miércoles, 11 de marzo de 2020

ANTES DE QUE LA LUZ ME FALTE


            ANTES QUE LA LUZ ME FALTE
         PEDRO JAVIER MARTÍNEZ
         LIBROS DEL MISSISSIPI Marzo 2020
 
Portada del libro. El "queísmo" del título ha sido intencional por parte del autor, una suerte de provocación.



Animaba Unamuno a leer novelas con un lápiz rojo en la mano para así poder subrayar los pasajes que nos parecieran más interesantes, e iba un poco más lejos cuando recomendaba que cada uno de nosotros debía ser artífice de su propia novela, esto es, que cada cual debía de novelar su vida y, novelándola, convertirla en verdadera vida. Y no le faltaba razón, pues solo vivimos aquellos acontecimientos a los cuales les damos un significado haciéndolos conscientes: no hay otro modo de vivir con autenticidad la vida humana. De esta forma el genial autor daba un espaldarazo al género literario de los Diarios, las Memorias, las Autobiografías, y yendo un poco más lejos, al género Epistolar y de Confesiones. Lo esencial de los relatos que aluden a estos géneros consiste en que el sujeto literario se corresponde con el propio sujeto que escribe, con el yo real o biográfico del autor.
Rescataba Unamuno, a mi modo de ver, el concepto hebreo de verdad, “emet”, que podríamos entender como lo que es sustancialmente real y auténtico, lo consecuentemente real sin apariencia y definitivamente consciente; y, por derivación, quien, por auténtico, porta la verdad: es la verdad. Ciertamente, en esta acepción, ninguno de nosotros somos o estamos en la verdad, pues la Verdad únicamente es Jesucristo, como Él a sí mismo se define; aun así, como humanos creados a imagen y semejanza de Dios, podemos apuntar hacia ella, es más, debemos apuntar hacia ella e intentar realizarla en nosotros, aunque ayudados en todo momento por la gracia divina.
Sin dejar de lado el contexto religioso, tan interesante, podemos deslizarnos hacia el literario, ámbito tan especial si de la búsqueda de la autenticidad hablamos, ya que en él tantas veces, aun bajo el artificio, pervive una interactuación entre el yo real del sujeto biográfico, el autor, y el personaje de la trama, que deviene tan real como el mismo sujeto que lo crea por el acto de creación de la escritura, hasta el punto de que sería difícil separar uno de otro porque uno y otro son el mismo. Creo firmemente que esta es la esencia de la novela; y ya desde la primera novela moderna. Me refiero a El Quijote, obra en la cual nos sería difícil desentrañar su personaje central del autor que lo pergeñó: Alonso Quijano, Cervantes, se convierte en hacedor de sí mismo al crear su otro, su alter, en tan vigoroso caballero andante, quien, a la postre, es el que perdurará y resistirá los embates del tiempo.
Pedro Javier y Josefita

Así es la cosa: hay un personaje, y a este personaje le suceden aventuras conforme navega por la temporalidad; estas aventuras, en el fondo, no hacen sino confirmarlo como tal personaje, identificarlo, significarlo, convertirlo en único, en él mismo. Pero si esto ocurre con la novela, no digamos con el género a que aludimos. En las Memorias y Diarios el autor se busca a sí mismo de forma explícita; hila recuerdos y vivencias, los ordena, y los convierte en el espejo de sí que le devuelve el tiempo. No me voy a detener en los numerosos ejemplos que ofrece la literatura al respecto, desde Los diarios de un escritor de Dostoievski a Los diarios íntimos, tanto de Baudelaire como de Borges o del mismo Unamuno, sin olvidar Las confesiones de san Agustín o los Diarios de Anais Nin, mencionando, cómo no, La vida de santa Teresa de Jesús; y, en lo que se refiere a las Memorias propiamente dichas, no me quedaré sin citar dos obras que para los poetas cobran especial relevancia: Confieso que he vivido de Pablo Neruda y La arboleda perdida de Rafael Alberti. A todos estos autores los anima el afán de conocerse, de serse; la literatura, entre otros, otorga ese irredento don de la veracidad.
Estamos frente a un género de especial cercanía, donde la literatura se vuelve tan íntima que se impregna y se entusiasma de una intensa cordialidad; el lado izquierdo del pecho del autor comienza a latir con más fuerza y, por ende, el del lector que se acerca a estas páginas. Hay algo que se emociona. Si antes he dicho que la literatura en general, y el género de que tratamos en particular, atiende al conocimiento de sí, a ese registro que el autor hace de su vida con la finalidad de serse,  añadiré que tal conocimiento no se refiere a un punto de vista meramente intelectual sino que involucra a la emoción, ¡y de qué forma! El autor, como un todo, echa a caminar (utilizando una manida metáfora, por ese mar proceloso de la vida), y no solo atiende a la descripción de lo que le ha sucedido para inferirle sentido sino que pasa a recrearse todo él al hacer partícipe su emotividad en tal empresa. Más aún, por esta emotividad, conquista su persona: por esta emotividad verdaderamente comprende la dialéctica establecida entre lo que fueron sus circunstancias y la voluntad que lidió con tales circunstancias.
Tiempo y voluntad, yo y circunstancias, realidad y deseo, tres formas de decir lo mismo. Alguien nace en un determinado momento de la historia, en una determinada sociedad, en una cultura, y asumirá un modo de ver el mundo, de circunstanciarse y tomarse como referencia ante el propio avatar de su vida. La novela, que es biográfica, ya está dispuesta; la vida, que es novela, sucederá de forma inevitable. La voluntad del sujeto se añadirá a la comprensión de sus circunstancias hasta el punto de que lo volverán responsable, sujeto ya no ficticio que atiende a su propia actuación en el teatro que le ha tocado vivir, esto es, devendrá en sujeto verdaderamente humano.
La familia al completo. De izq. a derecha: Arriba, Víctor y Pedro Javier; Sentados: José Antonio, Alejandro, Pedro Javier y Josefita.

