viernes, 15 de noviembre de 2013

SEÑALES

SEÑALES
DIONISIA GARCÍA



Posee la poesía de Dionisia García, en general, un sentido cósmico y, diría, hasta metafísico. Claramente se evidencia en Señales con la distinción entre dos mundos. Estos no hacen referencia a la partición platónica entre topos uranós y topos aiszhetós; tampoco, en orden a la tríada popperiana, a los mundos 1 y 3; la dicotomía que nos presenta Dionisia García alude más bien a la antigua división sofística entre nomos y fysis. Ahora bien, en contraposición a los sofistas, nuestra poeta no resalta la importancia del nomos frente a la fysis, sino que sucede justamente al revés. Un mundo, el real, es el de los objetos, los paisajes, las puestas y salidas del sol; el de la naturaleza, en definitiva. Otro, el de los hombres, el del azar humano y sus contingencias, es un mundo ilusorio, en tránsito, falaz, llamado a la decrepitud y a su conversión en polvo y ceniza, donde finalmente señoreará el olvido. Existe una fuerte confrontación entre estos dos mundos señalados, pero será uno de ellos, en la consideración de nuestra poeta, el que resulte vencedor, y, por tanto, asuma la condición de verdadero: el mundo de la fysis. Sin embargo, todo sería demasiado sencillo si realmente fuera así, pero no lo es, pues la fysis solo puede acceder a condición de verdad o realidad bajo el presupuesto de la mirada humana. La interesante apuesta de Dionisia García consistirá en elevarse, a modo de ascesis poética, desde la contemplación del falaz mundo transitorio de la acción humana y la concomitante reivindicación del mundo de lo natural, también sometido al paso, a un mundo de pura contemplación donde la misma vida humana quedará iluminada por la adquisición de sentido. En Señales Dionisia García reivindica, por consiguiente, no tanto una interpretación como un modo de estar en el mundo, contemplativo, análogo al bios theoretikós aristotélico.
Fuerte es esta contraposición entre los mundos; nuestra autora es plenamente consciente de ella y así nos la quiere transmitir de forma poética, aludiendo tanto a la inteligencia como al corazón. Vengo al poema Ante lo transitorio, donde con fuerza aparece esta dicotomía. Dionisia se detiene en la belleza de la mar que nadie contempla, en la luna saliendo entre el escenario impávido de las nubes para alumbrar esa mar nocturna y silenciosa... La mar, la luna, la oscuridad, la luna meciéndose sobre las aguas en la noche oscura: todo alude, simbólicamente, a un claustro femenino, a una gran matriz de la que puede surgir cualquier forma, a ese sustrato informe previo a cualquier emergencia, un mundo silente donde es posible el milagro… y la vida. Pero si esa pasmosa verdad queda reflejada en la primera estrofa del poema, casi de forma irónica si no rozara lo patético, la segunda comenzará de este modo: Mientras tanto, los hombres/ se entretienen y buscan/ en ciudades de llanto. Aun sabiendo que su pasar no es duradero, los hombres se entregan a los afanes ridículos de los días; saben que son transitorios, pero se agotan en el rebullir de una vana y continua agitación.
¿Hay una redención posible para el hombre, para este hombre de nuestro tiempo de sombra, malvado, ciego y práctico? Sí. Se hacía Cernuda, en El ruiseñor sobre la piedra, la siguiente pregunta: Ante una sola hoja de hierba/ qué vale el horrible mundo práctico y útil/ vómito de la niebla y el fastidio. Parece que Dionisia García también la hace suya, la medita y la resuelve de igual modo al poeta sevillano. Sin embargo, Cernuda propicia la respuesta en la misma formulación de la pregunta; Dionisia, no. Por el contrario, hace explícita su respuesta con una mostración de las señales de un tiempo que de alguna manera pugnan por ser rescatadas, y, por su rescate, ese mismo tiempo. Porque las señales significan eso, las huellas, los vestigios del paso del hombre; pero también, por su polisemia, los signos o maravillas que registran y anotan lo admirable de ese paso. Una sola y frágil hoja de hierba vale más que todo el mundo práctico, pero solo vale en cuanto alguien la reconoce en su valor inmarcesible. El poeta (en este caso, la poeta) es quien la registra y eleva sobre la horizontalidad del tiempo, con una atenta mirada en la que planea, por su ascesis, el roce de lo místico: la hoja de hierba no pasa y fenece, sino que perdura en el instante que no deviene; en sí misma permanece porque simplemente es. En Lectura de un paisaje, poema dedicado al pintor Pedro Serna, Dionisia, metida en la piel del artista, viene a indicar que, tras el arduo empeño de acomodar la mirada al paisaje para que le siga luego el ligero pincel y la acuarela, al fin, la realidad cede sus luces,/ llevadas al color desde su hondura. ¿Qué ha visto, pues, el pintor? El pintor ha captado la otra realidad allende la realidad, por eso la misma realidad queda transfigurada: Ha visto las bondades de otro mundo/ y vuelve la cabeza, celoso del milagro.
Con un telurismo ameno, una dulzura en el verbo, una serenidad concisa junto a una fuerza y justeza en la palabra, insistirá nuestra poeta: El tiempo no camina, asciende en su quietud./ Transita sólo “el tiempo de los hombres”,/ sus locas bagatelas. Magnífico ritmo de serenos alejandrinos como pórtico del poema Pasajeros, cuyo título ya ilumina el fondo de su temática: esa dicotomía que traspasa el poemario como un eje fundamental de sentido. Somos los pobladores transitorios,/atisbos de ilusión en años ya prescritos, volverá, con insistencia, a recalcar la autora.

