lunes, 18 de noviembre de 2013

ALFREDO ALMORRANO

ALFREDO ALMORRANO



Entre las posibles clasificaciones a que podemos someter la ética, se encuentra aquella que distingue entre éticas de la convicción y éticas de la responsabilidad. Las primeras subrayan la importancia de la intención con que se realizan los actos; las segundas las consecuencias. Parece que es cuestión de visceralidad o de edad optar por la asunción de una u otra; con la experiencia que me aporta mi profesión compruebo que la gente joven se inclina en un porcentaje elevado por las éticas de la convicción. Está claro: lo importante es realizar una acción con una buena intención; que después se tuerza el resultado será cuestión de las circunstancias, pero no del agente: el propósito bajo el cual se actuó, según esta manera de pensar, siempre quedará incólume. En mis clases explico, por ejemplo, la ética kantiana, y cuando mis alumnos comprenden (el que comprende) en qué consiste el imperativo categórico, saltan de júbilo. ¡Qué cosa más guapa, pero de verdad, convertir la máxima de nuestra actuación en norma universal! ¡Qué sentido más noble de lo justo cuando tratamos a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros! Es bonito pensar así, sobre todo si se exime la responsabilidad propia; siempre y cuando haya una buena voluntad no seremos responsables de las posibles malversaciones de los resultados. Sin embargo, el problema es justamente esa buena voluntad. Conforme voy entrando en años veo menos insostenibles este tipo de éticas y me inclino por las de la responsabilidad, porque, vamos a ver, ¿qué o quién garantiza que se actúe con buena voluntad? No se puede responder que es el criterio de la norma porque justamente es ese criterio el que se debe asumir buenamente, por lo que, en buena lid (y valga la redundancia), se puede falsear. ¿Y no sería este el mayor engaño en que se puede caer? «¡Yo soy puro!», me dice uno. Y yo le respondo: «¿Pero realmente te lo crees?». Incluso el mejor de todos nosotros debe llevar cuidado en no engañarse a sí mismo y, por consiguiente, traicionar la máxima de su actuación. Son mecanismos demasiado oscuros los que a veces condicionan los motivos por los que procedemos.
Por problemas de salud pedí una comisión de servicio y me la concedieron. Así arribé a aquel siniestro centro de enseñanza. Pronto me di cuenta de que las cosas no iban a ir bien. Yo llegaba desde la inocencia, desde un centro del extrarradio de la Región de Murcia donde todavía no nos habíamos enterado de los estragos cometidos por la LOGSE. En el centro del que venía mi relación con los alumnos había sido más que cordial; mis clases, un ameno paseo por los anchos senderos de la ciencia y, como soy de Filosofía, la Directiva me había catalogado de persona original a la que había que dejar por libre. No fue así en el nuevo centro. Por de pronto vine a ocupar la plaza de un profesor que se había dado de tortas con un alumno en mitad del pasillo, lo cual, por supuesto, suscitaba un recelo del que no fui consciente hasta que fue demasiado tarde. El director me recibió detrás de su mesa de despacho, y sin levantarse me tendió una mano flácida; me indicó cuatro baboserías al hilo, como que debía aparcar sin pisar ninguna raya, y luego, acariciando sus elásticos tirantes con sostenida fruición, me mandó hacia el jefe de estudios. «¡Llegas en mal momento!», me soltó el segundón a modo de saludo cuando, tras tocar la puerta, entré en un lugar penumbroso que él llamaba mi despacho. La entrevista resultó una repetición de la mantenida con el director, pero el segundón ni se molestó en tenderme la mano. Así de apacibles fueron mis comienzos.
