jueves, 5 de diciembre de 2013

EPICURO, FREUD Y LA MUERTE

Sol Negro. Revista de principios y fines, fue una publicación cuyo primer número apareció en 1995 y el último en 1999; en total vinieron a aparecer trece números. Animaba la revista un espíritu de trascendencia, de romper límites, de adentrarse por caminos ignotos, pues no en vano el sol negro es el punto del horóscopo que catapulta hacia el centro de la galaxia y el 13 número de ruptura de nivel o regreso a la unidad, a partir de la cual se inicia un nuevo despliegue de ciclo. Según la impronta de su director, Emilio Saura (un buen general al que le faltaba tropa), se trataba de hacer fluir el verbo entre los diferentes discursos, fueran filosóficos, gnósticos o teológicos; la idea de llevar a cabo una praxis conforme al hermetismo cristiano en aras a una transmutación era evidente. Tuve el honor, y el placer, de participar con algún relato, poema o artículo en la mayoría de aquellos números. Fueron momentos de entusiasmo; por eso quedan registrados en una parte de la memoria, aquella que nos dice que algo de lo que se ha vivido merecía la pena.
La tirada de Sol Negro fue muy limitada, por lo que hoy en día la revista es objeto de coleccionistas de publicaciones curiosas, y algo más que curiosas.  Como este blog tiene un punto de nostalgia, vengo a traer aquí uno de los artículos con los que participé en aquella aventura.




EPICURO, FREUD Y LA MUERTE


Después de calificar la muerte como el más terrorífico de los males, Epicuro, en la Carta a Meneceo[1] articula el famoso argumento para contrarrestar ese temor que siente el hombre al evocar la posibilidad de su propia disolución:

La muerte, nada es para nosotros, puesto que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, entonces no existimos. Con que ni afecta a los vivos ni a los muertos, porque para estos no existe y los otros no existen ya.

Según Epicuro, pues, la muerte nunca podrá afectarnos, por la sencilla razón de que la muerte y la vida no son coexistentes. Así, quien muere, al quedar privado de su sentir, no puede ser afectado por nada, y menos aún por la muerte; por otro lado, mientras la vida dura, la muerte no puede afligir a nadie, pues su posibilidad misma queda excluida ya que es la cesación de todo sentir. ¿A quién puede afectar algo que nunca experimentará? El sabio, pertrechado de tal conocimiento, le ha de perder todo temor a la muerte.
A lo que parece, nos enfrentamos con una argumentación sin fisuras, diamantina, frente a la que hay que rendir y anular cualquier tipo de protesta; su evidencia se muestra con tal fuerza que casi nos ciega y en buena lid deberíamos apaciguar nuestras dudas, y con el talante más calmo y pacífico contemplar nuestra aniquilación con total la serenidad. Cuando, posiblemente aquejado por un cáncer de estómago, la muerte le llegó a Epicuro, fiel a sus premisas, según sus allegados, la aceptó sin mayores angustias.
          Resulta, sin embargo, que esa placidez con que Epicuro aceptó su propia muerte, no es moneda común para el género humano, acepten o no su argumento. Son numerosas las consciencias —y consciencias lúcidas— que han experimentado una indecible tortura ante el horror que les suponía pensar en su propia destrucción. La argumentación de Epicuro no les era convincente; tal vez porque suponían que su corrección formal corría pareja a su falta de credibilidad. Efectivamente, si soy yo el que está vivo, ¿qué sentido tiene que pregunte por mi muerte? ¿No es un absurdo? ¿Por qué mi vida, la que siento tan profunda y radicalmente mía, ha de cesar en algún momento? ¿Por qué suponer que esta vida mía corre peligro de desaparición? Más aún: ¿Quién verdaderamente piensa que se ha de morir? ¿Por qué ha de suceder tragedia tan incomprensible?... A Unamuno, y lo dice literalmente en su obra Del sentimiento trágico de la vida, no le daba la gana morirse. A mí tampoco, ¿y a usted, querido lector? Es difícil otorgar una necesidad a la muerte cuando siempre hablamos desde la vida. Todos estamos vivos, tanto si hablamos de la vida como de la muerte; usted que lee este artículo lo hace desde la vida y seguramente vendrá a concluir conmigo que quien está vivo nunca ha experimentado la muerte, y quizá podríamos añadir: ni quiere experimentarla. Razonemos, pues, desde la intimidad de cada uno de nosotros: Si mi destino último es el no ser, entonces ¿qué sentido tiene que yo esté ahora vivo? Si voy a morir, si mi aniquilación va a ser definitiva, entonces ya estoy muerto; aunque mi vida sea una nada tan sonora, tan absurdo es vivir como morir. Al no encontrar razón alguna que satisfaga mi inquietud, la postulación de la anhilación de mi vida me perturba enormemente, la siento absurda y no encuentro ningún consuelo.