Lo dicho hasta este momento (si desde un punto de vista teórico o filosófico correcto) quedaría falto de concreción o materialidad si inmediatamente no le insufláramos cierto soplo, relacional y vital; pues innegable es también, y cabe adjuntar, que cuando se sacan del cajón del corazón este tipo de escritos y se hacen públicos, se somete al juicio de los otros, los futuros lectores, la propia existencia. Hay, pues, una gran valentía en el autor ya que, al ofrecer su vida, queda expuesto al ojo crítico de los demás. Esto es de agradecer. Quien primero lo agradece es el autor, pues de esta forma propicia una catarsis transformadora de sí; la mirada del otro le sirve de revulsivo para alcanzar tanto el conocimiento como la posterior elevación de su persona. En segundo lugar, lo agradece el lector, porque la catarsis de que hablamos opera en los dos sentidos, autor/lector, de forma dialógica.
Pueden variar las caras o los contextos pero los esquemas existenciales suelen ser los mismos. Quien escribe de sí y muestra el periplo de lo que ha vivido, puesto que las experiencias fundamentales por las que podemos pasar son arquetípicas, ayuda a quien con mirada atenta se le acerca. El discreto lector siempre sacará algo de ese pozo de sabiduría envuelto muchas veces en anécdotas que parecerían triviales si no estuvieran dotadas de la oportuna profundidad. La memoria individual de cada uno de nosotros se engarza con una suerte de memoria colectiva de toda la humanidad, y lo que uno ha aprendido de las circunstancias por las que ha transitado sirven para otro, abocado a pasar por semejantes circunstancias. La memoria de uno sirve a la transformación de otro, porque, remachando una idea expuesta, aun siéndolo, en el fondo no es tan importante el conocimiento de sí como la transformación de sí por el conocimiento, único medio de llevarla a cabo humanamente.


Velada poética en el Casino de Murcia. De izquierda a derecha: José Luis Martínez Valero, Pedro Santamaría, Pedro Javier Martínez, Dionisia García y quien esto escribe.


Casa de Cutura Francisco Rabal de Águilas en la celebración del I Encuentro de Poesía ciudad de Águilas con el Grupo Espartaria de Poesía. De izquierda a derecha: De pie: Manuel Rodríguez de Vera, Pedro Javier Martínez, María José de Llanos, Pedro Felipe S. Granados, Joaquín Mateos, Mariano Valverde, Antonio Ortega, Antonio Soto, Reinaldo Jiménez, Juan Ramón Barat. En cuclillas: Clara Valverde (concejal de Cultura), el que esto escribe y Sergio Rodríguez.





   Pedro Javier Martínez en Antes de que la luz me falte, las Memorias en las que plasma su avatar por la existencia, nos sitúa en el atardecer de un tres de diciembre de 1932, fecha en la cual nace el sujeto que nos escribe de sí mismo. Y comienza la aventura:

Eran las horas del crepúsculo del sábado tres de diciembre de 1932. La tarde se adormecía templada en el otoño de Lores de la Majada, un pueblo del Sureste enclavado en el llano deltáico del Bajo Segura… La cigüeña me depositó al anochecer, tras transitar los oscuros túneles de la vida, en las seguras manos de Juana, la comadrona.

Certificado el hecho, continúan unas descripciones preciosas:

La casa que habitábamos la familia, en el centro del pueblo, una familia numerosa como he dicho, compuesta por mis padres, cinco hijos, tres hembras y dos varones, y dos tías solteras hermanas de mi padre, perteneció antes a los abuelos paternos. Era un caserón viejo, de gruesas paredes rezumando humedades y puertas altas y desencajadas por el abombamiento de la madera causado por la humedad.

