lunes, 9 de febrero de 2015

REPASO A LA SITUACIÓN (2ª parte)

En esta segunda parte de Repaso a la situación, se pasa revista a la producción poética, siempre en vista panorámica, desde los años 80 del siglo pasado hasta acá. Muta la estética, pero también la ética...


REPASO A LA SITUACIÓN (II)


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Y llegamos a los ochenta, la otra década prodigiosa. ¿Se acera la crítica hacia una poesía que no atienda a remover las conciencias de cara a una praxis social? No, nada de eso; algo ha cambiado en la sociedad, y los nuevos poetas, como radares alertas de lo social, pronto lo detectan: remitiendo la marea política y, sobre todo, con el Partido Socialista en el poder, ¿acaso hay necesidad?
De este modo comienzan a estar claras, por lo menos, dos cosas:
Primera, en la recién inaugurada sociedad democrática, hay otros foros mejor cualificados que el poético en donde expresar la crítica y la protesta; el discurso poético, si se me permite hablar así, cede su lugar al discurso político que es al que en propiedad conviene tal función.
Segunda, se siente que sería absurdo insistir en tal cometido cuando se constata que el poder de convocatoria de los poetas se reduce a mínimos.
Pero, aún hay más, ¿es la denuncia, realmente, función de la poesía? Imposibilitado el retorno hacia las estéticas de las generaciones anteriores, tanto a la de los Novísimos, la que rechazan por su pomposa y vacua fatuidad (en conversación relativamente reciente, un conocido poeta de la experiencia me confesaba que “hoy, los Novísimos no resisten una segunda lectura”), como a la de los poetas del cuarenta y cincuenta, de la que no pueden admitir su excesivo prosaísmo, sus incorrecciones formales y la futilidad panfletaria en la que termina degenerando, queda una única salida, al parecer: la apuesta por una nueva sentimentalidad.
Qué sea esta nueva sentimentalidad, a mí a veces se me escapa. García Montero rescata a Gil de Biedma y propone, en rechazo a la estética de los poetas inmediatamente anteriores, una especie de puente o camino intermedio entre el intimismo de la conciencia y el compromiso con la colectividad; los poemas pasan a ser expresiones de la vida del poeta, y con ellos se trata de despertar, incluso de provocar o producir en la memoria del lector experiencias análogas a las que en él se relatan y el poeta ha registrado. El caso es que la nueva oleada de poetas adquiere el designativo de poesía de la experiencia. En la búsqueda del equilibrio inteligencia/emoción, no pretenden grandielocuencias plásticas, ni hacen del lenguaje el propio objeto poético, como ocurría con los Novísimos; por el contrario, optan por las formas narrativas y la sencillez expresiva, aunque con cargas de fondo elaboradas, en las que el lector poco a poco, en concomitancia con la trama argumental del poema, queda preso de una atmósfera. La emoción fluye serena, las más de las veces sin aspavientos y con corrección formal; y prefieren el coloquialismo, el acercamiento a la cotidianeidad y la complicidad con el lector. Expresan de esta forma la vida, eso pretenden. La musa puede, por tanto, pasear con vaqueros en el Diario Cómplice (1987) de García Montero, o puede ocurrir como en el discutido endecasílabo, por lo demás inicio de un poema excelente:

                    Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi…


Quizá piensan los de la experiencia que ya esté todo dicho, por eso juegan con la intertextualidad y la evocación; se facilita de este modo la función de comunicabilidad que le asignan al poema, pues en él se involucran, en una suerte de comunidad semántica, no sólo poeta y lector, sino también los ausentes que interactúan en ese diálogo propiciado; la memoria, singular en el poeta, pasa a ser la de todos, plural y colectiva. De algún modo, esta línea poética pretende retomar, en su afán de búsqueda de comunicación con cualquier tipo de lector, la poesía social; sin embargo, ha perdido la garra y la fuerza reivindicativa de los poetas de posguerra, por lo que se convierte en poesía burguesa de niño acomodado, en una melancólica o escéptica mirada sobre el mundo, la sociedad y las cosas, o en perfección formal de tono tristón, muy aburrido (el lector indulgente comprenderá por qué omito nombres).
La década de los 90 supone la consolidación de la poesía de la experiencia. Si hemos hablado de su estética, bueno sería que habláramos de su ética. Pero antes, echemos una mirada a los contextos políticos. Por de pronto, ha caído el muro de Berlín, al que ha seguido la debacle de la Unión Soviética; sin una contrapartida o un polo de oposición, el Imperio extiende sus tentáculos. Y, en España, socialmente se comienza a albergar la sensación de expectativas defraudadas: las cosas no han sido como deberían… ¿Se pueden seguir manejando ciertas dicotomías? Estamos a final de siglo y hablo de la sociedad tardocapitalista de Occidente, consumista, depredadora y con grandes contradicciones internas, marco bajo el que gravita la sociedad española y en donde, a su vez, se está produciendo otra nueva revolución, aquella que viene de la mano de la informática y la biología. Repito, por tanto, la pregunta de otra forma: En una sociedad tecnocrática, en la cual más del 70% de su población activa lo ocupa el sector terciario, y en la que el cálculo del interés y la productividad supeditan cualquier racionalidad a la sola razón instrumental, ¿se pueden seguir manejando las dicotomías de los poetas de posguerra? Hacerlo, aparte de ingenuidad, quizá supondría entrar en contradicción; por otro lado, no es menos cierto que cualquier poeta que se preciara tendría que tener valor para cantar las lindezas de ciertos políticos o la pacatería de otros. La oposición al sistema, asimismo, cuando una gran mayoría de representantes de la nueva sentimentalidad son poetas de cátedra, es decir, pertenecientes al mundo académico y consecuentemente funcionarios por oposición, parece, por lo tanto, poco viable. Y quiero señalar especialmente esta última circunstancia, pues no la he visto desarrollada en los críticos que se ocupan de estos asuntos; circunstancia que supone algo inédito, pues las generaciones poéticas anteriores (caso aparte la del veintisiete), en líneas generales se mantenían ajenas a este mundillo. Las consecuencias son obvias:
Primero, implícitamente desautorizados para la protesta a pesar de las banderas emblemáticas de algunos, optan por la retórica, se ponen de canto o simplemente miran para cualquier lado.
Segundo, si dicen cantar o expresar la vida en el poema, se constata en la mayoría de ellos (no en todos, por descontado) un divorcio entre poesía y vida, entre ética y estética, a no ser que entendamos por vida ciertos tópicos de barras de bares, juergas con amiguetes, consumo de drogas blandas, el ligue fácil, la gracia insulsa, el café de la mañana, el paseo por la tarde, las putas haciendo la calle, la mierda, este mundo, las listezas del poeta cantor (y encima víctima), el aburrimiento y cosas de este estilo, por descontado.
Tercero, de esta manera fue fácil clavarles el rejón a los Novísimos, pues desde ciertas azoteas, que no atalayas, es más fácil controlar los premios literarios que dan dinero, así como hacerse con determinados foros, cargos o subvenciones. Es la estrategia de la lucha.
Cuarto, al ser sus círculos de influencia más o menos anchosos según la posición de poder adquirida, también estilan la depuración sistemática entre sus propias filas; aparecen así, a modo de pactos de sangre, ciertos loobys excluyentes, los que para un observador imparcial resultan demasiado evidentes.
Dicho lo anterior, traigo a colación una anécdota, risible a la vez que patética. Un poeta, aunque vigoroso, conocido tan sólo entre pequeños círculos, y al que para no ofender llamaré Trepario Retrepa, decidió hacerse famoso utilizando cualquier tipo de artillería. Haciendo de pelotillero y limpiachaquetas, comenzó a gastar grandes sumas de dinero de su bolsillo en encuentros de confraternización; invitaba a poetas y críticos de ésos que andaban en el candelero, y tras la consabida conferencia o lectura de poemas, les suministraba ese plato tan típico, panacea de la cocina mediterránea: la paella. Invitaba a paellas a diestro y siniestro. Como no era tonto, su objetivo lo tenía claro: untar debidamente la maquinaría del jurado para conseguir uno de los premios de importancia nacional, con el cual obtendría el espaldarazo definitivo... Pero qué tristeza al regresar de uno de sus viajes a Valencia. Qué oprobio. Se le cayó la venda de los ojos. Le habían dicho que todo era cuestión de tiempo y debía esperar en la cola.
Saltando el siglo, la hegemonía de los de la experiencia comienza a cuartearse, no tanto porque, aun a pesar de sus luchas intestinas, no les falte poder para sobrevivirse y, en consecuencia, hacer daño a otras maneras de enfrentarse con lo poético que no pasan la salvaguarda de sus cánones (las que hay y siempre ha habido), como por la insistencia repetitiva en temas cansinos y desgastados que ya no suscitan ninguna emoción en el lector. No obstante, sería ingrato, también faltar a la verdad, no admitir que esta línea poética ha dado excelentes y hermosos poemas, pero sus epígonos, careciendo del vigor necesario para mantener la intensión prolongada de su estética (la que desconocen, da esa impresión), mutan hacia lo grosero como tópico o al feísmo como hallazgo, y faltándoles referencias ideológicas o filosóficas caen, muchas veces, en una vulgaridad plana.

