jueves, 12 de diciembre de 2013

POEMS FROM CHURCH STREET

POEMS FROM CHURCH STREET (EDICIÓN BILINGÜE)
MARICEL MAYOR MARSÁN


Debo a Ardentísima y, por extensión, a José María Álvarez, haber hecho el ridículo unas cuantas veces. Referiré dos de ellas. La primera fue en Molina, cuando un grupo representativo del por aquel entonces Grupo Espartaria de Poesía, fuimos convocados para dar un recital poético en el Salón de Actos de Caja Murcia. Ufanos, contentos, pletóricos, nos dirigimos allá («Al fin la fama», pensábamos), pero la sorpresa fue mayúscula al encontramos con la puerta cerrada a cal y canto… ¡Allí no había nadie! Ni el conserje, ni el Tato. Miramos de nuevo el folleto informativo, por si el error era nuestro y, con las prisas por darnos a conocer, nos hubiéramos precipitado un día antes, a lo mejor dos, o... ¡quién sabe si se nos había pasado el arroz! ¡Pues mira que no! Claramente se especificaba que tal día y a tal hora, el grupo Espartaria daría un recital allí mismo. Por fortuna, alguna señora de edad avanzada se personó en el lugar con ánimo de poesía, lo que nos hizo sentirnos menos solos, y en honor a ella realizamos una semilectura poética encaramados en un banco de la calle. La segunda el ridículo fue, diría, hasta sangrante. En aquella ocasión, habían puesto taxis al servicio de los poetas; salían estos desde el Rincón de Pepe, montaban al susodicho y lo llevaban a destino. Y allí que me vi, en taxi, contento y con un repunte de vanidad. «¡Ya es hora de que se haga justicia con la poesía, la hermana pobre de la literatura! ¡A los poetas se les pone taxi, como es debido!…», eso iba pensando, o algo parecido, durante el trayecto hacia el IES Santa María de los Baños de Fortuna.
Llego a destino, pues, bajo del taxi y entro en el instituto. Es horario lectivo y los pasillos andan vacíos… Me acerco a Dirección o a Jefatura de Estudios, no sé, ahora no me acuerdo, y les digo que yo soy el poeta que están esperando.
—¿Cómo? ¿El poeta que estamos esperando?
Dos individuos, con un gesto de extrañeza no disimulado, han elevado desde sus asientos unos ojos hacia mí. 
—El mismo —respondo, con aire de importancia.
—¿Esperábamos a algún poeta? —pregunta uno, mira al otro, y luego los dos se miran entre sí. 
—¡Ah, sí!... —suelta el más avispado—. Eso es cosa de Fulana, la profesora de literatura.
Me indican entonces que siga recto, tome a la derecha, después a la izquierda, etcétera, hasta llegar al aula tal. No sé si soy excesivamente suspicaz, pero a estas alturas de la película ya llevaba la mosca en la oreja.
Abro la puerta del aula, saludo y pido permiso para entrar:
—Soy el poeta que viene de parte de Ardentísima.
Y la profesora, ante aquella inesperada interrupción, expresa su desagrado a la vez que su sorpresa:
    ¿¡Cómo!? ¡Pero tú no eres Pedro Marín...!
—No… Yo soy Jesús Cánovas y me han enviado para acá… los de Ardentísima...
Vuelve la profesora a la carga, e introduce una réplica con otro pero, un tanto capcioso:
—Pero a quien esperábamos era a Pedro…
Está confusa, desconcertada, y me contagia su confusión y desconcierto. De repente empiezo a sentir vergüenza, se me enrojece la cara y me invade igual sensación que aquella que puede invadir a un pato perdido en un garaje.
La profesora tiene tablas, y pronto salva la situación. La incomodidad del inicio se distiende gracias a su simpatía. Aun así me recuerda que llevaban varios días trabajando un poemario de Pedro, y que sus alumnos se sienten muy descolocados al verme a mí allí y no a Pedro…

