martes, 12 de noviembre de 2013

PRONTUARIO FILOSÓFICO DEL HOMO HEILDELBERGENSIS



PRONTUARIO FILOSÓFICO DEL HOMO HEILDEBERGENSIS (SIC)
ANDRÉS SALOM



Desde hace algún tiempo se me ha metido en la cabeza la idea de que el tiempo (valga la redundancia) es una ficción. Siempre, y este siempre se cumple como una necesidad, queda lo que queda, hasta el punto de que eso que queda lo tenemos ahí para rescatarlo de algún modo, esto es, permanece para quien quiera echarle la mano y alcanzarlo.
La Puerta Falsa fue durante la década de los 90 del siglo pasado algo así como la catedral murciana de las letras, y todo poeta, novel o consagrado, que se preciara de serlo terminaba por arribar a sus lares para leer o recitar, según fuese más o menos declamador o no, los ínclitos poemas de los que se confesaba autor. ¡Qué cosas! Un poeta oscuro se allegó por aquel antro catedralicio; este era un servidor. Hará casi la friolera de veinte años (¡y no es tal lapso menos que una gota de agua en el océano de la eternidad!), que allí vine a presentar mi Kyrie Eleison.
Luchar cuando de antemano sabes que vas a perder produce vértigo, pero despierta sensaciones que rayan el placer o el dolor, demasiado excitantes como para eludir la lucha. ¿Masoquismo? Esa es la explicación que darían los simples. Se despiertan tales mecanismos, se disparan tanto las emociones y las ideas se arremolinan con tal fuerza, que el corazón y la cabeza quedan al borde del shock. Ni el puenting, créame aquel que esto lee. Presentar un libro de poesía religiosa en un lugar donde escaseaba hasta el delirio tal tipo de muestreo poético, de entrada, suponía una osadía o, quizá, una imprudencia. Pues mira que allí que me llego con unos poemas escritos durante la realización del camino de Santiago, a los que finalmente les había dado forma de libro en el Desierto de las Palmas, convento carmelita a ocho kilómetros de Benicasim.
Andrés Salom, veterano de guerra y por aquel entonces muy activo en esto de las lides poéticas, había establecido la loable norma que se enunciaba sucintamente como Acoso y derribo al presentador, y era cumplida hasta la muerte del susodicho. No importaba tanto lo que se leía, quién lo leía o cómo; importaba, por el contrario, desmontar las lindezas que el presentador, a modo de flores, había dedicado al presentado; así caían, con un mismo y certero golpe, los dos. Llegué a ver colear, después de rematados tras la diatriba, a algunos chulillos, tanto, que en vez de dar las gracias por la importancia que se les había concedido, desaparecían con un portazo para no volver jamás. El escalde había sido de abrigo. Hacer de presentador en La Puerta Falsa llegó a ser una hazaña propia de un héroe, temeridad que a su vez redundaba en la captación de un mayor público deseoso de ver la sangre derramada.
Aquella vez no fue así. Tuve mi público, comedido y atento; quien me presentó lo hizo de manera esmerada, profunda, y diría que hasta excelente. Pero no aludo al encomio del Kyrie como a la que se desencadenó después. El vértigo llegó, ¡y cómo!, salvaje y anarquista. Allí se puso en mi contra, contradiciendo flagrantemente la norma establecida, hasta el presentador. Recuerdo aquellos momentos intensos con gran placer… ¡Qué dialéctica! ¡Qué entrechocar de espadas! ¡Qué golpes en los escudos! ¡Un lanzazo por aquí, otro por allá!... ¡Una maravilla! La suerte fue que yo era uno y ellos eran todos los demás.
Recibí hasta en el carnet de identidad. Pero cuando mi vida la daba por perdida y esperaba el golpe fatal que me llevara a la definitiva muerte literaria, dos escudos inesperados se interpusieron para desviarlo; quedé derribado en la arena, pero no liquidado, y esto muy a pesar de la jauría mordiscosa que tenía encima. El primer escudo fue el de Juan Gregorio; el segundo, el de Andrés Salom. Juan Gregorio sacó un trapo a modo señuelo para desviar la atención de los perros, y estos, burlados, echaron a correr detrás de él. Fue entonces cuando Andrés Salom vino a susurrar por lo bajini sentencia con la que dar, finalmente, por zanjada la cuestión: «Jesús es un provocateur». Tras definición al uso, el apaciguamiento pues. Les estoy agradecido a estas dos generosas y valientes almas, y pasado el tiempo, que como queda dicho es un suspiro o menos, me reitero, ya que tengo un carácter de los que no olvidan, por fortuna para bien.

