viernes, 9 de diciembre de 2016

SOLO OS DIRÉ QUE ESTOY VIVO

SOLO OS DIRÉ QUE ESTOY VIVO
EDUARDO LÓPEZ PASCUAL
EDICIONES VITRUVIO



            Eduardo López Pascual es un hombre bueno en el mejor sentido que se le pueda dar a esta expresión. Leer su última entrega poética, Solo os diré que estoy vivo, ha sido un gozo para mí por la amenidad de sus poemas, por su carga de emoción e inteligencia y porque provenía de Eduardo. Pretendo comunicar unas cuantas de las impresiones que me ha dejado su lectura, siempre, por la brevedad que impone una reseña, demasiado pocas.
El título del poemario ya nos remite a una serie de reflexiones concatenadas que no desmiente su contenido. Quien nos dice que está vivo es porque ha vivido y, además, ha vivido lo suficiente para tomar consciencia de su vida vivida hasta el punto de poder hacerla objeto de sus reflexiones; no estamos, en consecuencia, ante un poemario de juventud sino de madurez. Y sabido es que desde la madurez, no desde otra de sus etapas, se puede sopesar verdaderamente la vida y su sentido, su certidumbre, ya que se ha adquirido una perspectiva de la misma, una reflexión acendrada, una ponderación; en definitiva, se ha hecho de ella un balance válido que, a su vez, puede ser trasmitido a aquel que lo quiera y sea digno. Tras la reflexión, la trasmisión, pues. Por eso, ésta es la segunda carga de intencionalidad que porta el título: la trasmisión de una sabiduría de vida, o, dicho con otras palabras, la transmisión de un estar en el mundo desde el que se infiere un saber estar en el mundo. De esta manera, Solo os diré que estoy vivo, en cuanto ha sido escrito por un yo, pero es para un vosotros, conlleva un propósito de transitividad que explica la misma —o gran parte de ella— necesidad de su escritura. Eduardo López Pascual muestra tal designio cuando utiliza la expresión os diré sin ningún tipo de ambages. ¿Qué nos va a decir? Su estar en el mundo. ¿Para qué nos lo va a decir? Para que, constatado como tal estar, devenga saber estar en aquellos que quieran no sólo recibirlo sino realizar la debida traspolación a sus vidas. El poemario, por tanto, desde mi modo de sentirlo, fundamentalmente es un legado de sabiduría que Eduardo López Pascual con munida y generosa mano quiere otorgarnos en conversación amena, paseando tranquilamente por las calles de Cieza, su ciudad, o por la mota del Segura, límpido de contaminantes; quizá entre los vericuetos de la huerta, persiguiendo rumor de acequias o norias en donde el agua canta, tal vez por las sendas que se internan entre las margas donde abundan los romerales o espartales, a la vera de las masas boscosas de los pinos, hacia los montes azules que se circundan de nubes.

Vengamos al Preinicio del poemario, compuesto por tres magníficos poemas que preludian su temática. En el primero de ellos, articulado en cuatro tiempos al igual que si fueran cuatro golpes de badajo, Eduardo López Pascual de forma insistente nos va a susurrar al oído la centralidad de su mensaje: Solamente diré que estoy vivo. Así comienza:

Estoy vivo. Sé que es cierto porque
he bebido de las entrañas más hondas,
de todas las horas de ensueño y de martirio,
de la gloria y del fracaso.

Nos dice el poeta que ha bebido de las entrañas más hondas, que ha cumplido la plenitud del ensueño y el martirio y apurado el cáliz de la gloria y el fracaso. Señala, pues, una completud, una totalidad: la amargura y la dicha han sido apuradas en su totalidad como si de una experiencia de consumación/depuración se tratase. El poeta ha transitado en plenitud por las mismas entrañas de la vida, sus raíces profundas, por cuanto su vivir se ha colmado con una especial intensidad de emociones. Bien entendido que estas emociones son antitéticas y, por lo mismo, lejos de defraudarla, nos confirman la plenitud; no nos habla Eduardo de una plenitud sesgada hacia la dicha, sino de una plenitud completa que incluye el dolor. Ahora bien, a la constatación de tal experiencia de totalidad inclusiva de extremos antitéticos, se le adosa una nueva inclusión con la que el vivir de Eduardo López Pascual —así nos lo comunica— alcanza el colmo con otra antítesis, con una más fuerte contraposición: la experiencia del vacío y de la ausencia, la pérdida de sí a que remite la certeza atroz de la deriva y del naufragio.

Pero ahora me siento todo, aunque
perdido, ausente,
igual que un náufrago a la deriva.

