lunes, 9 de diciembre de 2013

DE NOVIEMBRE

DE NOVIEMBRE
ELVIRA VICENTE BERNABEU



Cada mes tiene su luz propia y, por tanto, su belleza. La luz de noviembre es nítida y diáfana, aterciopelada; en ella, los seres, los objetos, las cosas, bailan rotundos, adquieren nuevo peso o medida y suenan con una extraña y honda densidad. Cuando esa luz es sesgada por la tarde, oros límpidos se derraman o sangran, fúlgidos como heridas, traspasando la tenue dulzura del aire; los montes, a lo lejos, azulean, y, desde ese azul, se trasmutan poco a poco y cambian hacia los tonos del malva o el añil. ¡Cuánta belleza asoma de repente! En un momento la luz se hiere de melancolía y una grácil nostalgia se mece sobre el algodón de los cúmulos del cielo. Tintinean, a lo lejos, las campanas de una vieja iglesia, el viento arranca leve gemido de los álamos y los cañares del río susurran al paso de las mansas aguas que caminan hacia el olvido. Es conveniente contemplar esa belleza sencilla que pronto ocultará la noche. Se serena el alma y se recrea, se tranquiliza con el leve sosiego que la invade. La luz se escarcha entonces y en roja cereza fulgura; se riza el cielo. Unos pájaros remotos se elevan, acarician el último resplandor de la tarde con su vuelo. Sopla un viento frío, oscilan las hojas viejas de los árboles y de los tejados de las lejanas casas sube un humo lento con olor de hogar. La noche comienza a cuajarse de estrellas.
Una extraña melancolía se nos adentra durante este mes, nos invade a grandes pasos los espacios íntimos del alma. Llueve entonces dentro de esta, porque presentimos la caducidad del mundo. Los días se van acortando con vértigo y la noche se gana a sí misma en una batalla sin tregua. Como al mundo, como a la noche, como al día, así sucede con todo. Los ciclos de la naturaleza se suceden imparables; si pronto fue el renuevo de la primavera, pronto pasó, y ahora, cernido el otoño a su ala de frío, se contrasta inerme con la muerte. Fuerte es la luz que se abrasa en sí misma entre sus oros cuando el poniente gira. Pero si el amor es más fuerte que la muerte, más allá de esa luz deshecha, el amor será sello en el corazón, y donde esté el corazón estará el amor. Y el corazón no muere, porque el corazón es centro. Tal verdad expresa el Cantar de los Cantares del rey Salomón.
De Noviembre, al igual que el mes del que toma su nombre, es un poemario que desprende una intensa melancolía, un intenso pesar que aploma el alma, y aun así es dulce y tenue porque en él viene a anidar el amor. Elvira Vicente, llegada a la madurez, con voz serena y fluidez en su verbo, canta a un mes bello y trágico, porque entre la caducidad de las cosas que la rodean, la anchura de las ilusiones rotas o los sueños caídos sin remisión, viene a contrastarse con el amor. Vida/amor, desolación/muerte, fuerte claroscuro en danza de sombras y esperanzas que nos traerá este libro con el ligero soplo del viento; cárcel de amor, en definitiva, pero cárcel bella y sublime, de frío aterida también, porque el alma de la poeta queda ilusionada de una ternura que recuerda el último canto de los cisnes.

Déjame entrar en ti amor-noviembre,
        en tu reino de sombras
y traducir el regalo que me diste.

Crear una red de palabras o de belleza parece ser que intenta la poeta, donde a esa sensación lánguida de la muerte venga a acoplarse la del amor como si fuera nueva primavera florecida en noviembre. La atmósfera que el libro crea es sombría y esperanzada, el lento sesgo que la autora da a las palabras imprime desolación y esperanza. Los recuerdos de la muerte irán parejos al despertar del amor. Encontramos poemas traspasados por una intensa nostalgia, una melancolía que suave se desborda: Elvira nos va dibujando, casi con un dedo que escribe en el vaho de los cristales, una impresión, una sensación, en frases fatigadas de tristeza, acunadas de sueño último, de intensísima emoción:

Primero de noviembre:
   Monótona presencia de la lluvia.
Acueductos lacrados con cemento.

    Parcelas aliadas con la muerte.
Sentencias en latín, llanto de incienso.

