toma el pulso de la vida, y, la vida, gracia y movimiento, queda contrapuesta a la permanencia de su memoria: lo inmóvil se enfrenta a lo móvil, y como resolución dialéctica de esta antítesis sólo queda la constatación del paso transeúnte de las gentes. Por eso el poeta prepara su objetivo, presto a registrar ese pulso, a darle voz con su palabra poética, y con su ojo de fotógrafo reconocer a la misma ciudad que resbala por su lámina; desde el punto quieto de su consciencia, el observador-poeta constata la incidencia de un mundo flotante según los círculos que la luz traza.
Un lirismo comedido y grave, donde la emoción aflora en el cáliz de la inteligencia, es el tono elegido por el poeta para tal cometido. La economía de medios expresivos incide en la rotundidad de la exactitud del poema, y, como contrapartida, se desnuda y se condensa la voz con la que se signa el fluir de la meditación: la intimidad misma que se transparencia en luz. Así se eleva una voz poética unánime, voz poética que se construye en un sereno discurrir geométrico que evoca círculos. Esta es la razón por la que el poema liminar coincide con el último: el anillo se cierra como ouróboros; los círculos clausuran círculos, y, el último círculo, cancela al círculo, óculo por donde la luz se filtra. Desde el poeta, convertido en ojo, brotan los poemas, surgen como flashes fotográficos, meditaciones, instantáneas que recogen los pulsos de la vida; pulsos que, por otra parte, siempre tienen por referencia la eternidad inmóvil de la Plaza. O, dicho, con otras palabras, la vocación de fotógrafo del poeta sostiene el instante fugaz de un espejismo, pero en cuanto registrado, cierto: convocado al ser. El hueco es el objetivo, el objetivo la consciencia, la consciencia la luz, y, esa luz, es la que incide en la Plaza, marco que encuadra la mirada.
De las consideraciones anteriores, se desprende que, en esencia, son dos ejes estrechamente interrelacionados los que articulan el poemario: la luz y el tiempo. Hablaré, en primer lugar, del tiempo. El poeta no ha querido poner título a los poemas (sólo a dos, y en cuanto nominados, especialmente significativos, “Visión en la Plaza”, del que diré algo, y “La estrella de David”, magnífico, del que no diré nada), ni número de orden, para signar el fluir de la temporalidad, no como un río que discurre hacia la mar, pues el río es flecha del tiempo (el futuro se convierte en presente, y, éste, se hace pasado), sino como fuente desde la que reverbera el río y a la cual retorna el mismo río, anillo, circular reflejo de lo eterno: Esta plaza no es río, sino fuente,/pez inmóvil en la equina del tiempo.
Pero vayamos por partes, si el tiempo de la Plaza no es el lineal, pues los círculos siguen evocando círculos (círculos sostienen círculos), existe también el tiempo fluyente del élan que pasa y sucede y no retorna. Así da la impresión de que el tiempo se difracta en cuatro tiempos, y aparece en el poemario una dialéctica de proporciones: por un lado, en la consideración del plano ontológico, el tiempo circular que semeja lo eterno (reflejo móvil de la eternidad, decía Platón), y el lineal que fluye hacia su nada, tiempo saturniano de degradación, donde los propios hijos, sus obras, son devorados de forma inmisericorde; por otro, en el plano óntico del mundo flotante o fenoménico constatado por los sentidos, analógica e inextricablemente unidos a los dos anteriores, existe un tiempo natural que discurre según los ciclos cósmicos, y otro tiempo histórico, de los hombres, en el que acontece el grito, la ruptura, la intensificación, el drama, la vorágine siempre hacia la mar corriendo. Este último tiempo es discreto, y por momentos gravita y adquiere medida y forma. Revelador, en este sentido, es el poema de la pág 7. Los protagonistas, anónimos, son sombras efímeras que, frente a la permanencia de la Plaza, con la que el observador-poeta se identifica, pasan por el instante móvil y, a pesar de su sucesiva impermanencia, no se diluyen: …le era familiar algún rostro,/que ese paisaje, aunque ya no existe,/perdura en su interior,/porque de todo, ésta es, su memoria. El poeta es la memoria y, al final, los cuatro tiempos se contraen en un tiempo: el círculo, el objetivo de la cámara del fotógrafo: La Plaza. Ahora bien, si la Plaza custodia el sentido del tiempo, el poeta-fotógrafo asume una función de Demiurgo; el poeta es el que dice, porque lo registra, lo que acontece en la Plaza, y en cuanto lo dice, le presta su voz, lo recrea, lo refiere al orden de la manifestación, lo inviste de novedad y ser. Rescata J.L. Martínez Valero, al hilo, la tradición del poeta como vate o augur, profeta que atiende a la revelación de lo secreto, de lo escondido que clama por salir de entre sus sombras: Todo era fragmento y desorden/hasta que llegué a ti,/única unidad posible/para estas calles…

