jueves, 15 de septiembre de 2016

MI HIJA Y LA ÓPERA

MI HIJA Y LA ÓPERA
JOSÉ ANTONIO FRUTOS ROMERO
EDITORIAL DÉDALO



Ya en el inicio se encuentra un párrafo con el cual se capta la atención del lector y le deja atisbar un drama acontecido, quizá una tragedia difícil de nominar:

Todavía no había cumplido los veintiocho, aunque, por los acontecimientos sucedidos en la última semana, su rostro había envejecido tanto que podría haber pasado por un hombre dos décadas mayor.

Mi hija y la ópera, novela que supone el debut en el mundo literario de José Antonio Frutos Romero, nos relata la historia de un hombre atormentado, Andrés Rosique, cuya vida inesperadamente da un giro de 180º cuando parecía que había alcanzado un culmen de satisfacción y realización personal. Un extraño accidente, cuyas circunstancias no quedan del todo aclaradas hasta el final de la novela, siega la vida de su joven esposa, Patricia, y de su hija de dos años, Susana. Tras el accidente el protagonista sufre un episodio de enajenación que, literalmente, le llevará a perder la cabeza; Andrés Rosique deseará morir y deseará dar muerte, y el demonio de la ira saldrá de su interior de manera delirante. Durante una semana vagará sin rumbo por los barrios marginales de Cartagena, y vagará por las poblaciones y campos aledaños. Un hombre desesperado, emocionalmente trastornado, apenas controla sus actos. Durante su vagar, Andrés Rosique cometerá una serie de acciones de cuyas consecuencias, aun con el posterior arrepentimiento, nunca podrá zafarse, porque hay acciones que en sí mismas impiden el retorno a la paz; dichas consecuencias gravitaran en lo sucesivo a lo largo del resto de su vida. Venderá la mansión que posee en una zona residencial de Cartagena y se irá a vivir a Calasparra, cerca del Santuario de la Virgen de la Esperanza, donde las masas boscosas de pinos supondrán el remanso que necesita para perderse y olvidarse del mundo; desatenderá el próspero negocio que regenta y lo malvenderá a una competencia ruin y ambiciosa. Pocos serán los amigos que frecuenten su casa y su vida naufragará entre la soledad, los sentimientos de culpa, el amor a la esposa e hija fallecidas, y los atisbos y añoranza de lo que podría haber sido una vida mejor, una vida feliz. Sin embargo, Andrés Rosique, de quien no puede huir es de sí mismo. En su retiro pronto será conocido como El Leñador, y algunas de estas gentes calasparreñas, menos dadas a eufemismos tranquilizadores, utilizaran otro apelativo para designarlo: El Loco.
En su naufragio personal, el protagonista arrastrará a su hija menor, Violeta, a la sazón de seis meses de edad cuando se desencadena la tragedia. Violeta no heredará la belleza de su madre ni se parecerá a su hermana, una princesita rubia de ojos azules; por el contrario, desde su nacimiento quedará marcada por un hemanginoma capilar congénito, una mancha de vino. A esto sumará una salud delicada, un temperamento que se apunta difícil y la fealdad física; el autor de la novela hace de ella el siguiente retrato:

Según transcurrían las semanas, a la pequeña de la casa se le fueron arqueando las cejas, el mentón parecía hundirse desalineando la mandíbula por su lado superior y la nariz asomaba con singular prominencia desproporcionando aún más las facciones. Aunque quizás, e independientemente de su mancha en el rostro, su rasgo más peculiar era el de su irascibilidad. Lloraba o gritaba la mayor parte del tiempo que permanecía despierta, caprichosa e inquieta, difícil era el momento que parecía estar cómoda.

