miércoles, 28 de octubre de 2015

DÍA DE DIFUNTOS

DÍA DE DIFUNTOS

Queridos amigos: Yo, como todo hombre soy sensible al placer y al dolor; como todo hombre siento la angustia y la alegría, la desesperación y el gozo. Digo esto porque con el paso de los años cada vez me es más fácil empatizar con cualquier ser humano que sufre. Racionalmente no puedo entender ni el sufrimiento ni la muerte; los contemplo como injusticias radicales puesto que cualquier ser que nace desea vivir y quiere ser feliz. Más allá de la razón, sin embargo, se sitúa el misterio; por eso, allí donde la razón no llega, llega el corazón. Tengo una convicción íntima, apoyada en una experiencia personal, que se acrece continuamente, y no consiste en otra cosa sino en la esperanza, casi seguridad, de que la muerte sólo es un tránsito hacia otros estados de existencia, en los cuales es posible el gozo del encuentro y la resolución de contradicciones, aun de la misma muerte, pues encontrará sentido.
Mi padre murió la madrugada de un día de Todos los Santos y fue inhumado el día de Difuntos. Este poema lo escribí para él, pero en este tiempo especial en que se conmemora la Vida, creo que puede servir para aquellos que desde este lado del puente sientan un lazo de afecto con los seres que ya ocupan ese alto grado de silencio.


DÍA DE DIFUNTOS

                       
A mi padre, muerto

           

“Sais-tu ce qu´est l´mystére?
            UN SOURIRE JAILLI DU FOND DE L´ÂME  -C´EST UN MYSTÉRE”

                        Gitta Mallasz,  Dialogues avec l´Ange






Horizontal, perpetuo,
inaccesible a las muertes cotidianas.

Riguroso orden de silencio,
el azul, nítido, arriba.

Aquí,
los cipreses en punta
trenzan hileras correctísimas,
señalando, sus largos dedos,
indelebles, mariposas ágiles
                                            y muertas
o, altos y risueños, pájaros
en sombra que esparcen
su patencia al filo
histrión de tu sueño.

Ligera trama
de una tristeza,
la conciencia ligera.
Rotos los puentes
te quedas,
adusto soplo.

Suenan hojas secas
en este Otoño tardío;
la araña hila su trampa.

Tú y yo, padre, al borde
mismo de las cosas
-el hastío-,
diálogos de Amor y encuentro,
ahora.


                               Del libro “La luz herida”.
Todos los derechos reservados

                        Jesús Cánovas Martínez©