lunes, 14 de noviembre de 2016

MI ENCUENTRO CON EL DIABLO

MI ENCUENTRO CON EL DIABLO
Padre Amorth
Ediciones San Pablo



El 16 de septiembre del año en curso, a la edad de 91 años, pasó a mejor gloria Gabriele Amorth, un soldado de primera línea de las milicias de Cristo. Traer aquí la semblanza del conocido exorcista de la diócesis de Roma sería redundante, por lo que me limito a realizar un breve comentario sobre uno de sus últimos libros, Mi encuentro con el diablo, fruto de una entrevista concedida (posiblemente la más larga de todas ellas) al padre Slawomir Sznurkowski.
El leitmotiv del libro, el cual se va repitiendo a lo largo de sus páginas, parece ser el siguiente: La ausencia de Dios en nuestra sociedad la llena el diablo, así, y de forma paralela, cuando decrece la influencia divina, crece la influencia del diablo. No hay términos medios, pues: o Dios o el diablo, y, según los signos, parece que el diablo gana la batalla en nuestro mundo occidental, por lo menos aparentemente. Tal situación es la culminación de un proceso que viene de atrás. Por un lado, al triunfo del laicismo que, desde posturas racionalistas e ilustradas, sale de los ámbitos universitarios y se extiende a grandes masas de población, se le suma el hiperanticlericalismo propiciado por el comunismo; de este modo se desplaza a Dios y, en el mejor de los casos, hace que la religión y la Iglesia sean vistas como antiguallas capaces de frenar el progreso. Este ambiente de laicismo, auspiciado en gran medida por los medios de comunicación de masas, se infiltra hasta tal modo en la consciencia de los cristianos en general, y de los católicos en particular, que los lleva a sentir miedo de confesar públicamente su fe; de aquí la paradoja de que algunos católicos sean partidarios del aborto o la eutanasia y caigan en falacias fácilmente desmontables, sea en cuanto al tema del divorcio (El divorcio no es una obligación; si estás en contra, no lo haces. Pero, ¿por qué estás en contra de mí que lo quiero hacer? Por tanto, debes respetar mi libertad si yo deseo hacerlo, y tú vives de todos modos según tú conciencia.), el aborto (Para nada es obligatorio el aborto. Si estás en contra, no lo haces. Pero, ¿por qué has de prohibirme a mí hacerlo?) o la fundamentalidad de la Iglesia (Yo creo en Dios, pero no creo en la Iglesia). Pero hay más: a la falta de coraje del católico se añade el mal ejemplo de ciertos eclesiásticos, algunos de ellos de una alta jerarquía, hasta el punto de que, viene a convenir el padre Amorth, citando un viejo proverbio budista, hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece. Todo lo cual aboca a que en la Europa actual, citando a san Juan Pablo II, impere una civilización de la muerte, y no una civilización del amor como sería lo deseable. En definitiva, el olvido de Dios conlleva que Satanás y sus acólitos ganen ámbitos mayores de influencia; si Dios se olvida, se ignoran sus leyes, siendo así que aparecen las leyes del diablo seguidas por todos los satanistas, que se pueden condensar en tres: 1) Haz todo lo que quieras, 2) Nadie tiene derecho a mandarte nada, 3) Tú eres el dios de ti mismo.