Sería injusto concluir, de cara a estas experiencias (en todo caso particulares), que Ardentísima no cumplió un cometido importante en la Región de Murcia. Quienes me conocen saben que hablo poco, y si hablo, lo hago al descubierto; no me gusta esa hipocresía que estilan ciertos individuos, los cuales ponen piadosa o beatífica cara y aun limpian el polvo de la chaqueta de aquel al que, a sus espaldas, rajan de forma inmisericorde (al respecto, puedo dar unos cuantos nombres si se me pidieran). Esa gentuza me da asco. En cuanto a mí, lo digo a las claras: José María Álvarez lo hizo muy bien, y las sucesivas ediciones de Ardentísima supusieron un hito en la pequeña historia de la literatura de la Región. Fue una suerte tener a la mano a poetas de talla internacional, oír los poemas de sus labios, percibir su respiración, cruzar alguna palabra con ellos. La poesía se dignificó durante aquellos días, y agradable fue asistir a la multiplicidad de recitales que se fueron sucediendo mañana, tarde y noche. No concluiré, por tanto, nada negativo.
Para desagraviar a Ardentísima de tanta crítica solapada como recibió y, consecuentemente, a su instigador, contaré dos cosas magníficas que me sucedieron.
La primera fue la posibilidad de tomar un café con María Kodama. Un descalzado de la poesía tiene pocas oportunidades de codearse con los grandes, así que en un impasse burlé la estrecha vigilancia que sobre ella ejercía José María Álvarez y la invité en un bar de la Plaza de Santa Catalina. Aunque breve el contacto, las sensaciones que experimenté resultaron multiplicativas. No fue solo hablar con aquella interesantísima mujer (tímido por naturaleza, hoy no podría decir exactamente sobre qué), circunstancia por sí misma merecedora del recuerdo, lo que me hizo flotar durante unos instantes, sino algo que aconteció como un plus: una suerte de catalización que se operó a través de la Kodama. Ocurrió como si todo Borges, a quien yo había descubierto y leído con pasión en mi etapa universitaria, descendiera sobre su viuda y desde ella se comunicara conmigo, él y su obra toda.

Parecida sensación, aunque con las connotaciones que ahora explicaré, tuve con Maricel Mayor Marsán, la segunda cosa buena de la que quiero hablar. La conocí en el aparte de un recital, cuando Juan Ramón Barat y yo entablamos una conversación con ella y su esposo, Patricio E. Palacios, en el bar Zalacaín. A pesar de que su poesía me impactó, yo no había oído hablar de Maricel; pronto me enteré que junto con Patricio dirigía una revista digital de gran calidad, muy extendida por el ámbito hispano: Baquiana.
Al tomar conocimiento con una persona se establece una comunicación subliminar por la que se sabe si en un futuro podrá haber compatibilidades o no. Si surge la empatía, se evidencia a sí misma; es un hecho. Difícil describir en conceptos unas sensaciones que rayan lo extraordinario; son sensaciones estas que aluden a los sentidos llamados inferiores más que a los de la vista o el oído; ahora bien, tengo que añadir a continuación que esos mismos sentidos son inmediatamente trascendidos para mostrar otra verdad, diría que trasluminada, diferente a la meramente táctil, olfativa o gustativa. Si con María Kodama percibí el descenso de Borges y su obra, de Maricel Marsán me llegó, como aroma o tacto, la bondad, la belleza, la inteligencia, la ternura, la sencillez, la hermosura, el sufrimiento, la alegría, la proximidad, la dulzura, la tranquilidad, la anchura, la extensión, la apaciguada lucha, la verdad.
Poems from Church Street está dedicado a la memoria de las víctimas del 11 de septiembre de 2001. Es un libro, por tanto, agónico, en su sentido original de lucha y sufrimiento, en el que Maricel Mayor Marsán muestra su empatía con aquellas víctimas inocentes de la barbarie terrorista.

No es conveniente olvidar, según el quinto manual que nos propone la autora, el de las equivocaciones, y de la cita de Karl Shapiro que lo alumbra, los errores del pasado. La memoria, y en este caso la poética, ha de registrar los errores de ese pasado, y archivarlos, para mostrarlos luego tal como fueron: errores. Y esto porque la poesía, al no ser sabia, es inocente, y por lo mismo se puede adentrar por los campos del terror y de la muerte sin ningún tipo de preconcepciones o lastres que no sean los de la propia mirada del poeta. La poesía no aprende de lo que podríamos considerar un sentir general y, por lo mismo, universalizable; no: La experiencia poética es única en cuanto respeta la particularidad de cada poeta, o, incluso, de cada lector concreto. Ahora bien, si estamos llamados a tener dicha experiencia en singular, ¿qué es lo que podemos comunicar, entonces? Veamos la respuesta que ensaya Maricel Mayor: Siempre podremos transmitir aquello anterior a la palabra y que informa la palabra; en el caso que nos ocupa el desasosiego o el silencio, sea el presente en caos, en el caso del primer manual, o la complicidad del miedo, en el caso del segundo. Un pie para la meditación del primero lo supone una cita de Longfellow, para el segundo, otra de T. S. Elliot,  que reproduzco: I will show you fear in a handful of dust (Te mostraré tu miedo en un puñado de polvo).  Aun así la poeta apuntará al mandato del décimo manual, el de la espera, resumen o conclusión al que tiende su hacer poético: La humanidad en lo humano. La esperanzadora cita que lo glosa es de Walt Witman: In this broad earth of ours,/ amid the measureless grossness and the stag,/ enclosed and safe within its central heart,/ nestles the seed perfection (En esta amplia tierra nuestra,/ en medio de la inmensa densidad y la basura,/ rodeada y segura en el centro de su corazón,/ anida la semilla perfección).
Maricel propone Diez manuales con sus pertinentes mandatos y citas, soportes estas últimas para la meditación particular de cada uno de los lectores de Poems from Church Street. Ahora bien, si el poemario busca la complicidad del lector, es porque previamente ha habido una exposición de los sobrecogedores motivos del horror. Y son precisamente estos motivos los que informan las otras secciones del libro: Ante la presencia del dolor, De otredades y circunstancias, Habitantes anónimos de la ciudad de Nueva York y Algunos poemas desde el asfalto.

