martes, 9 de agosto de 2016

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS

LO QUE IMPORTA ES VIVIR Y OTRAS HISTORIAS
EDITORIAL TRIRREMIS
PEDRO JAVIER MARTINEZ



Pedro Javier Martínez con Lo que importa es vivir y otras historias está que se sale de tiesto, porque la apuesta que en estos relatos hace por la vida es rotunda, hasta el fondo, sin ningún tipo de ambages o dudas: la vida, aun con la tristeza, el desconcierto o la fatiga que muchas veces le van implícitos, merece la pena vivirla. Y así queda claro desde el primer relato que da título al libro y también el sesgo. Patricio, tetrapléjico luego de un desafortunado accidente, está condenado a ver el mar tras una ventana de la casita de las Puntas de Calnegre en donde vive. Desea morir porque no le encuentra sentido a su vida, impedida y atormentada, y para quitar sufrimiento a Mari Huertas, su querida y joven esposa. Un día se arma de valor y le pide a su mujer que le ayude a morir.

—Ayúdame a morir, Mari —se atrevió Patricio en un susurro.

El drama está servido, y el dilema. Si Patricio desea la muerte, Huertas desea la vida. El amor de Huertas por Patricio hace tiempo que está sublimado, pero sabe que son pocos los argumentos de que dispone para hacerle desistir de su decisión. “Amor mío, le responde, yo no estoy a tu lado para ayudarte a morir, sino para lograr que continúes viviendo”. Y Huertas alega a la esperanza, sustentada en última instancia en Dios. Quizá no haya respuestas convincentes para dilemas tan atroces como el que Pedro Javier nos presenta en este relato, por lo menos respuestas desde un punto de vista humano, o quizá sí. Pero lo importante, siempre, será sostener la esperanza y apostar por la vida. Dios da sentido a la vida en cualesquiera circunstancias en que ésta se desarrolle; Dios, por tanto, es la razón última para vivir. “En Dios y en nosotros mismos”, razona Huertas, cuando, tras un apasionado beso le dice, concluyente, a Patricio: “No pienses en morir, amor mío. Abandonémonos a su misericordia.
Son diecisiete relatos los que componen el libro —cinco de ellos micro—, y todos ellos poseen un marcado carácter moral y, consiguientemente, moralizante. Plantean la vida como un aguafuerte intensa, con violentos contrastes y agudas aristas; en ellos se entrelazan la reflexión con los sentimientos, mientras que la sensualidad del autor —un hombre del sureste que ha conocido la naturaleza exuberante de la huerta y la sed de la tierra baldía, las promesas del mar con la frustración yerma del erial— propicia un aroma a tierra mojada, a huerta, a acequia, a mar, capaz de despertar sensaciones táctiles. Algunos de estos relatos me gustan especialmente; son aquellos que hacen zozobrar el alma de sus protagonistas, al debatirse éstos entre la angustia y la culpa. Uno de los relatos, quizá biográfico, Palomar abierto, me llega especialmente. Dámaso, un joven seminarista de veintidós años, y que desde los diez lleva ingresado en el Seminario, ve flaquear su fe por el contacto con la mano de una joven mujer. Reza el rosario con su boca, asiste a la procesión del Corpus con su cuerpo,  pero lo hace mecánicamente, porque ahora su ser entero ha sido sacudido por un intenso escalofrío, por una extraña belleza antes desconocida, por un deseo que salvaje le recorre las venas. Por la mujer, una mujer concreta, Dámaso ha descubierto a La Mujer, y su virilidad contradice sus antiguos deseos de seguir la senda del sacerdocio. Son magistrales las páginas en las que se expone el dilema de Dámaso… ¿huir del Seminario supone abandonar la fe? Son pasiones vivaces, plenas, intensas, las que recorren al joven seminarista, contraponiendo el impulso nuevo que siente de abrazar la vida que fluye en el exterior con las convicciones que hasta ese momento creía inalterables. Junto a la angustia y los sentimientos de culpa, el deseo de escapar de aquel Palomar, sencillo y recoleto, en donde se produce un roce casi imperceptible y blando de sotanas y roquetes, se impone casi como necesidad: “Sintió la atracción irrefrenable del mundo, por el bullicio de la vida que le subía desde la ciudad. Y un súbito deseo de hallarse lejos, de vivir, de gozar de juventud que se le brindaba desbordándosele en los desbocados potros de su sangre, espoleó sus cinco sentidos.”


Un tema recurrente en la producción literaria de Pedro Javier, ya poética como narrativa, es el de la muerte. Con especial gracia lo hizo en la novela Una dulce manera de morir (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2013/10/una-dulce-manera-de-morir.html); en Lo que importa es vivir y otras historias lo abordará en los dos relatos: Las praderas azules del Edén y Cuando florezcan las amapolas. Los títulos introducen el tono eminentemente lírico con que será abordado el tema, pero al primer relato se le adosa la ironía, al segundo, la tristeza, hasta el punto que es el único de los que componen el libro que se puede considerar propiamente trágico. En el primero de ellos, el autor nos presenta a un fumador empedernido cuyo vicio finalmente lo llevará a la tumba. Conocedor Pedro Javier de los estados postmortem, los describe con ligereza y gracia, por no decir con desenfado; así, tras morir, Anselmo, el protagonista, siente un gran sosiego, a la vez que, mientras trepa a la lámpara de la habitación, ve el trajín inútil de médicos y enfermeras sobre su cuerpo. Pero enseguida reflexiona que la verdadera vida comienza entonces para él, liberado al fin del fardo de la carne y de todos sus alifafes, que tanto le habían hecho sufrir en los últimos tiempos. En éstas, un ser de luz aparece y le insta sin palabras a que lo siga. Lo lleva a una gran sala donde debe de esperar; hay allí una serie de individuos que han muerto a consecuencia del tabaquismo. Curioso es el cruce de palabras que tiene Anselmo con uno que parecía llevar la voz cantante, luego del cual viene a descubrir que en el más allá también hay tráfico de influencias. Los que hay en la sala esperan su turno para ser reciclados, pues sólo los puros pueden entrar en las praderas azules del Edén. Hay muchas más salas, ya que los defectillos de cada finado tienen su propia forma de limpiarse. A los usureros, por ejemplo, como humillación edificante se le agujerean las manos para que no puedan esconder ni una sola moneda; a los políticos lenguaraces y de dedos ágiles, se les limpia con estropajo boca y manos hasta dejarlas como los chorros del oro; a los violadores se los desprovee del preciado tesoro de sus genitales…
En el relato Cuando florezcan las amapolas, Pedro Javier describe un proceso de locura, el de la joven novia a la que le han matado en una lejana guerra —y hemos de suponer absurda— a su prometido.