Los ángeles fueron creados espíritus puros, inteligentísimos, esplendorosos, felices, pero sometidos a la prueba de la soberbia algunos de ellos se rebelaron contra Dios de forma voluntaria y plenamente conscientes de las consecuencias de su rebelión. Así pasaron a convertirse en enemigos de Dios. Dios no creó nada que fuera malo, pero por la soberbia del ángel apareció otro estado de vida alejado de Dios y contrario a Dios: el infierno. Es el reino del odio, pues los ángeles rebeldes odian a Dios y se odian también entre ellos; el temor y el sufrimiento se añaden a tal estado y el signo que lo identifica es la blasfemia. Así, pues, Satanás y los suyos, primero odian a Dios y, ese odio que sienten por Dios, después lo extienden a sus criaturas, especialmente al hombre, al que no sólo odian sino también envidian. El hombre, aun creado un poco inferior a los ángeles como dice el Salmo 8, por la encarnación de Jesucristo, está llamado a la visión de Dios. Esto justamente es lo que no toleran los demonios, por eso el hombre se encontrará con un formidable enemigo que intentará por todos los medios seducirlo para hacer fracasar el plan de Dios. Satanás es mentiroso y homicida desde el principio, y ya en el mismo albor de la humanidad hizo caer a nuestros primeros padres del Paraíso. Desde ese momento su influencia es multiplicativa y el padre Amorth señala que no hay ámbito de la vida humana en el que no se encuentre.
¿Cuál es la estrategia del diablo para apartar al hombre de Dios? Es monótona, siempre utiliza el mismo sistema, copia de su rebelión a la vez que de la tentación que sufrieron Adán y Eva. Primero desautoriza a Dios: lo que Dios dice no es verdad; luego hace aparecer el mal como bien e incita a la comisión del pecado. El hombre, como ser que ha sido creado libre, podría rechazar la influencia del maligno, pero lo triste es comprobar cuán fácilmente cae en la tentación. Es que el demonio susurra débilmente al oído, imperceptiblemente seduce y, en el extremo, es capaz de manifestarse como ángel de luz. Eso en un inicio; más tarde llegará el desquiciamiento del límite humano, la bestialidad absoluta, la increíble maldad. Cualquier cosa da igual, ¡qué diferencia hay entre matar una mosca o matar al padre! Sin embargo, bajo ninguna circunstancia se puede justificar el crimen; el aborto es un asesinato y una sexualidad libre que se pretende exonerada de culpa es pecado. La ley de Dios está puesta para que se cumpla y es benéfica para el ser humano; a la postre, la locura del mal no  pude llevar sino a la destrucción, la falta contra Dios cae sobre quien la propicia. En este sentido, recuerda el padre Amorth que hoy en día, sometidos los hombres a la prueba de fidelidad a Dios, se discierne claramente entre quien cree en Dios y es fiel a Dios y quien no cree en Dios y no es fiel a Dios, y cómo las personas que se confiesan ateas están más expuestas a las asechanzas del maligno.   
La situación actual en Europa es de derrumbe de la fe, y es terrible; aun así, volviendo al dicho budista antes citado: ¿sigue creciendo el bosque? Para el padre Amorth, sí: el bosque crece silenciosamente y hay razones para la esperanza. Dios es más fuerte que el mal, y con su fuerza, se puede detener el actual diluvio del mal. Si la vieja Europa ha sido ganada por el laicismo y, consiguientemente, en ella se detecta el crecimiento de la influencia del mal, no ocurre así en las naciones de otros ámbitos geográficos; allí, gracias al trabajo silencioso de muchos misioneros crece el número de cristianos, sea en África o, incluso, en multitud de países árabes. Tanto es así que el padre Amorth sostiene que el siglo XX es el siglo que más santos ha dado, amén de mártires; santos y mártires que los medios de comunicación omiten publicitar interesados en otro tipo de noticias. Por otra parte, si son muchos los que, apoyándose en los árboles que caen, critican la Iglesia, sin embargo, instituida ésta por Jesucristo, se apuntala y prosigue con su misión evangelizadora. Señala el padre Amorth que a partir de Pablo VI se han sucedido una serie de papas viajeros, auténticos catalizadores de grandes masas de población. Si el mal abunda, por lo mismo habrá que concluir, parafraseando a san Pablo, que sobreabunda la gracia.


