martes, 10 de noviembre de 2015

ANCHE SE AL BUIO (AUN A OSCURAS).

ANCHE SE AL BUIO (AUN A OSCURAS). Edición bilingüe.
DIONISIA GARCÍA




Todo el mundo sabe, aun a oscuras, que el tiempo tiene algo de ficticio, porque si lo pensamos detenidamente, los acontecimientos todos, por paradójico que nos pudiera parecer en una primera consideración, están sucediendo en el mismo momento. Para que nuestra consciencia ordinaria de vigilia los registre, los identifique y comprenda, se hace necesario su desglose, su sucesión; sin embargo, a poco que apliquemos nuestro análisis, comprobaremos que esta sucesión es ilusoria. Hay graves rupturas, tremendos corrimientos, hiatos insalvables de un acontecimiento a otro, y aunque parece que estos se siguen como perseguidos, deberemos concluir que no es así. Todo está sucediendo en el mismo momento, y el aparente paso nos recuerda que aquello que sucedió en un remoto pasado es ahora cuando sucede, y que lo pasado y el mismo paso se nos hacen presentes de forma vívida, núbiles en el instante en que se ofrecen.
Sale el caminante y va hacia algún sitio, pongamos por ejemplo, y en su deambular por las calles de la ciudad contempla el primer brote de la primavera en un árbol ofrecido, y sigue caminando, se encuentra con un amigo y los dos hablan acerca de una próxima excursión que proyectan para el fin de semana, y sigue caminando, luego entra en una tienda y compra un artículo, sale y sigue caminando, mira el cielo, las calles, las caras de las gentes, se fija en el tornasol de la luz sobre algún escaparate, como un fogonazo le deslumbra y siente la gracia al pasar de unas muchachas, y sigue caminando; otro encuentro, un compañero de trabajo con el que habla sobre un tema, nada de particular, y sigue caminando, a veces siente tristeza, otras alegría, y sigue caminando, sigue caminando y de repente se encuentra en las afueras de la ciudad, por los caminos ignotos, frecuenta las veredas, ve pasar amenos los regatos del agua, desfilan ante su vista las fochas entre los cañares del río, y camina y camina...

He pasado los montes y las huertas,
también la tierra yerma y los gredales.
En ello estoy y allano la fatiga.

Es un hecho constatado que el caminante no camina solo: camina consigo mismo, esto es, camina con una multiplicidad de voces y miradas que van con él, y en él, y por él toman cuerpo, sentido. Porque el caminante camina con sus ideas, con sus emociones, con sus anhelos, con sus esperanzas y desesperanzas, que son las ideas, las emociones, los anhelos, las esperanzas y desesperanzas de toda la humanidad. Por eso, la paradoja: el caminante solitario, no es un solitario. Lo acompañan multitud de gestos, de palabras; lo acompañan los otros, los que fueron, los que son, y constantemente hablan y le hablan: en él, dentro de él, por él. Los espejos constatan la propia realidad de los espejos, tersos, y por sus imágenes discurren y destellan los unos en los otros; especulan callados y sonoros entre sus láminas; vuelven y se devuelven entre sí un eco, resonante, como un envite, a modo de palabra perdida. El caminante dialoga consigo mismo que es como dialogar con el mundo todo, porque el mundo todo en él vive, y en él toma referencia y se concreta. Es así. El caminante pasa bajo la luz que el sol dora; se sabe paso, mirada transitoria sobre el mundo, pero ese mundo especular y fluctuante no podría ser tránsito si el caminante no lo transitara, si a este no le afluyera a sus ojos. El caminante constata el suceder de las horas y los días, que son como el suceder de las calles, las plazas, los huertos, las tierras baldías o yermas o aquellas otras de frondosa verdura. Y se llena el caminante de preguntas, tal vez de respuestas, de respuestas solas, sin preguntas ya, porque estas últimas se han hecho innecesarias.
¿Hacia dónde se dirige el caminante? Aun a oscuras sabe que se persigue a sí mismo en pos de una meta diferida, y también sabe que todo lo que le ha sucedido, aun en su continuidad, solo tiene la hilazón de su propia mirada. Entre un acontecimiento y otro inmediatamente posterior constata un hiato portentoso, porque excluida la apariencia, su mirada es discontinua: el cielo que ve el caminante es un mismo cielo, aunque le recordaba otro; un mismo azul es el azul remoto, acontecido en un ayer, mas ahora recuperado en el único presente. Y es entonces que en su pecho le anida una punzada de extranjería. Su existencia, durante ese tránsito incesante, es vicaria, y así la percibe; el camino, su existir, solo existe en cuanto lo registra: caminante y camino son lo mismo, pero no son lo mismo.


Dionisia García sabe del camino, y sabe, tal vez como Kavafis, que el viaje no apunta a ninguna añorada Ítaca como fin, sino al viaje mismo, el laberinto acontecido de los mares y las islas, los puertos que se suceden, el resplandor de velas en lontananza, los interminables eslabones de una cadena férrea de días y de años; calles y más calles de una ciudad insomne, con niebla, oscura, y aun así, luminosa, porque el viajero no camina sino desde sí mismo hacia sí mismo, desde su centro hasta su centro, y este centro es inmóvil, pleno, permanencia en el Ser:

Luminosa mañana. Nada teme al olvido.
Yo celebro con ella la fiesta de las calles.
Poco más tengo cierto en esta vida breve
que comenzó otro día de hace ya muchos años.

