lunes, 2 de diciembre de 2013

LA CASA DE LA NOCHE

LA CASA DE LA NOCHE
LEOPOLDO HÉRCULES DE SOLÁS

Leopoldo con Antonio Marín Albalate en la Puerta Falsa.

Enmarcan La casa de la noche de Leopoldo Hércules de Solás dos citas iluminativas y un prólogo cargado de emoción e intensidad poética de la mano de Antonio Marín Albalate. Al proponer las citas, el autor declara las intenciones que lo animan; el lector, por tanto, teniéndolas presentes, conforme discurra por las páginas del libro, irá desmadejando sus implícitos significados, y llegará a exclamar al final de su lectura: ¡Ah, era esto mismo lo que yo pensaba! La primera cita tiene un sentido programático, y es de Pedro Mateo: Fugaz es la vida, un soplo de viento/ sobre las arenas del desierto; la segunda, posee un sentido conclusivo, y es de Eugenio de Andrade: El cuerpo nunca es triste;/ el cuerpo es el lugar/ más cercano donde la luz canta. Sólo en el alma la muerte hace su casa; en medio de ellas, los treinta y tres poemas que componen La casa de la noche. Quiéralo el azar o la necesidad, como tal vez diría Borges, ese manojo de poemas en número de 33, muestra antológica del hacer poético del autor, convoca especial vibración; es esta la de los altos ideales, sean artísticos, intelectuales o espirituales, y la persona que danza en esta vibración puede llegar al olvido de sí, ofreciéndose ella misma en holocausto por su ideal. Así era Leopoldo, pura entrega; no he conocido persona que estimara la amistad en más alto grado que él, tanto, que podría decir sin equivocarme que le rendía culto, y a ese su fervor por la amicitia añadía otra nota de su carácter no menos significativa: su grandísima generosidad.
Daba gusto estar con Leopoldo, y hasta a Mª José, renuente por principio para estas cosas de la poesía, le gustaba ir a Cartagena a los recitales de mengano o perengano, porque allí se encontraba él. Whisky, palabra y paisaje (título de una de sus plaquettes), a los que se añadían cigarrillos en abundancia y sobrado paisanaje. Después costaba trabajo regresarlo a casa. El último bar cerrado, lo subíamos al coche (por aquella época ya con las dos piernas amputadas), y lo llevábamos a aquella Villa Lolita, su casa, a la que no quería entrar; la mujer pernoctaba, sus hijas, y los gatos hacían la ronda por el jardín. Aun así, teníamos que quedarnos un rato, que se convertía en una hora o dos o... Hablábamos de cualquier cosa, de cualquiera de sus amigos, de pintores o poetas, de sus ancestros, aquellos hidalgos gascones... Leopoldo era esencialmente comunicativo, y el tiempo pasaba, sutil y entretenido, en su compañía grata, y nos reíamos porque de vez en cuando hacia saltar la chispa del humor y la ironía, siempre inteligente, nunca con ánimo de ofensa. Incluso si comentábamos algún claro ejemplo de desgracia literaria, tenía la disculpa en la boca, una afortunada palabra de comprensión para el interfecto.
 «Perdone, señora, que no me levante, pero arrastro la capa.» Fue la cortés frase, un poco a lo Groucho en su epitafio, que dedicó a una amable y simpática señorona cuando, en busca de lugar donde apaciguar la sed íbamos un día por la calle Mayor de Cartagena, esta se acercó a saludarlo. Positivo, afrontando con valor aquella situación que le privó de las piernas, mantuvo con una entereza encomiable la dignidad. Leopoldo fue un hombre tremendamente vital, quería vivir intensamente, aspirar la vida a grandes tragos.
La casa de la noche es un libro de lucha interior; su autor lucha contra las sombras de la vejez que sobre él se ciernen ominosas y trata de conjurarlas. Supone el esfuerzo titánico por elevarse desde la noche que le puebla el alma hacia la luz; se trata aquí de abrir ventanas a la vida y conjurar la muerte certera, la que siente tras sus pasos, detrás de sí. Mueven los poemas una intención de lucha, de rebeldía, ante ese fatal destino, ante la anhilación que pronta se presiente. Su primer poema, Pisando tierra, ya declara esa lucha, tremenda, agónica, que el autor nos irá desvelando a lo largo del resto de poemas de la obra:

Era ayer cuando soñaba
que por fin podría recorrer
la tierra en toda su anchura
sembrando la huella de mis pisadas,

ahora, monótonos ruedan los días
al tiempo que ennegrecen
las hojas de mis sueños...



