lunes, 16 de diciembre de 2013

HABLA UN EXORCISTA

HABLA UN EXORCISTA
GABRIELE AMORTH



Unos cuantos son los libros publicados hasta la fecha por el padre Gabriele Amorth sobre el tema del exorcismo. Habla un exorcista fue el primero, y en él quedó diseñado una especie de programa que de forma paulatina se fue cumpliendo con posterioridad. Su primera edición data de 1990, Roma (primera edición en español en enero de 1998, por Planeta), y a partir de ese año se fueron sucediendo ininterrumpidamente sus reediciones. El padre Cándido Amantini, mentor y maestro del padre Gabriele Amorth, abre el pórtico de su lectura con una Presentación, a la que le sigue una Introducción del propio autor en la cual expone los motivos que le llevaron a escribir la obra.
Habla un exorcista no es un libro doctrinal o teórico sobre la figura del diablo, se atiene más bien a la experiencia de exorcista del propio autor; por eso vendrá salpicado con multitud de casos dirigidos, por un lado, a ilustrar el poder que Satanás ejerce sobre las personas, manifestado mediante las posesiones físicas, por otro, a poner de relieve el poder de Cristo sobre Satanás, ejercido con potestad durante su paso por la tierra y transmitido a sus apóstoles y sucesores —«Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia» (Mt. 10, 1); «A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre» (Mc 16, 17)—. Ese poder de Cristo muestra que Él es el centro de la creación, hasta el punto que solo con la invocación de su Santo Nombre, como dice el apóstol san Pablo, «toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo» (Filipenses 2, 10).
La obra tiene un claro sentido pedagógico y supone una especie de vademécum puesto al servicio de exorcistas y sacerdotes, pues según el padre Amorth «todo sacerdote debe poseer ese mínimo de conocimientos para comprender si una persona necesita o no dirigirse a un exorcista». Dicho lo cual, adquirir este tipo de saber, y el discernimiento que lleva parejo, no hará mal a nadie; al contrario, le puede servir para ponerlo sobre la pista de aquello que, rayano en lo extraordinario, aparece como carente de explicación para una mirada poco atenta.
Las víctimas del maligno comienzan por experimentar un hado funesto alrededor de sus vidas; la mala suerte les persigue y van cosechando un sartal de desgracias. En los casos menos graves cabe hablar de obsesiones o vejaciones diabólicas. Las obsesiones son acometidas de pensamientos obsesivos, muchas veces absurdos, que llevan a la persona que las sufre a estados de postración, de desesperación y acunan en ella deseos de suicidio. Las vejaciones consisten en trastornos de la salud que pueden adquirir diversos grados; por lo general, el demonio suele atacar al estómago o la cabeza, y las víctimas pueden llegar a perder el conocimiento, cometer acciones impropias o pronunciar palabras blasfematorias de las que no son responsables.

La acción del demonio contra sus víctimas es radical y gradualmente se va generalizando, hasta el punto que afecta a todos los ámbitos de sus vidas. Las suele atacar en cinco aspectos:
1)    En la salud, produciendo trastornos físicos y psíquicos. Como queda indicado ataca generalmente a la cabeza y estómago. Pero de forma pasajera, y en especial durante el exorcismo, ocasiona en el cuerpo bubones, grietas, cardenales… Desaparecen haciendo la señal de la cruz sobre ellos y rociándolos con agua bendita; igualmente, poner la estola encima de ellos, los hace desaparecer.
2)    En los afectos el maligno pretende romper matrimonios, deshacer noviazgos, enfrentar a los miembros de una familia. Suscita disputas por motivos fútiles y confiere a su víctima la impresión de que no es grata en ningún ambiente, de que se la evita y se la aísla; esta poco a poco se sume en un vacío afectivo.
3)    En los negocios, los bienes o el trabajo. Imposibilita a la víctima para encontrar trabajo o a permanecer en él. No hay motivos razonables, pero la víctima  pasa de la normalidad económica a la miseria, de un trabajo intenso al paro.
4)    En las ganas de vivir. La víctima adquiere una incapacidad para el optimismo o la esperanza; la vida le parece negra y angustiosa, sin posibilidad de salida, insoportable.
5)    En el deseo de morir. Este es el punto final que el maligno se propone: llevar a su víctima a la desesperación y al suicidio. Con respecto a este quinto aspecto, el padre Amorth indica algo esperanzador. Y es que cuando la víctima se pone bajo la protección de la Iglesia, automáticamente queda excluido. Así se señala lo que Dios respondió al demonio respecto de Job: «Haz con él lo que quieras, pero respeta su vida». (Jb. 2, 6).
En todo caso la acción demoníaca más grave es la posesión; por fortuna poco frecuente, aunque según el autor por diversas causas (prácticas espiritistas, maleficios, pactos con el diablo, acción de las sectas, pérdida de la fe, reincidencia en pecados graves) sus casos van en aumento. En la posesión el diablo se apodera del cuerpo de sus víctimas (nunca de sus almas si estas no quieren ofrecérsela libremente) y lo tortura hasta lo indecible; habla o actúa mediante sus poseídos y con frecuencia se acompaña de manifestaciones paranormales.
Si es verdad que Dios permite que ciertas personas experimenten esta acción diabólica, y no es extraño el caso de los santos que fueron golpeados, flagelados o apaleados por los demonios, por otro lado las ha provisto de ayudas de todas clases. La iglesia tiene sacramentales («signos sagrados con los que, por una cierta imitación de los sacramentos, se simbolizan y obtienen efectos sobre todo espirituales, por la impetración de la Iglesia», conforme a la definición del Concilio Vaticano II) para este menester, y, sobre todo, está dotada de un antídoto permanente contra el diablo y su acción: la Santísima Virgen María. La enemistad de la Virgen con Satanás es patente desde que en el Génesis, después de maldecirla, Dios le dijo a la serpiente: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Génesis, 3, 15). El padre Amorth confiesa que cuando fue nombrado exorcista de la diócesis de Roma en 1985 por el vicario del Papa, el cardenal Ugo Poleti, se encomendó a la Virgen María, le pidió que lo rodeara con su santo manto y salvaguardara del demonio; ese amparo siempre le ha acompañado. Especial fuerza de protección posee la imprecación escrita por León XIII, de su puño y letra, al príncipe de las milicias celestiales, San Miguel Arcángel, y que antes del Concilio Vaticano II se rezaba, junto a una oración a la Virgen María, al finalizar la misa:

San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro protector contra las maldades y asechanzas del demonio. Que Dios lo reprima humildemente te lo pedimos. Y tú, príncipe de la milicia celestial, con el poder de Dios, arroja a Satanás al infierno y a todos los espíritus malignos que vagan por el mundo buscando la perdición de las almas.


El padre Amorth se concentra en el exorcismo. El exorcismo es un sacramental instituido por la Iglesia que solo puede ser administrado por los obispos o sacerdotes (nunca por los laicos) que han recibido del obispo licencia específica y expresa. Se administra observando cuidadosamente los ritos y las fórmulas aprobadas por la Iglesia, y tiene un doble objetivo: en primer lugar, posee un fin de diagnóstico, en segundo, se propone liberar a los poseídos.
Con respecto al primer objetivo, señala el autor, que solo mediante el exorcismo se adquiere la certeza de encontrarse ante una intervención diabólica; de este modo el exorcista puede valorar correctamente los signos a los que debe atenerse: antes, durante, después y en el transcurso del exorcismo. Y esto, tanto para que no le sea fácil creer en una presencia demoníaca, como para ponerlo en guardia contra los distintos trucos con que el demonio intenta disimular su presencia. Insiste el padre Amorth en este punto, que considera importante: El demonio siempre quiere pasar desapercibido y hace lo indecible para ocultar su presencia; cosa contraria ocurre con ciertas formas de enfermedades psíquicas en las cuales el paciente hace cuanto puede para convertirse en centro de atención. Al hilo, hay que decir que las demonopatías son refractarias a los tratamientos meramente psicológicos o psiquiátricos; como consecuencia se necesita un buen discernimiento que excluya una etiología meramente natural de este tipo de sintomatología. Por de pronto, contra los síntomas que manifiestan las personas poseídas nada pueden los fármacos comunes, mientras que llegan a desaparecer con la aplicación de un socorro de orden religioso. La duda, sin embargo, puede planear sobre una multitud de casos, pero el padre Amorth es contundente a este respecto: se debería aplicar un exorcismo breve, pronunciado en voz baja, que pueda ser confundido con una bendición, pues «nunca un exorcismo innecesario ha hecho daño.» No hay que esperar, pues, a que haya signos seguros, porque lo realmente grave sería que por no haber sabido reconocer la presencia del demonio se hubiera omitido el exorcismo, apareciendo después esta presencia de forma más arraigada y virulenta.
 ¿De qué signos hablamos? No hay una casuística estándar, pero se pueden reducir a los tres indicados por el Ritual como síntomas efectivos de posesión:
1) hablar lenguas desconocidas,
2) poseer una fuerza sobrehumana y
3) conocer cosas ocultas.
Ahora bien, señala el autor, que estos signos se han manifestado siempre durante los exorcismos, pero nunca antes.

