domingo, 14 de julio de 2013

NO CRECIERON ROSAS SOBRE SUS TUMBAS

NO CRECIERON ROSAS SOBRE SUS TUMBAS
ANA MARÍA ALCARAZ ROCA

Sobre el conflicto bélico que más ríos de tinta se han vertido ha sido la guerra civil española, chispa que prendió el fuego de la tormenta que sacudió al mundo a mediados del siglo XX. Las opiniones, en el intento de comprender tal suceso, son dispares y la objetividad se elude las más de las veces, sea porque la emoción impregna los posicionamientos adoptados (curiosamente por gente que no la ha vivido y la recuerda en relatos de familia), sea porque los mismos historiadores se ponen al servicio de intereses bastardos que no son los de la objetividad. Y es que la objetividad en tal tema es difícil, ya que necesariamente se mira a través de un prisma: nadie ha tenido la experiencia total de aquellos acontecimientos (ni siquiera quienes participaron en ellos), y por eso los juicios sobre los mismos son necesariamente sesgados e inconclusos. Sin embargo, sí hubo injusticia (en esto están todos de acuerdo), y hubo dolor, y hubo víctimas inocentes; las guerras, cualquier guerra, son la exaltación por antonomasia de la infamia.
Es clásica la distinción de Dilthey entre ciencias de la naturaleza y ciencias humanas. Las primeras son experimentales y su método, en líneas generales, es el hipotético-deductivo; constatan hechos de experiencia y los explican atendiendo a cómo se producen, cómo interactúan entre sí o cómo pueden ser modificados, así estas ciencias dan lugar al complejo científico-técnico. Las segundas, no buscan explicar los hechos físicos, sino comprender los hechos humanos; de este modo indagan su sentido y el método que requieren para tal cometido es la hermenéutica. Si, por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la guerra civil española, describiéramos los hechos que acontecieron día a día, hiciéramos un listado e intentáramos inferir relaciones causales entre los mismos, no habríamos comprendido absolutamente nada, pues se nos habrían escapado las motivaciones e intencionalidades profundas por quienes los produjeron y, concomitantemente, el impacto en las consciencias de los que los vivieron; no sabríamos tampoco cómo habrían sido modificadas las distintas visiones del mundo de las que eran portadoras dichas consciencias. Son hechos humanos, y como tales, de una índole diferente a los hechos físicos o naturales; por esto mismo no se explican sino que se comprenden, y exigen una metodología diferente a la de las ciencias físicas, una hermenéutica capaz de penetrar en el sentido de esos acontecimientos. Pero es aquí donde entra el conflicto de las interpretaciones; un determinado universo de discurso —presupuestos de los que parte el investigador, conocimientos, vivencias y posicionamientos ideológicos— tendrá como consecuencia una determinada interpretación u otra. La historia es conflictiva y se revisa continuamente; cada época histórica o cada grupo humano instalado en el poder reconstruye sus raíces, sus tradiciones, sus mitologías, y no hay inocencia en ello.
La experiencia de la vida me ha enseñado que existen dos tipos de dogmatismos, ambos igual de peligrosos (y ambos deberían ser igualmente evitables). Uno procede de las posturas inmovilistas de los que se erigen en defensores de unos valores que a la postre traicionan; otro, de los que abogan por un cambio radical del que se sienten valedores y pretenden una reforma, incluso, de la base antropológica, como si la humanidad fuera una materia prima maleable a capricho y no hubiera que pagar precio por ello. Apoyados en una mística de fusión, arropados por la idea de cumplir con un destino, los heraldos de sendos dogmatismos, igualmente inconscientes, optan por la exclusión de los que no se alinean en su bando; sancionan la duda, la crítica y, en el extremo, la libertad; de este modo favorecen el sectarismo más atroz. Estas posturas son lacras de la humanidad desde siempre y tremendamente antidemocráticas; ambas igual de peligrosas por los productos a los que llevan: campos de concentración y archipiélagos Gulag, según sea el caso. Y en medio se sitúan los que explotan las guerras, los buscadores de carnaza, los buitres que se sacian con el despojo. Ganan unos u otros, pero el pueblo, desvinculado de las superestructuras políticas que atraen las catástrofes sociales, invariablemente pierde; sus heridas perduran y difícilmente se restañan.
Por supuesto que existen los absolutos, pero son los morales. “No quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo” o “Actúa de tal manera que la norma de tu actuación pueda convertirse en máxima universal”, son imperativos categóricos sin resquicios para la crítica, a no ser que alguien quisiera hacer trampa. Y el valor moral supremo, criterio de verificación de cualquier otro valor, no es sino la dignificación de la vida; todo lo que dignifica la vida es bueno y deseable; lo que la denigra, rebaja o reduce es, sencillamente, un antivalor, algo negativo que se instala allí donde debería haber una positividad. Cierto que las circunstancias matizan la actuación concreta de un hombre particular, pero este hombre ha de tener claro que ni todo vale, ni todo lo que sirve para conseguir un fin es lícito; lo primero supondría la instrumentalización de los demás en provecho propio o de un grupo, lo segundo, la institucionalización  del crimen. Perseguir la justicia y el bien siempre se ha mostrado más fructífero que la justificación del nihilismo y la guerra; olvidarlo conlleva el peligro de caer en la intransigencia de lo sectario en el ámbito de la política, de lo panfletario en el de la discusión de las ideas. La guerra, en principio, no es deseable bajo ningún presupuesto.
Buscar el equilibrio del juicio cuando está gravemente comprometida la emoción es difícil; no obstante, es necesario intentarlo. Mirar el fondo de un abismo sin temblar, contemplar la infamia o el fondo de la miseria humana, puede servir de revulsivo y catarsis: “El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”, se lee en una placa a la entrada del campo de concentración de Auswitch. Ana María Alcaraz Roca no escribe un ensayo en dos tomos en el que pretenda decir todo sobre unos acontecimientos, sino que escribe una novela cuyo título —tomado de una vieja canción alemana— ya es un indicador: No crecieron rosas sobre sus tumbas. Quizá sea debido a que, como el sentir de la filosofía en la consideración de Gilles Deleuze, le haya otorgado como primera instancia la de entristecer, si bien al final de la misma, y como salida de un túnel, abra la puerta a la esperanza.
El género novelístico, aun siendo histórico, no tiene pretensiones científicas, lo cual ya es un alivio. De este modo, la novela es un género privilegiado que puede asumir determinados puntos de vista sobre cualquier hecho de forma paradójica; de un lado, puesto que sabemos que es una novela lo que leemos, quedan cuestionados en sí mismos tales puntos de vista; de otro, ya que, entre los posibles, suponen una elección de su autor, quedan ratificados en esa perspectiva. No busca la objetividad ni se arroga el monopolio de la verdad, puesto que es ficción; se instala, por el contrario, en lo verosímil y se ofrece al blanco de la lectura, a ese espacio de lo opinable donde se produce un diálogo entre autor y lector. Y entonces indaga y reconstruye el sentir de las consciencias desde una determinada óptica, con y allende los hechos.
Provoca No crecieron rosas sobre sus tumbas de Ana María Alcaraz dos tipos de reflexiones: la abstracta y genérica sobre la historia y su sentido; la concreta y fáctica sobre la intrahistoria. Sobre la primera, hemos bosquejado algunas líneas; se trata ahora de hacer lo mismo con la segunda. Para facilitar esta labor delinearemos su estructura.