Aunque se siente todo, el poeta nos anuncia que también percibe inconclusa su vida, carente de sentido, y para ello utiliza la imagen plástica del náufrago a la deriva. Fuerte antítesis, enigma; extraña paradoja por los territorios de lo inextricable. La intensa felicidad convive en el interior del alma del poeta con la intensa vaciedad y la pérdida de sí; ese mar de la vida lleva a las playas de su alma el oleaje donde acunan intensos momentos de alegría o pesadumbre y el poeta se siente todo porque lo siente todo. Ahora bien, ¿cómo integrar el sentirse todo con la deriva hacia el no ser que supone la constatación del propio vacío? Hay aquí un enigma a resolver. ¿Cómo puede convivir la sensación de fuerte plenitud con la de naufragio, pérdida o ausencia de sí? A lo largo de los poemas de Solo os diré que estoy vivo, Eduardo López Pascual resolverá tan fuerte e inextricable contraposición asiéndose de la mano del amor; así al cuantificador universal, todo, de forma tan sutil como rotunda, añadirá el adverbio sólo, porque todo en su alma es digno tan sólo de la plenitud que confiere el amor. Y esto no es poco. El amor, el sólo amor sin reservas, es lo que a la vida convierte en digna de ser vivida. Y este amor se difracta como un arco iris que acoge a las cosas pequeñas, la emoción de los instantes, la plenitud a que induce una puesta de sol, la fruición ante la fresca tersura de las flores, la esperanza en lo porvenir, en un futuro azul, o, en su entraña más profunda, por la acogida de toda la hondura del hombre y su dolor, por el recuerdo agradecido y emocionado de los amigos ausentes, o de aquellos otros presentes que acompañan al poeta en su deambular, a los hijos, a la misma escritura con que expresa y estampa tan bellas emociones, al escritorio en cuya intimidad le hablan los libros y esperan las cuartillas en blanco, pero sobre todo al amor concretado en la mujer amada, Eladia, la esposa sin la cual la vida del poeta hubiera sido definitivamente absurda.


Toda la intensidad de la vida vivida apuntaba al amor, por eso en Solo os diré que estoy vivo se canta a la vida con un canto de amor, y el poeta que lo canta, Eduardo, se duele y se alegra de todo, por todo y con todo. ¿Qué es vivir sino aspirar la vida intensamente, sentirla leve de peso y culpa abierto a la emoción de un instante enamorado que, aun sintiéndolo eterno, se sabe proyectado hacia un futuro de frutos? La vida se convierte en auténtica, incluso entre sus inexplicables claroscuros, cuando supone un continuo y nuevo despertar inédito, con preñez de metas. No hay que buscar, en consecuencia, otras explicaciones al hecho de vivir que las que se presentan a cada instante, porque la vida no se explica, se agradece, es un don. Se vive, y no se pide nada a cambio; se vive, y se agradece el hecho de vivir, no más:

…de manera que solamente os diré que siento y vivo
con todo lo que esto tiene de absurdo.

¿Absurdo? La vida es absurda porque se autoreferencia, es ilógica porque se agota y culmina en sí misma; esto es un misterio. Es ella el hecho bruto o valor fundamental en el cual se enraíza cualquier otro tipo de valor; se quiere por sí misma y se justifica por sí misma. En Solo os diré que estoy vivo se suceden los poemas ponderados por un espectador de sí mismo que tan pronto toman, plásticos y sugerentes, el tempo de la elegía como el hímnico sin perder la amenidad de una confesión susurrada al oído; sus suaves encabalgamientos remiten a un continuo decir, que es un decirse, ancho y fluyente río hacia el mar universal de la empatía. Incluso cuando acechan los confusos tiempos de amenaza o no hay sonrisas en las caras que miran inquietas/la calle oscura por los gritos de la ira, incluso en mitad de los escombros, la vida se revela como amor que abre la ventana a la esperanza y fluye, única certeza firme, antes y después de ese agitar de desvaríos:

Mañana, solamente porque siento vivir
abriré muy pronto las ventanas,
donde entra la luz con su verdad y su futuro
venciendo a las sombras de la noche.

Al lector le queda vivir el poemario, discurrir con la zozobra íntima del poeta por sus secciones, torneadas de experiencia, cuyos títulos caen como sentencias y que yo tan sólo enunciaré:

1)    Vivir es poder decir lo siento, he olvidado los agravios.
2)    Vivir quizás sea solo decir te quiero.
3)    La vida no es nada sin la fuerza de un sueño.
4)    Siento que vivo después de este largo camino.
5)    Nada es infinito. Todo tiene su fin y su adiós.


