viernes, 17 de junio de 2016

TRAMO CUARTO: ALMENDRICOS-GUADIX. ¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

ALMENDRICOS - GUADIX
¡UNIDOS POR FERROCARRIL!

AVISO IMPORTANTE: El texto que sigue a continuación lo escribí de una tacada en el otoño de 1989, y con él pretendía dar cuenta de la marcha realizada a través de la vía férrea que comunicaba las localidades de Almendricos con Guadix, clausurada hacía poco por una nefasta decisión política. A los que realizamos tal marcha nos movía, ciertamente, la protesta explícita por el cierre de la línea y la consecuente reivindicación de su apertura. Dicho lo cual, al escribirlo, no pude dejar de darle un sesgo subjetivo y poner de relieve sentimientos que me transportaban a mi infancia. Manifestando que, sin faltar a la verdad de los hechos, lo he retocado infiriéndole pequeñas modificaciones para darlo a los caminos ubicuos de Internet, me hago responsable de las opiniones que en él se vierten. Sin embargo, y a lo que vengo, no puedo asumir responsabilidad alguna acerca de las diversas instrumentalizaciones del mismo que, ajenas a mi voluntad, se hayan hecho o se pudieran hacer en aras de ideologías que escapan —y escapaban— al momento y a las motivaciones iniciales por las que fue escrito, las que ni acepto ni comparto.   

El padre del servidor en el centro, con otros dos compañeros.

            TRAMO CUARTO


            La estación de Zurgena está poblada de salados y cenizos; afloran entre las traviesas, en los andenes, por el suelo, entre los antiguos talleres de máquinas, por todas partes; se enredan, bajo el antiguo y oxidado depósito de agua, con otros matojos indescifrables. La desolación campea. ¡Y pensar que en un tiempo no excesivamente lejano esta estación se llevó un premio por ser la más adornada de la línea!

            Este estado de deterioro en el que están sumidas las instalaciones férreas desencadena en el servidor antiguos recuerdos de infancia, por lo que, teniendo en cuenta que él también ha soportado alguna que otra paliza de sus compañeros de viaje, decide, por su parte, darles la paliza en justa correspondencia:

«Mi padre se hallaba destinado, aquí, en Zurgena, cuando yo nací; el azar lo quiso así. Sin embargo, no soy zurgenero, y por tanto, andaluz. Soy Castellano-Manchego, aunque no me hubiera importado no serlo, ¡qué más da haber nacido en Aragón, Murcia o Andalucía cuando el mundo es tan grande y sale el sol en todas partes! Mis padres, con buen criterio, hicieron nacer a sus tres hijos en el mismo lugar: Hellín, el pueblo de mi madre, y del cual llevo el gentilicio a mucha honra. Esa decisión, en el futuro, nos facilitó no pocos trámites; por otra parte, en aquella época nacíamos con comadrón o comadrona, un poco a la buena de Dios, y no era cuestión dejar que sucedieran los eventos considerados importantes fuera de una pequeña patria.

»Era mi padre maquinista, y, si no hubiera sido por una serie de avatares que no viene a cuento relatar, hubiera yo seguido sus mismos pasos. Eso ahora no importa; lo importante es que piso el lugar donde pasé mis primeros meses de vida; algo de él, por fuerza, debo llevar asido a mi sangre, ésta misma que circula por mis venas, o adosado en algún recoveco de mis entrañas.

»Me crié sobre la rueda de un tren. En Zurgena, aun sin saberlo, me acostumbré a los viajes, y viajes frecuentes: de Zurgena a Albox, el centro comarcal donde estaban los comercios y el mercado, o de Zurgena a Huércal, donde se encontraban los médicos. Y esto sin contar las excursiones a las que, ya no en tren, me sometía mi hermana con sus amigas por ramblizos y caminos de tierra. Sé que estampó en varias ocasiones el carricoche en el que feliz viajaba el servidor, pero el servidor, agarrado a la vida, sobrevivió milagrosamente a aquellos avatares.

»Aunque el primer recuerdo que tengo de mi vida lo localizo en Zurgena —muy curioso, y del que he hablado en un post—, mi infancia en sentido propio no discurrió en esta localidad. La pasé, primero, en Lorca —la ciudad del Sol, de la que tengo recuerdos muy gratos—; luego, en Murcia.