Violeta no ha nacido, pues, con una dotación apropiada para que su vida transcurra por un camino sin altibajos franqueado por árboles fáciles a la sorpresa del fruto y del goce; el equipaje que porta, por el contrario, ya en la misma línea de salida, es tan lastimoso que en el mejor de los casos puede mover a compasión. Y a este equipaje habrá que añadirle la circunstancia de la soledad. El padre, en un primer momento, aun de manera larvada, la odiará, ya que inconscientemente la culpará de su desgracia. Pero ese extraño y difuso odio pronto será trastocado por un amor sin reservas; un amor protector, de padre, indeleble, un amor que Andrés Rosique volcará de manera incondicional en ese ser débil y necesitado: Violeta, su hija.


Llegados a este punto podemos entender la mitad del título de la novela; el resto no será difícil si consideramos que a Andrés Rosique lo moverá, aparte de la que siente por su hija, otra pasión: la ópera. Su hija y la ópera, sus únicas motivaciones para vivir como así confiesa en un momento dado, pasiones que se convertirán en sentido con el que embellecer el mundo, fuerza con la que sublimar la monotonía de los días que se suceden y convertirlos en celebración.
 Un huérfano de madre, que desde su infancia ha trabajado duramente al lado del padre, un hombre práctico y poco dado a devaneos idealistas o poéticos —La vida es dura, así que ve aprendiendo, que yo a tu edad ya fumaba y me iba de putas, le contesta el progenitor cuando Andrés niño le comenta la humillación que ha sufrido en el colegio por unos compañeros—, en principio tiene pocas oportunidades de acercarse al mundo de la ópera. Acontecerá que el joven Andrés Rosique, como cualquier joven de su generación, sentirá una irrefrenable atracción por el rock. Muy pronto aprenderá a tocar la guitarra y con unos ahorros se hará con un piano de mesa de segunda mano. A pesar del poco tiempo libre de que dispone, de manera autodidacta aprenderá algo más que los rudimentos de la música, hasta el punto que con dos amigos terminará por formar un pequeño grupo, Los Prohibidos. Andrés compone canciones; no suenan mal, así que animado por los amigos decidirá actuar en un local. No contaba con que le tomaría el miedo escénico, y lo que se atisbaba como halagüeño triunfo terminará en un rotundo fracaso frente a la mujer que ama, Teresa.
El tiempo sigue su decurso. Aun independizado de la férula del padre, Andrés Rosique se convertirá en la mano derecha con la que su progenitor levantará un pequeño imperio de tiendas de informática. Triunfador en los negocios, fracasado en el amor, la soledad crecerá en su alma de forma paralela a su adicción por el whisky. Sin embargo, la música, a modo de jardín cerrado, seguirá siendo para él su secreto refugio, y del gusto por el rock imperceptiblemente se deslizarán sus gustos hacia los autores clásicos, más tarde a la ópera.
Una tarde de finales de verano, en la heladería donde al terminar la jornada suele tomarse unos whiskys, queda deslumbrado por la belleza de una mujer:

Ella, sabedora de su belleza y de la expectación que levantaba, aderezaba sus miradas con innegable coquetería, como si, cruelmente, quisiera jugar con todo aquel que tuviera la suerte de recibirlas. Andrés pensó que no valdría la pena perder el tiempo admirándola, cuando, sin querer, volvió a dirigir los ojos a la mesa; ella, preguntándose qué haría un tipo joven tomando una copa solo en una heladería, o por simple curiosidad, clavó sus ojos en él. Al coincidir su mirada con aquella expresión iluminada, los bajó de inmediato y volvió a levantarlos al instante en dirección a la chica que ya se había concentrado en remover su granizado.