Sólo os diré que estoy vivo, es un poemario bello y digno que invita a una lectura pausada, al disfrute de una emoción a flor de sus palabras, al remanso de inteligencia que entre ellas se trasmina. Retomando algo ya dicho, la transmisión que hace su autor desde su estar en el mundo a un saber estar en el mundo se refleja en la valoración del instante como preámbulo de la eternidad, pues ese instante fugaz, que pasa y se desvanece, alude a la infinitud y no puede aludir sino a ella. La muerte, la que no se nombra, pero ineludible transita por las páginas del poemario, es en ese instante, el que se vive pleno, preñado de luz y acontecimientos, cuando adquiere su resolución. Porque el instante penetra por los poros de la vida, él es la trasparencia de la vida. Y a él se anuda la belleza conquistada por nuestra prerrogativa de humanos. Eduardo López Pascual así lo expresa:

Estoy viviendo, os lo digo a la luz de cada día
y veo absorto, como la alegre avecilla
cruza el vado de la calle justo al amanecer
y vuelve dócil a su instinto, a regresar a mi balcón
que siempre queda abierto.
Vivo, lo sé, amigos, porque puedo escuchar
la voz del hombre, y de su último grito,
el alarido desgarrado que nos sale del alma
cuando al atardecer de las horas observo
el sol que se pierde en su puesta.
Todo sabe a vida vivida, y empiezo a sonreír.

Todos los derechos reservados

Jesús Cánovas Martínez©

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO

LA MISERICORDIA VENCERÁ AL DIABLO
(SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR)
PADRE AMORTH (STEFANO STIMAMIGLIO)
EDITORIAL SAN PABLO



El diablo, el enemigo, el que separa, el que intenta por cualquier medio impedir el designio de Dios sobre el hombre, gusta de ocultarse, porque es en la sombra donde su acción resulta más eficaz para apartar al hombre de la esperanza de amar y de gozar de la misericordia de Dios; tanto es así que, si consideramos su acción extraordinaria, cuando por el ministerio del exorcistado se le obliga a manifestarse y decir su nombre, comienza a perder su poder sobre la persona poseída. Quien lo niega o remite su actuación a un mal impersonal, por consiguiente, le está haciendo un favor. No está de sobra conocerlo y, menos aún, conocer sus modos de actuación con el fin de procurar una prevención contra él. Dicho esto, y puesto que la ignorancia, pese a lo que alguno le gustaría creer, no protege, al diablo se le ha de conocer lo justo, ya que un exceso de conocimiento sobre el mismo podría llevar a algún tipo de identificación.
En razón de que dan la batalla cara a cara, entre quienes mejor conocen al diablo se encuentran aquellos que ejercen el ministerio del exorcistado. Conocido es el padre Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma hasta su reciente fallecimiento, quien ha divulgado en numerosos libros su experiencia directa en la lucha contra Satanás. La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el libro que traigo a colación, lo escribió, según refiere en la breve Introducción que le pone a su inicio, durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia convocado por el papa Francisco. Su material base lo constituyen las columnas publicadas en la revista Credere, desde abril de 2013 hasta agosto de 2014, cuyo título genérico era el de Diálogos sobre el más allá. Advierte el padre Amorth que este material ha sido reformado hasta cierto punto y ampliado, con el fin de verterlo en formato de libro, para lo cual ha sido inestimable la ayuda del padre Stefano Stimamiglio. El libro tiene por objetivo llegar al gran público evitando cualquier requiebro con el sensacionalismo; por eso su lenguaje es sencillo, aunque, como señala el autor, no simplista. Los temas concernientes a las verdades de fe que en él se consideran así como el referente a la acción extraordinaria del diablo, eje del libro, son tratados con absoluto rigor. Parafraseando a Ortega, tengo para mí que cuando, por una gran capacidad de síntesis, la sencillez se acompaña de profundidad, siempre es producto de alguna suerte de cortesía.

En el inicio de La misericordia vencerá al diablo (Seremos juzgados por el amor), el padre Amorth precisa su contenido:
 
Partiendo de una catequesis general acerca de la victoria de Cristo sobre el pecado, trataré de forma secuencial la doctrina católica sobre los ángeles caídos, los fundamentos del satanismo y sus innumerables manifestaciones de culto, las consecuencias espirituales que pueden derivar de ella, los remedios, y concluiré con algunas nociones fundamentales de escatología cristiana que, en un itinerario que parte del sacrificio de Cristo, pasando por la oscura acción de Satanás, regresa al sacrificio de Cristo con su resultado salvífico, que quiere ofrecer motivos de esperanza para todos, pero especialmente para aquellas personas que sufren las fuertes consecuencias de los males maléficos, a las que siento como amigas y compañeras de camino.