Todo un jardín me aguarda
   trasnochado y doliente.

Primero de noviembre:
Réquiem por un puñado de promesas.
     Epitafio olvidado entre cipreses.


Un pincel frágil y efímero, un ritmo sereno y lento, teñirá el caer de las hojas amarillas. Noviembre avanza y ya la niebla y la noche/ conspiran por las calles del otoño. La poeta toma consciencia de tal verdad irrebatible; sus acuarelas se convierten en versos, rotos y fragmentarios, donde la brevedad del poema agranda sobremanera las posibilidades de la evocación: Se han dividido en mil todos los versos/ como gotas de hambre. Y los fragmentos rezuman preguntas que trazan un mapa donde es difícil la orientación, pues también cae la niebla en el alma perpleja y la mente confunde los sentidos: Mi mente se entretiene en pequeñeces/ y me atrapa la duda/ desde el ser-o-no-ser al no-sé-dónde. Pero sigue avanzando noviembre, centro del otoño; se difuminan más y más los contornos de las cosas, las formas pierden sus lindes, el pasado se confunde con el futuro y el mismo presente queda abolido: la sensación de muerte y caducidad es patente y preludia el ingreso en la nada. Entonces sucede el milagro, la rebeldía de la poeta a aceptar sin más un protervo acontecimiento, un destino irreverente o irrebatible: He de encontrar un sitio en el escombro/ donde reconstruir mi primavera. La idea de un viaje sin retorno, de un andén perdido entre esas antiguas estaciones por donde pasan los trenes y silvan, ronda por el poemario; pero hay un último vagón de ilusiones que aún es posible tomar, cuando han escapado tantos abriles y mayos, días otrora luminosos: Por el puente de abril/otros mayos, octubres o diciembres/ escalan presurosos/ el último vagón. Florecerá el amor entre la niebla y su mariposa aleteará libre, sin trabas o condiciones; entre los difuminados límites o recuerdos grises del ayer, aparecerá la luz; desde los tardíos ocres surgirá el esbelto azul: el núcleo irremediable donde la vida conforma su sentido:

Se han disuelto en la nada
            del tiempo
casi todos los contornos.

    Sin embargo, persigo
mariposas azules todavía.

        Bésame ahora
    y diseña sin núcleo
la escena irremediable.

En la consideración de la poeta, el amor detiene el tiempo y produce locura, enarbola una inconsciencia que desborda la memoria: Vértices de locura/ que apuntáis siempre/ al centro de su boca. Es una locura triste y alegre, locura de amor, trágica, apasionada, en sombras: Desde el inmenso incendio de tu boca/ te susurro palomas de tristeza. Esa locura-amor imprimirá sentido a los nuevos días. Sí, llegó noviembre con sus nieblas, con sus incertidumbres, con el presentimiento de una inerme blancura, con su pábilo ardiente entre las sombras… pero para dar fin a sus propias sombras, locuras inconclusas o promesas quebrantadas, para dar fin a la indefensa pureza sospechada y concluir con un ciclo de tiniebla y miedo, para abrir el alma a un nuevo renacer:

           Frente al desvelo gris
 donde llegó noviembre
 después de tantos miedos recorridos,
quiero brindar por todas las promesas
    y todas las locuras inconclusas.

Elvira Vicente se desborda, danza con el otoño, arrolla con su canto: Entretuvo mi noche/ con un diluvio de margaritas lentas. Aun así sabe de la gratuidad del amor; este es un don, y por eso la noche —su noche— gime hambrienta de otra luz, cegada por tanto olvido acumulado, por los conclusos años que en un momento mágico se incendian de la maravilla presentida: En mitad de la noche/ gime, gime la luz./ Ciega de tanto olvido. De noviembre está agitado por alas de belleza y emoción, por la sinceridad con que se celebra la llegada del amor y el intento de convertirlo en la flor del instante de ese otoño amarillo, quizá inmarcesible, eje y sentido de la vida:

          Nada puedo ofrecerte,
 salvo este leve brote de armonía.

            Nada debo pedirte,
quizá un espacio corto de tu ritmo.

            Nada está calculado,
vivamos este instante y sus esencias.

            Sin romper el silencio.



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                 Jesús Cánovas Martínez ©