viernes, 6 de noviembre de 2020

POR UN PAQUETE DE CELTAS

 

POR UN PAQUETE DE CELTAS

JUAN GIL PALAO

(Con prólogo de Francisco Javier Illán Vivas e introducción del autor)

EDICIONES IRREVERENTES S.L., 2019

 

 


Por un paquete de Celtas lo constituyen quince cuentos cortados a bisel, duros, broncos, de una esencial crudeza, acorde con el tema que tratan: la violencia en general y, con especial relieve, la violencia de género y doméstica; al hilo, Juan Gil Palao, aborda una serie de problemáticas colaterales en que el binomio amor/desamor adquiere una inusitada patencia. Si este es el fondo, la forma de la escritura se le acomoda como un guante al adquirir el tono de un realismo sin concesiones.

Paso a dar unas pinceladas sobre el libro, según las impresiones que me ha dejado su lectura.

 Lo primero que echo de ver es que en todos los cuentos se desprende una suerte de moraleja, una enseñanza para la vida o advertencia para caminantes, que bien harían si se detuvieran un momento y la ponderaran debidamente. En este sentido, Por un paquete de celtas cabría encuadrarlo en el género apológico, pues al terminar su lectura da la impresión que todo él en su conjunto apunta a la enseñanza que el autor quiere transmitirnos.

Desde esta perspectiva, los dos últimos relatos, aunque cada uno de ellos tenga su moraleja o enseñanza particular, me parecen conclusivos de la totalidad del libro, ya que en última instancia invitan a aprovechar los instantes de la vida que se escapan como granos de arena entre las manos.





En el penúltimo, cuyo título ya es bastante significativo, La vida fue un soplo, se nos invita a vivir bien la vida, a llevar una vida buena, plena, intensa, porque el tiempo pasa y no vuelve hacia atrás; por eso hay que actuar desoyendo cualesquiera tipos de estrecheces mentales, porque si en un momento determinado no se toma una decisión fundamental y se articulan los medios para llevarla a cabo (con especial relevancia si se trata de declararse a la persona amada), quizá sea tarde después y lo único que se pueda constatar sea el propio fracaso vital.

Ahora bien, si la vida es un soplo e indefectiblemente pasa, ¿cómo vivirla de un modo correcto? Esta es pregunta importante que el autor aborda en el último relato, Cabeza de chorlito (y supongo que, al ordenar el libro, Juan lo ha puesto en ese lugar a conciencia), el cual, dicho sea de paso, es uno de los más emotivos. En él aparece la figura del abuelo, tal y como la recuerda uno de sus nietos; a la par de una reivindicación del valor de la ancianidad, el relato está traspasado por una contenida emoción, un recuerdo, íntimo y entrañable, del abuelo y de los días ya idos para siempre, aunque de alguna manera intactos en la memoria y el corazón de quien escribe.

 

Mi abuelo es una de las suertes que la vida me ha dado, siempre me ha marcado mucho, y aunque se haya ido, para mi sigue viviendo, porque está siempre en la memoria y en el recuerdo, lo mismo que mi abuela, que le precedió unos años antes.

El paso de la vida es continuo, el tiempo implacable y los años pasan, más rápido cuanto más edad cumplimos. Y crecemos, y maduramos, y envejecemos sin darnos cuenta, despertándose recuerdos que parece que sucedieron ayer.

 

¿No parecen reminiscencias biográficas? Es de notar que de este abuelo no se dice el nombre, con lo que el autor resalta así su cualidad de arquetípico. Es el abuelo de todos los abuelos; un abuelo que, en definitiva, recordará al del lector si tuvo la suerte de tenerlo. Pozo de sabiduría para el nieto, con la trasmisión de una visión del mundo y, concomitantemente, de la serie de experiencias y tradiciones que conlleva, le inculca la virtud de la ponderación, tan necesaria para el buen vivir: ese juicio equidistante entre las cosas y los acontecimientos que no obedece sino a la bondad aquilatada por los años. El mejor sentido del término medio es una mirada buena sobre la gente y la naturaleza con que se apuntala el saber vivir, imprescindible para alcanzar la vida feliz. La Felicidad con mayúsculas posiblemente no exista en el mundo, aunque sí la felicidad con minúscula, humana, asequible a cada uno de nosotros en el sentido más aristotélico del término, y esto mismo es lo que Juan Gil Palao quiere evidenciar.