Una lágrima. Dos lágrimas. Muchas lágrimas en unos ojos negros. La dueña de esos ojos, María. Una moza joven y fresca, huertana. Con la aspereza de la tierra en la piel de sus manos y con la grandeza y feracidad de ésta en el corazón, demasiado tierno para la ausencia.

Estas son las palabras que inician el relato, un alegato al sinsentido de las guerras transido de intenso lirismo, de descripciones que convocan el llanto y dan rienda suelta a la emoción incontenible ante la presencia ineluctable de la muerte.
Quizá sea Cuando florezcan las amapolas, junto con el que lleva por título El agua que nos lleva, los dos relatos en los que aparece una suerte de costumbrismo o naturalismo, ya que en un estilo gráfico y certero abundarán en ellos descripciones de la huerta y de los huertanos que la habitan propias del mejor Blasco Ibáñez. Una pasión por la tierra, que no es sino amor por la misma, se desata irrefrenable. Frente a la tragedia que se plantea de modo implícito en Cuando florezcan las amapolas, una tragedia explícita recorrerá El agua que nos lleva: una pronta, y esperada, riada del Segura ante la que cualquier prevención supone poco. Ahora bien, si en Cuando florezcan las amapolas la prosa del autor se decanta por un lirismo casi onírico, el agua que nos lleva quedará presidido por un realismo despiadado, y aun así dulce. No encontraremos en él la insolidaridad y la mala lechecica que a veces se estila en la huerta profunda, que todo hay que decirlo, tal y como aparecen en La Barraca de Blasco Ibáñez; por el contrario, a la espera del drama por venir los vecinos de la pequeña población de la vega baja del Segura, Dolores, aúnan sus esfuerzos para contrarrestar en lo posible la devastación de las aguas. En todo momento aparece en el relato la solidaridad, la sensación de que los vecinos forman un cuerpo común para contrarrestar las fuerzas de la naturaleza; el diálogo que mantiene el protagonista del relato, Juan, con el tío Macario salpicado con el seseo y las expresiones propias de la zona, es decididamente significativo en este sentido.
Un vocabulario rico, una expresividad potente, una ironía a flor de página, descripciones de gran belleza y fuerza en las que se aspira el viento o se huele la mar, una virilidad de huerta y brazal, pasiones desatadas, reflexiones sobre dilemas morales, harán pensar y disfrutar al lector de Lo que importa es vivir y otras historias. No quiero decir todo lo que se me ocurre sobre el libro, pues pretendo dejar al lector que descubra por sí mismo sus recovecos y ocultos callejones. Sería impropio de una reseña desvelar más de lo que conviene, baste lo dicho como acicate para su lectura.

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                                               Jesús Cánovas Martínez© 

domingo, 7 de agosto de 2016

LOS CHAVOS

LOS CHAVOS


El tío Chavo y Bernardina Aguilera

Fue un casamiento feliz el de José Martínez Cano, El tío Chavo, electricista cualificado que vivió a caballo entre finales del siglo XIX y primera mitad del XX, con Bernardina Aguilera Martínez, La Bernardina, una moratallera de alcurnia pero venida a menos que, por dicho casamiento, se convirtió en la abeja madre de los futuribles Chavos; de esta unión nacieron tres robustas hembras, en orden de mayor a menor edad: Dolores (La Lola), Milagros (La Milagros) y María (La María), las abuelas que dieron lugar a las tres líneas de la saga de Los Chavos.
La abuela Dolores, desencadenante de la primera línea de las filiaciones Chavas