Algún día hablaré de Juan Gregorio; ahora lo voy a hacer de Andrés Salom. ¡Y qué mejor para ello que traer el Prontuario filosófico del homo heildebergensis! Leo en sus primeras páginas una dedicatoria: «Para Jesús, poeta y filósofo, amigo y contertulio. Con un abrazo». Y recuerdo las palabras que siguieron a la entrega: «Es el libro de poesía que más he vendido. Debido a su título la gente cree que es de antropología, a pesar de la errata».
El Prontuario es un libro curiosísimo, y en la obra poética de Andrés Salom supone un hito especial. Lo introducen un prólogo del profesor Pozuelo Yvancos y unas Reflexiones autobiográficas (ya una pista de lo que sigue) del propio Andrés, que comienzan de este modo, en mayúsculas: El autor se mira en el espejo de esta que acaso pudo ser poesía, y tras breve meditación, solo se reconoce en sus impulsos primarios. Hablemos, por tanto, de la breve meditación para entender los impulsos primarios de su autor.
Quizá poner orden en el arte de Urania suponga algo así como ensayar una clasificación de los animales tal y como Borges la encontró en una vieja enciclopedia china. Tal intento puede llevar a la confusión o al barullo, pues las hay para todos los gustos, desde las más o menos sancionadas por la crítica hasta las que están en estrecha dependencia con las particularidades de cada lector. Sorprende, pues, a cualquier aficionado al arte mencionado, que producciones tan dispares como las de Góngora, Paul Eluard, César Vallejo, Fernando de Herrera, Rimbaud, Pemán o Campoamor, salvando sus formas versales, tengan todas el denominador común de ser admitidas como poesía. De cara a este hecho, piensa Andrés Salom, que, por cortesía, cada poeta debería declarar en el inicio de sus libros qué tipo de estética es la que adopta; con ello, si es cierto que se fomentaría más la confusión, sin embargo, no se engañaría al lector, pues este, tras la lectura del prólogo, emplearía su precioso tiempo en practicar el tipo de lectura que realmente desea. Esta opinión no deja de ser hasta cierto punto optimista, pues nuestro autor está implícitamente admitiendo que el lector ya ha asumido un tipo de estética y, en consecuencia, ha adoptado una determinada preferencia. Que un lector sea más o menos maduro, supone que ha pasado por muchas lecturas y el gusto se le ha afinado, no de manera a priori, sino en base a una experiencia contrastada; y aun así, el lector curioso siempre estará abierto a las nuevas posibilidades que le ofrece ese reino de libertad expresiva que es la poesía.
 Pero a los poetas les interesa la discusión estética; tarde o temprano abocan a ella, y Andrés Salom no iba a ser menos. Desde su madurez, pues, propone una nueva clasificación de la poesía, atendiendo no tanto a su forma o pretensiones, como a la psicología del lector y al impacto que el poeta pretende en dicha psicología, eso sí, sin perder el sentido dialéctico de la tipificación. En primer lugar, está aquella poesía que para su comprensión o disfrute basta con una actitud pasiva del lector u oyente; el autor es el que propone, el lector se deja conducir. Como antítesis a este primer tipo, está aquel otro que exige una actitud activa por parte de su receptor; el autor, por tanto, oculta sus motivos o sugiere únicamente para que el lector construya el significado. La primer tipo se apoya en el realismo, en una objetividad casi descriptiva; el segundo se abre a una suerte de multiplicidades provistas de intelectualismo y a la gama de posibilidades subjetivas que le van parejas. Por supuesto, las cosas, salvo casos muy concretos, no san tan sencillas; la primera forma ya supone un sustrato de comprensión previa por parte del