Se aprecia, por otra parte, la emergencia de una serie de poetas que optan por una poesía más reflexiva, más aforística, más insondable y con sensibilidad más refinada; frente a la exterioridad de lo cotidiano, exploran éstos nuevos la interioridad de la consciencia y, junto a lo íntimo emotivo, involucran la inteligencia en un sistema complejo de símbolos. El último Valente, Cirlot o Francisco Pino, por ejemplo, pueden ser sus referentes próximos, y, saliendo fuera de los fuertes y fronteras, cabría remontarse al arco que va desde los dos Paul, Celan y Vàlery, pasa por Rilke y Eliot, y hunde sus raíces, entre otros, en Trakl y Mallarmé. La página en blanco (o en negro) como final de poema es un reto para ellos; convierten la poesía en gnosis o sistema introspectivo de conocimiento, danza rítmica y sagrada, epifanía de acontecimiento, tal que apunta a lo que se ha llamado el silencio, principio y final de toda musicalidad o palabra. De esta línea poética, soterrada, poco emergente hasta ahora, pero vigorosa para cualquier observador atento, citaré únicamente como muestra, aunque se podrían multiplicar, a Clara Janés, y de ella propongo estos versos de Fractales (2005):

¿Por qué no tomas mi mano
con la tuya
y la devuelves al signo?
 He aquí un papel negro
que espera
la explosión de nuestro tacto
para arder
en el fuego del espíritu.

Si algunos de estos otros poetas prosperan (o los dejan prosperar), y puesto que a su escritura, por posicionamiento propio, sólo puede acceder un público minoritario, sería prematuro dilucidar la repuesta que dan a la cuestión que proponíamos al principio. Hay que insistir, en este sentido, en que no es conveniente adelantar cierto tipo de declaraciones, pues nunca se sabe.
Así como Juan Ramón Jiménez, frente a los poetas de su generación, supuso una individualidad propia; del mismo modo, Eduardo Chicharro o Carlos Edmundo de Ory como valedores del postismo, o una personalidad tan sólida como José Luis Hidalgo, no podrían someterse al canon de la línea hegemónica del cuarenta; lo mismo ocurriría con Claudio Rodríguez frente a los del cincuenta y con Leopoldo María Panero con los del sesenta. Y si hablamos de los poetas de la experiencia, habría que poner de relieve el contraste que supone la originalidad de Julio Martínez Mesanza al proponer una poesía épica, o la de José Ángel Cilleruelo al atender a una ética de la descomposición, al mero juego de los significantes; el mismo García Montero debería ser debidamente matizado, aun siendo poeta de cátedra.

En referencia a las producciones penúltimas (en poesía, es conveniente hablar así), el bosque queda demasiado cerca y su espesura no deja ver los mirlos blancos que cantan bajo el sombraje de sus árboles. Nunca me atrevería a hacer juicios de valor sobre nadie, pues cada poeta, aun asumiendo una determinada estética, posee una voz propia y tiene derecho a su individualidad; dicho con otras palabras: su ética o su convicción política siempre dependerá de una opción personal. Tampoco pretendo simplificar una realidad que en sí misma es demasiado compleja; de ella he presentado algunos de sus trazos más manifiestos, siempre discutibles. Por lo demás, me ha parecido que no era mi labor, ni tampoco ético por mi parte, oficiar de turiferario de turno sin más pago que la estupidez.



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                              Jesús Cánovas Martínez©