 Dolores, La Lola, la hija mayor del tío Chavo y abuela del que esto escribe, casó con Jesús Cánovas, y tal unión fue fructífera ya que les nacieron tres hijos, sanos y dispuestos a dar guerra: Jesús, mi padre, nieto mayor del tío Chavo, y mis dos tíos: Fina y Paco. Jesús casó con Magdalena Martínez, mi madre, y de su unión nacieron, de mayor a menor edad: Magdalena (La Nena), Jesús (el servidor, conocido como El Jesús, El Jesules o El Jesusico, según sea el caso) y José Francisco (El Jose). Estos bisnietos del tío Chavo casaron a su vez con respectivos cónyuges. Magdalena enlazó con Antonio Campuzano, y de su unión nacieron: Magdalenita, Rocío, Laura y Antonio. Magdalenita casó con Álvaro Botía, pero hasta la fecha el matrimonio no ha tenido hijos. Rocío, casó con Nacho Fernández y han tenido a Miguelito y Rociíto; a su vez, Laura, de su matrimonio con Antonio Moreno, ha tenido a Laurita y Patri. Mi ahijado, Antonio, El Crío, como normalmente se le conoce, luego de pasar por diferentes noviazgos parece que está en condiciones de sentar cabeza, pero aún no la ha sentado y, consiguientemente, no tiene descendencia; sus padres esperan con ansiedad que su novia Rosa Ana Bernal lo meta en cintura. Siguiendo el orden genealógico, el segundo hijo del matrimonio de Jesús con Magdalena es el servidor como ya ha quedado dicho, por lo que me corresponde hablar de mi descendencia. El servidor casó con Mª José, también bisnieta del tío Chavo como ahora especificaré, y de la unión de ambos nació una niña doblemente Chava: Miriam, todavía sin descendencia pero casadera, ya que anda muy acaramelada con su amor Jakub Ryś; la niña, en contrapartida a la decisión de sus padres, está dispuesta a internacionalizar las raigambres Chavas. De esta línea, o mejor sublínea, queda hablar del hermano del servidor: El Jose. Jose casó con Guillermina Marín, y de su unión nacieron Iván y Luis, en la actualidad mozos merecedores. Volviendo a los nietos del tío Chavo por parte de su hija mayor Dolores, tengo que hablar de mis tíos y primos. En el orden de mayor a menor edad, que es el orden que me he propuesto seguir, encuentro a mi tía Fina, tres años menor que mi padre, que casó con Pepe Barreda y de cuya unión nacieron mi primo Pepito y mi prima Isabelita. Pepito, que yo sepa, ha tenido tres hijos de dos mujeres: Jorge y Patricia, de Mari Carmen Turbuleta, y, tras su nueva unión con María del Mar Ilicense, un nuevo retoño cuyo nombre ignoro (prometo enterarme); quizá, para compensar, mi prima Isabelita no ha tenido hijos. En relación a mi tío Paco, vengo a decir que tuvo dos hijas de su unión con Lucia Sánchez: Lily y Conchi. Lily se unió con Andrés Moreno, y tuvo tres hijos: Andrés, Paquico y Adrián; de estos tres, Paquico, tras su unión con María García, ha tenido a Curro; Concha de su unión con Juan Sánchez ha tenido a Fuensanta y Alejandro; Fuensanta, a su vez, de su matrimonio con Óscar García ha tenido a Óscar. Todas estas personas que he nombrado, ya sea por sangre o adopción, son Chavos de la primera línea, los que proceden de Dolores, la primera hija del matrimonio del tío Chavo con Bernardina Aguilera.

La Milagros adolescente, segunda hija del matrimonio Chavo. Se aprecia en ella la belleza que transmitiría a su descendencia.
En referencia a los Chavos que proceden de la segunda hembra del matrimonio de José con Bernardina, Milagros, tengo que decir, en primer lugar, que es una línea muy corta aunque de intensidad especial como ahora especificaré. Milagros casó con Francisco Tortosa, de cuya unión nació Fuensanta, la que llamaré Fuensanta primera porque tristemente murió a los dos años de edad a causa de una meningitis; el matrimonio tuvo una segunda hija a la que volvió a poner el nombre de Fuensanta (cosas de los antiguos) y a quien llamaré Fuensanta segunda. Fuensanta segunda, llegada a la edad, casó con Antonio Martínez. De la unión de Fuensanta segunda con Antonio, nació Mª José (La Jose Mayor), mi prima segunda y también esposa; por eso la hija de ambos, de Mª José y el servidor, ya mencionada anteriormente, posee la raigambre más recia de todos Los Chavos, y es un caso único hasta la fecha en lo que se refiere a las filiaciones Chavas ya que es doblemente Chava al confluir en ella las líneas de la primera hembra del feliz matrimonio de José y Bernardina, Dolores, con los de la segunda hembra de dicho matrimonio, Milagros. 


La prima sobrina tercera del servidor, o algo así. Ya de pequeña sentía predilección por cierto tipo de indumentaria. Nació una noche de San Juan con un lunar en la axila izquierda.
Esta circunstancia puede llevar a confusiones. Por ejemplo, en mi caso: Miriam es mi hija, pero si atiendo al hecho de que mi mujer es mi prima segunda, entonces ocurre que mi hija es mi hija, aunque también es mi sobrina segunda o tercera, y para ella el servidor vendría a ser su tío primo segundo o tercero, no sé; lo he preguntado y ha surgido la discusión. Lo grave es que igualmente le sucede a Mª José con su hija. Si su hija es la hija de su primo segundo, ¿entonces qué tipo de parentesco mantiene con la misma? Ahora bien, si mi hija es prima sobrina tercera mía (vamos a dejarlo así, con la edad que tengo no estoy para ciertos trotes mentales), y la hija de mi mujer es su sobrina prima tercera, entonces, ¿qué relación mantiene nuestra hija con respecto a nosotros, hija o sobrina lejana? Si es sobrina lejana, nuestra hija, en referencia a las relaciones de parentesco, estará más lejana de nosotros que otros sobrinos o sobrinas que, incluso, no sean hijos nuestros. Un lío, ¿eh? Dicho lo cual, ¿qué tipo de parentesco, distante o cercano, podrá mantener nuestra hija, siendo respectivamente la sobrina tercera de cada uno de los dos cónyuges, con el resto de la familia Chava? Vengamos al siguiente caso: Fuensanta, la segunda, hija de Milagros y Francisco, es prima de mi padre y madre de Mª José, mi mujer, por lo que su nieta es mi hija, pero siendo Fuensanta prima de mi padre, ¿qué parentesco le tocará a mi hija con respecto a su abuelo paterno? Seguro que será su nieta, pero también su nieta prima segunda. Y si la nieta de mi tía segunda es, a la vez, sobrina segunda o tercera mía, esto es, hija mía, ¿no cabe sospechar aquí extrañas relaciones?, ¿no está ocurriendo acaso en la familia Chava algo similar a lo que ocurría con los faraones del Antiguo Egipto? A lo mejor los Chavos llevamos sangre de faraones y no lo sabemos. El caso es que, sin entrar en profundidades, los parentescos se complican, y cómo. Ya veremos cuando tengamos que repartir la herencia, qué ocurre.
La abuela María, desencadenante de la tercera línea de filiaciones Chavas