El mensaje fundamental del libro es de esperanza: la misericordia de Dios en la persona de Cristo ha triunfado sobre Satanás; su plato fuerte, sin embargo, consiste en poner de relieve la conexión que hay entre el aumento de las prácticas satánicas con el aumento, a su vez, de los males maléficos. Clasificados éstos de mayor a menor gravedad, son: la posesión, la vejación, la obsesión y la infestación.
La posesión diabólica es la influencia invencible del demonio mediante la cual toma posesión del cuerpo, o partes del cuerpo —nunca del alma, pues cuando esto ocurre cabría hablar más bien de venta del alma mediante un pacto de sangre—, de una persona para decir y hacer lo que quiere. Cuando se manifiesta, el poseso entra en trance y pierde la consciencia de sí, dando paso a la actuación del espíritu malvado, que utiliza su cuerpo para hablar, agitarse, blasfemar, vomitar clavos, vidrios u otros objetos, a veces también para manifestar una fuerza hercúlea.
Una persona puede ser poseída por un demonio o por una multiplicidad de demonios; así, no resulta extraño el caso de que, a lo largo de un exorcismo, preguntado por su nombre, el demonio responda que se llama Legión —en el evangelio de san Marcos, p. ej., Jesús se enfrenta con un endemoniado poseído por una legión de demonios (Mc 5, 1-20)—; tal nombre se debe a que entre los demonios existe una jerarquía según el poder que ostentan. Al aplicarle el exorcismo a una persona, los primeros que comienzan a salir son los más débiles.
Aunque son raros los casos de verdadera posesión, como dice el padre Amorth, el demonio no tiene en cuenta la cara de nadie, por lo que, en principio, cualquier persona puede ser víctima de ella. ¿Cómo descubrir entonces que una persona está poseída? En primerísimo lugar por la aversión que siente hacia lo sagrado, sean santuarios, procesiones, celebraciones eucarísticas, etcétera; si el demonio ha estado larvado en la persona durante un tiempo, ante el poder de Dios, suele irrumpir de forma espasmódica. Otras veces lo que hace saltar las alarmas son las perturbaciones físicas que los médicos no logran explicar; de modo especial el demonio produce dolores de estómago, de garganta o de cabeza, y la persona poseída desarrolla una aspereza de carácter que no puede dominar, un odio que le asalta en los momentos más inapropiados y sin razón aparente, hasta el punto de que se hace muy difícil la convivencia con ella.

La vejación diabólica es la agresión, física o psíquica, que el demonio lanza contra una persona. En el mundo espiritual no hay ningún caso igual a otro, por lo que la casuística suele ser muy variada. Las agresiones físicas pueden ser leves, como rasguños, quemaduras o contusiones, pero en los casos graves pueden llegar a fracturas óseas o al desarrollo de patologías que producen dolor sin signos que se hagan evidentes en una exploración profunda. No pocas veces, incide el padre Amorth, la vejación se asocia con la posesión y la obsesión; esta es la razón por la cual, si se obtiene la curación espiritual de un mal maléfico, repercute en el restablecimiento de la salud física. El evangelio proporciona ejemplos de tales curaciones cuando Jesús sana a un endemoniado (Mt 9, 32-34) o cuando sana al ciego y mudo, también endemoniado (Mt 12, 22-24). Interesante sería resaltar que las vejaciones también pueden afectar al ámbito onírico. Sucede entonces que la persona es presa de terribles pesadillas, en las que se cometen actos malvados y se blasfema y maldice a Dios. En los casos de las vejaciones oníricas se encuentra la frontera con la obsesión.
La obsesión diabólica  es la agresión espiritual por la cual el demonio produce en la mente de la víctima pensamientos o alucinaciones fortísimas, a menudo insuperables. En estos casos, la persona está sometida a una fuerza mental poderosa que crea en ella pensamientos repetitivos, obsesivos, superiores a su capacidad de resistirlos. Los objetos de las alucinaciones suelen ser visiones de figuras monstruosas, de animales horribles, de diablos, o voces o susurros de personajes oscuros. Pueden consistir en un impulso a hacer el mal a los demás, a cometer profanaciones o, en el extremo, incitar al suicidio; en las personas jóvenes pueden inspirar confusiones acerca de la propia identidad de género.
La obsesión diabólica no suele desactivar por completo la mente y la voluntad de la persona —algo que sí ocurre en los casos de posesión—; aun así, produce una inmensa tristeza y desesperación en la víctima.
Interesante resulta destacar que las perturbaciones que produce la obsesión diabólica son muy parecidas a las patologías de tipo mental. El discernimiento, por tanto, se hace especialmente necesario. El padre Amorth es partidario de recabar la ayuda de un psiquiatra dado que el morbo puede ser debido en muchas ocasiones a causas naturales; sin embargo, considerado lo precedente, también señala que no pocas veces una patología demoníaca tiene repercusiones psiquiátricas. Ante el dilema, el padre Amorth aboga por una cooperación entre exorcista y psiquiatra. 
  