El World Trade Centrer se desmorona bajo un sudario de estupor y sorpresa; una lluvia de polvo, cascotes y cemento viene a caer ominosa sobre la Gran Manzana y las gentes corren llenas de pasmo hacia ningún lugar (The ashes fly everywhere./ They have taken with them the trace/ of many faces of friends ―La ceniza vuela por todas partes./ Se ha llevado consigo el rastro/ de tantos rostros amigos—). Son gentes anónimas; no saben ni comprenden, apenas identificada la amenaza, por qué o de qué huyen. El cielo es plomo, arde derretido; extraños ángeles de fuego circulan, caen los vidrios rotos; el humo se eleva negro, retumba el polvo. Entre los que huyen se encuentra Pedro, el tendero, o Imanil, el asistente de mesero, o George, el taxista negro de Harlem. Cada uno tiene su historia; la muerte les ha segado algo íntimo y caminan insomnes. Sus vidas ya no serán igual a como fueron porque definitivamente sienten quebrada en su interior la delgada línea que, al romperse, los adentra por el territorio incierto de la vulnerabilidad: Why he and not me?/ Why my friend and not me?/ Why not the two?, se pregunta, insistente, Imanil. Son preguntas angustiosas ante lo que no se comprende y golpean como un marro en el fondo de sus psiques. Así es. La atrocidad del horror se ceba en los inocentes; por eso, de forma semejante a la del Evangelio, una voz unánime clama desconsolada por Manhattam: Es la de Maricel-Raquel, que llora a sus hijos porque ya no existen:

I observe the remains of a disaster,
the memorial of the laceration of many.
Some pray, some others look fearless,
others swing themselves discreetly in their places,
push gently, whisper in mourning,
silently struggle in their spaces…

(Observo los residuos de un desastre,
el memorial del desgarre de tantos.
Unos rezan, algunos miran impávidos,
otros se mecen discretamente en sus sitios,
empujan levemente, susurran en duelo,
pugnan callados en sus espacios...)

El horror posee tintes surrealistas, de hecatombe: las nubes asfixian, los aires son pavesas y yeso, la mañana se tiñe de salvajes oscuridades, los cuerpos se evaporan o se descuelgan múltiples voces más allá del polvo... Mientras, desde el horror y el caos, ascienden las almas de los muertos. Una fuerza especial posee el poema que lleva por título The maccabees of the ground zero (Los macabeos de la zona cero), que comienza del siguiente modo: Soldiers of ashes and bones/ looking for the eternal light/ in the remembrance of others (Soldados de cenizas y huesos/ buscando la luz eterna/ en los recuerdos de otros). Con sobrios trazos, la mirada impávida y el dolor contenido, la autora subraya su impotencia ante la muerte gratuita de cualquier ser o la estupefacción que le produce contemplar hasta dónde puede llegar la maldad humana. Surgen así poemas tan tremendos como Infecund parable o At the hour of all hours:

My pores get filed with your bad luck,
There is no line or fold of my body,
Exempted from the alluvium of the tragedy.
I breathe, live, feel
                            And barely
                                     Understand your death.

(Los poros se me inundan de tu mala suerte,
No hay renglón o pliegue de mi cuerpo
Que se exima del aluvión de la tragedia.
Respiro, vivo, siento
                            Y apenas
                                     Comprendo tu muerte.)