Queda hablar de la última línea de los Chavos, la que desciende de María (La María), la tercera robusta hembra habida del matrimonio del tío Chavo con Bernardina. María casó con Antonio Romero, y su unión fue fructífera, pues tuvieron los siguientes hijos: Maruja, Fina, Antonia y, por último, los mellizos: Nina y Pepe. Maruja casó con Pedro Martínez y del matrimonio nacieron dos niñas: Maribel y Antoñita. Maribel casó con Miguel Ángel Luján, El Miguel, y de su matrimonio nacieron Miguel Ángel y Esteban. Antoñita, a su vez, casó con Pedro Villalba, El Perico, y de su unión nacieron María y Pedro. La segunda hija de María con Antonio fue Fina, quien tras las nupcias con Antonio Solano, tuvo dos hijos: Mª José, conocida como La José del Rincón, pues en su infancia y primera juventud vivió en el Rincón de Seca, y Antonio. La Jose del Rincón casó con Toni Balsalobre (El Tony, conocido así tanto en el ámbito familiar como profesional) y de tal matrimonio nacieron dos niñas: Marta y Natalia. Antonio, el hermano de La Jose del Rincón, casó con María José Marín y de tal unión nació Antonio. La tercera hija del matrimonio de Antonio Romero con María Martínez fue Antonia, quien casó con Antonio Gracia y de su unión nacieron: Antonio (El Antoñín), Víctor y Mª José, conocida como la Jose de la Puebla en razón de su habitáculo y para distinguirla de las otras María José de la familia. Antoñín casó con Manola Pérez, pero hasta la fecha el matrimonio no ha tenido descendencia; Víctor casó con Conchi Martínez, y de tal unión han nacido Víctor y Alberto. En referencia a María José, casó con Asensio Navarro, El Asen, y de su unión han nacido Mª José y Ester. En lo que concierne a los mellizos cabe decir lo siguiente: Nina casó con Antonio Frutos (El Frutos, en el ámbito familiar) y tuvieron los siguientes hijos: José Antonio, Jorge, Eduardo y Lyli, conocidos como Los Ninos en honor a su madre. José Antonio, de Alicia Martínez, tuvo los hijos Adriana y Marcos; con su compañera actual, la simpatiquísima Maricarmen Cayuela, Chava de adopción, aún no tiene descendencia. Jorge casado con Eva Gómez ha tenido a Jorge, Rosalía y Manuela; Eduardo de la unión con Jacín Buendía ha tendido a Alejandro, Pablo y Javier; Lyli de la unión con Manuel García ha tenido un robusto vástago: Antonio. El otro mellizo nacido de la unión de Antonio Romero con María Martínez, Pepe, casó con Consuelo Puche, y de esta unión nacieron: Antonio, Consuelo (La Cuchi), Fulgencio (El Alito) y María. Antonio, soltero de momento, no tiene descendencia; Cuchi casó con Francisco Javier Martínez, El Fran, y de tal unión han nacido Jorge Francisco y José Javier; El Alito a su vez casó con Fuensanta Martínez y, hasta la fecha, han tenido sólo una hermosísima niña: Celia. María está todavía soltera. Todas las personas nombradas, ya por sangre o adquisición, adquieren la filiación Chava por ser descendientes de la tercera hija del matrimonio del tío Chavo con Bernardina Aguilera.

Bautizo de Eduardo (El Edu), el tercer Nino. En el centro, Mª José, mi prima segunda, oficia de madrina, el crío no le cabe entre los brazos. De izqu. a dech: La Nina, El Frutos, Fuensanta Segunda y Antonio Martínez
El tiempo, desde luego, aparte de ser un enigma, multiplica los seres que da gusto y pone a cada uno de éstos en su sitio. Toda la constelación de las personas nombradas, y de las que en la eviternalidad seguramente están en camino y, por consiguiente, no puedo nombrar, son Chavos. Porque las filiaciones, con el fin de no caer en exclusivismos de mal gusto, hay que mirarlas en sentido amplio. Sólo así se puede tener una visión de la globalidad mucho más justa y, por supuesto, mucho más real de aquella otra a la que pueda llevar la estrechez de miras. Y a decir verdad, hablando de globalidades, ahora voy a contar un secreto que me refiere mi madre política, Fuensanta, y que, como tal secreto, no todo el mundo conoce: José Martínez Cano, el tío Chavo, en realidad no es el ancestro último al que cabe remontarse en la saga, pues él también es heredero de dicha filiación; la recibió de su madre, Dolores Cano, la Chava antigua, conocida como La Abuela de la Acequia, apelativo que le fue asignado por su bisnieto Jesús, esto es, por mi padre, para distinguirla de la abuela Bernardina. No atisbo más allá en lo que se refiere a los orígenes Chavos. La Abuela de la Acequia supone un límite infranqueable para mi conocimiento ya que, antes de ella y retrocediendo en el tiempo, se extiende la noche de la ignorancia, por lo menos para el servidor; tan sólo añadiré, con el fin de arrojar en lo que cabe un poco de luz, que La Abuela de la Acequia había casado con José Martínez, que no era Chavo. Para finalizar estas indagaciones vengo a acordar algo interesante —que por decir secretos no quede, pues soy de la opinión de que con el conocimiento se airean las mentes, y si éste se agranda también se agrandan éstas y revierten en una mayor inteligencia—: La Bernardina era hija de Francisco Aguilera Puerta y de María Martínez Rodríguez, prima del Padre Rodríguez, persona ésta última querida y muy recordada en Moratalla, a la que en su día se le adjudicó calle y monumento.