La infestación diabólica es un tipo de perturbación en la cual la acción diabólica no influye tanto en las personas como en los objetos o animales; dicho lo cual, no producen menos sufrimiento que los anteriores males maléficos, pues las personas son las verdaderas destinatarias del mal. Concreta el padre Amorth que la infestación de la casa en particular, comúnmente llamada poltergeist, provoca grandes sufrimientos y a veces daños económicos ingentes a quien la sufre. En estos casos la casuística es muy variada: pueden romperse aparatos eléctricos, automóviles, calderas; se encienden o apagan luces, aparatos de televisión, ordenadores; golpean puertas o ventanas, de día o de noche; se oyen pasos, voces, gritos misteriosos, golpes en las paredes; aparecen intensos olores desagradables, o invasiones de insectos del tipo de los saltamontes o de las hormigas.
Hay que valorar, piensa el padre Amorth, si estos fenómenos pueden atribuirse a causas naturales concretas y verificables o no. Si en el pasado se realizaron sesiones espiritistas, ritos mágicos, reuniones de sectas satánicas o cosas similares es posible que la casa quedara contaminada. Es recomendable, si no se detecta causa natural que produzca estos fenómenos, bendecir la casa o ciertos objetos, también realizar exorcismos locales. En los peores casos, refiere el autor, ha tenido que aconsejar a las personas afectadas que se mudaran de casa. Si estos fenómenos han proseguido en la nueva vivienda, lo más probable es que fueran debidos a una vejación personal.
¿Cómo se contraen los males espirituales? Dice el padre Amorth que de dos maneras: 1) por voluntad de la persona, y en este caso hay culpabilidad en ella; 2) de forma involuntaria, y en este caso no existe culpabilidad alguna en la persona. Apoyado en su experiencia, el autor calcula que sólo un 10% de los males maléficos son de alguna manera imputables a la persona que los sufre; el otro 90% se deben generalmente a maleficios que caen sobre la persona sin que ella sea consciente de que los sufre.
De forma inocente, o no tan inocente, ciertas personas se han acercado a las prácticas satánicas sin ponderar suficientemente el peligro que corrían; otras, han jugado con el espiritismo; otras, para resolver un problema personal, laboral o afectivo, han buscado la consulta de los magos; otras, por el contrario, han perseverado en el pecado y en el vicio de forma pertinaz y con la convicción de vivir una vida contraria al amor. Estos motivos de exposición al mal pueden desencadenar los males de tipo espiritual, aunque, precisa el padre Amorth, no necesariamente. Dicho lo cual, lanza una pregunta interesante: ¿qué necesidad hay de exponerse al mal?

Constatado que la atmósfera actual del Occidente civilizado no es tan diferente a la de ciertas zonas de África o Sudamérica en lo que se refiere a la existencia de una mentalidad mágica —azuzada por el poder de la técnica que acostumbra a pensar que la resolución de cualquier problema se consigue de forma rápida pulsando un determinado botón—, viene a convenir el padre Amorth que la mayoría de los males espirituales que actualmente asolan a Europa se deben a los maleficios. Los maleficios derivados de las prácticas mágicas  son muy variados —encantamientos, hechizos, mal de ojo, maldiciones, ataduras, sortilegios, todos ellos ya condenados en el Antiguo Testamento—, y, según la pericia del mago que los realiza, pueden tener un mayor o menor efecto; con ellos se trata de dañar a alguien mediante la acción oculta de las fuerzas demoníacas sirviéndose de un ritual apropiado.
Para que el maleficio se lleve a cabo, hacen falta tres imprescindibles: un mago, una persona que lo encargue y un objeto sobre el que se realiza el rito. El mago puede actuar sobre el objeto según los prenotandos de la magia homeopática o simpatética (J. G. Frazer estudiaba estos tipos de magia en su obra La rama dorada), pero siempre sirviéndose de un conjuro por el que coacciona al espíritu inmundo a hacer el mal a la persona indicada.
Aunque por fortuna no siempre los maleficios consiguen su objetivo, otras veces dan en el blanco y producen los diferentes males maléficos. Se pueden lanzar para que afecten a una persona en cualquier momento de su vida, y no es raro que sobrevengan cuando esa persona ha ingerido cierto tipo de comidas o bebidas preparadas ad hoc para inferirle el mal. Es importante, para que la persona que los sufre pueda liberarse de ellos, conocer la fecha y el lugar en que fueron realizados, quién mandó realizarlos, dónde se encuentra el objeto por mediación del cual se hicieron y, si el posible, el mago que los llevo a cabo. Generalmente es durante un exorcismo, tras conminar al diablo a responder por el poder de Dios, cuando se obtienen las respuestas a las cuestiones anteriores. Una vez que se ha encontrado el objeto por el cual se ha mediatizado el mal, es necesario quemarlo para desactivar su influencia; eso sí, hay que hacerlo con la precaución oportuna, en estado de oración y encomendándose a Jesucristo, para evitar un efecto rebote.   
El mejor antídoto contra los males maléficos, sea para prevenirlos, o, si ya están actuando, para procurar su cura, son la oración, una vida de fe y la frecuentación de los sacramentos. No siempre es necesaria la presencia de un exorcista, aunque sí en los casos más graves cuando fallan otros medios de lucha espiritual. Para que el exorcismo sea eficaz hace falta que la persona que sufre el mal voluntariamente quiera ser exorcistada, haya perdonado a quien le infligió el mal —ciertamente, reconoce el padre Amorth, que otorgar tal perdón es muy difícil pero absolutamente necesario— y esté en gracia de Dios, esto es, haya confesado y comulgado debidamente. La curación, sin embargo, puede sobrevenir en pocas sesiones o durar años; en este sentido, el padre Amorth hace un alegato, por un lado, a la humildad que siempre se ha de mantener, por otro, al desconocimiento de los designios de Dios. En última instancia quien libera es el Espíritu Santo.