 No obstante, para llegar a esta sabiduría de vida y comprender la enseñanza que se desprende del último cuento, quizá debamos leer el libro y transitar por sus páginas en las que se nos van ofreciendo, de una u otra forma, las caras del desamor. Porque a mí entender o, por lo menos, en mi lectura, el autor incide en este desamor de manera obsesiva, y en el dolor y sufrimiento que produce, circunstancia quizá necesaria para poder llegar finalmente a la valoración ecuánime de la vida, y ponderar en sus justos términos eso que llamamos amor, que para Juan Gil Palao, adelanto, no es la ilusión placentera o emocional del momento.

Tal vez el cuento más bronco de todos, con las aristas más cortantes, sea el primero, sin lugar a dudas puesto a propósito en el inicio y que da título al libro: Por un paquete de Celtas. Con toda su crudeza, el autor nos muestra una familia desestructurada, donde siempre planea la amenaza, el grito y la posibilidad del maltrato no solo psíquico sino físico. Un padre violento que maltrata a su mujer y a sus hijos, envía a su hijo adolescente a que le compre un paquete de Celtas. El muchacho compra el paquete, pero algo le pasa por la cabeza cuando decide no volver a casa; de tal forma inicia una vida en solitario. Podría terminar aquí el relato, pero al lector le esperan una serie de vueltas de tuerca. Después de una serie de avatares, de una vida de trabajo, y de llegar a una estabilidad y solvencia económica, este muchacho, ya hombre, encuentra a la mujer que cree será su compañera para toda la vida. La sorpresa para él, y para el lector, es que esta mujer debido a su inestabilidad, tal vez debido a problemas de tipo psíquico, comienza a maltratar al protagonista hasta el punto de que la vida entre los dos, en la familia, pues ya han llegado los hijos, se hace insoportable. Los esquemas se repiten, pero por una especie de ley del espejo, a la inversa. Si antes su padre fue el maltratador; ahora cogerá las tornas su mujer, que le hará la vida imposible. Y nueva vuelta de tuerca: deriva este infierno en una falsa denuncia cursada por la mujer, asesorada por una abogada, al protagonista, con la consecuente detención de este. Por si fuera poco, no se le supone la presunta inocencia, sino que es él quien tiene que demostrar su no culpabilidad, con el consiguiente desgarro psíquico que esto le conlleva.

La enseñanza se desprende por sí sola, en la que no quiero insistir y dejo a la consideración del lector; aun así, y puesto que Juan Gil Palao invita a ello, no puedo dejar de lanzar unas preguntas: ¿Es correcta la actual ley de protección de la mujer (una discriminación positiva), que por otro lado no evita la violencia y las muertes de mujeres? ¿Más que un tratamiento judicial, y ya que son personalidades trastornadas las que protagonizan estos hechos, no cabría abordar estas problemáticas de otra manera, me refiero con la intervención del psicólogo o el psiquiatra? A este hilo resalto, tal y como hace el autor, que los maltratadores poseen una personalidad desequilibrada; sin embargo, habría que concluir que las víctimas, por no rebelarse y asumir el papel de víctimas sin más, también. Profundizar en esto sería entrar en un tema escabroso como el del sadomasoquismo. Los maltratadores, por lo general, tienen dos caras: la que ofrecen al público y la que ofrecen en casa: la que ofrecen en casa es la de la violencia y falta de respeto. Las víctimas suelen ser seres frágiles, obedientes, débiles, y lo último que están dispuestas a admitir es lo que les está ocurriendo; por eso fácilmente desoyen los consejos de familia y amigos.