La novela se articula de acuerdo a tres tiempos, que sabiamente trenzados a modo de flash back cinematográficos por la narradora, mantienen la atención del lector hasta el final de la misma: tiempo del amor, tiempo del odio, tiempo de la reconciliación. El tiempo del amor toma cuerpo en una mujer, Elisa; el del odio, gira en torno a un acontecimiento, la guerra y sus desastrosas consecuencias; el de la reconciliación, se plasma en la investigación que llevan a cabo Lucía, nieta del protagonista, juntamente con la autora, recurso estilístico este último que sirve para involucrar al lector en la trama. La figura de Damián Ruíz Martínez, el protagonista —hombre sensible y discreto—, traspasa los tres tiempos y los integra en el drama de su propia historia. Un corto pero intenso tiempo de rosas vivirá junto a Elisa (“La imagen de Elisa recortada contra el mar, con el pelo y la falda al viento, como un ave marina presta a emprender el vuelo, quedó grabada en su memoria y la evocaría así siempre que pensara en ella”); tras la muerte de Damián, Elisa lo albergará de tal manera en su corazón que ese recuerdo la llevará hasta el extremo del desmoronamiento irremisible de su personalidad, la locura y el suicidio.
El odio toma por escenario la ciudad de Cartagena, el eje conductor un submarino, el C 2, y el desenlace, el Penal Militar donde será fusilado Damián. Con una gran maestría, la autora, fiel a los hechos reales exhaustivamente documentados, narrará los acontecimientos prebélicos en el Arsenal y la Base de submarinos, la muerte del Chipé, el dilema del contralmirante Molins, quien intentará mantener el sentido común en medio de los dos extremos del odio y por ello firmara “su doble sentencia de muerte” (el odio necesita víctimas expiatorias o minorías con las que cebarse; en una guerra, lo primero que sufre es la verdad); seguirá el relato del asesinato de los militares encarcelados en las bodegas del vapor España número 3, en el que, bien que a su pesar, Damián participará de forma indirecta. El destino somete la individualidad; el desenlace, por consiguiente, está servido: la represión cruenta del bando vencedor hará perecer a los inocentes que estaban en el lugar y momento menos indicado. Damián, zarandeado por un destino que escapa a la posibilidad de su elección, dará con sus huesos en el Penal Militar, donde luego de un sumarísimo consejo de guerra, será fusilado.
La zarpa del odio a veces es tan fuerte que se encarna en ciertos personajes, seres que perdieron el alma y viven para la muerte, por ejemplo, en Paquito Valera, el Piojo, quien disfruta asumiendo una función que no debería ser humana. Y este odio campa, produce dolor y destruye vidas. Un halo romántico y melancólico envuelve toda la novela; un viejo tango de Gardel, El día que me quieras, sonará desde el pasado y nos envolverá en una atmósfera deprimente; un fajo de cartas encontradas en una caja de puros de madera nos conectara con el pasado destruido; la atmósfera que se crea es crepuscular y sofocante, como si la muerte extendiera su ala negra.