Justo en ese momento suena en la radio un aria, Nessum dorma, y Andrés la asociará al amor de manera imperceptible, pues la flecha de Cupido, certera, ha impactado en su corazón. Incapaz de abordar a la chica, la deja marchar con el fin de establecer contacto en otro momento, al día siguiente quizá. Pero la chica no regresará. Andrés insistirá, uno y otro día, con el ánimo de encontrarla; indaga, pero nadie le suministra pistas. Después de su jornada de trabajo, Andrés irá a la heladería las tardes de todo un año con la esperanza de volver a verla, pero la enigmática chica no aparecerá hasta el verano siguiente.
Sí, herido de amor, la encuentra y, con sutileza, la aborda. La chica es una veraneante y se llama Susana; viene a Cartagena a casa de unos primos. Andrés cree que ha encontrado el amor de su vida, pero para su sorpresa pronto descubre en Susana una coquetería en demasía conjunta a una frivolidad intolerable; la belleza física no mantiene una correspondencia con la belleza interior. Luego de una escena no exenta de comicidad —esta comicidad cogerá por sorpresa al lector cuando menos lo espera, justo en las páginas donde se insinúa el amor—, Susana, ahíta de alcohol, se duerme en la cama justo cuando van a mantener su primera relación sexual. Andrés entonces cae en la cuenta de que no la ama; ha sido deslumbrado por su belleza, pero no la ama. Ama a otra mujer: Patricia, la camarera de la heladería donde va a tomarse sus whiskys. Deja una nota a Susana, para cuando despierte, y sale disparado a la caza y captura de Patricia.

El autor con sus hijos, Adrana y Marcos.

Mi hija y la ópera tiene una estructura operística, tras una obertura se suceden los tres actos en los que se desarrolla el drama. La cuñada de Andrés Rosique, durante el primer acto, relatará la infancia y juventud del protagonista hasta el fatal acontecimiento que trastocará su vida. La voz de Violeta aparecerá en el segundo y tercer acto, pues es ella, una vez muerto el padre, la que contará una vida de soledad y expiación; y ella será la que, con su voz, redima al padre, y al redimirlo, se redima a sí misma. El autor recomienda que durante la lectura de algunas de las páginas de la novela se oigan los fragmentos de ópera que se citan, o por lo menos se tengan presentes. Esto es porque el texto con frecuencia se balancea al son de la música y para ser captado en su intensidad se hace necesario que suenen ciertos fragmentos de óperas, por lo menos en el interior de la cabeza del lector.
Invita la novela, en su traspatio, a varios tipos de reflexiones. Por de pronto aparece una reflexión sobre la fealdad y, concomitantemente, sobre la belleza. Tanto Teresa como Susana, de las que Andrés quedará prendado durante un tiempo, son mujeres enormemente bellas, pero para sorpresa suya, una vez que intima con ellas, les descubre un fondo intolerable de frivolidad que no es otra cosa sino una suerte de vacío interior. La belleza está en otra parte: la encontrará bajo el manto de humildad de Patricia, quien trabaja de camarera para costearse sus estudios, y la encontrará en Violeta, su hija, marcada por la fealdad física. Para Andrés, haber encontrado esas mujeres verdaderamente bellas en un determinado momento —se le han abierto los ojos de la percepción auténtica—, le supondrá alcanzar una suerte de redención.
Con insistencia aparecen las fechas de los acontecimientos, como si el autor quisiera registrar hasta el detalle los hechos significativos de las biografías de sus personajes, casi todos ellos —dicho sea de paso— marcados por un hado funesto, una secreta herida. Esta circunstancia quizá se deba a los numerosos guiños que el autor hace a su propio entorno vital; los nombres de los personajes, ciertas anécdotas, los espacios geográficos que aparecen en la novela —incluso Manhattam, en un viaje de Violeta— significan algo para él. Al hilo diré que conozco algo de la biografía de José Antonio Frutos y sé que la armazón alrededor del amor filial no responde a un recurso estético con el cual trabar una novela; supone una verdadera preocupación del autor, un auténtico problema existencial para él.
 En Mi hija y la ópera hay muerte y hay vida, y parece como si el autor por su propio personaje quisiera alcanzar una suerte de redención, porque este tema, el de la redención o expiación de una culpa, de forma velada ocupa la totalidad de la novela. La estética, la capacidad de valorar como bellas las cosas que en sí mismas son neutras, es algo que en propiedad pertenece al ser humano; la música eleva al hombre sobre el mundo, pero quizá por sí misma no suponga tal elevación que, en ella, y por ella, se eluda un destino, un sentido: el enfrentamiento con la muerte.

                                              
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                                               Jesús Cánovas Martínez©

                                               Filósofo y poeta.