La luz en el poemario es axial, y difícilmente separable de la consideración de la temporalidad. Quiero incidir en este tema. La luz toma cuerpo entre los dos crepúsculos, el alba y el atardecer (que son también el alba y atardecer del mundo), y despliega su música serena, su melodía sin estridencias al fluir mansa como un ancho río; un río que fluye y no fluye, pues es la misma luz que de sí misma toma cuerpo, discurre y, finalmente, retorna y se reabsorbe. Pronto nos damos cuenta de que, pues la visión pretende permanencia, estamos ante un intento de perpetuar la contemplación estática de la vida; eternizar de algún modo los fragmentos de la luz. Y la luz incide en la meditación calmada en la que el contemplador, el poeta, se identifica con lo contemplado, la Plaza; así que esta Plaza pronto deviene metáfora del mundo: un paso de gentes y recuerdos donde la memoria trama su propio laberinto que al fin se recupera y se hace presente, se recrea y se hace vida, de nuevo todo, esplendor. La luz se engalana entonces; caso especial el del poema Visión en la Plaza, donde florece un canto sin paliativos y parece incluso que se pierde la mesura contenida de los poemas anteriores, porque en él la luz adquiere protuberantes tonalidades, exacta rubiez, al festejar la rotundidad de la muchacha envuelta de blancura; danza del eros, iluminación del amor, revelación súbita en la pericia del fotógrafo: Cruzas la plaza como una bacante/ y alegre muestras tus muslos rotundos.
El mundo con sus fenómenos es sombra que rescata el poeta cuando aúna su memoria a la memoria del mundo, de la Plaza, y le confiere voz, sentido. Sucedido el fenómeno, la visión, quedará la Plaza, mas sin la Plaza no hay visión; la luz se constata y es luz porque incide en la piedra de la Plaza. Y esta es la razón por la que el mismo poeta desaparece, ya que elude su yo. Su subjetividad se trasciende y se torna en sólo ver, sujeto trascendental, ya no empírico, porque en ella se dirime finalmente esa dualidad sujeto/objeto, para emerger unánime en luz, sólo luz, acontecimiento, presencia revelada en el propio poema, el decir que dice. Y aún podríamos precisar más: la Plaza, como confluencia, es el ojo; el ojo, es el lugar de la visión; mas si el ojo se identifica con lo visto, lo visto se trasciende en el ojo. Por eso la Plaza es la memoria, pero memoria que trasciende al poeta, a modo de segunda memoria, porque la Plaza es la memoria del mundo: el lugar de la permanencia. Al final, pues, de tal indagación intro-extrospectiva, queda la luz, que era principio, la luz, sola la luz, acontecimiento en presente, muestra de sí: la luz, que es el ser fluyente, río reverberante y de misterio, como el de Heráclito.
Sería interesante dar una pincelada para considerar el hermanamiento que el poeta realiza entre luz y sonido: sólo la luz que de tan clara dice/sostiene la palabra, refiere en un poema. Pero ¿qué sostiene a qué? Fiat lux, “hágase la luz”, es la primera palabra creadora del Génesis. El orden es éste: primero fue el sonido, luego la luz; si la luz no se pronuncia, no existe la luz. Estáis con palabra de piedra, comienza un poema casi al final del libro, y el penúltimo lo hace así: En la plaza soy el testigo./Puse mi voz para veros pasar… La luz que da consciencia al poeta, esa luz que trasciende las horas, viene de otro lugar; el poeta es eco de la luz, pero la luz se instala en la palabra, y, de la palabra, emerge como luz; ahora bien, el ser, como la luz, se expresa en palabras, así que, el poeta, al pronunciar, adquiere una función demiúrgica. La memoria toma cuerpo en el poeta; el observador permanece en lo observado, y, lo observado, obtiene voz, cuerpo, consistencia, en el observador que lo observa y, finalmente, lo pronuncia. El ser del fenómeno queda expresado por la forma de la palabra que le infiere un contorno de sombra; existe mientras se pronuncia, sílaba en el tiempo; surge desde el hueco, toma luz, consistencia y gravita un momento para retornar a ese hueco.