El tiempo no camina, es decir, no pasa como el punto que recorre una línea o el hombre que deambula por un sendero; el tiempo, propiamente, no tiene un sentido horizontal, y esa forma suya del antes que se convierte en después puede ser de algún modo conjurada: el tiempo asciende en su quietud. ¡Qué forma más bella de expresar, frente al antes y el después, la presencia del ahora! Sí, del ahora, puesto que el ahora es lo realmente existente, y lo único que puede asir, en su sorpresa, nuestra mirada. Ese ahora maravillado, ese momento presente que registramos con el pasmo quizá de una tremenda belleza, es lo que hace ascender el tiempo en su quietud. Supone un instante, por imposible, paradójico, y, aun así, auténtico y real, pues solo en él se pueden rescatar, entre las sombras que ahogan a la humanidad en su conjunto, los claros de una época; en este caso, los de la nuestra: ...sí el asombro/ ante ese mismo mundo, ensombrecido hoy,/ que pide de nosotros una nueva primicia/ y rescatar los claros de una época. Rescatar los claros de una época... la belleza o bondad, también la verdad, que una vez existió y, junto a ellas, con ellas, el sentido de la eternidad.
Mas si esto es así, si de algún modo podemos rescatar el sentido de lo eterno, ¡qué inútil entonces la tristeza! En el poema programático de Señales ya nos alerta Dionisia sobre el hallazgo de tal verdad, y lapidariamente lo concluirá con el apotegma: Para el ayer el llanto. Porque la tristeza, para el hombre que eleva su mirada, y se eleva al elevarla transformando su ser, no hay nada más carente de sentido que la tristeza, ya que todo es entonces celebración de la luz y de la misma sombra transfigurada ahora en esa luz. Se refrenda esta idea en el último poema del libro, Seguridades, con total lucidez: Los días se detienen si te acercas y cantas,/ si quieres recibir el natural prodigio. Hoy la tarde se detiene con sus dones... Principio y final; enmarque contemplativo de la mirada donde aparecerán, sucesivas, las señales de una época, ellas mismas transfiguradas por el ser que previamente se ha transfigurado para poder mirarlas. El mundo de los hombres, falaz, transido de miseria y de dolor, y el otro, el natural, y también fugaz, purificados en la mirada, vendrán a ser verdaderos.
Señales nos propone una mirada de madurez en la que serenamente se registra ese fluir de las cosas o de la historia: esas impresiones que han marcado algún instante con la belleza o la alegría, con la tristeza o el desconsuelo. No es extraño, por consiguiente, que el número de poemas que lo componen sea el de la edad jubilar: un poema de apertura, que supone una declaración de intenciones, y otro de cierre o epílogo, como balance o condensación de lo ganado; en medio, dos series de poemas, cada una de veinticuatro poemas, Sinfonías quebradas, donde abunda tanto la denuncia social como el pasmo ante la crueldad y la injusticia, y, Archivo inédito, donde la reflexión y el sentido de lo pictórico (pues no hay contemplación posible si no existe este sentido) ganan la mano al dolor. La denuncia social se centra en la mostración de la injusticia y, concomitantemente, en la reivindicación del débil, sea el niño (en poemas tan cargados de emoción como Los zapatos, Primer trabajo o Telares, el que me llega especialmente), el anciano (Daño impune, Clandestinos), el emigrante (Cercos) o la mujer (Maternidad, Voces posibles); se evocará a la gente anónima, pero también a los paisajes y los amigos, a los escritores a los que se les reconoce una deuda, y la madre tendrá un lugar especial en Mensaje. Los motivos se suceden como estampas, como las hojas de un álbum, pues la autora quiere fijarlos en el recuerdo, en la permanencia, como unas señales o faros que indiquen su propio acontecimiento. Al final, no todo habrá sido vano; mientras haya un solo hombre que recuerde la historia de los otros hombres, la de aquellos que ya pasaron, esta puede ser rescatada. Apunta de esta manera el poemario a una memoria que no es la meramente biográfica, sino la colectiva de la humanidad: a un archivo en el cual se registran y quedan las señales. Este archivo supone una segunda memoria que filtra los sucesos y los fija, recogiendo de ellos lo importante y desechando lo superfluo, para que todos los hombres, pasados o futuros, puedan allí reconocerse y, por consiguiente, comunicarse.
El ahora del instante nos redime del paso transitorio y nos asciende hacia la contemplación; se intensifica el tiempo, y, de algún modo, al intensificarse, se diluye, pues si el hombre puede alcanzar algún atisbo o señal de eternidad es en ese mismo instante del ahora que asciende en su quietud. Alguien ascendió una vez a la contemplación, y al registrar la impresión del momento, no ya en su memoria individual, biográfica, sino en una segunda memoria colectiva, nos asciende a los demás hacia su misma contemplación. Así se alcanza el sentimiento de eternidad que le es permitido al hombre. Y no hay más. El instante no dura, no pasa: es eterno.
Dionisia García registra y deja en esta obra una serie de señales para que otros las recojan y se alumbren; acrece el archivo inédito de la segunda memoria para que lo humano quede de esta forma redimido, o lo pueda. El tiempo se adensa y cobra vigor, tanto, que se desplaza a sí mismo en el propio intento, en el cual se fija y se detiene. Pero si el tiempo se detiene, revierte en sustancia del espacio, se eterniza y queda como estampa de una impresión que ya nunca desaparecerá:

Venturoso poder presenciar el instante
y disfrutar con creces su refugio.
Posible que las horas te parezcan distintas
y ayuden a templar el cansancio y los límites,
que no han de ser motivo de tristeza,
más bien digna cordura en el empeño.



Todos los derechos reservados.
Jesús Cánovas Martínez©




martes, 12 de noviembre de 2013

PRONTUARIO FILOSÓFICO DEL HOMO HEILDELBERGENSIS



PRONTUARIO FILOSÓFICO DEL HOMO HEILDEBERGENSIS (SIC)
ANDRÉS SALOM



Desde hace algún tiempo se me ha metido en la cabeza la idea de que el tiempo (valga la redundancia) es una ficción. Siempre, y este siempre se cumple como una necesidad, queda lo que queda, hasta el punto de que eso que queda lo tenemos ahí para rescatarlo de algún modo, esto es, permanece para quien quiera echarle la mano y alcanzarlo.
La Puerta Falsa fue durante la década de los 90 del siglo pasado algo así como la catedral murciana de las letras, y todo poeta, novel o consagrado, que se preciara de serlo terminaba por arribar a sus lares para leer o recitar, según fuese más o menos declamador o no, los ínclitos poemas de los que se confesaba autor. ¡Qué cosas! Un poeta oscuro se allegó por aquel antro catedralicio; este era un servidor. Hará casi la friolera de veinte años (¡y no es tal lapso menos que una gota de agua en el océano de la eternidad!), que allí vine a presentar mi Kyrie Eleison.
Luchar cuando de antemano sabes que vas a perder produce vértigo, pero despierta sensaciones que rayan el placer o el dolor, demasiado excitantes como para eludir la lucha. ¿Masoquismo? Esa es la explicación que darían los simples. Se despiertan tales mecanismos, se disparan tanto las emociones y las ideas se arremolinan con tal fuerza, que el corazón y la cabeza quedan al borde del shock. Ni el puenting, créame aquel que esto lee. Presentar un libro de poesía religiosa en un lugar donde escaseaba hasta el delirio tal tipo de muestreo poético, de entrada, suponía una osadía o, quizá, una imprudencia. Pues mira que allí que me llego con unos poemas escritos durante la realización del camino de Santiago, a los que finalmente les había dado forma de libro en el Desierto de las Palmas, convento carmelita a ocho kilómetros de Benicasim.
Andrés Salom, veterano de guerra y por aquel entonces muy activo en esto de las lides poéticas, había establecido la loable norma que se enunciaba sucintamente como Acoso y derribo al presentador, y era cumplida hasta la muerte del susodicho. No importaba tanto lo que se leía, quién lo leía o cómo; importaba, por el contrario, desmontar las lindezas que el presentador, a modo de flores, había dedicado al presentado; así caían, con un mismo y certero golpe, los dos. Llegué a ver colear, después de rematados tras la diatriba, a algunos chulillos, tanto, que en vez de dar las gracias por la importancia que se les había concedido, desaparecían con un portazo para no volver jamás. El escalde había sido de abrigo. Hacer de presentador en La Puerta Falsa llegó a ser una hazaña propia de un héroe, temeridad que a su vez redundaba en la captación de un mayor público deseoso de ver la sangre derramada.
Aquella vez no fue así. Tuve mi público, comedido y atento; quien me presentó lo hizo de manera esmerada, profunda, y diría que hasta excelente. Pero no aludo al encomio del Kyrie como a la que se desencadenó después. El vértigo llegó, ¡y cómo!, salvaje y anarquista. Allí se puso en mi contra, contradiciendo flagrantemente la norma establecida, hasta el presentador. Recuerdo aquellos momentos intensos con gran placer… ¡Qué dialéctica! ¡Qué entrechocar de espadas! ¡Qué golpes en los escudos! ¡Un lanzazo por aquí, otro por allá!... ¡Una maravilla! La suerte fue que yo era uno y ellos eran todos los demás.
Recibí hasta en el carnet de identidad. Pero cuando mi vida la daba por perdida y esperaba el golpe fatal que me llevara a la definitiva muerte literaria, dos escudos inesperados se interpusieron para desviarlo; quedé derribado en la arena, pero no liquidado, y esto muy a pesar de la jauría mordiscosa que tenía encima. El primer escudo fue el de Juan Gregorio; el segundo, el de Andrés Salom. Juan Gregorio sacó un trapo a modo señuelo para desviar la atención de los perros, y estos, burlados, echaron a correr detrás de él. Fue entonces cuando Andrés Salom vino a susurrar por lo bajini sentencia con la que dar, finalmente, por zanjada la cuestión: «Jesús es un provocateur». Tras definición al uso, el apaciguamiento pues. Les estoy agradecido a estas dos generosas y valientes almas, y pasado el tiempo, que como queda dicho es un suspiro o menos, me reitero, ya que tengo un carácter de los que no olvidan, por fortuna para bien.