Jesús otorgó el poder de expulsar demonios en su nombre primeramente a los doce apóstoles (Lc 9, 1) y después a los setenta y dos discípulos (Lc 10, 1). Razona el padre Amorth que este hecho indica que quiso extenderlo a todo aquel que cree en él.
Entendido que el ministerio del exorcistado, por ser una oración oficial y pública de la Iglesia para liberar de las influencias del maligno, implica directamente a la autoridad eclesiástica en cuanto que corresponde al obispo de una diócesis otorgar la licencia correspondiente para ejercerlo, el padre Amorth, antes de su fallecimiento, elevó tres ruegos al papa Francisco. En síntesis son:
Primero, que cada diócesis tenga obligatoriamente por lo menos un exorcista.
Segundo, que en los seminarios se vuelva a estudiar angelología y demonología, y que los candidatos al sacerdocio asistan, en la proximidad de su ordenación, por lo menos a un exorcismo.
Tercero, que se extienda el ministerio del exorcistado a todos los sacerdotes sin autorización particular ninguna, dejando a cada uno la libertad de ejercerlo.

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                                   Jesús Cánovas Martínez©  

domingo, 27 de noviembre de 2016

EQUIPAJE LIGERO

EQUIPAJE LIGERO
FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS
ADIH. POESÍA




Tengo para mí, y así lo he expresado en otras ocasiones, que la palabra poética no se tasa por su cantidad o verborrea, sino por su intensidad, por su exactitud, por la preñez de su significado y, consiguientemente, por los ámbitos de sugerencias que abre; esta palabra alude a significaciones entrevistas, nuevas, descubiertas en un decir que no dice porque sencillamente sería imposible decir aquello que no se nombra, aunque se muestra en la misma conmoción que produce, sea ésta intelectual o emocional.
Conozco un grupo selecto de poetas que cultivan no el poema breve, sino el poema brevísimo, donde la elipsis campea como figura retórica preeminente; por esta razón, al carácter eminentemente evocativo de sus poemas, se les suma el aroma de la extraña emoción que en ellos se dibuja y desdibuja, se vela y desvela de forma tan tenue como intensa. En el extremo, sus poemas se parecen a un Kōan zen, un problema irresoluble a la vez que acuciante, en el cual el lector se ve involucrado e instado a conferirle sentido; así, por la elipsis al lector se le hace partícipe de la indagación a que remiten y, en última instancia, a la captación de la realidad —o trasfondo de realidad—, sutil y tránsfuga, que elude la palabra con la que han sido escritos. Lo hizo Bashō, quizá el ejemplo que todos tengamos en mente, desde un  tiempo y espacio cultural diferente al nuestro, cuando concretó la maravilla del haiku. Pero hoy nuevos poetas siguen transitando por el difícil equilibrio donde un breve trazo capta el aroma perdido de unas rosas. 
Entre los poetas que trazan poemas intensos de sugerente aroma se encuentra Francisco Javier Illán Vivas; aparecen a lo largo de sus libros, pero se revelan especialmente en este Equipaje ligero, todo él denso de pulsión o anhelo. ¿Ligero? Ligero de palabras y juegos malabares superfluos, pues los poemas que lo componen —desnudos, minimalistas— procuran ir directos a la esencialidad. ¿Equipaje? Sí, pues invita al viaje, a un viaje ligero de equipaje en el que el tiempo adquiere un sesgo de recuerdo y de nostalgia, de premonición o presagio. Francisco Javier Illán se vuelve adolescente y se enamora del amor, busca a la amada sin nombre, la amada como sueño evanescente o de velada presencia; la busca con fiebre, casi con delirio, porque sus manos alzadas asen un fantasma intangible que no termina de adquirir forma, y transita, y pasa, y termina por disolverse. Tal fondo de esperanza frustrada (Mi voz/ es un lamento,/tristeza muda) se imbrica con el vuelo de la ligereza —ya lo preludia la resonancia machadiana del título— y se muestra en unos poemas ligeros que se suceden sin nombre, sin número, sin índice que los identifique, solamente se suceden como palabra viva en el tiempo, leves, procurando tan sólo un hilo de continuidad en la delgadez de la consciencia, palabras que pasan, soplos que al final se obnubilan y desvanecen al igual que se desvanece la amada perseguida:

Llamar,
y no ser oído
no me falta amor que dar
sino corazón donde dejarlo.


