sábado, 16 de julio de 2016

TRAMO SÉPTIMO: ALMENDRICOS-GUADIX, ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

ALMENDRICOS - GUADIX
¡UNIDOS POR FERROCARRIL!
 AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   
 
Subidos en el tren del oeste


TRAMO SÉPTIMO


            ¿Ha sido un quede del taxista? No lo sabemos. El caso es que tenemos un buen trecho por delante en medio de la soledad y el sol está ya muy bajo…

            El Baúl parece cortijada, pero no podemos detenernos y cambiar apreciaciones al respecto. Siguiendo los interminables renglones de las vías nos cierra la noche en el apeadero de Gorafe. En esa difusa línea que hay entre el día y la noche, una perra de color negro, lanuda, grande, nos sale al encuentro, y nos echamos hacia atrás. Pero el animal viene en son amistoso y, a modo de saludo, nos mueve el rabo; contrasta la simpatía de la perra con lo huraño de la familia que vive en el Apeadero; son okupas por necesidad, no por capricho, y rehúyen nuestro contacto. Al vernos, un hombre con gorra y pantalón negro de pana se mete en el interior del edificio. Sobran palabras cuando hablan los gestos. También es una señal para la perra: nos deja y  se va detrás de su amo. Entre unas cuerdas tendidas se cimbrea la ropa, suponemos que de la familia, levemente agitada por una ligera brisa.

            Desde el apeadero de Gorafe, con el fin de hacer noche en sitio civilizado, nos desviamos hacia la nacional 342. Cerrada ya la noche y el cielo cuajado de estrellas llegamos a un bar de carretera; preguntamos si tienen habitaciones, pero nos dicen que allí no hay donde dormir. Pasada la quebrada de Gor, al otro lado, nos explican, hay un hostal donde podremos pernoctar. Dista unos dos kilómetros, pero no en recto; primero hay que bajar, y después, ¡ay!, subir un buen trecho. Los pies nos chillan, porque hemos sido tan listos que durante los días anteriores anduvimos por encima de las traviesas, pisando piedras... Se impone utilizar el ingenio en la medida de lo posible. Preguntamos a unos hombres que conversan en la barra si alguno de ellos va en dirección Guadix. Son jornaleros que regresan a casa después de una dura jornada de trabajo, y el conductor del furgón en el que viajan nos dice que sólo puede llevar a uno de nosotros. Le cedemos el puesto a Pedro, el más castigado de los tres, y monta con alegría en aquel atalaje. Lorenzo y el servidor —no nos queda otra— enfilamos la carretera; a estas alturas de la película qué más da kilometro más o menos.
           
En otras ocasiones, el servidor había pasado por allí; Gor es un nombre que posee resonancias bíblicas, no sé por qué, a mí me lo parece. Y si tal nombre tiene magia, la inmensa hondonada a la que da nombre también. Una pena que sea de noche… Aun así, apreciamos la herida inmensa de tan portentoso cañón, sus efluvios magnéticos.
 
Foto de 1906 tomada por el ingeniero Gustavo Gillman. Se están llevando a cabo trabajos de reconstrucción del puente de Gor, también conocido como Puente Grande.
            A la mañana siguiente, con la fresca, antes de la salida del sol, después de haber dormido de un tirón y repuestos, enfilamos hacia la estación de Gor, desde donde nos disponemos a darle un digno remate a nuestra aventura. Hemos hecho cuatro noches en el camino y, éste que corre, pensamos, será nuestro quinto día de marcha, y último, si todo va bien; con las “trampas” realizadas hemos acortado una jornada. Nos apena sobremanera no haber cruzado el inmenso puente ferroviario, obra maestra de la ingeniería de principios del siglo XX, sobre el cañón de Gor. Pero no queremos volver hacia atrás, sino ir hacia adelante. Tal pesar quedará añadido a la frustración de no haber atravesado el túnel de El Baúl. Quizá en otra ocasión...

