martes, 2 de agosto de 2016

LISTO, LISTÓN, REGLE

LISTO, LISTÓN, REGLE



Para ser un buen aprendiz de albañilería es preciso ser listo y mostrar diligencia en cumplir las órdenes del maestro albañil; espabilar, vamos, para hacerse de valer. Pronto, una vez dada tal condición, el maestro albañil se fijará en la presteza del aprendiz listo y lo elevará a listón. Cuando se convierte en listón, el aprendiz se ha ganado definitivamente la confianza del maestro pues, al conocer los entresijos del oficio, puede recibir encargos de enjundia: “Listón coge un capazo y amasa cemento”, “Listón tráeme una esportilla de ladrillos”, “Listón ve al estanco y cómprame un paquete de tabaco”… La inteligencia del aprendiz va aumentado en proporcionalidad a las tareas que la sabiduría de su maestro tiene a bien encomendarle. Pero la cosa no queda ahí: el listón puede ascender a regle. Los regles son las vigas maestras que soportan las estructuras de los edificios, por lo que tal categoría supone un salto cualitativo sobre la de simple listón. Si el simple listón a lo sumo sólo puede apuntalar un muro, los regles han llegado a tal pericia y dominio del oficio que pueden obviar las directrices del maestro; se convierten, así, en hacedores y someten la materia prima de la albañilería a los modelos que ellos llevan en mente: son capaces de diseñar nuevas formas arquitectónicas que, según sus preconcepciones, infieren a la realidad con sugerente sesgo. Esta circunstancia supone un alarde de inteligencia — y de hecho lo es—, pero supone también, si el regle no está al loro, la posibilidad de caer en la tentación luciferina de considerar a los que no han ascendido a su categoría como meros gilipollas. Es en este punto cuando empiezan los problemas para el regle, ya que, debido a este abuso de inteligencia, da un nuevo salto ascensional y de regle se desliza a Cagarrutio casi sin proponérselo, esto es, en alguien que la ha cagado, y bien cagada, y por consiguiente, al cagarla de tal manera, imposibilita cualquier tipo retorno.
El servidor que esto escribe ha tenido la desgracia sin merecerlo de toparse a lo largo de su vida con unos cuantos Cagarrutios.  Salvando las distancias ocurre con los Cagarrutios algo parecido a lo que ocurre con los amigos falsos. Crees que tienes un amigo, un amigo de verdad, de confianza, con el que te sinceras, y al cabo descubres que el amigo no era tal amigo sino un simple gazapo que traicionaba  tu confianza acuchillándote por la espalda. Frente a los gazapos que se vestían de amigos poco se puede hacer; con los Cagarrutios, sí. Por ejemplo, se les puede explicar por qué son Cagarrutios. Sin ir más lejos está registrada en este blog la explicación epistolar que le tuve que dar a un tal Miguel Cagarrutio —quien, por cierto, nunca fue inteligente— con fines pedagógicos, Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2014/01/carta-abierta-miguel-cagarrutio-el.html). Dicho sea de paso, tengo dispuesta para el tal una segunda epístola, también de corte pedagógico, que verá la luz cuando la ocasión sea oportuna. La pedagogía a llevar con los Cagarrutios, ya que la cabra tira al monte, suele ser cansina y machacona, hasta el punto de que dura el tiempo que ellos viven y aun les persigue hasta su muerte, y más allá de su muerte, puesto que de continuo hay que recordarles que las cosas no son como las piensan y menos todavía como las cagan o las han cagado. En fin, casos hay. La condición humana es compleja y altamente paradójica.

                                                Todos los derechos reservados.
                                               Jesús Cánovas Martínez©


                                               Filósofo y poeta.