»Viviendo en Lorca, si mi padre no podía acompañarnos por cuestiones de trabajo, era nuestra madre la que nos cogía a los tres hermanos y nos llevaba a Hellín. De Lorca a Alcantarilla —una distancia aproximada de 60 Km— se tardaban dos horas; las paradas en las estaciones eran interminables y la velocidad de crucero adormecedora; de Alcantarilla a Hellín, otras dos horas. Los trenes traqueteaban e iban mecidos por una musiquilla monótona, toc, toc... toc, toc... toc, toc... tracatoc, toc, toc… toc, toc… Y así fue hasta que los adelantos impusieron el raíl continuo, ya en una época —en la década de los 70 del siglo pasado— en que las máquinas funcionaban con fueloil y la tracción Diésel había sustituido definitivamente al Vapor. Sin embargo, aquella imponencia de las máquinas de vapor, su estética de hollín y carbón, aquella apostura de rigor y fuerza, nunca la consiguieron las nuevas máquinas diésel, aun tremendas; las de vapor —pienso en las Mikados— eran auténticos símbolos de poder, dragones de hierro que vomitaban humo y fuego.

»Me peleaba con mi hermano por ocupar el asiento de la ventanilla —mi hermana, mayorcita, no le gustaba entrar en nuestras peleas—, y el alboroto que armábamos llegaba a ser explosivo antes de que las gesticulaciones de manos de nuestra madre impusieran un dulce orden.

»Montados en el tren, en el instante mismo de ponerse en marcha, nos entraba hambre. Un hambre compulsiva, voraz.

»—¡Si no puede ser! ¡Si acabáis de comer! ¡Si no podéis tener gana! —protestaba mi madre.

»Daban igual sus protestas, allí había que sacar los bocadillos, la tortilla o el tomate con conejo de la fiambrera. La suave y razonada negativa de mi madre perdía poco a poco consistencia ante la urgencia de la voracidad de la camada, limitada al puro hecho de comer por comer.

»Aquel arrullador vaivén, ese traqueteo continuo y monótono, debían de producir el milagro, y los niños comíamos sin remilgos y devorábamos las viandas con fruición. El hecho es que los tres hermanos nos aplicábamos en terminar el primero el condumio sin el acicate de amenazas o el recurso a las promesas incumplidas, tan socorrido en las generaciones posteriores de niños.

»—¡Cuidado con las carbonillas! —gritaba ahora nuestra madre ante el tumulto de cabezas que reñían en la ventanilla por ver más paisaje.

»Qué cuidado ni qué gaitas... Mi madre, sufrida, por turnos nos soplaba en un ojo o en el otro. El desgraciado al que le había entrado la carbonilla tenía para largo, pues el resto de los hermanos también le prodigábamos cuidados y soplidos con largueza, con una generosidad difícilmente pensable en el alma infantil.
 
Estación de Hellín, año 1953, el servidor todavía no había nacido. Grupo de trabajadores de la estación. Algo se celebra pues el que tiene traje lo lleva puesto, y el que no sólo la chaqueta o la camisa bien planchada. Según miramos, el primero por la derecha es mi padre, con traje y corbata, el tercero, con gorra, mi abuelo materno, el papá Paco, y la niña mi hermana Magdalena que según cuentan era de abrigo.
»¿Y el revisor? ¡Qué miedo nos daba! Con aquel bigotito, típico de la época, y el uniforme azul con botones dorados y gorra con visera; parecía un hierofante, que era casi religioso el acto solemne de picar los billetes.