Pedro Javier convoca al poeta que lo habita para ayudarse en la escritura. Fundamentalmente, hombre bueno y cariñoso, afable, brutalmente sincero, directo y socarrón como hombre del sur de la vega baja del Segura, tremendamente familiar, extiende sus afectos desde el corazón mismo de su familia, de su mujer, Josefita, y de sus cuatro vástagos, hacia el resto de familiares y amigos. Su prosa y su verso son frescos, vivaces, plenos de hallazgos, galantes tantas veces, a los que no les falta la ironía, punzante y traviesa, pero menos el corazón, el entusiasmo; benevolencia y sentido de la jovialidad los presiden. Salpicará estas Memorias de poemas que amenizarán el texto y, pertrechado de él mismo y de tales recursos, año a año irá desgranando impresiones y vivencias.
Pedro Javier Martínez el día que recibió el Premio Internacional de Poesía ciudad de Torrevieja.


 Comienza por su niñez, deteniéndose en ella, porque, no por pequeña o lejana deja de ser la verdadera patria del hombre; una niñez que transcurre en un contexto paradisíaco, un vergel en aquella época no contaminado, de rumorosos huertos donde sonaba el eco de la voz de Miguel Hernández, o la Oriola de Gabriel Miró, diocesana y eclesial, proyectaba su sombra de campanas y manteos, y donde el Segura, aquel Segral limpio y fluyente hacia la mar, se remansaba en playas proclives al baño.
Recital en Molina de Segura con motivo de la publicación de la antología poética "Diez de diez".

Pronto advendrá la guerra que los historiadores han llamado civil, pero que fue incivil. El niño con los ojos abiertos asiste a las tropelías que hicieron los milicianos en retaguardia; El Dandy, un cobarde por antonomasia, cae como una peste en Lores de la Majada, y la falta de valentía que es incapaz de mostrar en el frente, la vuelca en odio y rencor contra la familia de nuestro poeta, hasta que el padre, ocupado en ayudar a tanto necesitado, finalmente dará con los huesos en la cárcel; salva la vida porque termina la guerra pero su salud quedará resentida para el futuro. Acabada la fratricida contienda, tanto odio se volverá en contra de El Dandy.
Portada del primer libro de poesía: "Negro. Poemas para una novia muerta".

 Y los años de la posguerra… Nuestro poeta nos sigue descubriendo los entresijos y recovecos de su personalidad y, con especial gracia, nos relata su ingreso y estancia en el Seminario Conciliar de San Miguel en Orihuela. Hay fotos del niño con alba y roquete, pero, a decir verdad, no era esta, la eclesial, la vocación del futuro poeta; así que nos dice que salió del Seminario

poco menos que escopetado por culpa de las sorpresivas manifestaciones de un avispado compañero, que consiguieron dar al traste con mi incipiente pero nada convincente, según pudo constatarse más tarde, vocación sacerdotal.

No es mi labor como prologuista detenerme en los diferentes episodios de la vida de Pedro Javier, sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus penas (ahí están, tras este prólogo, para que el lector las sopese y disfrute debidamente), sino la de hacer una apreciación de conjunto de sus Memorias. A mi modo de ver en ellas interactúan dos tipos de tiempo: el tiempo cronológico de los acontecimientos y el tiempo psicológico por el que el poeta hace diversas tomas de conciencia. Encontramos, en primer lugar, el tiempo de la infancia y primera juventud, que se ubica en Lores de la Majada (1932-1955); en segundo lugar, el tiempo que llamaré de la floruit, que sucede en la Ciudad Condal (1955-1972); en tercer lugar, el tiempo del retorno y del hogar, que se sitúa entre Alicante (1972-1985) y Águilas (1985- hasta la fecha).
Los dos Pedros Javieres, padre e hijo, en la presentación de "El navío que nos lleva", en el Aula de Poesía de la Universidad de Murcia.

En el primer tiempo el poeta explora el mundo, todo es novedad y los acontecimientos, aun los terribles, suceden bajo la férula de la inocencia; es el tiempo de su formación en un sentido amplio del término. Pedro Javier descubre su vocación poética y gana su primer concurso literario con el poema Polvo de olvido en 1949, el jurado está compuesto por numerosas personalidades literarias y lo preside Antonio Sequeros. Haciendo la mili en la ciudad del Aire de San Javier pergeña un poemario y, ni corto ni perezoso, se lo envía a un poeta admirado, Dámaso Alonso, por entonces Director de la Real Academia de la Lengua. Y Dámaso Alonso le contesta, felicita al poeta y recomienda al padre que lo deje ir a la Ciudad Condal para cursar estudios de Literatura.
Portada de "Padre, enséñame a ser corrupto".