Sin embargo, junto a la descripción del terrible caos, frente a la paralización a la que induce el horror o la estupefacción ante lo incomprensible de tal espanto, con su conciencia desgajada, partida, la autora nos propone tres poemas, remansados o conclusivos, por un lado, provisionales o pendientes de futuros desarrollos, por otro. Son los que alumbran el título del poemario y, en última instancia, le dan sentido: Trinity Church, At the gate of an old cemetery y Saint John the Divine. Inmersa en el espanto del horror, la poeta confiesa, emocionada, su confusión: I am hesitant and errant,/ I come from the fire, madness coming off the sky,/ victim of I don’t know what and of I don’t know who (Ando vacilante y errante,/ vengo del fuego, locura desgajada del cielo,/ víctima del no sé qué y del no sé quién), para, a continuación, desear el descanso en el viejo y humilde cementerio de la Isla. Quiere yacer con los antiguos muertos, porque se siente parte de ellos. Allí, cesada la confusión, la paz; pero no la de la muerte, sino aquella otra que serena el alma y da vida a la vida. Y la encuentra tanto en Saint John the Divine, donde los hombres rezan juntos, con independencia de sus lugares de origen (The nations pray together, the denominations are forgotten ―Oran juntas las naciones/ las denominaciones se olvidan—), como en Trinity Church, límpida iglesia, y firme, con su campanario mirando al sol, serenada de silencio en medio del quehacer urbano, y todo eso, sin embargo, two steps away from the Armagedon (a dos pasos del Armagedón).
¿Por qué el horror? Las impresiones poéticas que me dejan estos Poems from Church Street de Maricel Mayor Marsán, sin quererlo yo, me conducen a las reflexiones filosóficas de André Glucksmann. En un libro publicado poco antes de aquel fatídico 11 de septiembre, La tercera muerte de Dios, el filósofo casi de modo premonitorio alertaba sobre la posibilidad de un gran atentado proveniente del fundamentalismo islámico; ocurrida la catástrofe, reflexiona sobre la misma en Dostoievski en Manhattam. La conciencia del hombre occidental de nuestro tiempo se ha vaciado de valores e ideales; Dios ha muerto por tercera vez y adviene el nihilismo. La primera vez que Dios murió fue en la cruz; la segunda, en la razón, con las obras de Nietzsche y Marx; la tercera en la conciencia. Esta tercera muerte conlleva la llegada del nihilismo, no inocuo y como un adorno, sino radical, por cuanto el vaciamiento que procura en el ser humano se traduce en la práctica de la muerte: ya no existe un por qué o un para qué de la destrucción sino un por qué no.
El mundo Occidental ha tenido los ojos vendados ante el horror, ya fuera por la parodia de paz en que ha vivido desde la Segunda Guerra Mundial, la complacencia consumista del ciudadano medio o el mismo silencio cómplice de los intelectuales; así, tras la caída del muro de Berlín, Fukuyama declaraba el final de la historia con alegre e inocente entusiasmo. Pero pronto se revelaría que ese acontecimiento no suponía ningún final de la historia, sino el inicio de una nueva era, la del nihilismo, profetizada en el siglo XIX por Nietzsche. La caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 supone su triunfo.

La actitud fundamental del nihilismo es la del todo vale; es decir, que se puede hacer todo lo que se quiera sin ningún tipo de escrúpulos, incluso el más espantoso de los genocidios. Así pensaban Hitler, Himmler, Goering, o cualquiera de los líderes nazis; pero también Stalin, Mao, Milosevic, Pinochet o Videla. ¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!, gritó en el año 1936 Millán Astray en la Universidad de Salamanca como única réplica posible a Unamuno. El denominador común, pues, de los totalitarismos que han azotado el siglo XX (nazismo o comunismo) ha sido el nihilismo y la crueldad que les vino añadida: su práctica, su justificación y aun su legitimación. El terrorismo fundamentalista proveniente del Islam también adopta esta característica por cuanto procura la muerte en razón de la lógica misma de la muerte. La alegación a la divinidad es un pretexto para el terrorista, porque no se trata de actuar a favor de lo divino, sino de suplantarlo y tomar su lugar bajo la premisa del todo vale.
El ser humano es un ser incompleto, a medio hacer o quizá vulnerado desde el principio, por lo que son múltiples las fisuras de su naturaleza. Estas fisuras son las que agranda el nihilismo, y por ellas vienen a colarse fuerzas demasiado oscuras como para poder identificarlas. Si las identificáramos y reconociésemos se nos pondrían algo más que los pelos de punta.




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