jueves, 22 de octubre de 2015

LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA

LA CHARCA DE LA GRANJA DE LAURITA
MAGDALENA CÁNOVAS
CON ILUSTRACIONES DE AMELIA ALBEROLA
EDITORIAL TRES FRONTERAS (Col. Cuentos en la nube)

Queridos amigos, tengo para mí que escribir para niños es un don, porque cuando escribimos para ellos nos hacemos nosotros niños también, y al recuperar ese niño interior —que no es otro sino nuestro padre—, recuperamos con él la inocencia y la belleza del mundo, lo prístino y radiante. Nada es imposible entonces, no existen los límites que constriñen nuestras vidas de adultos,  pues nuestra imaginación vuela y conforma  una maravilla donde todo es nuevo y, por descontado, verdadero.
Magdalena Cánovas, mi hermana, se ha hecho niña de repente y ha escrito este bello poemario: La charca de la granja de Laurita, que junto a otros dos todavía por aparecer conforman una simpática trilogía donde el amor y la ternura estallan en el gozo.  Con su lectura me he vuelto niño durante unos instantes y he experimentado cómo entraba en mis pulmones ese hálito de ternura e inocencia que portan sus poemas. Queden registradas aquí unas cuantas impresiones:




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Se es un niño a los ocho, diez o doce años, pero lo cierto es que la edad no es condición privativa para mantenerse en dicho estado. La ternura que habita a Platero, por ejemplo, la peluda y grandota mascota que inmortalizó Juan Ramón Jiménez, llega tanto al niño como al adulto. Y el adulto llora con el niño y se enternece, y esto es porque el niño vive en el adulto, y juega, y sonríe, y descubre el mundo como el niño que nunca ha dejado de ser.
Magdalena Cánovas en La charca de la granja, nos acerca la ternura, esa ternura, universal y básica, que habita el corazón de todo ser humano. Unos animalitos viven en feliz armonía en el pequeño mundo de la charca. Aunque allí vive Pedrito, un mosquito/pequeñito y cabezón, o una mantis religiosa que se arrodilla y te abraza, o está Tecla, la araña de jardín que tejía y tejía/encajes de hilo fino/a los que el suave rocío/lentejuelas añadía, propiamente no hay riñas entre ellos, no hay disputas, pues cada cual cumple con la función a la que la naturaleza lo ha predestinado.
Así la Charca cobra vida de repente. Conforme nos vamos adentrando por sus vericuetos, vamos viendo cómo la vida se agita en ella y cómo los múltiples animalitos que pululan en su derredor despliegan su sencilla belleza. El cisne, su majestad  y esplendor; las fochas, su humildad menuda; los patos, su celeste vuelo en punta de flecha. Poco a poco se nos descubre un fascinante mundo, un ecosistema vivo, en movimiento.
Descubriremos que la Charca tiene una pequeña dueña, Laurita, y que en ella viven una multiplicidad de animalitos de diferentes especies. Hay aves, anfibios, reptiles, moluscos, graciosos gusanitos, insectos y hasta un gato, Tontón, el muy glotón. La circundan juncos y cañas, nogales, robles viejos, y más allá una pradera llena de flores.
Los animalitos son nombrados por la autora con suma gracilidad. En el humedal oscuro,/de pronto surge/una nube de estrellas/entre los juncos, dice de las luciérnagas. Es curioso constatar cómo la mayoría de ellos tienen un nombre que los identifica y define. Tula, se llama la tortuga mora; la lombriz, Encarnita; la rana, Mariana, y el más pequeño de sus hermanos, el renacuajo Miguel. Bienvenido es el gorrión, y el grillo tiene por nombre Paquito, aunque lo llaman Pepito. Entre todos ellos mantendrán complejas relaciones de amistad y armonía. Y aun así, en la Charca también cabrá la sorpresa. Será cuando el gusanito Tito, tras hacerse un trajecito en una ramita, renazca en forma de mariposa.
La lectura de La charca de la granja hará disfrutar a los niños y a los adultos que siguen siendo niños. A su indudable valor didáctico se le añade la gracia de unos poemas sencillos, mas no por eso carentes de emoción y especial fuerza visual, que se coronan y complementan con unas bellas ilustraciones realizadas de la mano de Amelia Alberola.


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Jesús Cánovas Martínez©