jueves, 28 de noviembre de 2013

POETA EN LA COCINA

POETA EN LA COCINA
PEDRO JAVIER MARTÍNEZ



Hipocampo editorial, para aquellos que les interese este tipo de sucesos, tuvo una trayectoria muy corta; tan corta, tan corta que solo vinieron a salir tres libros de sus primorosos e iluminados fogones. Aconteció tal aventura justo en el vértice del cambio de milenio; con el renuevo de un ciclo, se renovaba también la vieja ilusión de Pedro Javier Martínez de comandar un sello editorial que, desde las costas de Águilas, traspusiera las ficticias fronteras de las demarcaciones administrativas y aun llegara a otras costas allende los océanos, como las del nuevo continente. Fueron momentos cargados de nobles aspiraciones, y yo asistí, como confidente y amigo, a aquel empeño. Las dificultades en la mar embravecida de editoriales y distribuidoras, sin embargo, fueron muchas; a la falta de medios técnicos se sumaba la falta de capital con la que afrontar las más que múltiples exigencias monetarias, y, bien sabido es que el mercado no perdona. Aun así, la luz se hizo, aunque breve, y fue de esta manera: En primer lugar apareció Poeta en la Cocina, bajo la rúbrica del director de la editorial; en segundo, Fanal de la Aventura, del servidor que esto escribe, y, en tercer lugar, Del haiku y sus orillas, de un colectivo de poetas de la Región de Murcia que se adentraba en la experimentación de esta interesante y original estrofa. Los tres libros salieron de los fogones de Hipocampo editorial bien horneados, impecables, crujientes y sabrosos a la boca. Afortunadamente los caminos de internet son ubicuos, y ciertas páginas alojadas en la memoria del hiperespacio pueden avivar los recuerdos; a quien quiera saber acerca de este avatar, le recomiendo el siguiente enlace:http://perso.wanadoo.es/hipocampoed/ 
Vengo ahora a Poeta en la cocina; en otra ocasión lo haré acerca de otro de aquellos libros publicados: Del haiku y sus orillas.
El genio creador de Pedro Javier Martínez, como cualquier modo de pensar que pueda llamarse propiamente creatividad, es fluido y divergente, múltiple y tremendamente centrífugo, por lo que tiene difícil acomodo en un solo registro o temática. Uno de sus libros más curioso, insólito, personal, y, aun diría, hasta genial, es Poeta en la cocina, en el cual, con sorprendente gracia y acendrada maestría se adentra en los entresijos del arte culinario y nos propone una serie de recetarios de cocina en clave poética. Con unas palabras preliminares el poeta nos advierte sobre su gestación. Confiesa que acababa de terminar un poemario, Rastreando tus huellas, donde vertía sus sentires espirituales, cuando se percató, ahíto o inflamado del alimento espiritual, que el cuerpo clamaba por sus fueros y reclamaba un poco de atención. Las necesidades del soma, por esas leyes pendulares que tanto condicionan nuestros estados de ánimo, seguían a las del pneuma. Así fue como vinieron a aparecer los poemas que componen Poeta en la cocina, con el recuerdo de las recetas de los platos confeccionados por su madre (que iluminaron mi niñez y primera juventud), a los que se suman pronto las de su esposa Josefita y las de los amigos. Tiene este libro, pues, un especial calor, y sabor, a infancia, a vida familiar, a calidez de amistad, y a ese tiempo de inocencia y albura que convocaba (como bien señala Manuel Rodríguez de Vera en su excelente prólogo) a los pequeños dioses, lares o penates, entorno a las cocinas, las que, quizá como un arquetipo de nuestros fondos inconscientes, vienen a ser algo así como las cellas de los antiguos templos.
Por lo dicho, no es Poeta en la cocina propiamente, aunque festeja la mesa, un libro de poesía festiva; es un libro que decanta una especial sabiduría de vida. No se internará por inextricables vericuetos donde la razón encomie juicios de valor o imperativos, hipotéticos o categóricos, ni propondrá máximas sentenciosas a lo Confucio para enseñarnos los secretos del buen vivir; hará algo más directo, más simple y, por consiguiente, más sabio: incidirá en uno de los pequeños placeres, componente de la felicidad. Porque la felicidad a la que pueden aspirar la mayoría de los humanos, salvo aquellos tocados por un sello especial de lo alto, es la pequeña, esa tan condicionada por las menudencias de la cotidianeidad, aquella escrita con letras minúsculas pero que, aun así, pueden expandir en más o en menos su punto. Somos nosotros los artífices de nuestro estar en el mundo, y ese estar puede ser hasta cierto grado agradable o placentero si así nos lo proponemos; por eso las personas deben aprender a vivir.
¿Y en qué consiste el buen vivir? La respuesta a tan interesante pregunta se llevaría unas cuantas páginas; en cualquier caso, para vivir bien, no se trata tanto de propiciar grandes alharacas, como de abrazar la sencillez. El sabio, por lo general, recoge esta tarea pedagógica casi como una necesidad, y con el mismo ejemplo de su vivir muestra que esa vida buena es posible. Pedro Javier lleva a cabo tal tarea en Poeta en la cocina. Un sano sentir epicúreo, en la consideración genuina del término, antes de que fuera tergiversado por irreverentes epígonos o contumaces detractores, se desprende de la obra y la traspasa toda. La felicidad somete los pequeños placeres a cálculo; la buena medida de los ingredientes, el buen cocimiento de las mezclas entre los pulcros fogones, lleva al disfrute del yantar, a la fruición del sabor. Y es así; esto es cuestión de arte. La cocina no es un tema tan banal como a primera vista pudiera parecer.