 El grito es el acontecimiento en el tiempo-luz. El tiempo que pasa, el tiempo que discurre, es el humano, y es ahí, en la dimensión de lo humano, donde sucede el grito: es el acontecimiento del tiempo, un rizo en las aguas del discurrir, en la permanencia serena y tranquila de la Plaza.  Grito y silencio, tumulto y silencio, soledad y silencio, voz y silencio; antítesis y consecuencias: abstracción y aguafuerte. Pues antes del grito era el silencio, al grito sucede el silencio; pero en el ínterin no hay lugar a términos medios, sombra y luz; no hay colores, blanco y negro, luz y sombra; aunque la luz puede ser radiante o triste, puede ser con lluvia, de atardecer, de amanecida, quizá gris, el resto de los colores se hurta: al grito sucede el silencio de la luz, el tiempo detenido, reafirmado, trasmutado en aras de una eternidad silenciosa que todo lo traga, lo diluye.
Desde ese punto privilegiado del hueco, se desvanecen las sombras, pues todo irradia cuando es bañado por la luz, así se desnudan de su apariencia los personajes, los peregrinos, que deambulan por la Plaza. Y se vacía el hombre, como la nube reflejada en la piedra: porque estás,/nube reflejada en la piedra/como imagen del hombre, vacía. Todas las voces del mundo se resuelven en melodía silenciosa y rítmica de la luz en la Plaza, alberca de luz en la que todas las aguas confluyen. ¿Qué fue antes, la voz o la consciencia de la voz?, ¿el pensamiento o el lenguaje?, recojamos una pregunta formulada de manera implícita. La soledad ríe, la soledad a carcajadas ríe, responde J. L. Martínez Valero, y ensaya nueva pregunta, quizá con ironía: ¿Cómo es la soledad en la plaza?
La mejor actitud para la lectura es la fenomenológica, aquella que exige del lector un mínimo esfuerzo; reposar, descansar, leer y releer, y esperar a ver qué le dicen los poemas, cómo le hablan suaves al oído con su música, cómo le allega la emoción, la sugerencia… Sin embargo, todo aquello que indica un libro es difícil de expresar; los pensamientos vuelan como flechas y las palabras concretan únicamente su pálida sombra.
Los libros en octava poseen la gracia de la música; esto ocurre con esta entrega de J.L. Martínez Valero. Plaza de Belluga hará, sin lugar a dudas, sentir y pensar, pues propiamente no es un libro de poesía sino de metapoética. Me recuerda a mí la doctrina laotziana del wu-wei (la no-acción), pues la Plaza, en definitiva, es el hueco, el lugar vacío de la permanencia (o sea, de la iluminación), que permite los giros del mundo: Treinta radios convergen/en el buje de una rueda,/y es ese espacio vacío lo que permite/al carro cumplir su función, refiere un poema del Tao Te King. Ahora bien, la doctrina del wu-wei habría que matizarla con la del wu-nien (no conocimiento) tal como consideró Hui-nêng, sexto patriarca a partir de Bodhidarma, con quien aparece la consciencia Zen. El wu-nien es la última realidad, a la vez que el estado de consciencia en el que se presenta lo último. Mientras la consciencia individual permanezca separada de la Realidad, albergará un sentimiento de soledad y dolor; debe, pues, quien quiera emanciparse de ese estado egocéntrico de sufrimiento, reconocer el flujo de los fenómenos y no apegarse a nada; se trataría de ver, tornarse transparente y reconocer la mente recóndita; en definitiva, sería algo así como entrar “en el taller de Dios”. Plaza de Belluga, de algún modo, apunta a ese objetivo; sin embargo, es al poeta, J. L. Martínez Valero, a quien corresponde, en último término, precisar algo al respecto.
Las intencionalidades del poeta pueden converger o no con las significaciones que infiere el lector, ahí la magia de la auténtica poesía. En cualquier caso, el lector que se acerque a esta obra, tendrá entre sus manos un libro múltiple y polisémico cargado de sugerencias, de sentidos, y le será placentero discurrir por su camino esencialista donde la voz del poeta se erige poderosa y única. En los tiempos que corren, en que tanta basura se pretende poesía, e incluso gana concursos literarios de relativo estipendio, que no importancia (menos calidad), encontrar a un poeta que huye de certámenes y construye su universo con voz propia, ajeno a aspavientos y tumultos, es un hallazgo.




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Jesús Cánovas Martínez©