Así comienza el primer poema de la obra, Mientras conmigo voy. La oscuridad que nos presenta Dionisia, esa niebla de preguntas en la que ella anda, se nos revela como una oscuridad luminosa de mañana, una celebración de la luz en su propio acontecer. No hay tiniebla si esta no es radiante, y los tientos del deambular de la poeta son los tientos de la misma luz que se busca a sí misma:

Me preguntas si creo, si busco otras verdades.
Aquí estoy viendo el mundo. Camino sin respuestas,
a la buena de Dios, que no es tan mala cosa.

Dios, el Dios que busca Dionisia, esto es, el Dios que busca el caminante, es un Dios viajero. Está en la luz que ilumina el mundo, no allende la luz ni al final del camino. Es el Dios que provee la dicha de vivir, que es la del caminar. Es este un Dios que acompaña sin preguntas, sin respuestas; está, simplemente está. Y camina con el caminante que lo busca aun a oscuras. Es esta la razón por la cual el título del poemario podría ser engañoso para un lector poco atento; la oscuridad es paradójica, diría que antinómica, porque a oscuras el caminante camina a la buena de Dios, y esto no es poco, no es mala cosa. La oscuridad se resuelve en presencia, en inmediatez que oculta a Aquel mismo que acompaña a la poeta. Dios acompaña: está ahí en cada gesto, en cada pliegue de la luz. Pero la luz no se atrapa, la luz no se abarca, aquí la paradoja:

Porque al final vences Tú, y aun a oscuras,
acompaña tu ausencia.

¿Cómo puede acompañar la ausencia? Pues sí, acompaña, porque esta ausencia no es una ausencia abstracta, una ausencia de no ser, sino que es ausencia de Dios, que es como decir su Presencia, porque Dios es el que abarca, y como tal, no puede ser abarcado. La percepción del caminante que lo busca es de ausencia, pero cuanto más crece esa impresión, más crece la presencia de Dios. Presencia y ausencia —ecos de san Juan de la Cruz—; Deus absconditus y lejano, y, en cuanto más lejano, más cercano: La luz del día lo certifica siempre ahí. Dios arde en el día, pero los ojos quedan cegados para verlo, pues se deslumbran por la propia luz que de Él irradia:

Dios llega, no lo he visto,
y sé que ardió el presente de sus ojos.

 El caminante registra en sus ojos aquello que acontece, el gesto fugaz de esa luz de amanecida, las luces moradas del crepúsculo, el acontecer radiante del mediodía, la opacidad bruta de los cuerpos, su falta de transparencia, y el paso, aun a oscuras, en la niebla, el transito siempre en fuga hacia ese antes que se convierte en después y termina él también por desaparecer como impresión de la retina, pero no de la memoria.

Pasajeros de un único trayecto,
buscando en los espejos nuestra imagen perdida,
y encontrada también,
porque ya no es posible estar en las afueras.

 Porque la memoria fija, constata, recrea: pone un punto de permanencia allí donde la fugacidad había impuesto su reinado. Cede la niebla al transitar por ella. Sin embargo, la memoria no es de este mundo, no del mundo de los sentidos, sino del otro, de aquel que trasciende a los sentidos. Y por la memoria se recupera el pasado, lo que fue, por ella se sabe que lo que ha sido es y permanece, no de alguna manera, sino fijado fuera del tiempo, evadido de la temporalidad, esa que fue sombra que todo lo diluye.

  
…el corazón se adentra y busca en el recuerdo,
porque ya mi destino es volver la cabeza,
unir el trazo cierto de una pasión andada,
saber que nada llega si el mirar es sombrío.



En Anche se al buio (Aun a oscuras) queda subrayado con especial fuerza el carácter vicario de la existencia humana, la percepción que Dionisia García tiene del mismo. Con un ahondamiento de su mirada la poeta lo siente, y así lo tematiza, como símbolo o analogía pendiente de una resolución de sentido, cuyo carácter fundamental no es sino su propia transitoriedad. El poemario revela de forma sorprendente esta verdad: Lo que acontece, esos acontecimientos sucedidos inmediatamente por otros acontecimientos, no poseen nada en común, salvo el caminante y su mirada, esa que los registra de forma más o menos intensa, de forma más o menos oscura, como vividos o sucedidos. La metáfora, pues, está servida, y la paradoja, y la resolución de esta paradoja. Un tiempo ficticio que se registra en la mirada del caminante y pasa sin pasar, se resuelve cuando esta mirada se eleva y con ella eleva la misma temporalidad hacia el instante que no pasa, que no deviene. Hay niebla en este poemario; una niebla que se efunde, que envuelve, que cobra fuerza, aliento, vida, y termina por desgarrar y disolver cualquier tipo de preconcepción. La zozobra irá pareja a la búsqueda, a la confesión de la nesciencia, y aun así el ímpetu llevará a la pregunta o a la respuesta pura sin pregunta. La plenitud queda diferida, y no obstante se vivencia en el instante como única posibilidad, pues es el solo instante lo que catapulta a lo eterno.
¿Acaso un premio literario puede añadir o quitar algo a un poemario? Pienso que no, no puede; en todo caso lo que sí puede es añadir o quitar algo al propio jurado del premio, ya que es este el que otorga o niega las mercedes. Por eso, a los que llevamos años en esto de la poesía, no nos extraña que Anche se al buio en su momento no ganara el Premio Nacional de Poesía. Da igual, ellos se lo coman: justo por no haber ganado aquel premio el poemario resplandece por sí mismo.



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                                   Jesús Cánovas Martínez©