              Pero hay más. El argumento de Epicuro, aparte de no ofrecer el pretendido consuelo, incurre en círculo vicioso; parte de una premisa implícita que ha supuesto, pero que no ha demostrado, lo cual la convierte en gratuita; a saber: que la vida puede cesar. Sin embargo, nada en su argumento nos confirma dicha tesis. Admite el presupuesto previo de que la muerte —privación de sentir, disgregación de aquellos átomos que nos componen— consiste en la cesación de la vida; ahora bien, si negamos de entrada toda posibilidad a un modo de existencia diferente a éste que sentimos tan limitado, entonces nuestra visión queda atrapada y se ahoga en la propia finitud postulada. Epicuro, por tanto, llegó al lugar desde donde partió y partió desde donde llegó; dicho con otras palabras, a pesar de la brillantez de su argumento, no resuelve nada vital, entre otras razones porque su argumentación es un mero sofisma.
          Cuando alguien piensa en su muerte —ya como cesación o como tránsito—, solamente puede imaginarla; nunca penetrar en su enigma y misterio. Ahora bien, si planteamos la muerte como cesación absoluta tendremos la sensación de enfrentamos con una paradoja y un absurdo, ya que nuestra muerte nunca puede constituir para nosotros mismos una vivencia. Si, por consiguiente, nunca experimentaremos nuestra muerte entendida como cesación, será esa, y no otra, la razón para pensar que la muerte es un imposible. Desde la vida, sólo me es lícito afirmar la vida. Y la vida es lo más mío, por antonomasia.  Decía Borges, al hilo de estas ideas que tratamos de exponer, que sólo una cosa no existe: es el olvido.
          ¿Qué experiencia de muerte es la que tengo? No la mía, sino la del otro, por lo que esta experiencia, ya de entrada, queda falseada. La muerte de los demás se me presenta como un hecho que siempre experimento como espectador; a mí me asombra el cadáver del otro y medito sobre cómo es posible que un cuerpo que yo sentía animado y con el cual podía establecer una relación comunicativa, de repente se convierte en frío, rígido, carente de cualquier manifestación vital; no habla, no gesticula, no me comunica nada, a no ser su única y hierática presencia. Pronto será agredido y desbastado; se convertirá en polvo. Si ante ese ser que yo ahora percibo de esa manera, y por comparación con casos semejantes estimo su rápida disolución, me unían lazos afectivos, siento entonces un hondo pesar, un profundo dolor. Puedo, a continuación, establecer una analogía y pensar que todos los seres son mortales, y se van, y no vuelven; las flores que surgen cada primavera y se agostan tras su breve paso de esplendor y belleza, me sirven para confirmar esta opinión. Yo también soy ese humo que pronto se disipa, breve aroma, paso, tránsito, flor de un día.