Los días siguientes acontecieron de modo muy desagradable. A los nuevos debían aleccionarnos, por lo que en tediosas y abusivas charlas pasaron a explicarnos el funcionamiento y pormenoridades del centro. Yo sufrí en silencio. Finalmente, para terminar el ágil adiestramiento, y como colofón, me sacudieron un manojo de hojas cogidas con una grapa, las que, al igual que los otros nuevos, yo debía memorizar, pues en ellas se explicitaban los derechos y deberes de los alumnos; los derechos ocupaban siete hojas y mitad, los deberes, el resto, hasta completar la cifra de ocho hojas.
Ni qué decir tiene que cuando dieron los horarios, el mío resultó el peor. No hay victimismo ni alevosía en lo que digo. La secuencia de las horas lectivas francamente andaba deslavazada; así me las habían adjudicado a primeras y últimas horas de la jornadas, incluidos lunes y viernes, cómo no. Dicho así, a las personas ajenas a la enseñanza les parecería un disparate que yo me quejara, pero no lo sería si entraran en el capítulo de las comparaciones y hubieran sopesado los horarios del resto de mis compañeros. Me reafirmo, mi horario, comparado con el de los demás profesores, era el peor con creces, con numerosos y extravagantes huecos. Algo se había cocido en los sótanos y yo era ajeno a tal cocimiento.
Lo peor era que aquella gente se sentía diferente, especiales, algo así como si fuesen los elegidos, y, como pronto pude comprobar, no solo ocurría con el equipo directivo. Eran abanderados de la LOGSE, quizá de primera línea, y eso importaba. Había unos cuantos profesores que, junto a sus secuaces, se habían repartido las áreas de poder; unos controlaban la sala de ordenadores; otros distribuían y llevaban el registro de los vídeos; otros poseían una adjuntía a través de la cual organizaban viajes; otros disponían una liguilla de fútbol; otros vendían lotería; otros controlaban el reparto del periódico, y así sucesivamente. Abundaban, pues, los lacayos con librea y los chivatos de todo orden; se secreteaba por los rincones y las paredes oían. Y los alumnos, como tenían tantos derechos, hacían lo que les venía en gana; hablaban y hablaban por los codos, montaban trifulcas o rebuznaban, y si les llamabas la atención, te hacían un corte de mangas. Las parejicas se morreaban con descaro por los fondos de las aulas o en los bancos de la entrada del instituto, y, en los recreos, en medio de algarabías y broncas, se trapicheaba alegremente con la droga. Parecía que allí todo estaba permitido; la ley del silencio imperaba porque el juramento de l’omertá es vinculante. Intenté dar confianza a los energúmenos que me tocaron en suerte, ganármelos para la ciencia, reconstruir con ellos de algún modo la relación que yo había tenido con mis antiguos alumnos, pero fracasé. El tiro me salió por la culata, como suele decirse; fui por lana y salí escaldado. Mientras estos acontecimientos sucedían el director se paseaba en tirantes y con un sombrero de ala ancha lateralizado sobre su cabeza por las instalaciones del siniestro centro.