Sin embargo, a pesar de la desesperanza y el dolor de aquellas vidas perdidas irremediablemente, de la que la de Damián es paradigma, adviene el tiempo de la reconciliación, y esta es la apuesta de la autora: No apostar por la vida supondría caer en la morbidez del rencor, eternizar el odio. Por eso, la novela desprende la consecuencia, a la consideración del lector, de que hay que restituir la memoria y honorabilidad de los muertos (con independencia del bando en que las leyes del azar los colocaron), para que sigan vivos con nosotros y las heridas de la historia puedan cicatrizar. Al final de la novela, sólo al final, gana la vida ese largo pulso sostenido con la muerte, así puede decir Lucía: “A mi abuelo ya lo he ido encontrando durante este año. Vivía en las cartas del desván, en la fotografía de la boda, en el paisaje de Cabo de Palos, en las palabras de mi tío Mariano. Estaba aquí, ha estado siempre con nosotros sólo que yo no lo sabía”. El triunfo de la memoria supone el triunfo de la vida.
Como última reflexión cabe, cuando se airean estos temas u otros especialmente conflictivos, hacer un alegato al control que la razón, la ecuanimidad y la justicia deben ejercer sobre los impulsos irracionales y excesivamente telúricos. Si se pierde el referente de la verdad, el bien y la belleza, se favorece la pérdida de la racionalidad o, en su caso, se la entrega a la servidumbre de los ídolos del poder o la miseria; en el extremo, como hace años expuso Alain Finkielkraut en un brillante ensayo, La derrota del pensamiento, favorece la barbarie de una mal llamada cultura en la que el pensamiento propiamente dicho está ausente. En este vacío se instalan el sectarismo del fanático y el reino de la confusión del zombie; en cualquier caso, se alumbra la guerra de todos contra todos.



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Jesús Cánovas Martínez©