¿De dónde venimos? De Jesucristo. ¿Hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin? Jesucristo. Así se expresa en el prólogo del Evangelio de san Juan o en las Epístolas de san Pablo de Colosenses (1, 15-20) o Tesalonicenses (II, 1, 6-12). En medio de tal principio y tal final se sitúa la vida terrena, campo de la acción moral, donde se decide nuestro futuro en función de la elección tomada. Porque nuestro destino es Dios, pero podría frustrarse. Compete a nosotros mismos, por ser seres dotados de libertad, la posibilidad de dicho desenlace. Aquí está el sentido de la vida humana. Una persona que, aun llevando una existencia anodina, logré salvarse, ha coronado su vida con éxito; una persona que, aun consiguiendo el favor mundano, se condena, ha fracasado de forma estrepitosa.
En un mundo de increencia donde la ausencia de Dios se suple con ídolos, la acción del diablo se intensifica. De manera ordinaria, su acción se concreta en la tentación; de forma extraordinaria, en la infestación, vejación o posesión. Estos últimos casos van en aumento debido principalmente a la voluntad de la persona implicada o a la voluntad de otros. Si la persona frecuenta por voluntad propia ciertos ambientes perniciosos (sesiones de espiritismo, ingreso en sectas satánicas, consultas a magos y hechiceros), está comprando boletos de una lotería en la que puede salir altamente perjudicada; aun así, no siempre cabe imputar a la persona la causa de su desgracia, hasta el punto de que una gran mayoría de casos de vejación o posesión se deben a los maleficios propiciados por la voluntad de otros. Dedica el padre Amorth una gran cantidad de páginas al tema del maleficio donde lo analiza y da las pistas para neutralizarlo con una serie de ejemplos; finalmente critica que el Nuevo Ritual de Exorcismos (finalmente retirado) no contemple la posibilidad de exorcizar a una persona en el caso de que lo sufra.
Otro tema interesante sería el de distinguir la posesión de una enfermedad psíquica. Ya lo decía el padre Amorth en su primer libro, Habla un exorcista, (comentado en este blog:
 y, según sus propias palabras, el abecé sobre el tema de la posesión), un exorcismo de más o innecesario no hace daño a nadie, por lo que en caso de duda se ha de aplicar a la persona sospechosa de posesión diabólica. Es muy importante detectar convenientemente los síntomas, y una primera utilidad del exorcismo es precisamente la de diagnóstico. Aun así, el padre Amorth viene a convenir con un alegato a la humildad y prudencia, ya que el mundo espiritual es muy rico a la vez que poco conocido tanto por los médicos como por los sacerdotes. Cuando la persona sufre, las cosas en la vida (afectos, economía, salud, ganas de vivir) comienzan a irle de mal en peor sin una causa identificable; cuando le acometen ganas de suicidio y un hado funesto se apropia de cuanto hace; cuando no hay mejoría si va a un especialista u otro, a pesar de que toma los medicamentos que le prescriben; cuando en ella aparece una aversión a todo símbolo religioso y se manifiesta una fuerza más allá de las posibilidades humanas, habla lenguas desconocidas y conoce cosas ocultas, son bastantes los puntos que lleva para que su mal lo motiven causas sobrenaturales.


El mal tiene un precio; Jesucristo, con su muerte en la cruz, pagó de una vez por toda la humanidad; ahora bien, la pasividad ante el mal que muchas veces muestra el cristiano hace que el magno sacrificio de Jesucristo no surta un efecto salvífico total con el que se impediría que el reino del mal siga su avance. Invita el padre Amorth a los cristianos, retomando la recomendación de san Juan Pablo II, a no tener miedo, y les propone, frente a un mundo que mira más a la economía que a otras cosas, una triple reivindicación: 1) contra el ambiente socio-cultural de ateísmo, la reivindicación de Dios; 2) contra la laxitud de la vivencia religiosa, una revitalización en la práctica de los sacramentos y un nuevo apostolado; 3) contra la inmoralidad, una denuncia y oposición radical. No es un espíritu de cobardía el que anima al cristiano; en el mundo se está dando una batalla y debe de saber de parte de quién está. A la vigilancia ha de superponer la oración constante, y, por la fe en Jesucristo, ha de procurar la derrota de Satanás y el triunfo de quien provee de todo bien y todo Amor, esto es, de Dios.

                                                          
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                                               Jesús Cánovas Martínez@