Insiste el poeta: Pescador de lunas y estrellas fui,/ perro pastor en libertad/ como lobo en delirio... Recuerda el pasado, la vida en libertad, el himno y la celebración de la vida. Leopoldo habla de los dioses, que es como hablar de la nada, porque al final los dioses y los sueños le han abandonado: ¡Oh, dioses!/ ¿Qué habéis hecho con mis sueños? Y frente a esa imprecación y grito, el deseo ferviente con el que pide vida a la vida: Quisiera con brío poner término/ a este tiempo de cansancio,/ cerrar la roja llaga,/ de esta ansiedad que me cierne. Aun así, ese cansancio vuelve una y otra vez, se derrama extenso sobre el poeta y da cabida al miedo, aboscado entre sus sombras: Por los años, olvidadas/ las calles de la suerte,/ tengo miedo,/ miedo a esa noche/ que esconderá para mí/ toda la ternura de las imágenes. Esta tensión dramática traspasa todo el poemario; la muerte se presiente próxima, y el poeta la ve como el cierre definitivo de los días luminosos, de la alegría. En principio, Leopoldo no postula ninguna trascendencia, pero hay un poema en que abre la puerta a la esperanza, a un futuro de juventud inmarcesible donde, convertido en estrella, le será posible caminar entre las estrellas. Aquí va el poema, ceñido de tenue nostalgia, en francés, según el original:

Je regarde le ciel
depuis lontemps
en pensant
que très vite je serai
pèlegrin de son azur,
voyageur sans arrèt
à la recherche inévitable
de cette éclatante étoile
qui, un jour non lontain
brillera pour moi.

Pero mientras tanto, mientras que eso suceda y la esperanza se pueble de estrellas como el cielo nocturno y límpido, el autor reivindica su ser de tierra, la vida que late a su alrededor, la amistad, el whisky, unos cigarrillos, un paisaje ameno en el que descansar la mirada ante tanta desolación interna. La noche solo habita en el alma, pero no en el cuerpo; y es aquella casa de la noche si se deja poblar por la noche, si las sombras del miedo o la incertidumbre la arrastran a la tristeza y la melancolía. El esfuerzo para vencer ese desasosiego que amenaza con inundar el alma será imponente, pues tomará la forma de una batalla que se sabe perdida; la consciencia de que la vida en gran parte ya ha pasado, que se han deshecho muchas ilusiones y no habrá posibilidad para el retorno a un tiempo más feliz o ilusionado, que no habrá lugar a la reparación o enderezamiento de los errores cometidos, sumen al poeta en hondas cavilaciones, en la atmósfera de una gran devastación. El viento se ha llevado los gratos espejismos, los sueños yacen en las antiguas almohadas y hoy los desvanes los puebla el polvo. Ante esta desolación, el poeta se siente inerme bajo el sórdido dintel de la noche/ acechado por esta jauría de fantasmas/ sin remisión, naúfrago.
Recuerdos cargados de emoción me llevan a realizar este breve apunte sobre La casa de la noche. Conocía yo a Leopoldo de haberlo visto por La Puerta Falsa, pero propiamente no llegué a entablar amistad con él hasta que los dos asistimos a uno de aquellos Rincones de Poesía que Paqui Sánchez Merinos organizaba en Las Palas. Él iba con Antonio Hernández y Paquita, su mujer; yo, con mi inseparable Mª José. Terminadas las lecturas se acercaron y nos propusieron salir con ellos a la noche, donde las fogatas espabilaban las migas y el suave olor de las sardinas asadas venía a confundirse con el de las sorpresivas carretillas y tracas. A la caza del bocado, en aquella tibia noche de finales de junio, tuvimos ocasión de que nos visitara la empatía y la naciente amistad, la que mantuvimos hasta que lo quiso la muerte.
Agradecer a Ana Escarabajal su mecenazgo sería poco, porque gracias a ella hoy tenemos esta pequeña joya, La casa de la noche, donde aparece recopilado lo más granado de una obra dispersa en pequeños pliegos, plaquettes, antologías o revistas de poca tirada. Pero la producción poética de Leopoldo Hércules de Solás sigue esperando a alguien que se atreva a compilar tantos poemas sueltos como dejó. Los que tuvimos la suerte de disfrutar de su amistad, en orden a las leyes que esa misma amistad concita y al honor, nos cabe rendir un homenaje a su memoria. 
    De momento quiero cumplir, no con una lágrima, sino con un titilante gladiolo de luz cuajada por el sol del estío, con tu penúltimo deseo, querido amigo:

Los sueños se han ido
entre las sombras del tiempo.

Ellos muriendo
han abierto mi camino
hacia el silencio.

¿Y ahora? ¡Callad!
Que nadie me diga
lo que sé desde hace tiempo,
                                              eso sí,
llevadme un gladiolo. 




Todos los derechos reservados.
Jesús Cánovas Martínez©