El segundo tiempo, supone en la biografía del poeta una explosión vital. Recién llegado a Barcelona, frustrada la posibilidad de matricularse en Literatura, cambia de planes y lo hace en Periodismo. Desempeña los más diversos empleos, desde portador de sacas en Correos a periodista en La Vanguardia, empleado de Banco y, finalmente, corrector de pruebas, traductor y representante de la editorial Caralt; Pedro Javier se multiplica, toma contacto con numerosas gentes del cine y del teatro y representa alguna obra teatral, así como participa en determinadas películas, de las que cabe resaltar Trigo Limpio de 1962 junto a Ismael Merlo y Nuria Espert. Conoce a los poetas que, transcurrido el tiempo, pasarán a la historia literaria como la Generación del 50, de un modo particular a Goytisolo, Carlos Barral y Gil de Biedama. Entretanto, especialmente significativa es la noticia que le llega de la muerte del padre y el consiguiente viaje que realiza a Lores de la Majada. En una tertulia donde se dan cita escritores y artistas se fijará en una chica rubia y de ojos azules, Josefita Albentosa Llofríu; la rondará con poemas y, el 13 de septiembre de 1972, fecha de especial significado, frisando los cuarenta años, se casará con ella, la mujer que le acompañará en lo sucesivo. Enseguida comenzaran a llegar los hijos, cuatro vástagos como robles: Pedro Javier, Alejandro. José Antonio y, el benjamín, Víctor Manuel.
Portada de "Rastreando tus huellas".

El tercer período ocupa los espacios de Alicante y Águilas; en él se nos revela un Pedro Javier, familiar y hogareño, preocupado por los suyos y atento con las necesidades de la familia. Emma, una de las dos tías de Josefita (la otra es Victoria), solicita la ayuda del joven matrimonio; por lo que, sin pensarlo dos veces, deciden vender los dos pisos que tienen por la zona de Pedralbes y se desplazan a Alicante, donde en el barrio de San Blas montarán una librería, Lucentum; y ahí tenemos a Pedro Javier de librero. El matrimonio pronto entra en contacto con el grupo con el grupo Hermes, y bajo la guía de dos maestros, Saturnino Cabrera y Pepe Carrión se adentrarán “en los rudimentos de asuntos impactantes”. Interesante es el relato donde el poeta cuenta cómo llegó a convencerse de la existencia de la vida en el más allá; el pequeño Víctor, al que le cuesta dormirse, de repente ve a los pies de la cama “a un señor que se parece a un santo”; era el padre de Josefita, recién fallecido.
III Encuentro de Poesía ciudad de Águilas en la Casa de la cultura Francisco Rabal de Águilas. De izquierda a derecha: Pedro Vera, Antonio García Soler, Juan Luis López Precioso, Juana J. Marín Saura, quien esto escribe, Juan Ramón Barat, Pedro Javier Martínez y José Luis Abraham López.

A nuevas instancias de la tía Emma, la familia vuelve a trasladarse. Esta vez a Águilas donde el matrimonio termina por fijar su residencia y donde el que esto escribe (casi recién llegados ellos, recién llegado él, a esa ciudad que abre sus dos alas en la luz del Mediterráneo) los conoció allá por el año 1986. Si en la Ciudad Condal Pedro Javier ya había publicado sus tres primeros poemarios (Negro: poemas para una novia muerta; Tú, en mi mano derecha; Hay una paz que espera), esta última etapa supone el período de los frutos. Se suceden ininterrumpidamente las publicaciones y premios literarios de nuestro poeta: ¡Padre, enséñame a ser corrupto!, Poeta en la cocina, Una dulce manera de morir, Alborada del gozo, Rastreando tus huellas: Reflexiones ante Cristo crucificado y otras. Entre los premios, por su importancia en el panorama internacional, resalto en especial el Premio Internacional Poesía de Torrevieja de 2003, concedido por su poemario Jinetes de lo impuro, cuyo jurado estaba presidido por Caballero Bonald. En el año 2013, Pedro Javier recibe una gran alegría; el motivo es que su primogénito, dirigido por el profesor Francisco Javier Díez de Revenga, termina su tesis doctoral sobre la obra del padre. No puedo terminar esta sección sin hacer mención al emotivo poema que nuestro poeta compuso en el cien aniversario de su madre, fallecida poco después, el cual queda reproducido en estas páginas.
Pedro Javier y Josefita.

Y, al final de todo, con tanto bagaje escrito como vivido, ahí lo encontramos, en su despacho, hilvanando la escaleta para sus Memorias, cuyo título será, a sugerencia de Josefita, Antes de que la luz me falte, primer verso de un profundo poema, tras el cual el poeta decide comenzar a escribir:

Eran las horas del crepúsculo del sábado tres de diciembre de 1932…

 Aunque Pedro Javier me cita en varias ocasiones (ya desde cierta tertuliana noche que denominaré la noche de la micción), al pedirme que le companga este prólogo para sus Memorias me ha hecho un gran honor, pues de esta forma ha querido participarme en su vida más íntimamente. Un sentimiento de una gran responsabilidad me traspasa porque sé que no es un libro más del amigo (cuya obra publicada me precio de conocer, también parte de la sin publicar, y he tenido la gustosa oportunidad de reseñarla en tantas ocasiones). Este es un libro de trascendencia especial; es el libro en que humanamente todo él se ofrece, abierto el corazón, como hombre que grita: «¡Familiares, amigos, aquí me tenéis, formad parte de mí!», y tiende los brazos de su vida, intensa y compleja, dilatada en el tiempo, pletórica de acontecimientos y vivencias, ya desde la más tierna infancia, a todo aquel que de repente se encuentre con estas páginas. ¡Qué más diré, salvo que con su vida Pedro Javier ofrece su obra, proteica, rica en temas y registros! Aquí está, a la vuelta, palpitante, ávida por entregar sus dones.
Cartel anunciador de "Antes que la luz me falte"

He disfrutado, he aprendido; ahora siento a Pedro Javier más cerca. Por tales razones invito a todo el mundo a demorarse e estas Memorias con la certeza de que le serán de mucho provecho.
No quiero dejar pasar esta oportunidad para agradecer profundamente, a Pedro Javier y Josefita, el matrimonio amigo, la bondad que tuvieron al acogerme en su casa numerosas tardes ante la taza humeante de café, departir conmigo, sencillamente hablar, estar, cuando un episodio especialmente doloroso me puso en el brete de la locura, o casi (tenía a Plutón encima de mi Sol natal). Espero no haber defraudado la amistad que tan generosamente en su día me brindaron, y que está haya crecido, madurado y dado sus frutos.

                                    Jesús Cánovas Martínez©
                                   Filósofo y poeta

sábado, 22 de junio de 2019

1314. LA VENGANZA DEL TEMPLARIO


1314. LA VENGANZA DEL TEMPLARIO.
FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS
M.A.R. EDITOR, 2019


Un conocimiento histórico riguroso y una prosa ágil y plástica, confieren a 1314. La venganza del templario, última novela dada a la luz por Francisco Javier Illán Vivas, la amenidad y la verosimilitud necesarias para que el lector disfrute de la lectura a la par que pueda entrar con segura mano en un tema tan escabroso y lleno de enigmas como la condena y consiguiente desaparición de la orden del Temple.
Estamos a inicios del siglo XIV, una época especialmente convulsa por la que pasa la cristiandad. La orden del Temple ya había perdido la custodia de los lugares santos (pérdida de Acre, último baluarte Templario, en 1291, donde murió en heroica defensa el Gran Maestre Guillaume de Beaujeau) y en 1302 se retira definitivamente a sus cuarteles de París. Son muchos los que la cuestionan y traman leyendas sobre la misma, y no pocos los que piensan que tal vez haya sido dejada de la mano de Dios; a esta sensación hay que añadir la cantidad de tesoros y posesiones de los que es poseedora. Estas circunstancias constituyen un campo abonado para que ciertos personajes con poder y sin escrúpulos entren en acción, la gran mayoría títeres del rey Capeto, monarca de Francia en aquel momento, que pasará a la historia como Felipe IV El Bello, y al que se le imputa la dudosa gloria de dar el golpe mortal a los Templarios.
La intriga se urde en las sombras. Felipe IV ha dado órdenes precisas para que durante la noche del 12 al 13 de octubre de 1307, viernes para más señas, sean capturados los caballeros del temple y requisados sus bienes en toda Francia (Parece que esa fatídica noche fueron apresados, junto con Jacobo de Molay, casi 3.000 caballeros sin resistencia alguna, de los cuales solo doce lograron escapar a la redada.) Comienza, de este modo, un largo calvario para los componentes de la Orden, que terminará siete años más tarde cuando su vigésimo tercero y último gran Maestre, Jacobo de Molay, junto con Godofredo de Charnay, maestre de Normandía, sean quemados vivos el 19 de marzo de 1314 en la isla de los judíos frente a la catedral de Nôtre Dame.