Grupo de mujeres Chavas de las últimas generaciones.


Soy heredero de este linaje, el de Los Chavos, y a mucha honra y orgullo, oiga. Todos Los Chavos actuales, al descender de tres simpáticas abuelas, hemos tenido la suerte —incluidas las abuelas, y al decir de las abuelas— de heredar las cualidades de la belleza e inteligencia en tono superlativo. Aun así, en todo hay grados, y si los Chavos por definición somos guapos y listos, unos son más guapos y listos que otros. Es el caso de cierta descendencia de la abuela María, una sublínea que, a pesar de haber perdido el reproductivo apellido Martínez que con orgullo paseaba el tío Chavo, al criarse en un carril de la huerta han conservado mejor las esencias.
No quiero entrar en detalles, algo que, por supuesto, en algunos casos puedo hacer muy pormenorizadamente, pues si por flaqueza de mente a mí se me olvidan las cosas, tengo a mi lado a Fuensanta, mi madre política y tía segunda, a quien las cosas no se le olvidan y en todo momento puede apuntármelas. Si traigo aquí el árbol genealógico de Los Chavos es para realizar un parangón con la magnificencia del universo, ya que si éste, según los astrofísicos, se expande, Los Chavos se expanden igualmente; y si, en el decir de Shelley, las generaciones de los hombres son como las hojas del bosque, ya que mientras unas caen otras son las que nacen, hay que convenir que el bosque siempre permanece. No se pueden ver las cosas con parámetros estrechos que lo único que datan es la propia ignorancia de quienes los esgrimen; más bien hay que mirar hacia la línea del horizonte y pensar que existen infinitas líneas e infinitos horizontes allende la misma. Es así que hasta hace poco creía que los únicos Chavos en los que había prendido el amor por la literatura eran tan sólo mi hermanica y el servidor, ¡pues no! Para sorpresa y alegría mía otro Chavo se ha tirado al monte literario con la publicación de una novela de la que pronto daré rendida cuenta. Este Chavo no es otro que José Antonio Frutos —heredero de la línea que procede de la abuela María, y, más concretamente, de la sublínea de Los Ninos, puesto que es el primero de ellos—, el cual, al tirarse al monte, ha adoptado cierto nombre de batalla, algo así como El Nino Azul.

El Nino Azul con sus hijos Adriana y Marcos.
Entre las muchas razones que se me ocurren para seguir apostando por la familia está el afecto y la ayuda mutua que se puede dar entre sus miembros, pues la mera pertenencia al clan es interesante, pero por sí sola no constituye razón suficiente. Por eso tiendo la mano a mis queridos Chavos; aquí está y aquí me tienen.
Grupo de hombres Chavos de las últimas generaciones
Quede esta somera descripción de las filiaciones Chavas en las que abundan personajes que por sí solos y debido a su singularidad manifiesta serían capaces  de protagonizar la trama de alguna novela. Otro día, si el tiempo y la ocasión lo merecen, hablaré de la otra línea de filiación de la que soy heredero, la que se me otorga por vía de mi madre, la de Los Mojetes. Cumplida tal hazaña podré recuperar y sacar a la luz una de mis ocultas —y queridas— personalidades, la designada tal que así: El Jesusico Chavo Mojete.

Este individuo propiamente no es un Chavo, pero se ha colado por aquí.

                                                          
Todos los derechos reservados.
                                                           Jesús Cánovas Martínez©

                                                           Filósofo y poeta. 





martes, 2 de agosto de 2016

LISTO, LISTÓN, REGLE

LISTO, LISTÓN, REGLE



Para ser un buen aprendiz de albañilería es preciso ser listo y mostrar diligencia en cumplir las órdenes del maestro albañil; espabilar, vamos, para hacerse de valer. Pronto, una vez dada tal condición, el maestro albañil se fijará en la presteza del aprendiz listo y lo elevará a listón. Cuando se convierte en listón, el aprendiz se ha ganado definitivamente la confianza del maestro pues, al conocer los entresijos del oficio, puede recibir encargos de enjundia: “Listón coge un capazo y amasa cemento”, “Listón tráeme una esportilla de ladrillos”, “Listón ve al estanco y cómprame un paquete de tabaco”… La inteligencia del aprendiz va aumentado en proporcionalidad a las tareas que la sabiduría de su maestro tiene a bien encomendarle. Pero la cosa no queda ahí: el listón puede ascender a regle. Los regles son las vigas maestras que soportan las estructuras de los edificios, por lo que tal categoría supone un salto cualitativo sobre la de simple listón. Si el simple listón a lo sumo sólo puede apuntalar un muro, los regles han llegado a tal pericia y dominio del oficio que pueden obviar las directrices del maestro; se convierten, así, en hacedores y someten la materia prima de la albañilería a los modelos que ellos llevan en mente: son capaces de diseñar nuevas formas arquitectónicas que, según sus preconcepciones, infieren a la realidad con sugerente sesgo. Esta circunstancia supone un alarde de inteligencia — y de hecho lo es—, pero supone también, si el regle no está al loro, la posibilidad de caer en la tentación luciferina de considerar a los que no han ascendido a su categoría como meros gilipollas. Es en este punto cuando empiezan los problemas para el regle, ya que, debido a este abuso de inteligencia, da un nuevo salto ascensional y de regle se desliza a Cagarrutio casi sin proponérselo, esto es, en alguien que la ha cagado, y bien cagada, y por consiguiente, al cagarla de tal manera, imposibilita cualquier tipo retorno.
El servidor que esto escribe ha tenido la desgracia sin merecerlo de toparse a lo largo de su vida con unos cuantos Cagarrutios.  Salvando las distancias ocurre con los Cagarrutios algo parecido a lo que ocurre con los amigos falsos. Crees que tienes un amigo, un amigo de verdad, de confianza, con el que te sinceras, y al cabo descubres que el amigo no era tal amigo sino un simple gazapo que traicionaba  tu confianza acuchillándote por la espalda. Frente a los gazapos que se vestían de amigos poco se puede hacer; con los Cagarrutios, sí. Por ejemplo, se les puede explicar por qué son Cagarrutios. Sin ir más lejos está registrada en este blog la explicación epistolar que le tuve que dar a un tal Miguel Cagarrutio —quien, por cierto, nunca fue inteligente— con fines pedagógicos, Carta abierta a Miguel Cagarrutio, el graciosillo (http://elarcodeltriunfocanovas.blogspot.com.es/2014/01/carta-abierta-miguel-cagarrutio-el.html). Dicho sea de paso, tengo dispuesta para el tal una segunda epístola, también de corte pedagógico, que verá la luz cuando la ocasión sea oportuna. La pedagogía a llevar con los Cagarrutios, ya que la cabra tira al monte, suele ser cansina y machacona, hasta el punto de que dura el tiempo que ellos viven y aun les persigue hasta su muerte, y más allá de su muerte, puesto que de continuo hay que recordarles que las cosas no son como las piensan y menos todavía como las cagan o las han cagado. En fin, casos hay. La condición humana es compleja y altamente paradójica.