Con respecto al segundo objetivo, la liberación de la víctima, el autor indica que es necesaria su colaboración, ya sea rezando, frecuentando los sacramentos o simplemente yendo al exorcista. Como el afectado muchas veces está incapacitado para darla, se inicia un camino difícil y largo, y no siempre, por desgracia, se llega a la liberación. En cualquier caso, ayudan las oraciones de otros, familiares, monjas de clausura, comunidades parroquiales o grupos de oración. Señala el padre Amorth el poder del rosario y el recurso a la Virgen María, y la intercesión de los ángeles y santos. También ayudan los correspondientes sacramentales: agua, aceite y sal exorcizada. No poca importancia tienen en este cometido las frases de la Biblia o las plegarias de alabanza, sean los Salmos o los diversos cánticos. Las peregrinaciones a lugares santos obran en favor de las víctimas. Las imágenes sagradas protegen, puestas sobre la persona o en diversos lugares de la casa: puerta de entrada, dormitorios, comedor o lugar donde se suele reunir la familia. No hay que descuidar ciertas medallas: la medalla milagrosa, la de san Bernardino de Siena o la de san Benito. Dicho lo precedente, el exorcista debe mantener una actitud humilde, sabiendo en todo momento que quien obra es Dios y no él.
Advierte el padre Amorth la importancia de atenerse a las reglas del Ritual de exorcismos. Cuando se ha detectado la presencia y se procede a los exorcismos, no se deben hacer preguntas inútiles o de curiosidad, sino, por el contrario, solo se debe preguntar lo que es útil para la liberación. Lo primero que se ha de preguntar es el nombre del demonio, si hay otros demonios y cuántos, cuándo y cómo el maligno entró en ese cuerpo y cuándo saldrá de él. Hacer que el espíritu maligno revele su nombre supone inferirle una derrota, pues esto implica que ha confesado su rango y, por consiguiente, el exorcista sabe cómo actuar contra él. Si la presencia del demonio obedece a un maleficio, se interroga de qué modo ha sido hecho tal maleficio. Si la persona ha comido o bebido cosas maléficas, debe vomitarlas; si se ha escondido algún hechizo, hay que llevarle a decir dónde se encuentra para quemarlo con las debidas precauciones.
La pericia del exorcista consiste en encontrar los puntos débiles de los demonios. Unos, no resisten la cruz hecha con la estola sobre las partes doloridas; otros, se oponen con todas sus fuerzas a la aspersión con agua bendita. Hay frases, en las oraciones de exorcismo u otras plegarias, ante las cuales el demonio reacciona violentamente o perdiendo fuerzas; entonces, como sugiere el Ritual, se deben repetir aquellas palabras.
Antes de que se produzca la liberación, ocurre lo contrario que cuando se sana de las enfermedades: en estas, el enfermo mejora progresivamente; en las posesiones, la persona afectada está cada vez peor, y precisamente cuando ya no puede más, se produce la liberación. Hay un momento delicado y difícil, pues, que puede prolongarse mucho, en que el espíritu maligno muestra en parte una gran debilidad y en parte intenta asestar sus últimos golpes. El ente demoníaco se resiste a abandonar la persona, y manifiesta su estado de desesperación con expresiones como estas: «Me muero, me muero», «Ya no puedo más», «Basta, me estáis matando», «Sois unos asesinos, unos verdugos; todos los curas son asesinos».
El demonio sufre mucho, pero también procura dolor y cansancio a su víctima. Así, les trata de comunicar sus mismos sentimientos: Él ya no puede más y les provoca un estado de cansancio intolerable; él está desesperado e intenta transmitir su propia desesperación; él está acabado, y transfiere a la persona la impresión de que todo está acabado, que su vida ha llegado al final. A los poseídos se les hacen cada vez más fatigosos los exorcismos y necesitan de ayuda externa para no faltar a la cita con el exorcista, para rezar, para ir a la iglesia o para acercarse a los sacramentos, porque solos no lo consiguen.
Para evitar recaídas, una vez producida la liberación tras penosa sucesión de exorcismos, la persona no debe dejar de practicar los sacramentos ni abandonar la vida cristiana, porque tampoco es extraño el caso de que el espíritu maligno, como relata el Evangelio de San Mateo (12, 43-45), cansado de vagar por los páramos baldíos, regrese con otros siete espíritus peores que él.

Yo sé que muchas personas cuando oyen hablar de demonios, exorcismos y cosas por el estilo, estas les suenan, no diré a música celestial sino a música infernal. En los últimos tiempos el nihilismo ha hecho tales estragos en las psiques que lo serio se toma por baladí; lo que hay que temer, a risa; y lo que son comportamientos francamente anormales, como lo más normal del mundo. No debería ser así, por lo que a algunos habrá que decirles que las cosas no son como las piensan, menos como las hacen, y que tal vez ignoran bastante más de lo que creen. Les remito a que analicen las cuotas de felicidad de que disponen; es un buen test a condición de mantener una sinceridad impecable. Ojalá que en sus vidas no se vean contrastados con cierto tipo de experiencias (la ignorancia, al fin y al cabo, de alguna manera protege), pero por si alguna vez ocurriera lo que nadie desea y lo innominable les tendiera ese lazo del que difícilmente se escapa, no podrán decir que no se les puso sobre aviso. 



Todos los derechos reservados.

Jesús Cánovas Martínez©