Hay que retrotraerse en el tiempo para intentar comprender la génesis de tan magno acontecimiento. A casi un siglo después del papado de Inocencio III, momento en que culmina el teocratismo medieval, en el seno del catolicismo se producen fuertes disensiones; la razón es porque, quebrado el sistema feudal, los reyes reclaman no solo una autonomía con respecto al poder papal, sino una efectiva toma de decisiones en lo que se refiere a los asuntos eclesiales. En lo que se refiere a Francia, Felipe IV El Bello es el rey que consolida definitivamente la monarquía en este país; pero se enfrentará para ello a un papa temible, de los que precisamente no han dejado alto el solio de Pedro, Bonifacio VIII, y, tras la muerte de este, en 1303, será quien nombre a unos papas satélites del trono de Francia, Bonifacio IX, y para lo que a nuestra historia concierne, Clemente V (1305-1314), auténtica marioneta en manos del rey Capeto. Este papa será quien traslade la sede papal de Roma a Avignon en 1307, propiciando así el futuro cisma, y quien, con sus sucesivas bulas (entre las que cobran especial importancia la Pastoralis praeminentiae, de 1307, como la Vox in excelso de 1312 —ambas reproducidas en la novela—), ayude al monarca a suprimir y confiscar los bienes de la Orden del Temple, bajo las graves acusaciones de “herejía, idolatría, brujería, sodomía y toda clase de blasfemias contra la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.”
Los templarios eran incómodos para el rey francés. Para empezar, constituían un reino dentro de su reino ya que en sus ordenanzas se estipulaba que solo debían obediencia al Papa; a esta merma considerable del poder real sobre la Orden, se añadía la cantidad de préstamos monetarios que el monarca había solicitado a la misma y era renuente a devolver. Endeudado hasta las cejas, el colmo fue cuando, con motivo de las nupcias de su hija con el futuro rey de Inglaterra, Eduardo II, el monarca francés solicitó un nuevo préstamo a la Orden y este le fue denegado. Quizá fue ese el detonante por el cual los Templarios pasaron a ser sus acérrimos enemigos: si Felipe IV elimina a la Orden, deja de pagar las deudas; más aún, puede echar mano a los ingentes tesoros y posesiones que posee la misma. Personajes moralmente lisiados como Guillermo Imbert, hermano dominico confesor del rey y Gran Inquisidor del Reino, el jurisconsulto Guillermo de Plaisians, el canciller del reino Guillermo de Nogaret (un personaje más que inquietante por varias razones), amén de Beltrán de Got, el nombrado Clemente V, le ayudarán en tales propósitos.

 Delimitado el marco histórico de la trama, la novela se centra en un personaje: un templario, cuyo nombre solo se nos revelará al final, ajeno a lo que está ocurriendo en Francia. El autor deja traslucir que es de origen aragonés y que debemos suponer que ostenta un alto rango en la Orden, pues el mismísimo Jacobo de Molay le ha encomendado una misión especial antes de sufrir la celada que le llevará a la hoguera. Apoyado en el conocimiento secreto que posee, el Gran Maestre ha descifrado en los textos sagrados, en especial en el Génesis y el Apocalipsis, que es llegado el tiempo de la recolección de determinado fruto. Parte el templario a tierras lejanas con tal misión, la recolección de dicho fruto, grabada entre ceja y ceja, y pasará por aventuras que no a todo mortal le están reservadas, ni todo mortal las coronaría con éxito. Pero el templario es alguien, valga la redundancia, con temple: un freile guerrero, diestro con la espada y cuya fe es inquebrantable. No en vano es denominado como sha nagba imuro, aquel que vio el abismo.
Regresa el templario a Francia tras siete fatigosos años de pericias con el objeto de su búsqueda a buen seguro dentro de su crumena. Sin embargo, se encuentra con un escenario que es de todo menos idílico para la Orden del Temple, cuyos caballeros o han huido de Francia, o han muerto, o se hallan prisioneros y sometidos a torturas. El Gran Maestre, Jacobo de Molay, a quien debe entregar el fruto recolectado para coronar con éxito su misión, al igual que otros grandes dignatarios de la Orden, se encuentra prisionero y sometido casi a diario a torturas insufribles. Ha confesado los cargos que se le imputan, pero también se ha retractado de ellos; la fortaleza del anciano está continuamente puesta a prueba por el odioso Guillermo de Imbert, el Inquisidor General del Reino. Felipe IV no se conforma con finiquitar la orden, quiere algo más; sabe de la misión de ese anónimo templario y a toda costa quiere sonsacar al Gran Maestre su paradero. Necesita ese fruto traído de lejanas tierras para afianzar algo más que su poder.

El templario decide rescatar a Jacobo de Molay y tomar venganza de los agravios inferidos a la Orden. En esta nueva misión se encontrará con dos benefactores inesperados, sin la ayuda de los cuales le sería imposible llevarla a feliz término. Aparecen así en escena la condesa D´Artois y Francisco de Beaujeau. La imponente condesa D´Artois, tanto por su belleza como por la fortaleza de su temperamento, representa a una auténtica Mata Hari de la época que jugará un papel fundamental en la trama de la novela, e introducirá al lector en un erotismo medieval no apto para almas cándidas. Francisco de Beaujeau, heredero de un antiguo linaje, pues es sobrino del que fuera Gran Maestre Guillermo de Beaujeau, se constituye, por expresa voluntad de Jacobo de Molay, en el depositario de las reliquias y tesoros del Temple, y cuya misión, casi imposible, será la de reconstruir la Orden en el exilio.
Fracasa el templario en el intento de rescatar a Jacobo de Molay, pero no en la venganza. Antes de la incineración del Gran Maestre, ya ha dado buena cuenta tanto de Guillermo de Nogaret, como de Guillermo de Plaisians; tras la muerte del Gran Maestre, llevará a cumplimiento la maldición que desde las llamas de la hoguera este ha lanzado contra los dos grandes artífices de la destrucción de la Orden: el papa Clemente V y el rey Felipe IV.
El autor, Francisco Javier Illán Vivas, hábilmente enhebra las peripecias del templario con los hechos históricos, en un oportuno ensamble entre lo que Unamuno distinguía como historia e intrahistoria. Nada, pues, rechina en la trama, a pesar incluso de los elementos fantásticos que en ella acontecen, pues el lector los percibe como naturales, acordes con los mitos medievales o con las leyendas que desde antiguo envolvieron a la Orden. A esto hay que añadir una forma de composición, a mí manera de ver, bastante afortunada. El autor va ofreciendo los sucesivos episodios por los que discurre la trama a modo de las teselas de un mosaico; le corresponde al lector ir encajándolas para que al final revelen su sentido de conjunto.