Nihil novum sub sole, nos recuerda el autor en unas palabras que pone al inicio de su poemario. Efectivamente es así; el sentimiento o la emoción son universales y el poeta que los vivencia tan sólo puede indagar en la expresión de los mismos; ahora bien, solamente se encuentra lo que previamente ha sido hallado, como hallado fue por Goethe el lugar íntimo donde se aúnan poesía y música. Francisco Javier es heredero de tal poética que podríamos calificar de musical. Ya la exploraba en un poemario anterior, A mi manera, en donde la música, acompañando los estados de ánimo del poeta, transitaba por las diferentes estancias del poemario a modo de imprescindible sosias. Equipaje ligero, sin embargo, todo él se volverá vuelo, pues la música formará textura con la palabra; de este modo, si el poema breve es propenso a cargarse de musicalidad, los poemas de Equipaje ligero, por su ligereza, se cargarán de una especial música. Dos audiciones, nos refiere Francisco Javier Illán, distantes en el tiempo que marcan los calendarios aunque no en el tiempo del sentido y la intensidad, constituyeron el detonante de su escritura, hasta el punto de que, por tal circunstancia, se convierten en los mejores indicadores del poemario: El Mensajero de Valentín Silvéstrov y el Preludio nº 15 de Chopin. Son guías de lectura, a las que tendremos que añadir, según la recomendación del autor, los Cantos nocturnos del caminante de Schubert. ¿La música precede o antecede al poemario? La música va con él, el poemario se resuelve en música; las palabras sucesivas concatenan un poema con otro hasta dar la impresión de formar un mismo acorde que, dependiendo del poema, eleva o abaja alguna nota:

Una nota musical
pasos alejándose
no mira atrás,
sólo se lleva
esa nota musical.

 Si nos detenemos en el poema citado comprobaremos que hay en él una suerte de asintaxis con la cual el autor deja abierto el horizonte de sentido. De igual modo sucede con muchos de los poemas del libro. Pienso que son anacolutos buscados para producir, por su ambigüedad, un impacto en la consciencia del lector, abrirla a una preñez de significaciones, y, en última instancia, producir en ella la misma conmoción que el poeta sintió al escribir el poema, porque la palabra verdaderamente poética no puede dejar de producir una profunda conmoción en aquel que tiene la suficiente capacidad —el alma ensanchada— para recibirla. Vengamos a otro ejemplo:

La puerta
es la última
palpo trémulo
buscando el pomo
pero su helor
no se presenta.

La ausencia de comas o puntos incide en la ambigüedad del poema. Podríamos invertir el orden de los versos y pensar que el poeta se halla ante una última puerta y palpa para encontrar su pomo. Pero se acumulan las preguntas: ¿debemos suponer que el poeta anda en la oscuridad? Quizá sí, porque palpa trémulo. Y ese palpar trémulo, ¿no es indicativo de que se encuentra en un estado alterado de temor, terror o suprema angustia?  Dicho lo cual, ¿qué estancias recorre el poeta?, ¿y dónde se halla esta última puerta, dentro o fuera de él? ¿Vivencia el poeta una realidad infernal o, sin embargo, recorre un sueño del que no termina de despertar? ¿Qué pretende, entrar o salir? Por otro lado, ¿el helor que no se presenta se encontrará detrás de la puerta o es el que le produciría el tacto del pomo? ¿Por qué pretende abrirla? La puerta es símbolo de límite, de frontera, pero ¿qué limita o separa realmente? En otro orden de cosas, el helor puede remitir al mismo estado emocional del poeta, ¿pero hará alusión también a alguna presencia entrevista o soñada en cuanto ella misma es helor y lo produce en su ánimo? Si el helor remite a terror, o, por lo menos, a una inminencia no tranquilizadora, ¿acaso no por eso el poeta no desea el encuentro con ella? Así podríamos multiplicar las preguntas.

Encontraremos amor y encontraremos noche en el poemario. Todo él camino y pasión, incidirá en anhelo de luz, en anhelo de presencia de amor; pero la completud del amor, la revelación de la amada, quedará diferida continuamente, soñada tan sólo, inaprensible, y, sin embargo, no dejará de ser el impulso para el caminar del poeta en la noche, en su noche urgente de amor. Sea:

Una luz
en el horizonte
tus ojos.

O también:

Tu voz, fénix,
arde en mí
redime
me salva.

Posee el libro algo de testamentario, algo de rúbrica al final de un documento o de la vida; que sea reflejo de una experiencia vivida o soñada daría igual: el poeta termina por despertar y remite al mundo de lo posible la presencia/ausencia de amor que tanto le ha perturbado. Quedará constado el desvanecimiento de la ilusión, las preguntas intensas y el aliento, tantas veces, de una esperanza en escorzo, fugitiva, de múltiples aleteos: el élan que lo animaba topará de bruces con los contornos de la realidad inapelable, y el sueño, como la noche y la misma oscuridad, finalizarán. Francisco Javier Illán en un casi último poema de Equipaje ligero otorga una de las claves del poemario:

Fuiste concebida en otro mundo,
y lo que hoy veo
es un pálido reflejo,
tan sólo eso, un pálido reflejo.