En ese ambientillo vine a conocer a Alfredo Almorrano, mi compañero de Filosofía. Almorrano era un tipo tirando a bajo, regordete, con la cara ancha y llena (un zampabollos). No tengo nada contra la gente que tiene la cara redonda (yo la tengo; mi madre de pequeño me llamaba tarugo cara ancha), pero me gustaría precisar que la de Almorrano era excesiva, pues más que redonda, la tenía ovalada, pero en horizontal. Dicho lo precedente, vengo a señalar que poseía el don de lenguas; quiero decir, que hablaba muy fluido, con rapidez, dicción y sintaxis perfecta. Blando, un poco amanerado, tenía por apodo El Cura. A pesar de que le pillé en varios arrenuncios no me pareció mala persona, y del hecho de que, contradiciendo la ley del silencio, prácticamente fuera el único en salir en defensa del profesor que se había caneado con el alumno, se inclinó mi simpatía hacia él. Pero Almorrano, como dicen en la huerta profunda, tenía retranca.
Almorrano tomó una confianza desmedida conmigo. En los recreos tomábamos juntos el café, y hablábamos; bueno, hablaba fundamentalmente él, y yo escuchaba, porque me adjudicó el papel de pañuelo de lágrimas. Resultaba que su mujer le había sido infiel. Un pecadillo pasajero, una nadería: se había enamorado del cura picado de viruela que la confesaba y perdió los estribos, y las bragas siguieron a los estribos. La cabeza se aloca a veces. Almorrano había descubierto aquel desgraciado affaire, pero su mujer, compungida, le había pedido perdón. La relación entre ambos, sin embargo, ya no podía volver a ser como antes. Él estaba desolado, sobre todo porque sentía un peso excesivo en la cabeza y los marcos de las puertas se astillaban cuando pasaba por debajo. Lo intentó, de veras; intentó pasar página y pelillos a la mar, pero por las noches le visitaba una idea obsesiva que no le dejaba dormir: «Mi mujer es un putón... Mi mujer es un putón... Mi mujer es un putón...».
El matrimonio tuvo sus altos y bajos, pero al final se deshizo. Él tomó la iniciativa. Repartieron los bienes como personas civilizadas, sin sobresaltos, sin palabras gruesas. Una casa para uno, otra para otro... Almorrano cedió en más de una ocasión, y cedió en cosas que le correspondían, pero se comportó como un caballero. Eso no impidió que le visitara la conciencia del fracaso y la subsiguiente depresión. Había tirado muchos años de su vida por la borda, y era consciente. Aquella mujer lo había destrozado.
Sin embargo, eso no era todo. La gente es mala y del árbol caído sacan leña, y nuestro refranero subraya que a perro flaco todo son pulgas. Esos dichos expresan gran verdad, porque Almorrano comenzó a ser acosado a tiempo y a destiempo. De día o de noche recibía llamadas impertinentes soltándole a bocajarro gruesos tacos. Cartas sin membrete, escritas a ordenador, le insultaban. Paseando por la calle le había parecido oír ciertos susurros de la brisa que le llamaban cabrón, maricón, hijo de puta o, sencillamente, se cagaban en sus muertos; giraba la cabeza a uno y otro lado y no veía a nadie. Imposible vivir así; difícil mantenerse en pie. Pero, por suerte, Almorrano me tenía a mí para referir sus cuitas y descargar el malestar en persona amable que le prestara oídos, según el psicólogo le había recomendado.
Resumiendo: Acorde con el reparto de habitáculos, su ex sacaba por las calles céntricas de la ciudad a un perrito para que hiciera pipí y caca, mientras que él se recomía por los arrabales y mascullaba; ella se aguapaba y reconstruía su vida con primoroso garbo, pero él era visitado por los monstruos de la noche y le rondaban las tinieblas de la deflación vital; ella espumaba, él se hundía. Como único consuelo Almorrano frecuentaba la Peña Flamenca de la que era abanderado desde su fundación o lagrimeaba conmigo.
Muy cierto es que Freud se encuentra hoy en día desfasado; sus teorías ya no convencen a nadie, y más parecen cuentecicos de viejas con los que entretener las largas noches del invierno que teorías contrastadas. Algunos interesados las siguen manteniendo, o, lo que resulta aún más grave, cuatro tontos desocupados que quizá piensan que la discusión sobre ese tipo de conjeturas les va a resolver el problema de la muerte. Aun así resulta interesante traer a colación las indagaciones que hizo Anna, la hija del padre de tales figuraciones, sobre los mecanismos de defensa. Los hay a porrillo, pero quiero resaltar aquel que se conoce como desplazamiento. El desplazamiento consiste en la redirección de un impulso hacia un blanco diferente de aquel que le correspondería como propio. Por ejemplo, si Almorrano siente odio contra su ex, lo descarga a coces en otra persona, un animal o cualquier trasto que se le ponga a tiro; si a Almorrano lo llaman cabrón o maricón, entonces piensa, ¿cabrón, yo? ¡Ni hablar! ¡Cabrones todos los demás! ¿Maricón, yo? ¡Ni hablar! ¡Maricones el resto de la humanidad! (pensar así propiamente sería una sobregeneralización, tal vez con cierta e inquietante carga de proyección). Aunque, bueno, en realidad, Almorrano no piensa así, ni siquiera llega a verbalizar lo que piensa, porque estos mecanismos suceden de manera oscura, inconsciente.

He compuesto un relato breve, sin abusos literarios, para que se aprecie debidamente la gracia de la cosa; no obstante, la cosa se llevó todo un curso escolar. Y yo soportando vela. No sé si soy justo o injusto al haber relatado estas singularidades de un tiparrajo impresentable. Pienso que a un hombre se le debe dar la oportunidad de defenderse; en cualquier caso, el daño que se le ha infligido se debe reparar para que las cosas pudieran ser como antes, o, si no, sombra quizá de lo que fueron. Sé a ciencia cierta que Almorrano reconstruyó su vida con mujer hacendosa; me alegro por él. Por ahí anda, cantando flamenco entre sus círculos, arrancándose por seguiriyas, alegrías o caracoles.



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Jesús Cánovas Martínez©