martes, 9 de agosto de 2016

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS
EDITORIAL TRIRREMIS
PEDRO JAVIER MARTINEZ



Pedro Javier Martínez con Lo que importa es vivir y otras historias está que se sale de tiesto, porque la apuesta que en estos relatos hace por la vida es rotunda, hasta el fondo, sin ningún tipo de ambages o dudas: la vida, aun con la tristeza, el desconcierto o la fatiga que muchas veces le van implícitos, merece la pena vivirla. Y así queda claro desde el primer relato que da título al libro y también el sesgo. Patricio, tetrapléjico luego de un desafortunado accidente, está condenado a ver el mar tras una ventana de la casita de las Puntas de Calnegre en donde vive. Desea morir porque no le encuentra sentido a su vida, impedida y atormentada, y para quitar sufrimiento a Mari Huertas, su querida y joven esposa. Un día se arma de valor y le pide a su mujer que le ayude a morir.

—Ayúdame a morir, Mari —se atrevió Patricio en un susurro.

El drama está servido, y el dilema. Si Patricio desea la muerte, Huertas desea la vida. El amor de Huertas por Patricio hace tiempo que está sublimado, pero sabe que son pocos los argumentos de que dispone para hacerle desistir de su decisión. “Amor mío, le responde, yo no estoy a tu lado para ayudarte a morir, sino para lograr que continúes viviendo”. Y Huertas alega a la esperanza, sustentada en última instancia en Dios. Quizá no haya respuestas convincentes para dilemas tan atroces como el que Pedro Javier nos presenta en este relato, por lo menos respuestas desde un punto de vista humano, o quizá sí. Pero lo importante, siempre, será sostener la esperanza y apostar por la vida. Dios da sentido a la vida en cualesquiera circunstancias en que ésta se desarrolle; Dios, por tanto, es la razón última para vivir. “En Dios y en nosotros mismos”, razona Huertas, cuando, tras un apasionado beso le dice, concluyente, a Patricio: “No pienses en morir, amor mío. Abandonémonos a su misericordia.
Son diecisiete relatos los que componen el libro —cinco de ellos micro—, y todos ellos poseen un marcado carácter moral y, consiguientemente, moralizante. Plantean la vida como un aguafuerte intensa, con violentos contrastes y agudas aristas; en ellos se entrelazan la reflexión con los sentimientos, mientras que la sensualidad del autor —un hombre del sureste que ha conocido la naturaleza exuberante de la huerta y la sed de la tierra baldía, las promesas del mar con la frustración yerma del erial— propicia un aroma a tierra mojada, a huerta, a acequia, a mar, capaz de despertar sensaciones táctiles. Algunos de estos relatos me gustan especialmente; son aquellos que hacen zozobrar el alma de sus protagonistas, al debatirse éstos entre la angustia y la culpa. Uno de los relatos, quizá biográfico, Palomar abierto, me llega especialmente. Dámaso, un joven seminarista de veintidós años, y que desde los diez lleva ingresado en el Seminario, ve flaquear su fe por el contacto con la mano de una joven mujer. Reza el rosario con su boca, asiste a la procesión del Corpus con su cuerpo,  pero lo hace mecánicamente, porque ahora su ser entero ha sido sacudido por un intenso escalofrío, por una extraña belleza antes desconocida, por un deseo que salvaje le recorre las venas. Por la mujer, una mujer concreta, Dámaso ha descubierto a La Mujer, y su virilidad contradice sus antiguos deseos de seguir la senda del sacerdocio. Son magistrales las páginas en las que se expone el dilema de Dámaso… ¿huir del Seminario supone abandonar la fe? Son pasiones vivaces, plenas, intensas, las que recorren al joven seminarista, contraponiendo el impulso nuevo que siente de abrazar la vida que fluye en el exterior con las convicciones que hasta ese momento creía inalterables. Junto a la angustia y los sentimientos de culpa, el deseo de escapar de aquel Palomar, sencillo y recoleto, en donde se produce un roce casi imperceptible y blando de sotanas y roquetes, se impone casi como necesidad: “Sintió la atracción irrefrenable del mundo, por el bullicio de la vida que le subía desde la ciudad. Y un súbito deseo de hallarse lejos, de vivir, de gozar de juventud que se le brindaba desbordándosele en los desbocados potros de su sangre, espoleó sus cinco sentidos.”