»Ocurría con frecuencia; mi madre era pegona con ganas y tiraba a menudo de zapatilla o de caña de escoba, la que solía rajarse tantas veces en nuestros costillares, sobre todo en los de mi hermano, el más chico, que no paraba de hacer una trastada detrás de otra y era lo que hoy dirían los psicólogos un niño hiperactivo. “No se puede estar quieto ni un momento”, recuerdo haberle oído a mi madre. Pero en aquella época ni siquiera sabíamos que existía eso, los psicólogos; así que en vez de utilizar palabras técnicas para nominarlo, lo llamábamos Lombrijo, o Lombrijín en tono cariñoso, porque también estaba seco con ganas, aparte de que cogía infecciones de lombrices con relativa frecuencia y luego las transmitía al resto. En comparación con mi hermano, me situaba yo en las antípodas, y mi madre en sus ratos de inspiración me llamaba Samugo, Cara Ancha, Tarugo, cosas por el estilo, y me echaba fama de cabezón y de matarlas callando. Mi madre se enfadaba por cualquier nimiedad. La cosa empezaba con mi hermana; discutían las dos a saber por qué, cosas de mujeres, de adecentamiento de la casa, de limpieza, de ropa y temas semejantes, y mi madre pasaba a llamarla Avión —“Avión, que eres un Avión”, le decía, exasperada y a gritos—, Almorchón, Avechucho y otros epítetos extraños que curiosamente comenzaban por la vocal “a”: Aligustre, Alimoche, para seguir con los ejemplos. Mi hermano y yo nos partíamos de risa; no podíamos contenerla. Espectadores fortuitos de aquellas trifulcas, enseguida pasábamos a imitar a nuestra progenitora, a hacerle muecas, sobre todo el chota de mi hermano; ella, rápida, se apertrechaba con la caña de escoba y tiraba para nosotros. Las caricias en los costillares duraron mientras que pudo la pobre, porque en el momento que la rebasamos en estatura, quizá un poco antes, la parábamos en seco, le cogíamos las manos y le quitábamos la zapatilla o la caña de escoba y, con la pobre mujer asida, nos poníamos a bailar algo improvisado.

»—¡Venga, Magdalena, baila!

»La gracieta aumentaba nuestra hilaridad.

»El sorpasso a mi padre ocurrió de forma diferente. Ahora, cuanto más me distancio de su muerte y los años pasan imparables, mi cariño por él se acrecienta. Recuerdo sus manos, las pobres manos de mi padre, cansadas de trabajar desde los trece años. Nada más comenzada aquella guerra incivil y fratricida que dejaría tantas heridas difíciles de restañar, mi padre le dijo a mi abuelo que no quería estudiar y prefería hacer bombas en una fábrica de guerra, y mi abuelo, que era de genio rápido, sin pensarlo dos veces lo pisó y lo tiró por unas escaleras abajo. Al día siguiente le trajo un mono para que se lo pusiera, y lo mandó a la fábrica. Y desde entonces aquellas manos de mi padre trabajaron duramente sin descanso, sufriendo penalidades y hambre, aquellas manos que tuvieron que endurecerse para poder sobrevivir. Terminada la guerra, con mi abuelo en la cárcel, a los diecisiete años subieron a una máquina para echar carbón en la caldera y sacar adelante así a la familia. Manos duras de trabajar el carbón y el fuego; una de ellas deformada después de soltarle un directo a la mandíbula a un impresentable —Monedero se llamaba, y vivía en el nº 5 de la colonia de las Casas de la Renfe, en la carretera de Patiño, junto a las Calderas del Gas, en Murcia—. Recuerdo vérsela vendada durante una larga temporada. Cuando le sobrepasé en altura y me convertí en un zángano que se alimentaba a sus expensas, le decía:

»—¡A ver, estira esas manos que trabajan, papá!

»Y mi padre las estiraba.

—¿Por qué ésa no la pones derecha como la otra? —le preguntaba yo, señalándole la mano deformada.

»Y mi padre respondía:

»—No puedo Jesusico.

»Este era mi padre, mi viejo, quien, cuando vivíamos en las casas baratas de Lorca, muchas mañanas salía a hacer yoga al patio para que las vecinas apreciaran su cuerpo atlético.

»Tengo vivo el recuerdo, nublados mis ojos por el humo y el sueño...»

El servidor, con seis meses. Por aquella época viajaba con cierta frecuencia por el "Ferrocarril del Almanzora".
Me cortan los compañeros, pues comenzaba a ponerme sentimental y no era cuestión. Con unos cuantos kilómetros por delante, ¡ya estaba bien!

Hablando de otra cosa, le debería preguntar a Miguel Losilla cómo puñetas quiere que haga este relato. ¡En menudo lío me ha metido! Me siento confuso... ¿Se está alargando demasiado el palabrerío o no?... ¿Quiere Losilla un relato técnico o sentimental? ¿Tengo que insistir en el tono narrativo, en la descripción, o prefiere el señor que derive hacia el panfleto y el incendio?... En cualquier caso, mi bombilla no da para más. Por eso, a partir de este momento, voy a darme prisa y resumiré anécdotas, y si algún lector quiere detalles en otra ocasión —mejor delante de una cerveza fría— le daré cumplida cuenta.

                                                           (continuará...)

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