                                              
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                                               Jesús Cánovas Martínez©

viernes, 18 de noviembre de 2016

CON MI RECONOCIMIENTO

Queridos amigos: Iba a introducir este poema con su pertinente glosa, pero después he pensado que, a pesar de lo mal que está escrito —¡qué tipo de bodrios pude producir cuando intenté acercarme a la poesía social y sus secuelas!—, su fondo es elocuente por sí mismo y no necesita de mayores comentarios, salvo quizá el de dejar claro que sentir desprecio por quien no se tiene aprecio no constituye mayor falta, máxime si ha dado sobrados motivos para ello.
El tiempo tiene algo de ilusorio y de ficticio; los esquemas, por consiguiente, se repiten de manera cansina hoy tanto como ayer. Tal consideración la tengo entendida y ganada en mi haber, y así puedo decir que siempre que he ido a un nuevo ambiente he procurado (indudablemente, también por timidez) mantenerme en mi sitio, pero, oye, de alguna manera u otra ha salido el Miguel Cagarrutio de turno que ha jodido la cosa. El poema que os propongo, cuando llego a la mayoría de edad o eso espero, hace alusión al tema, y en él se expresa el reconocimiento debido a tantos y tantos individuos forjadores de mi carácter. Escrito hace ya un tiempo y publicado en los 3 Encuentros con la Poesía (Ciudad de Águilas) —encuentros y libro, por cierto, que tuve el honor, junto con mi buen amigo Pedro Javier Martínez, de coordinar y compilar—, supongo que llegó al público al que puede llegar una tirada de mil ejemplares. Andábamos por el año 1999. Hoy en día sigue vigente (al último Cagarrutio se le ha ido un tanto la mano); así que, disponiendo de un medio del que no se disponía hasta hace muy poco, lo doy a las redes y caminos de Internet. Que circule.




CON MI RECONOCIMIENTO
(ENSAYOS DE POESÍA SOCIAL)

                               De tus mismas palabras nacerá tu enemigo.
                               Todo tiene su dorso, su revés, su mentira.

                                                      José Moreno Villa.


Observado de cerca, a ver cómo me muevo,
qué digo, con quién me junto o alío,
no he de escatimar mis repartidas gracias,
mi sabroso gesto, mi desencanto, mi hastío
a ésos
cuyo escupitajo chorrea la mentira.
Han dictado sentencia: “¡A ése, que lo aparten! ¡Por indeseable, qué lo aparten!”,
y zarandean el cascabel hiriente, la lengua bífida,
su ojo de carmín y sangre inyectado.
Sembrado han de sal el campo y las fuentes
cristalinas de veneno,
para que habite la muerte, tan sólo
la muerte… la muerte…

Tengo que reconocerlo,
y les voy… mejor, os voy a dar una alegría,
emboscados amigos exquisitos
—disculpad por este nuevo tono confidencial que adopto,
pero así os siento más cerca, a vosotros, reconocidos—:
habéis tirado la piedra y las ondas
reverberan en el estanque, múltiples, ligeras,
mas irreparables y sin remedio.
Tan primoroso desvelo puesto en la difamación
y la calumnia,
ha dado su fruto.
Quedo yo así
aislado como indeseable, como apestado,
envuelto en lepra o heces o podredumbre… signado, mendigo a la puerta
de quien todo el mundo tiene derecho a hablar y opinar,
todo el derecho a decirlo todo;
y donde no los hubo se levantan ahora
obstáculos y barreras, fosos, y los espinos
se erizan.
Habéis vendido mi honra,
traicionado mi respeto,
ultrajado mi nombre,
pateado en gratuidad mi vida
y, si algún favor os hice, onerosamente pagado
lo habéis.
¡Estad contentos!

Ahora, cercado de noche,
 ahora que a los míos también les salpica, les allega el estigma y los colma
la burla, la risa… ahora…
—perdonadme—, ahora…
pienso inútilmente repetido
que ni comimos ni estudiamos juntos.
¿De qué me conocíais?… ¿Algo os debía?…
¿Qué grave error de tacto
o tino cometí?…
Os inferí, ¿qué tipo de ofensa o descortesía?…
¿De qué era sospechoso?…
¡Decidme, vosotros!

Mas ya no espero explicaciones;
vano, por tanto, sería mi lamento:
de haberos antes reconocido,
tal vez… Pero, no;
tras rápida reflexión entiendo
que sois de esa canalla que crucifica al inocente
y de beber da cicuta al sabio.
Por tanto, a pesar vuestro, me dignificáis.
Porque en una cosa habéis acertado:
no soy como vosotros.
Así que me engrandecéis, os lo repito,
aunque tampoco os lo agradezco.
De vosotros, nada;
ni siquiera ese elogio indirecto
que al parecer se os escapa.

Zafarme de vuestro raposo trato he de agradecer,
al fin ha sido un alivio.
La baba lastimosa que os pende
intacto ha dejado lo esencial,
y os desprecio.
Os despreciaré ahora y siempre.

Con mi reconocimiento.



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                               Jesús Cánovas Martínez@