Añado, como coda, que 1314. La venganza del templario, obtuvo el Accésit del VI Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica.

                                   Jesús Cánovas Martínez©
                                   Ad astra per aspera

viernes, 5 de abril de 2019

LA CARA OCULTA DE LA LUNA



LA CARA OCULTA DE LA LUNA

Ana María Alcaraz Roca
Editorial Pluma Verde, 2019



El mundo de la infancia es lunar y, como tal, está construido por la magia, esto es, por unos esquemas de pensamiento que son alógicos, tremendamente simbólicos y que significan el mundo como una totalidad donde cualquier cosa es posible, pues en él se hace efectiva la interrelación entre lo imaginario y lo real; la voluntad del niño se evade de la causalidad de hierro que concatena los acontecimientos y crea posibilidades de sentido, propugna hechos, conexiones y convicciones, que, si inverosímiles para el adulto, no se evaden a las íntimas convicciones del infante. Hay en esta actitud una desmedida integridad: el niño es inocente, y, por inocente, es puro. Sin embargo, tal inocencia pronto se verá defraudada por el engaño.

La luna efunde una luz prestada, por eso, tal luz es fantasmagórica y equívoca; ilumina el mundo, pero en ese mundo se agazapan no pocas añagazas entre las difusas sombras. La inocencia del niño le protege de determinados males, le amortigua la crudeza con que tantas veces se muestra la vida, pero tal protección, conforme deambula por paisajes muchas veces inhóspitos paulatinamente va desmoronándose. El niño comienza a exigir respuestas claras a sus demandas, quiere aventar las sombras y las dudas que poco a poco le van habitando y terminan por confundirle. Las cosas no eran como él pensaba, máxime si el adulto las disfraza con una verdad impostada. La luna muestra una faz, pero tal faz es engañosa; posee otra cara, y en el niño crece tal certeza: posee la luna una cara oculta que no muestra nunca. El niño entonces, al percibir tal impostura, siente perplejidad.

Una niña, Ana María Alcaraz Roca, nos abre su alma y nos cuenta sus vivencias, que no por suyas dejan de ser paradigmáticas. Nos habla del paso de ese mundo lunar de resonancias mágicas, a otro mundo, el solar, donde los objetos o vivencias vienen definidos por contornos precisos, rotundos. En los poemas que componen La cara oculta de la luna aparecerá esa tensión entre lo engañoso y lo real, entre la magia que cubre y encubre la infancia y la objetividad del mundo del adulto, entre lo imaginario o alógico y lo causal, entre lo simbólico y lo conceptual. Por eso muchos poemas parten de la vivencia de un hecho por parte de Ana María niña y se deslizan hasta alcanzar la forma conclusiva de una desvelación, cuando el engaño haya sido puesto de manifiesto ante la nueva mirada de Ana María adulta.

No se hurta la ternura en tal proceso, ni la mirada condescendiente, ni a veces la sutil ironía. Ana María gasta amabilidad ante los adultos engañosos, nunca reproche; al fin y al cabo los adultos también tienen sus prisiones y no pocas veces estas prisiones aluden a una precariedad material. En este sentido, me gusta especialmente el poema que lleva por título La Muñeca, en cuyo inicio ya se nos advierte: Eran aquellos años pródigos/en penurias e infortunios. Tal muñeca, que encanta a la niña, aparece una mañana de Reyes, pero, dotada de la magia de los objetos, entrado el verano va desaparece… Tal vez el “Tío del Saco”/se la hubiese llevado a su guarida… Lo curioso resulta cuando un nuevo seis de enero vuelve a aparecer, aunque con un vestido diferente.

Temerosa, la niña se entera de que los tres enemigos del hombre son el demonio, el mundo y la carne, por tal razón, y para no pecar, se negará a comer carne en lo sucesivo. El aljibe que diligentemente limpia el abuelo, esconderá un extraño y blanquinoso monstruo; a un viejo molino destartalado, al contemplar sus rotas alas desflecadas,/desterradas de los besos insomnes de la luna, le insuflará el alma en su día deshabitada. Un cofre, cargado de años y recuerdos, con los tesoros que transitan de generación en generación, donde la abuela guarda las sábanas bordadas con esmero/a punto de festón o con vainicas/que consumieron muchas de sus horas/ante la luz caduca de un quinqué, le hace evocar  esa antiguas manos como ramas de un almendro, la presencia adherida a los enigmas que custodia. Un cofre, unas fotografías, unas conchas, misterios que evocan la persistencia de los objetos frente al paso efímero de la existencia humana. Ellos, los objetos, quedan; los ancestros, lo que fue, permanecen en cuanto huellas de la dulce nostalgia del recuerdo que los evoca desde el tiempo de la niñez tan definitivamente ido.