Como si se reflejaran unos en otros, como si siguieran esa suerte de ley del espejo, se van desprendiendo y sucediendo los relatos del libro. Si en Por un paquete de Celtas, el resultado podríamos considerarlo casi feliz, porque el protagonista logra rehacer su vida, no sucede lo mismo con el siguiente Asturias, patria querida, que termina con un suicidio.



Son temas candentes los que se tratan, pero el del desamor siempre se significa de forma cruda; lo cual, como reverso, y como he dicho antes, lleva a ponderar de manera indirecta lo que sería el amor, el verdadero amor. De forma magistral el autor incide en el amor de pareja, el de un hombre con una mujer, en varios de sus cuentos. Aunque la ironía parece ausente en el libro, me ha parecido detectarla en el relato La novia de Braulio y, más aún,  en el que lleva por título Princesa. Me centro en este último. ¿Qué sucede cuando a una niña desde bien chiquitita la llaman princesa y le muestran un mundo que se pretende de color rosa? Que se lo cree. Se siembra así la simiente del fracaso. Cuando llega a mujer, la princesa se casa con lo que creía su príncipe azul, pero, resulta, que el príncipe no tiene nada de azul y menos de príncipe… y ese matrimonio deriva en un fiasco. El contacto con la realidad es durísimo. Aun así, Juan Gil Palao, por lo general, no quiere dejarnos con un mal sabor de boca y los protagonistas de sus relatos de algún modo rehacen su vida. La Princesa encontrará al hombre que la hará feliz, que ya no es un príncipe azul, sino sencillamente un hombre que  la quiere, la aprecia y la respeta.

Por último resalto la concepción que el autor tiene del amor, que hace especialmente explícita en el cuento que titula Amor virtual. Para Gil Palo el amor no consiste en una idealización de la relación de pareja y vivir en las nubes; el verdadero amor, para él, tiene un sentido práctico. De este modo, valora en sus personajes, a la par, la doble capacidad de rehacerse y de trabajo. Y, enlazando con lo dicho anteriormente, patentiza de forma unánime el axioma que se podría enunciar del siguiente modo: es necesario saber vivir para poder amar, y viceversa, quien ama necesariamente ha aprendido vivir. Los personajes de los cuentos que encuentran la dicha, o son prácticos o, a fuer de descalabros afectivos, se convierten en prácticos. Para el autor el verdadero amor tiene un tinte antiromántico porque es el que toca tierra en el día a día; es aquel que reconoce las heridas o errores del pasado, pero los siente como pasados; es aquel en el cual se comparten anhelos y esperanzas, pero también los problemas cotidianos con voluntad de afrontarlos y seguir adelante.

 

Llegó de inmediato la convivencia, el día a día, la intimidad, y el sexo de forma cotidiana. Se conocieron entonces en sus defectos, en sus miedos, en sus manías, en sus rarezas, en sus miserias, en sus partes negativas, en sus enfados y en todas sus conductas. Conocieron sus diferencias. Superaron todas las barreras, y supieron quererse. Comprendiendo que eran compatibles para pasar juntos el resto de sus vidas y reflexionando en que tal vez las cosas no pasen por casualidad sino por algo más lejano a lo imaginable.

 


No debo desbrozar más este libro, vivo y directo, casi ofensivo en algunas ocasiones; en otras, tierno y de gran dulzura. Tal cometido lo dejo al lector que seguro encontrará un auténtico placer en ello.

Juan Gil Palao trabaja en los juzgados de Yecla, es tramitador profesional y ha asistido a tomar declaración a numerosas personas que han pasado por las situaciones no del todo idílicas que aquí relata. Una experiencia vital y profesional, por tanto, corrobora la veracidad de sus cuentos, que son realistas al extremo y, desgraciadamente, en el día de hoy siguen ocurriendo con demasiada frecuencia.

Señalo, por último, que Por un paquete de Celtas fue galardonado con el X PREMIO INTERNACIONAL VIVENDIA VILLIERS DE RELATOS.

 

                                             Jesús Cánovas Martínez@

                                               Filósofo y poeta

                                               Ad astra per aspera

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