Algún día hablaré de Juan Gregorio; ahora lo voy a hacer de Andrés Salom. ¡Y qué mejor para ello que traer el Prontuario filosófico del homo heildebergensis! Leo en sus primeras páginas una dedicatoria: «Para Jesús, poeta y filósofo, amigo y contertulio. Con un abrazo». Y recuerdo las palabras que siguieron a la entrega: «Es el libro de poesía que más he vendido. Debido a su título la gente cree que es de antropología, a pesar de la errata».
El Prontuario es un libro curiosísimo, y en la obra poética de Andrés Salom supone un hito especial. Lo introducen un prólogo del profesor Pozuelo Yvancos y unas Reflexiones autobiográficas (ya una pista de lo que sigue) del propio Andrés, que comienzan de este modo, en mayúsculas: El autor se mira en el espejo de esta que acaso pudo ser poesía, y tras breve meditación, solo se reconoce en sus impulsos primarios. Hablemos, por tanto, de la breve meditación para entender los impulsos primarios de su autor.
Quizá poner orden en el arte de Urania suponga algo así como ensayar una clasificación de los animales tal y como Borges la encontró en una vieja enciclopedia china. Tal intento puede llevar a la confusión o al barullo, pues las hay para todos los gustos, desde las más o menos sancionadas por la crítica hasta las que están en estrecha dependencia con las particularidades de cada lector. Sorprende, pues, a cualquier aficionado al arte mencionado, que producciones tan dispares como las de Góngora, Paul Eluard, César Vallejo, Fernando de Herrera, Rimbaud, Pemán o Campoamor, salvando sus formas versales, tengan todas el denominador común de ser admitidas como poesía. De cara a este hecho, piensa Andrés Salom, que, por cortesía, cada poeta debería declarar en el inicio de sus libros qué tipo de estética es la que adopta; con ello, si es cierto que se fomentaría más la confusión, sin embargo, no se engañaría al lector, pues este, tras la lectura del prólogo, emplearía su precioso tiempo en practicar el tipo de lectura que realmente desea. Esta opinión no deja de ser hasta cierto punto optimista, pues nuestro autor está implícitamente admitiendo que el lector ya ha asumido un tipo de estética y, en consecuencia, ha adoptado una determinada preferencia. Que un lector sea más o menos maduro, supone que ha pasado por muchas lecturas y el gusto se le ha afinado, no de manera a priori, sino en base a una experiencia contrastada; y aun así, el lector curioso siempre estará abierto a las nuevas posibilidades que le ofrece ese reino de libertad expresiva que es la poesía.
 Pero a los poetas les interesa la discusión estética; tarde o temprano abocan a ella, y Andrés Salom no iba a ser menos. Desde su madurez, pues, propone una nueva clasificación de la poesía, atendiendo no tanto a su forma o pretensiones, como a la psicología del lector y al impacto que el poeta pretende en dicha psicología, eso sí, sin perder el sentido dialéctico de la tipificación. En primer lugar, está aquella poesía que para su comprensión o disfrute basta con una actitud pasiva del lector u oyente; el autor es el que propone, el lector se deja conducir. Como antítesis a este primer tipo, está aquel otro que exige una actitud activa por parte de su receptor; el autor, por tanto, oculta sus motivos o sugiere únicamente para que el lector construya el significado. La primer tipo se apoya en el realismo, en una objetividad casi descriptiva; el segundo se abre a una suerte de multiplicidades provistas de intelectualismo y a la gama de posibilidades subjetivas que le van parejas. Por supuesto, las cosas, salvo casos muy concretos, no san tan sencillas; la primera forma ya supone un sustrato de comprensión previa por parte del