Muchos son los poemas que pivotan entre un determinado engaño que albergaba la infancia y, tras la anécdota relatada, concluyen con un rapto de racionalidad y una moraleja que supone casi una advertencia para futuros navegantes; porque los espejismos de la luna, en última instancia, pese a lo que un observador poco avisado pudiera pensar, terminan por fraguar en Ana María un carácter rebelde y tremendamente asertivo. Es la sana reacción ante tantas absurdas líneas Maginot, ineficientes en sí mismas, tal y como lo fue la original, que intentan delimitar lo posible de lo imposible, el espejismo dado como veraz de la realidad entendida como ilusoria, y en el fondo no suponen sino un límite a la propia libertad y al ser. Muy ilustrativo me parece el poema que lleva por título La Raya Azul. La autora concluye de este modo dicho poema:

Por eso ahora,
con la irreverencia que me han prestado
los muchos años consumidos,
no hay rayas azules que no traspase
y, ay, del que ose siquiera dibujarlas.

Dentro de la complejidad del poemario, el cual me llevaría tiempo deslindarlo, quiero subrayar tan solo, como bien corresponde a una reseña, otra línea de sentido que me parece importantísima. No es sino el enfrentamiento de la autora con la muerte (tema este, por otra parte, que traspasa la totalidad de su obra escrita); muerte que, desde el mismo inicio de La cara oculta de la luna está agazapada entre sus páginas y se mostrará de manera más o menos patente, algo que no resulta extraño si pensamos que la evocación forma parte de la sustancia del poemario. La luna es la pálida del cielo, y su luz fría es trasunto de la muerte y de los muertos. El poemario se enmarca entre dos citas significativas: en su inicio, la de García Lorca, que nos muestra el rapto que hace la luna de un niño, al que lleva de la mano por los cielos, y, antes del magnífico poema Velas con que termina, otra de Kavafis; en medio, una sucesión de motivos a modo de tablillas que evocan el remoto pasado desaparecido en los esteros del tiempo, polvo apenas del recuerdo en los ojos de una niña.

Son tremendos los poemas Misina, La muerte de mi abuela, Dudas (por este orden). En ellos la certeza de la muerte avanza, desde su primer e inopinado contacto con la niña, al llevarse desesperanzadamente a su primera amiga de pelaje blanco y negro, hasta el duelo y dolor que le producirá la extinción de los abuelos: en primer lugar, la de la abuela, acuciada por el dolor insoportable de una terrible enfermedad; en segundo, la del abuelo, querido y casi idolatrado por la niña, cuyo presagio tomará la forma, silenciosa y dramática, de una personificación. Cito el final de Misina:

Recuerdo con dolor
el amado tacto de mi amiga
que adquiría la yerta textura de las aguas.
Velé, entre caricias, su agonía,
arena y lágrimas.
El cielo de febrero, bondadoso,
colocó todo su azul
en la vidriosa geografía
de sus pupilas asombradas
y en las mías todo el espanto
de la contemplación primera
de la terrible cara de la muerte.

La luna tiene una faz oculta, y esta no siempre es amable… Aun así, la única patria que tenemos es la infancia, pues para responder a lo que ahora somos irremediablemente debemos preguntarle y encarar un diálogo con ella. Esto lo sabe muy bien Ana María Alcaraz Roca. Quizá sea esta la razón por la cual el poemario, al contemplar o vivenciar los de la autora, no solo remueve en el lector adulto emotivos recuerdos, sino que adquiere un trasfondo metafísico de inquisición y búsqueda del sentido de la propia vida. Impresiona de estas evocaciones que todas ellas, por su carga de significado, son dignas de una segunda memoria, de tal forma que suponen puentes tendidos entre cualquier lector-contemplador y Ana María. Y aquí lo dejo.


Resalto, por último, la dedicatoria de La cara oculta de la luna. Ana María dedica el poemario a un ser muy querido y muy pequeño todavía, a un ser con una gran promesa de futuro: me refiero a Ariadne, su primera y, hasta la fecha, única nieta.  Veo en este gesto un evidente guiño. Otra infancia, nueva y por consumir, recibirá un precioso legado como un ariete contra el olvido y contra la muerte, cargado de la experiencia, y de la consiguiente sabiduría, de una abuela que ha vivido.

                                   Jesús Cánovas Martínez©
                                   Filósofo y poeta.
                                   Ad astra per aspera.