miércoles, 5 de junio de 2013

FRENTE AL CUERPO INCORRUPTO DE LA BEATA MARÍA ÁNGELA ASTORCH

Cuando visito un convento o un monasterio, un lugar sagrado en general, me llegan recuerdos de lo eterno. Mi mente se vacía de lo mundano. Cesan los ruidos, se amortiguan los murmullos, el mundo concluye; su presencia bruta poco a poco deja paso a una oscuridad luminosa llena de paz. El tiempo queda abolido, o lo parece. Lo que siento no es una experiencia mística propiamente dicha, aunque roza sus preámbulos. La paz se hermana con lo bueno, y lo bueno deja expedito el toque de lo santo. Desde el silencio, entonces, se levantan los sonoros atrios envueltos en una celeste música. Agradecimiento, amor; de repente me siento querido como nunca antes lo fui. Amor profundo de madre, de padre, de cerrado claustro.


Recientemente me han visitado estas sensaciones. Ha sido en el convento de capuchinas de la Exaltación del Santísimo Sacramento, en el Malecón de Murcia, en oración frente al cuerpo incorrupto de la beata María Ángela Astorch.

                         


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Jesús Cánovas Martínez©