                                                Todos los derechos reservados.
                                               Jesús Cánovas Martínez©


                                               Filósofo y poeta.

sábado, 30 de julio de 2016

EPÍLOGO: ALMENDRICOS-GUADIX, ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

ALMENDRICOS - GUADIX
¡UNIDOS POR FERROCARRIL!
 AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   
Reponiendo fuerzas muchos años después de la marcha. Aquí estamos los tres con las sendas respectivas. De izqu. a dech: Mª José, Gádor, Pedro, Amalia, Lorenzo y el servidor.

EPÍLOGO

            Aquel 1 de enero de 1985 fue un día fúnebre para el ferrocarril. No solamente se clausuró el “Ferrocarril del Almanzora” sino también, en años sucesivos, la “Ruta de la Plata”, el tramo de “Caminreal-Ciudad Dosante”, el tramo de “Valladolid- Ariza”, y tantos y tantos otros. En total se cerraron 1.916 Kms. de vías, que se dice pronto. Estas líneas fueron declaradas por el primer Gabinete Socialista de la España democrática como “altamente deficitarias”, y a nadie le tembló el pulso para firmar su cierre.

            Elegir entre autovías y líneas férreas no dejaba de ser una falacia que algunos enterados trataron de argumentar, pues bien se podían haber hecho las dos cosas: hacer las autovías y modernizar el ferrocarril sin perjuicio alguno para nadie. El ferrocarril lo era, y lo sigue siendo, un medio de transporte más seguro que la carretera, con más confort, con menos coste y, en lo que atañe al respeto ecológico, con más limpieza; unas líneas electrificadas, por ejemplo, hubieran reducido el impacto ecológico a mínimos. El cierre de las líneas ferroviarias perjudicó a las poblaciones afectadas, incidió de manera negativa en las comunicaciones de ciertas zonas y validó las sucesivas Taifa que por aquel entonces se configuraban: diecisiete gobiernos locales y débiles, en pugna unos con otros y en rebeldía con el gobierno central, son más fáciles de manejar por el gran capital que un solo gobierno; el paso de los años así lo ha confirmado. Se puede mostrar la corrupción y el despilfarro para quien lo niegue o dude, porque lo que nunca se pueden negar son los hechos; las intenciones son más discutibles. Se trataba de aplicarse a la tarea; ciertamente ésta no era poca —mientras que en Francia los trenes de la época alcanzaban velocidades de 240 Kms. la hora y cubrían la distancia entre París y Lyon en dos horas, en España el máximo de velocidad permitido era de 120 Kms., y no en todos los tramos, por lo que para cubrir las mismas distancias que en Francia se duplicaba el tiempo—, pero no deja de ser verdad que no hubo voluntad para acometerla. A algunos de aquellos enterados, hoy cabría preguntarles:
—¿Cuál?
Los enterados responderían:
—¿Cómo que cuál?
—Sí —insistiríamos—, ¿cuál de los dos?
—¿Cuál de los dos...? —repetirían estos enterados al tiempo que nos mirarían estupefactos.
—¿Qué cuál de los dos me chupo? ¿El pulgar o el índice? —terminaríamos por precisar.
Con tan breve cruce de palabras los enterados comprenderían. Porque no se puede tomar una medida de tal envergadura como el cierre de 1.916 Kms. de línea férrea si ésta no sirve a unos intereses; intereses disfrazados con parabienes y palabrerío, pero intereses al servicio, una vez más, de los que sacan beneficio del control de la economía.
 
Kilométrico del año 1962. El de la foto es el hermano del servidor, bastante irreconocible hoy día.
            Sí, sí, sí... después apareció el Ave, pero dejo los comentarios sobre el mismo para mejor ocasión. ¿No hubiera sido mejor, pregunto, modernizar el “Ferrocarril de la Plata” que realizar un Ave manchego en el que nadie se monta? ¿No hubiera sido mejor comunicar el puerto de Santander con el de Valencia por una línea férrea rápida de la que ya se tenía realizada, a falta de muy pocos kilómetros, toda su infraestructura? Dejo estas preguntas en el aire, aunque podría abundar en unas cuantas más.