          Podré pensar así, es cierto; discurrir sobre la fugacidad de la vida… Pero, la vida, esa terca, sigue en mí; por eso a mi pensamiento se abre la ponderación de otra hipótesis: ¿no será la muerte un tránsito de un modo a otro modo de vida? Porque enunciar la mortalidad como cesación de todos los seres, al fin y al cabo, no deja de ser un aserto, una incompleta cuestión de hecho, una quebrada experiencia. Yo no he contado todas las muertes ni asistido a todas las desapariciones; por lo tanto, no sería lógicamente contradictorio afirmar que por lo menos un ser no ha cesado o, lo que es lo mismo, nunca dejará de vivir (usted, por ejemplo, aún no ha muerto). Por lo mismo, cualquier analogía válida para comprender la muerte, se tiende desde la vida: la muerte es un sueño, es un viaje, es un olvido… ¿Y qué? ¿Qué es la muerte propiamente? Nos faltan datos, experiencia, para responder a esta pregunta y, a no ser que nos conformemos con una respuesta en abstracto o demasiado simplificada, esos datos o esa experiencia es justamente lo que nos será problemático obtener. Así, pues, aparece un amplio folklore con referencia a la muerte: los muertos coexisten con los vivos, e, incluso, puede resultar que ese ser desaparecido, el difunto, más vivo que nunca después de muerto, se convierta en benefactor o busque una incansable venganza. De acuerdo a estas consideraciones, quizá debamos ponderar que frente al hecho de que hay seres que desaparecen del campo de nuestra visión, que dejan de estar en las coordenadas, sobre y bajo, las cuales viene matizada nuestra experiencia del mundo —espacio, tiempo, materia, forma, número—, lo único lícito que nos sería permitido concluir es que hay seres que desaparecen del campo de nuestra visión y dejan de estar bajo las coordenadas, sobre y bajo, las cuales viene matizada nuestra experiencia del mundo; es decir, se abstraen del espacio y tiempo conocido, pierden la materialidad o los límites de su forma y no son susceptibles de consideración numérica; nada más. La lógica no respalda lo que los ojos afirman, y, los ojos, ya sabemos, nos engañan con excesiva frecuencia… Frente a lo asertórico de los hechos, se sitúa lo apodíctico de lo lógico; y, un hecho, por más repetitivo que se nos presente en el campo de nuestra experiencia, nunca podrá convertirse en una necesidad que se evidencie a sí misma.
          ¿Habremos de repetirlo? Los hechos vienen dados bajo el presupuesto de las condiciones bajo las cuales los experimentamos; pero de ahí, de forma lícita sólo se puede concluir que, dadas las condiciones bajo las cuales se vehicula nuestra experiencia, esos hechos se muestran como se me muestran. Pero nada más. A fortiori, si hay seres que desaparecen del campo de la experiencia limitada que poseemos, no tiene por qué significar que hayan cesado definitivamente; pueden existir bajo otras condiciones que ahora ni siquiera sospechamos. Pensando en singular: Si yo fuera capaz de romper las condiciones de mi experiencia, y con ella, los límites de mi propia consciencia y visión de la realidad y así me abriera a una superconsciencia, podría quizás afirmar o negar si con la muerte que veo como espectador cesa todo, se anonadan los seres, o, por el contrario, éstos se transforman y se abren a una nueva vida, al igual que la mariposa que rompe su crisálida. Ahora bien, esa superconsciencia ya supondría, como índice y evidencia, la imposibilidad de mi finitud.  
          Al experimentar nuestra vida como un posicionamiento radical; al ser, si se me permite la expresión, prisioneros de nuestra vida, el único límite que podemos concebirle a ésta atañe únicamente a la actualización o no actualización de sus posibilidades, a su plenitud o detrimento. Instalados en la vida, somos vida: pura afirmación de sí. Por lo tanto, y concomitantemente, no se puedo admitir ningún tipo de injustificado reduccionismo, materialista o biologicista, o cualesquiera que sean, que niegue a la misma vida y la convierta en un absurdo —justamente, lo único que por sí mismo no puede ser absurdo—. Yo siento que soy mi cuerpo, pero también soy algo más que mi cuerpo; este mismo yo desde el que hablo y con el que hablo y desde el que observo mi hablar como un yo que habla, no es pura biología ni materia.

          Freud, en un opúsculo de 1915 —por lo tanto, escrito durante la Gran Guerra, cuando en el frente los soldados de uno y otro bando caían a miles— titulado Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte[2], llegó a la misma intuición que estamos ponderando:

La muerte propia es, desde luego, inimaginable, y cuantas veces lo intentamos podemos observar que continuamos siendo en ello meros espectadores. Así, la escuela psicoanalítica ha podido arriesgar el aserto de que, en el fondo, nadie cree en su propia muerte, o lo que es lo mismo, que en lo inconsciente todos nosotros estamos convencidos de nuestra inmortalidad.

Es de lamentar que, deudor de los marcos conceptuales del psicoanálisis —por aquellas fechas en pleno fervor de elaboración—, Freud no pudiera inferir las ricas consecuencias que esta afirmación llevaba consigo. Ya lo sabemos, cuando a lo real, a la vida, se le intentan poner corsés elaborados desde una razón que olvida su solo carácter mediático o instrumental, rechinan estrepitosamente estos mismos corsés. Sin embargo Freud rozó las conclusiones que ponderamos al enunciar:

Lo que llamamos nuestro inconsciente —los estratos más profundos de nuestra alma, constituidos por impulsos instintivos— no conoce, en general, nada negativo, ninguna negación —los contrarios se funden en él—, y, por tanto, no conoce tampoco la muerte propia, a la que sólo podemos dar un contenido negativo. En consecuencia, nada instintivo favorece en nosotros la creencia en la muerte.