lector, que si no existiera, la haría incomprensible; la segunda, requiere un mínimo de pasividad por parte del auditorio, aunque solo sea como capacidad receptiva ante el impacto de las imágenes o conceptos a partir de los cuales construirá un sentido. La síntesis superadora entre estas dos formas antitéticas es evidente si nos atenemos al carácter de intensidad que, en cualquier caso, debe portar la palabra poética. Lo que se dice poéticamente no se dice de la misma forma como se haría en prosa, y si de lírica hablamos, su grito de desgarro o conmoción es en mayor o menor grado evidente. La emoción intensifica el significado de los conceptos y procura fuerza en la comunicación que se quiere; la pretensión de catarsis, acto amoroso o intento de expresión de lo inefable, por otro lado, más que como oropel añadido, pertenece a lo poético como algo propio. Llegados a este punto, Andrés Salom, aun de forma esquemática o provisoria, ensaya su definición general de poesía: La poesía es, al propio tiempo que un acto amoroso, un propósito, casi siempre fallido, de expresar lo inefable.
Con tal definición, qué duda cabe, nuestro poeta ha dado un salto del receptor al emisor, y contempla, más que la actitud del primero, la intención del segundo. Ahora bien, en cuanto el primero debe recrear o vivir en sí mismo la obra del segundo, esta obra deviene hacer común; se produce de este modo una comunión, sin más, entre los dos. ¿En qué lugar? En el espacio vacío del silencio, donde aletea lo inefable. Ese silencio es el que pondera la página en blanco de Mallarmé, a la que debe tender el poeta, o las teorizaciones, siempre lúcidas, de Walter Benjamin cuando reflexiona, por ejemplo, sobre la poesía de Hölderlin. Ese silencio no supone ninguna albura, sino, por el contrario, una preñez de colorido donde una atenta y silenciosa lectura medirá el valor de la palabra del poeta, poblada, a su vez, con el silencio inefable del vuelo de los pájaros. Se entienden de este modo ciertas composiciones poéticas de las que puede decirse que han rayado la cumbre, sean de Verlaine, san Juan de la Cruz o Salvador Espriu.
Ahora bien, ¿cuál es el detonante de la escritura?, ¿cuáles son los motivos que llevan al poeta a procurar con cualquiera de sus posibles lectores esa comunión de la que hablamos? Tarea ardua indagar en los motivos inconscientes de la escritura; quizá solo sea factible que, a nivel de conciencia, cada poeta se aclare a sí mismo. En el caso de Andrés Salom resultó que, movido de natural curiosidad, se hallaba indagando sobre cuestiones antropológicas. Se enteró así del hallazgo en las proximidades de la ciudad de Heidelberg de ciertos restos de un grupo humanoide que, al haber evolucionado de forma autónoma con respecto a otras familias de antropoides, entró en regresión y acabó degenerando. Esta degeneración, nuestro autor la entiende como extinción. Los paralelismos con el actual homo sapiens, pues, aparecen con claridad, ya que por la prensa diaria Andrés se ha enterado de que este último también ha entrado en vías de extinción debido a obra y gracia de los artefactos termonucleares. Curioso homínido este que ha sido capaz de llegar a cotas culturales como las sinfonías de Bethoven y que por propia mano se convierte en responsable de su desaparición. ¿Qué ocurriría si en un hipotético futuro un grillo o cucaracha evolucionados se les ocurriera ser poeta? ¿Les sería lícito llamar degenerados a aquellos homo sapiens que vivieron durante la segunda mitad de la última era de la época geológica precedente? «Llegado a esto —dice Andrés Salom—, y sin poner apenas nada de parte de mi voluntad lúcida, se me cayó de la boca el primer verso:

Desde lo más profundo de mi ser simiesco...»


Dicho lo precedente, el Prontuario, es eso, un prontuario, un compendio de filosofía que se plasma en versos tan ágiles como desencantados, provistos de una tremenda ironía, casi inefable, y de una mirada escéptica y altamente arrasadora sobre el hombre de nuestro tiempo, del que poco espera el autor.

Por un golpe de brisa, los veleros
         sobre la mar.
Seguid en vuestros sueños, buena gente,
         que,
más acá de todo lo posible,
         los vigías
seguirán escrutando el horizonte.
Y si, por una coz o fallo humano,
un buen día se activan los misiles,
         en vuestros corazones
podrán arraigar lirios o grameras.

Aun con lo trágico del asunto, te ríes, y a carcajadas: la jácara amenaza. Andrés Salom escribe a trasmano, a trastiempo; veo al jovial Góngora entre estas páginas, al satírico y negro Quevedo, la inquietud religiosa de Blas de Otero, la denuncia social de Celaya... Un vigor en el ritmo, justeza en la palabra, versos concertados a una medida que tiende hacia la silva, llevan a mantener un tono, casi hímnico, que no decae de principio a final de la obra. El autor da lo mejor de sí; quema en lo que toca. La ironía, seguramente, debe salvar algo; poco o mucho, eso lo decidiremos después. Pero es el único trago con que se puede colar este mundo cuasi infernal.

En el séptimo círculo
de los aparcamientos subterráneos
preguntan por la vida a punta de pistola.

No el Neandertal, sino un género de homínido arcaico y regresivo, el Heidelbergensis, le sirve al poeta para disparar su reflexión. Quizá no todos los ejemplares de dicho grupo se extinguieron, los cuales, enraizados en esa noche de los tiempos, por tortuosos caminos han perdurado hasta nuestros días, y a poco que agucemos el ojo no sería extraño descubrir algunos de estos especímenes paseando por las calles. Quizá el mismo autor sea uno de ellos, o quizá no. Ahora bien, este sentimiento no solo toma como referencia al mismo poeta, sino que incide, para sorpresa del lector, tanto en las gentes de vidas anodinas como en unos cuantos prohombres que ocupan primeras páginas en los periódicos o noticieros de televisión; Andrés los descubre y señala con alevoso, agraz y certero índice. De este modo insiste en la denuncia, sea en razón de su experiencia de la cotidianeidad, la contemplación de lo banal o lo cruel de ciertos comportamientos, siempre estúpidos, o sea por el desconcierto que le produce la idiota soberbia o extrema melopea de políticos e intelectuales.

El tedio en la tertulia provinciana
se hacía soportable en el aroma
         del café de las cinco.
Parnasillo de signo decadente
         e improvisada cátedra,
         todo giraba en torno
del ombligo del mundo allí presente.
         El maestro,
cual oficiante en el momento cumbre
         de los abracadabras,
pontificaba en Mi Mayor al borde
         de la monotonía.

¿Y, en el fondo, qué más dará sentirse homo heidelbergensis que homo sapiens si un grillo o cucaracha futuros desmitificará el engreimiento de tal especie? Cabe señalar el absurdo, la estupidez, el cretinismo incluso, la miasma que a todos nos salpica, porque señalando el detritus quizá podamos identificar alguna flor, ya que —termina el autor su prólogo—  no cae del todo fuera de lo común que, en medio de la desolación de un desierto, amanezca de vez en cuando en todo su esplendor una flor hermosa, lo que permite abrir cierto resquicio de esperanza en el centro de todos nuestro miedos.



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Jesús Cánovas Martínez©
 



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