Un tema recurrente en la producción literaria de Pedro Javier, ya poética como narrativa, es el de la muerte. Con especial gracia lo hizo en la novela Una dulce manera de morir (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/10/una-dulce-manera-de-morir.html); en Lo que importa es vivir y otras historias lo abordará en los dos relatos: Las praderas azules del Edén y Cuando florezcan las amapolas. Los títulos introducen el tono eminentemente lírico con que será abordado el tema, pero al primer relato se le adosa la ironía, al segundo, la tristeza, hasta el punto que es el único de los que componen el libro que se puede considerar propiamente trágico. En el primero de ellos, el autor nos presenta a un fumador empedernido cuyo vicio finalmente lo llevará a la tumba. Conocedor Pedro Javier de los estados postmortem, los describe con ligereza y gracia, por no decir con desenfado; así, tras morir, Anselmo, el protagonista, siente un gran sosiego, a la vez que, mientras trepa a la lámpara de la habitación, ve el trajín inútil de médicos y enfermeras sobre su cuerpo. Pero enseguida reflexiona que la verdadera vida comienza entonces para él, liberado al fin del fardo de la carne y de todos sus alifafes, que tanto le habían hecho sufrir en los últimos tiempos. En éstas, un ser de luz aparece y le insta sin palabras a que lo siga. Lo lleva a una gran sala donde debe de esperar; hay allí una serie de individuos que han muerto a consecuencia del tabaquismo. Curioso es el cruce de palabras que tiene Anselmo con uno que parecía llevar la voz cantante, luego del cual viene a descubrir que en el más allá también hay tráfico de influencias. Los que hay en la sala esperan su turno para ser reciclados, pues sólo los puros pueden entrar en las praderas azules del Edén. Hay muchas más salas, ya que los defectillos de cada finado tienen su propia forma de limpiarse. A los usureros, por ejemplo, como humillación edificante se le agujerean las manos para que no puedan esconder ni una sola moneda; a los políticos lenguaraces y de dedos ágiles, se les limpia con estropajo boca y manos hasta dejarlas como los chorros del oro; a los violadores se los desprovee del preciado tesoro de sus genitales…
En el relato Cuando florezcan las amapolas, Pedro Javier describe un proceso de locura, el de la joven novia a la que le han matado en una lejana guerra —y hemos de suponer absurda— a su prometido.

Una lágrima. Dos lágrimas. Muchas lágrimas en unos ojos negros. La dueña de esos ojos, María. Una moza joven y fresca, huertana. Con la aspereza de la tierra en la piel de sus manos y con la grandeza y feracidad de ésta en el corazón, demasiado tierno para la ausencia.

Estas son las palabras que inician el relato, un alegato al sinsentido de las guerras transido de intenso lirismo, de descripciones que convocan el llanto y dan rienda suelta a la emoción incontenible ante la presencia ineluctable de la muerte.
Quizá sea Cuando florezcan las amapolas, junto con el que lleva por título El agua que nos lleva, los dos relatos en los que aparece una suerte de costumbrismo o naturalismo, ya que en un estilo gráfico y certero abundarán en ellos descripciones de la huerta y de los huertanos que la habitan propias del mejor Blasco Ibáñez. Una pasión por la tierra, que no es sino amor por la misma, se desata irrefrenable. Frente a la tragedia que se plantea de modo implícito en Cuando florezcan las amapolas, una tragedia explícita recorrerá El agua que nos lleva: una pronta, y esperada, riada del Segura ante la que cualquier prevención supone poco. Ahora bien, si en Cuando florezcan las amapolas la prosa del autor se decanta por un lirismo casi onírico, el agua que nos lleva quedará presidido por un realismo despiadado, y aun así dulce. No encontraremos en él la insolidaridad y la mala lechecica que a veces se estila en la huerta profunda, que todo hay que decirlo, tal y como aparecen en La Barraca de Blasco Ibáñez; por el contrario, a la espera del drama por venir los vecinos de la pequeña población de la vega baja del Segura, Dolores, aúnan sus esfuerzos para contrarrestar en lo posible la devastación de las aguas. En todo momento aparece en el relato la solidaridad, la sensación de que los vecinos forman un cuerpo común para contrarrestar las fuerzas de la naturaleza; el diálogo que mantiene el protagonista del relato, Juan, con el tío Macario salpicado con el seseo y las expresiones propias de la zona, es decididamente significativo en este sentido.
Un vocabulario rico, una expresividad potente, una ironía a flor de página, descripciones de gran belleza y fuerza en las que se aspira el viento o se huele la mar, una virilidad de huerta y brazal, pasiones desatadas, reflexiones sobre dilemas morales, harán pensar y disfrutar al lector de Lo que importa es vivir y otras historias. No quiero decir todo lo que se me ocurre sobre el libro, pues pretendo dejar al lector que descubra por sí mismo sus recovecos y ocultos callejones. Sería impropio de una reseña desvelar más de lo que conviene, baste lo dicho como acicate para su lectura.

                                               Todos los derechos reservados.

                                               Jesús Cánovas Martínez©