Si Freud hubiera bajado un poco más, por esas capas profundas de nuestra alma, y, traspasando la amalgama de pulsiones que se agitan en nuestro interior, hubiera tocado el fondo de nuestro abismo —allí donde arriban los discípulos de la noche en el decir del autor de Los Arcanos Mayores del Tarot[3], no sólo habría descubierto la afirmación de un Sí donde se anulan los contrarios, sino que tal vez hubiera hallado la causa de esa indecible nostalgia que a todos nos traspasa, por la que nos sentimos vivos, pero no vivos; muertos, pero con una esperanza en la vida, y vida eterna, que no se aplaca: el recuerdo de los orígenes, del Paraíso. O lo que es lo mismo: la memoria más o menos oscura, o clara, de la unión vivificante con el Ser que nos ha dado la vida y del cual dependemos.
          ¡Qué duda cabe que estas últimas afirmaciones nos enfrentan con un horizonte religioso! Sin embargo, no puede ser de otro modo. Adentrémonos, por consiguiente, por estos vericuetos para seguir con nuestras reflexiones, conscientes de que no lo decimos todo sobre el tema.
          No sería, pues, en contra de lo que piensa Freud, el recuerdo de la horda, en cuyo seno un parricidio primordial habría engendrado la culpabilidad, y como consecuencia, la religión, para intentar aplacar dicha culpabilidad, sino una efectiva y real caída del Paraíso: Una separación brusca del Padre de la luz y de la vida, que nos lleva a sentir la angustia y a experimentar el mundo como vacío y falto de sentido; que nos lleva, en definitiva, a sentir miedo ante esa muerte que nos acecha o a pensar en una radical derrota de nuestra existencia, que solo somos una pasión inútil como diría Sartre. Por el contrario, debemos ponderar muy seriamente que, si Dios no hizo la muerte, el hombre tampoco fue creado para morir. En nuestro actual estado de existencia, la llaga sigue abierta, y el enigma. ¿Quién ha comido del árbol prohibido del Paraíso, del árbol de la Vida y vive, al igual que Dios, en la eternidad?… Lo que existe en devenir, si cesa el tiempo, forzosamente debe sucumbir, desaparecer…

Es importante comprender —lúcidamente señalaba el sabio hindú Ananda K. Coomaraswamy en su ensayo «Sobre el sentido de la muerte»— que las pruebas espiritualistas de la supervivencia de la personalidad, incluso si se acepta su validez, no son pruebas de inmortalidad, sino tan sólo de prolongación de la existencia personal. Plantear como solución la supervivencia temporal de la personalidad es sólo posponer el problema del significado de la muerte[4].


No la pérdida de un vestido, de una túnica, puede ser nuestra muerte, y menos lo sería la pérdida de la desnudez sin Dios. Esto es nuestra muerte: la vivencia angustiosa de la separatividad; la asunción del papel de Dios como dioses menores en un mundo desgarrado, en tránsito de cenizas, ausente del verdadero Dios. Hemos nacido muertos a la vida, mas con su esperanza y promesa —la que allá tuvimos, in illo tempore—; heridos, pero no destruidos. Por lo tanto, un abandono a la misericordia divina otorgada como don de lo alto es lo único que puede contrarrestar la vivencia angustiosa de esta amenazante separatividad, y propiciar un efectivo ingreso en lo eterno, en Dios mismo, fuente de Vida. Comer a Dios; comer a Dios que se ofrece para ser comido, mientras aún hay tiempo; comerlo con apremio, con urgencia, y, así, como injertos nacidos en Él, por Él, fructificado Dios en nuestro interior y nuestro interior en Dios, convertido en árbol y fruto, vivir en Él; ser Él de alguna manera, o, por lo menos, estar en Él y Él en nosotros; aquí nuestra salvación y nuestra vida.
 A este propósito, voy a terminar citando dos textos, del Evangelio de san Juan, muy pertinentes, sobre los que cabría meditar profundamente. En un momento dice Jesús a sus discípulos:

El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí (Juan, 6, 56-57).

En otro momento, previo a la resurrección de Lázaro, dice Jesús a Marta:

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? (Juan, 11, 25-26).


NOTAS:





[1]  Una buena introducción a Epicuro la constituye el libro de Carlos García Gual, La filosofía de Epicuro, Alianza, Madrid. Allí reproduce la Carta a Meneceo de donde ha sido tomada la cita.
[2]  Freud, S., o. c., en El malestar de la cultura y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1970. Las citas que siguen han sido tomadas, respectivamente, de las págs. 111 y 119.
[3]  Anónimo, o. c., Herder, Barcelona, 1987, véanse  las págs. 153 a 161.
[4] Coomaraswamy, A. K., Sobre el sentido de la muerte, en Axis Mundi, nº3, Paidós, Barcelona, 1998, pág. 51.



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Jesús Cánovas Martínez©