lector, que si no existiera, la haría incomprensible; la segunda, requiere un mínimo de pasividad por parte del auditorio, aunque solo sea como capacidad receptiva ante el impacto de las imágenes o conceptos a partir de los cuales construirá un sentido. La síntesis superadora entre estas dos formas antitéticas es evidente si nos atenemos al carácter de intensidad que, en cualquier caso, debe portar la palabra poética. Lo que se dice poéticamente no se dice de la misma forma como se haría en prosa, y si de lírica hablamos, su grito de desgarro o conmoción es en mayor o menor grado evidente. La emoción intensifica el significado de los conceptos y procura fuerza en la comunicación que se quiere; la pretensión de catarsis, acto amoroso o intento de expresión de lo inefable, por otro lado, más que como oropel añadido, pertenece a lo poético como algo propio. Llegados a este punto, Andrés Salom, aun de forma esquemática o provisoria, ensaya su definición general de poesía: La poesía es, al propio tiempo que un acto amoroso, un propósito, casi siempre fallido, de expresar lo inefable.
Con tal definición, qué duda cabe, nuestro poeta ha dado un salto del receptor al emisor, y contempla, más que la actitud del primero, la intención del segundo. Ahora bien, en cuanto el primero debe recrear o vivir en sí mismo la obra del segundo, esta obra deviene hacer común; se produce de este modo una comunión, sin más, entre los dos. ¿En qué lugar? En el espacio vacío del silencio, donde aletea lo inefable. Ese silencio es el que pondera la página en blanco de Mallarmé, a la que debe tender el poeta, o las teorizaciones, siempre lúcidas, de Walter Benjamin cuando reflexiona, por ejemplo, sobre la poesía de Hölderlin. Ese silencio no supone ninguna albura, sino, por el contrario, una preñez de colorido donde una atenta y silenciosa lectura medirá el valor de la palabra del poeta, poblada, a su vez, con el silencio inefable del vuelo de los pájaros. Se entienden de este modo ciertas composiciones poéticas de las que puede decirse que han rayado la cumbre, sean de Verlaine, san Juan de la Cruz o Salvador Espriu.
Ahora bien, ¿cuál es el detonante de la escritura?, ¿cuáles son los motivos que llevan al poeta a procurar con cualquiera de sus posibles lectores esa comunión de la que hablamos? Tarea ardua indagar en los motivos inconscientes de la escritura; quizá solo sea factible que, a nivel de conciencia, cada poeta se aclare a sí mismo. En el caso de Andrés Salom resultó que, movido de natural curiosidad, se hallaba indagando sobre cuestiones antropológicas. Se enteró así del hallazgo en las proximidades de la ciudad de Heidelberg de ciertos restos de un grupo humanoide que, al haber evolucionado de forma autónoma con respecto a otras familias de antropoides, entró en regresión y acabó degenerando. Esta degeneración, nuestro autor la entiende como extinción. Los paralelismos con el actual homo sapiens, pues, aparecen con claridad, ya que por la prensa diaria Andrés se ha enterado de que este último también ha entrado en vías de extinción debido a obra y gracia de los artefactos termonucleares. Curioso homínido este que ha sido capaz de llegar a cotas culturales como las sinfonías de Bethoven y que por propia mano se convierte en responsable de su desaparición. ¿Qué ocurriría si en un hipotético futuro un grillo o cucaracha evolucionados se les ocurriera ser poeta? ¿Les sería lícito llamar degenerados a aquellos homo sapiens que vivieron durante la segunda mitad de la última era de la época geológica precedente? «Llegado a esto —dice Andrés Salom—, y sin poner apenas nada de parte de mi voluntad lúcida, se me cayó de la boca el primer verso:

Desde lo más profundo de mi ser simiesco...»


Dicho lo precedente, el Prontuario, es eso, un prontuario, un compendio de filosofía que se plasma en versos tan ágiles como desencantados, provistos de una tremenda ironía, casi inefable, y de una mirada escéptica y altamente arrasadora sobre el hombre de nuestro tiempo, del que poco espera el autor.

Por un golpe de brisa, los veleros
         sobre la mar.
Seguid en vuestros sueños, buena gente,
         que,
más acá de todo lo posible,
         los vigías
seguirán escrutando el horizonte.
Y si, por una coz o fallo humano,
un buen día se activan los misiles,
         en vuestros corazones
podrán arraigar lirios o grameras.

Aun con lo trágico del asunto, te ríes, y a carcajadas: la jácara amenaza. Andrés Salom escribe a trasmano, a trastiempo; veo al jovial Góngora entre estas páginas, al satírico y negro Quevedo, la inquietud religiosa de Blas de Otero, la denuncia social de Celaya... Un vigor en el ritmo, justeza en la palabra, versos concertados a una medida que tiende hacia la silva, llevan a mantener un tono, casi hímnico, que no decae de principio a final de la obra. El autor da lo mejor de sí; quema en lo que toca. La ironía, seguramente, debe salvar algo; poco o mucho, eso lo decidiremos después. Pero es el único trago con que se puede colar este mundo cuasi infernal.

En el séptimo círculo
de los aparcamientos subterráneos
preguntan por la vida a punta de pistola.

No el Neandertal, sino un género de homínido arcaico y regresivo, el Heidelbergensis, le sirve al poeta para disparar su reflexión. Quizá no todos los ejemplares de dicho grupo se extinguieron, los cuales, enraizados en esa noche de los tiempos, por tortuosos caminos han perdurado hasta nuestros días, y a poco que agucemos el ojo no sería extraño descubrir algunos de estos especímenes paseando por las calles. Quizá el mismo autor sea uno de ellos, o quizá no. Ahora bien, este sentimiento no solo toma como referencia al mismo poeta, sino que incide, para sorpresa del lector, tanto en las gentes de vidas anodinas como en unos cuantos prohombres que ocupan primeras páginas en los periódicos o noticieros de televisión; Andrés los descubre y señala con alevoso, agraz y certero índice. De este modo insiste en la denuncia, sea en razón de su experiencia de la cotidianeidad, la contemplación de lo banal o lo cruel de ciertos comportamientos, siempre estúpidos, o sea por el desconcierto que le produce la idiota soberbia o extrema melopea de políticos e intelectuales.

El tedio en la tertulia provinciana
se hacía soportable en el aroma
         del café de las cinco.
Parnasillo de signo decadente
         e improvisada cátedra,
         todo giraba en torno
del ombligo del mundo allí presente.
         El maestro,
cual oficiante en el momento cumbre
         de los abracadabras,
pontificaba en Mi Mayor al borde
         de la monotonía.

¿Y, en el fondo, qué más dará sentirse homo heidelbergensis que homo sapiens si un grillo o cucaracha futuros desmitificará el engreimiento de tal especie? Cabe señalar el absurdo, la estupidez, el cretinismo incluso, la miasma que a todos nos salpica, porque señalando el detritus quizá podamos identificar alguna flor, ya que —termina el autor su prólogo—  no cae del todo fuera de lo común que, en medio de la desolación de un desierto, amanezca de vez en cuando en todo su esplendor una flor hermosa, lo que permite abrir cierto resquicio de esperanza en el centro de todos nuestro miedos.



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©
 



.