Las delicias de la mesa suelen congregar a los amigos. Pedro Javier tiene el cortés detalle de dedicar cada una de sus hacendosas y pormenorizadas recetas a un determinado amigo. Se convierte así el libro en ameno y familiar, como queda dicho, y en prolegómeno no de francachelas sino de los ágapes que seguidamente convoca, por eso sus secciones ordenan el itinerario del opíparo banquete: Ensaladas, Salsas, Entrantes, Platos Fuertes, Arroces y Postres (Frutas y Repostería); sin olvidar Las Tres Gracias de la mesa (el Aceite, la Sal y el Pan) o Las Tres Glorias de las Ensaladas (El Tomate, la Lechuga y la Cebolla), y las endechas que les son pertinentes, ni, por supuesto, Los Vinos que han de regar tan sublime yantar, o su colofón final, donde la charla amiga se remansa junto al Café, la Copa y el Puro. Para no echar nada en el olvido, al final de la obra aparece un apéndice donde se detallan los ingredientes necesarios para preparar el plato que previamente se ha especificado en clave poética.
La forma que ha elegido Pedro Javier para exponernos su jovial y entretenido recetario es una estrofa clásica de acrisolada raigambre: el soneto. Las recetas vienen encuadradas en sonetos perfectos, o en series de sonetos que se hilan unos con otros, muchas veces con estrambote. No encontraremos faltas a la perfección formal de los mismos; pero si la forma del poemario es perfecta, el fondo al que alude (la receta o la fluvial parénesis del plato e ingredientes) se constituye, sencillamente, en bello y brillante. El resultado, una vez más, como en otras obras del autor, da la sensación de sabia y arquitectural trabazón. Hombre del sur, poeta herido por la luz y el sol, Pedro Javier enjoya sus versos y los dora con la sazón del oxímoron, la fuerza del pleonasmo, la luminosidad de la imagen o el esplendor de la metáfora, restallantes. Vengo a proponer unos ejemplos.
Del soneto dedicado a la sal:

Nívea escarcha por el sol cuajada,
arcoíris del mar, reconvertido
en apretado grano y sometido
a blancuras y luces de alborada.

Acerca del tomate:

Porta vetas de un verde caprichoso
en su bruñida piel. Y la enramada
trasmina su fragancia, abandonada
a un tibio sol de invierno bondadoso.

Veamos qué nos dice de la lechuga:

Destiñe sus enaguas lentamente
hasta lograr un blanco refulgente
en su mórbida carne, el hortelano,
inviolada de luz y sol en fuga.

Y de la cebolla:

Desde su humilde cuna es una estrella
que nació para el gozo y el desmoche.

Ahora, dejemos de lado los ingredientes de las ensaladas, y vengamos a la parte dedicada a Las Frutas, donde Pedro Javier despliega de una manera muy especial sus poemas, engalanados de intensa luz.
En referencia a la naranja y el limón nos dirá:

Los dos, hijos del sol y la ventura:
Grandioso parto de la calentura
que le trasciende al Sur en el costado.

De la sandía:

Verde por fuera, verde y reluciente
como un joyel redondo y bien labrado
en el que guarda, en néctar clausurado,
su roja carne, mórbida y turgente.

Así aborda el melón:

Melón amigo y siempre abandonado
al placer de la boca y su codicia,
acechando cuchillos tu costado
para ofrendar tu carne a la delicia.

Una descripción del plátano:

Asemeja un pene en erección,
una luna amarilla en su menguante,
un bumerang certero y arrogante,
un arco, presto al tiro, en contención.

Y del melocotón:

Dorado cascabel de terciopelo,
corazón luminoso y sonrosado,
venturoso sagrario perfumado
con delicias de aurora y caramelo.

Ahora, de la uva:

Burbujas de oro y sol, encarceladas
en joyeles radiantes, gestaciones
propiciando gozosas libaciones
de las golosas bocas alampadas.


Basten estos pocos ejemplos como muestreo de que nos hallamos ante una obra de luminosa belleza, donde el genio creativo no riñe con la cocina y su arte. Poeta en la cocina es un libro para disfrutar y aprender; para disfrutar con la gracia de una poesía ágil y verbosa, y para aprender no solo los trucos y secretos del arte culinario sino también los secretos de otro arte: el de la vida.
Para terminar esta breve nota sobre Poeta en la cocina traigo a colación una receta de los entrantes que lleva por título Las tostadas maravillosas de mi amigo Jesús. Yo no sé si Pedro Javier al dedicarme este tan humilde poema-receta estaría pensando en mi época de estudiante o en alguna temporada mía pasada de Rodríguez, el caso es que lo introduce a modo de confesión y explica que estos conocimientos son saberes/ de mis años bohemios. ¡Ay, Pedro, qué apresuradas las comidas cuando estamos solos! Luego de unos cuartetos consejeros, viene propiamente, en los tercetos, la concisa y amigable receta:

Corta del noble pan las rebanadas
y déjalas dorarse junto al fuego.
Frótalas con un ajo y ponles, luego,
el aceite y la sal a las torradas.

Si tus hábitos son de sibarita

de pimentón, con tilde, acredita.



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Jesús Cánovas Martínez©