No resultaba de ser chocante para mí, cuando de niño hacía un viaje a Barcelona, tener la impresión de entrar en otro mundo. Entrar en Cataluña por ferrocarril era impresionante, una maravilla: de repente se dejaba la vía única y surgía la doble vía, y ésta, electrificada. Atrás quedaban las máquinas de vapor y los traqueteos de los trenes, y aparecían, junto al raíl continuo, las máquinas eléctricas o de tracción Diésel. ¿Por qué aquel contraste? ¿Por qué aquella disimilitud entre regiones? El porqué de aquella diferencia nunca he llegado a comprenderlo, y a estas alturas de la película es mejor que no se me toquen los pies demasiado.

En 1968 en la 4ª Zona ferroviaria se sustituyó definitivamente el Vapor por la tracción Diésel. Aparecieron nuevas máquinas que tiraban de los convoyes ferroviarios como las tremendas 3.000 y 4.000; apareció el TER que competía en velocidad y comodidad con el Talgo. Mi padre tuvo que adaptarse a estos nuevos cambios, y de conducir las máquinas de vapor, pasó a conducir las Diésel —sabía conducirlas todas, qué tío— y el TER. Estos nuevos cambios afectaron a la familia, pues tuvimos que irnos a vivir a Madrid. Allí se encontraba el Depósito de Cerro Negro, el único de trenes TER que había en toda España. Atrás quedaba una pequeña historia y comenzaba otra.

No seguí la tradición de la familia, aunque pude hacerlo; mi hermano, sí. Pero el ferrocarril había sido parte de mi vida y lo sería siempre.
 
El padre del servidor delante de una 4.000. 
Uno de los arquetipos que funcionan por el alma de los españoles y, por extensión, en el alma de todos los hispanos, es el de Don Quijote. Un tal Alonso Quijano se vuelve loco leyendo libros de caballería y se convierte en un caballero anacrónico que reivindica los derechos de huérfanos y viudas en medio de un mundo hostil y pacato; busca una extraña fama y busca un ideal amor. Los batacazos que se dará con la realidad serán terribles y gran parte de sus aventuras las terminará molido a palos. Pero Don Quijote no está solo; lo acompaña Sancho, el práctico, el realista, el legal y honrado Sancho... el pueblo Sancho, que decía el poeta. Sabe, por eso, Don Quijote, al enristrar su lanza y cabalgar hacia los gigantes con ánimo de batalla, que éstos no son gigantes, sino molinos: son molinos disfrazados de gigantes, pero gigantes al cabo que se configuran amenazantes. Sancho se lo advierte —¡No son gigantes!... ¡No son gigantes!...—, y aun así Alonso Quijano El Bueno irá a estrellarse contra sus aspas.

Fuimos los primeros; no digo esto por absurda vanagloria sino como testimonio de un hecho. Mucho más tarde de aquella marcha comenzaron a aparecer en diversas localidades de la cuenca del Almanzora, en Baza, en Guadix, plataformas para reivindicar la apertura de la línea férrea. Se han sucedido protestas, marchas y manifestaciones, pero la línea —un ramal que supone un importantísimo nervio de comunicación— sigue sin abrirse. Se ha despilfarrado el dinero en obras faraónicas y absurdas, pero el Corredor Mediterráneo en su vertiente ferroviaria sigue sin encontrar acomodo, sigue sin plasmarse. Si hoy se nos pidiera, y también hablo por mis compañeros de viaje o poco los conozco, volveríamos a recorrer la línea para reivindicar su apertura. Tendríamos que inventar algo al respecto, pues ya no están los cuerpos para ciertos trotes. Se me ocurre la solución que idearon unas personas mayores que hacían en Camino de Santiago. Iban en automóvil, pero cuatro o cinco Kilómetros antes de llegar a la población que se habían fijado como meta, se bajaban todos menos el conductor, y ese trecho lo hacían andando; los asignados, claro, que iban por turno. Podría servir tal estratagema. Lo interesante siempre será que cuando el sol, poco antes de ponerse, caiga oblicuo, queden proyectadas tres alargadas sombras sobre los raíles infinitos que se adentran hacia el crepúsculo y la noche.

Cuando los tres amigos marchosos nos reunimos —desgraciadamente, con el paso de los años, de manera cada vez más espaciada— entre las otras cosas de que hablamos se encuentra aquella marcha; con una buena cerveza fría en las manos, referimos anécdotas sobre la misma y nos reímos. Lógicamente en un pequeño relato no se puede contar todo; así que, para quien quisiera conocer un poco más sobre la cuestión, no tendríamos ningún inconveniente en invitarlo a departir con nosotros.
 
El padre del servidor en la cabina del TER.
No fue la primera ni sería la última, y en cuanto a dureza se refiere, más lo fue el Camino de Santiago. ¿Por qué hice aquella marcha? La idea no fue mía; salió de Lorenzo, pero la abracé sin ápice de duda y con gran entusiasmo. Necesidad de hacer deporte, de liberar energías, sí; necesidad de protestar ante una flagrante injusticia, sí. La fibra emocional estaba tocada, eso era evidente. Pero había algo más. Cuando acometemos determinadas acciones no somos del todo conscientes de los motivos que nos impelen a realizarlas. Algunos de ellos se muestran claros a nuestra consciencia, pero otros no; quedan ocultos, y, hete, que estos últimos son los definitivamente importantes. Entonces no lo supe; ahora, mientras escribo estas líneas, sí: aquella marcha la hice por mi padre. Se la debía. Era algo que le debía a él y a toda una generación de hombres y mujeres que, tras una guerra civil terrible, con su trabajo, entre la penuria que los circundaba, levantaron este triste y maravilloso país, España, de sus cenizas y escombros.