            A media mañana llegamos a Hernán-Valle, pero... ¿dónde está la estación? Sencillamente no existe. Un montón de piedras y escombros sustituye lo que otrora era una estructura arquitectónica habitable. En toda la línea férrea ésta es la única estación que ha sido totalmente demolida, un aplauso por tanto: ya se insinúa el progreso. Pedimos explicaciones a un lugareño, y nos remite a una que muy poco nos convence. “Se había convertido en un foco de infección”, eso nos dice el buen hombre.

            Sí, reflexionamos, debemos hacer algo antes de que el resto de las estaciones siga el ejemplo de esta primicia, lo cual quizá pudiera ocurrir y no en un tiempo demasiado lejano… pero, aparte de la marcha, ¿qué más? Lo ocurrido con las instalaciones de Hernán-Valle, nos parece un auténtico adelanto del futuro, y al avanzar un poco esa sensación queda confirmada: de repente desaparecen los raíles que marcan nuestra ruta sepultados por las obras de lo que será una futura autovía.

            Pero seguimos adelante. A mediodía tomamos un bocado a resguardo de una ponteta. Y, después de comer, a la vías de nuevo, ya en presentimiento de Guadix de forma inminente... Cruzamos un enorme puente de hierro y los paralelos raíles se doblan en una curva que busca la depresión accitana.

            Nos sorprenden formaciones imposibles de una tierra roja y arcillosa, parecen esculturas realizadas en remotos tiempos quizá por una raza de hombres que ya ha sido olvidada. Han perdurado durante siglos, pero lo que fueron formas nítidas, ahora se desmoronan por la acción corrosiva del viento y del agua.
 
Con un arcón de Vía y Obras
            Descubrimos un viejo arcón de Vía y Obras al borde de la línea, y para dar una nota de tipismo, nos hallamos de bruces con una comuna de hippies o medio hippies o algo parecido que viven en las cuevas aledañas. Por supuesto, nos detenemos a charlar con ellos; han abandonado el mundo y buscan el contacto con la naturaleza primigenia. Son jóvenes como nosotros, hombres y mujeres que irradian alegría de vivir; unos niños corretean por allí.

            Luego del encuentro con la feliz comuna, cuando comenzamos a sentirnos veteranos de marcha y reivindicación, finiquita de pronto nuestro viaje. Al cabo de una curva, aparece la estación de Guadix.

No, no tenemos un recibimiento a bombo y platillo... Enfilamos, abierta la pancarta, la recta hacia la estación y en un silencio solemne nos adentramos hasta las dependencias. El factor, el jefe de estación, los cuatro viejos ferroviarios que a última hora de la tarde componen la tertulia en el viejo andén, nos miran estupefactos. ¿Sabían que llegábamos? ¿Esperaban un grupo más numeroso y, al encontrarse con tres desgraciados con pinta de derrotados, se sorprenden? El que escribe esto no quiere pensar en las ideas que seguramente cundían por sus cabezas, e intuye que sus otros dos compañeros tampoco lo deseaban. No meneallo, es mejor. Sin embargo nos reciben con afecto, y aún nos hacemos unas fotos con ellos. Como especie de agasajo o premio por la hazaña, pasan, amables, a mostrarnos el viejo tren del oeste, el de los spaghetti westerns, situado en una vía muerta tal un viejo barco varado en un antiguo muelle. Y allí que nos vemos, subiendo y bajando a la vieja máquina de vapor. Pienso con orgullo que esa misma máquina mi padre la condujo como un extra necesario en más de una ocasión por Huaneja-Dólar antes de que los pistoleros asaltaran el tren. Con la nevada cumbre del Veleta al fondo, nuevos pistoleros nosotros, pisamos las viejas tablas del vagón que tantas veces habían pisado el Clint Eastwood, el Lee Van Cleef, el Charles Bronson, el Henry Fonda, el Yul Bryner...
 
En el tren de los pistoleros
            Después de innumerables días de marcha —pocos, en el calendario; muchos, en la dimensión interior del tiempo—, lo que apetece es una ducha caliente.

                                                                                  (continuará...)

                                                          
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Jesús Cánovas Martínez©
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