Aquí finaliza este pequeño y verídico relato que da fe de una aventura, cuyo título bien merece:
ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

                                                          
Todos los derechos reservados.
                                                          
Jesús Cánovas Martínez©
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                                                           Lorenzo López Asensio©

martes, 26 de julio de 2016

TRAMO OCTAVO: ALMENDRICOS-GUADIX, ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

ALMENDRICOS - GUADIX
¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

 AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   
Entrada al Museo del Ferrocarril en la estación de Águilas.

TRAMO OCTAVO

            Una vez terminada la redacción del texto que antecede, recibí por parte de Pedro una nota con el fin de que le fuese añadida como conclusión. Decía así:

FINALIZADA CON ÉXITO LA AVENTURA REALIZADA A PIE POR EL FERROCARRIL ALMENDRICOS-GUADIX

            «Como primera conclusión de nuestro viaje, queremos decir que ha sido una experiencia vital de extraordinaria significación el poner a prueba nuestra resistencia física, andando por encima de piedras, traviesas, raíles e innumerables dificultades que no teníamos previstas.
           
En cuanto a los datos recogidos en nuestra marcha sobre el estado de la línea, destacamos:
            —Destrucción de estaciones.
            —Robo del tendido telefónico de la mayor parte de la línea.
            —Desmantelamiento de instalaciones por desaprensivos.
            —Destrozos de la línea por causas naturales, inundaciones, etcétera.

            Asimismo las impresiones recibidas de la población son de protesta unánime por el cierre en su día de esta línea, e imputan a sus propios dirigentes municipales de no defender con la fuerza necesaria tan preciado bien.
            Si en un principio la línea se basó en el transporte de mineral de hierro, siendo la principal razón de su existencia, con los cambios de los tiempos se podría haber mantenido atendiendo a las nuevas fuentes de riqueza de la zona, como son, por ejemplo, el mármol, los productos agropecuarios, manufacturados y otros, así como fundamentalmente viajeros. Con un adecuado servicio, a la línea se le podría haber sacado un buen rendimiento.
            Por último, queremos agradecer a todas las personas e instituciones que nos han apoyado en esta experiencia, y muy especialmente a la vecindad de Almajalejo, pedanía de Huércal, por su hospitalidad y auxilio manifestados particularmente en Dionisio Ramos, Mayordomo de la parroquia. Y en la localidad de Purchena queremos agradecer la amabilidad que tuvo con nosotros a Antonio Cano. También nuestro agradecimiento va para la Asociación de Amigos del Ferrocarril “El Labradorcico” de Águilas, por su asesoramiento e información, y de manera especial a su presidente Miguel Losilla. No olvidamos tampoco a los medios de comunicación por la difusión de esta aventura».

            Esta era la nota que fehacientemente he transcrito, pero para mí que se había quedado algo corta, así que añadí unas cuantas palabras más en forma de epístola. Ahí van:
 
Monumento al Ferrocarril en Águilas.
            «Señores:

            La aventura todavía no ha terminado. La línea no es deficiente, solamente su administración lo ha sido. Es más, aun en el supuesto de que hubiese sido deficitaria —algo que, tras la marcha realizada, nos cuesta trabajo creer—, como bien público que es, debería procurarse su reapertura lo más pronto posible. No se arregla un país condenando a la incomunicación y carestía a las familias más pobres.

            Si ha habido equivocaciones, eso es humano. Nadie, por tanto, debe juzgar las intenciones de lo que unos creyeron como bueno en su día. Pero ha llegado el momento de las rectificaciones y realizaciones, y esta hora llega como llamada inexcusable que debemos asumir. Somos europeos; es más: la gente del sureste español también somos importantes. Por eso queremos una pronta reapertura de esta vía de comunicación, que nos pueda llevar a cualquier punto de Andalucía occidental sin tener que realizar rodeos innecesarios que nos cuestan el tiempo y el dinero. Se hace necesario un enlace de todo Levante no sólo con Andalucía sino también con Cataluña y más allá de los Pirineos, con Europa.
           
Murcia, Almería y Granada son provincias muy semejantes. Es necesario romper con esa incomunicación endémica que las hace distintas, hermanándolas en proyectos y destino común.
           
Las posibilidades turísticas de la zona son muchas, y esta circunstancia habría que considerarla más detenidamente de lo que hasta ahora se ha hecho.
           
Nosotros sentimos con urgencia la necesidad de un Corredor Mediterráneo, una línea de alta velocidad, rápida y eficaz, como los tiempos actuales requieren.
           
Dejemos de lado, por tanto, las discusiones y polémicas innecesarias que sólo generan malestar.
           
¡Ojalá que en un futuro no muy lejano tengamos un ferrocarril próspero para un pueblo próspero!»

A continuación iba el saludo de los tres integrantes de la marcha.

Si alguien me pidiera que eligiera dos libros de Rafael Alberti, el primero de ellos sería Marinero en tierra; el segundo, Sobre los ángeles. De éste último entresaco un poema, El ángel del carbón, que no sé por qué, mientras reelaborada el precedente escrito, me venía a las mientes una y otra vez con insistencia machacona. Aquí lo reproduzco a falta todavía del conveniente epílogo de esta aventura:


Convoy en la estación de Fines-Olula. Foto de Gustavo Guillman.


EL ÁNGEL DEL CARBÓN 

Feo, de hollín y fango. 
¡No verte! 

Antes, de nieve, áureo, 
en trineo por mi alma. 
Cuajados pinos. Pendientes. 

Y ahora por las cocheras, 
de carbón, sucio. 
¡Te lleven! 

Por los desvanes de los sueños rotos. 
Telarañas. Polillas. Polvo. 
¡Te condenen! 

Tiznados por tus manos, 
mis muebles, mis paredes. 

En todo, 
tu estampado recuerdo 
de tinta negra y barro. 
¡Te quemen! 

Amor, pulpo de sombra, 
malo. 


                                                           (continuará...)

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