viernes, 4 de octubre de 2013

UNA DULCE MANERA DE MORIR

UNA DULCE MANERA DE MORIR
PEDRO JAVIER MARTÍNEZ



Me gustan las personas que poseen el don de la ironía y saben utilizarla. Es el caso de Pedro Javier Martínez, actor de cine y de teatro, librero, corrector de pruebas, cajero de banco, oficinista, cartero, terrateniente, amante esposo, amoroso padre de cuatro hijos como postes, estudioso de lo oculto, genial amigo, y fiel, y mira por dónde, también escritor, poeta, dramaturgo y novelista.
Una dulce manera de morir es una novelita tierna donde el amor se postula más allá de la muerte. Un sencillo hilo narrativo en primera persona, con algún flash back que otro, le sirve al autor para cogernos de la mano y, tal bondadoso anfitrión, adentrarnos por el mundo de los difuntos.
Simón, un chico de la vega baja del Segura, banquero, buena persona, entregado plenamente a los placeres de Venus, sufre un infarto fulminante. Es época de elecciones y el protagonista, entre las visitas al tálamo y las incursiones al frigorífico en busca de cubitos de hielo para los cubatas, vibra de emoción porque su partido político ha salido vencedor… Tanta cosa buena sucedida de repente, y sin administrar, no puede augurar nada bueno. Es precisamente después de una de estas incursiones al frigorífico, aplicado de nuevo a las dulces tareas, que lo sorprende la muerte:

Pero fue entonces cuando, enredado al placer, sentí un profundo dolor en el centro del pecho, mucho más agudo que el que me asaltara poco antes en la cocina, ramificándose hacia el costado y brazo izquierdos, acompañado de unas irreprimibles náuseas.
—Es el final, el final. Pero esta es una dulce manera de morir—, me dije, a manera de falsa conformidad.
  
Su alma, convertida en halo luminoso, asciende hacia el techo de la habitación y desde allí contempla los infructuosos esfuerzos con que su mujer, Santa, trata de reanimarlo; era tal la placidez y levedad que me embargaban, que no pude sentir pena por ella, confiesa al lector. Le paraliza una sensación de distancia, extraña, nueva, frente a la dolorosa escena que se desarrolla, no diré a sus pies, pero sí encima del tálamo del extinto placer. Oye entonces por primera vez La Voz, que le indica que debe abandonar aquel escenario y seguir su destino. Sin embargo, una nueva mirada hacia Santa le hace contemplar el enorme desconsuelo de la recién —y guapísima—, viuda, y decide, por amor, desoír La Voz y permanecer junto a ella.
A partir de este momento, todo el empeño de Simón consistirá en hacerse notar a Santa y protegerla de cualquier amenaza o peligro, eso sí, abrazándola con cariño en la medida de sus posibilidades o estampándole repetidos y tiernos besos en las mejillas. A menudo agazapado en su regazo, siempre con ella, a la joven viuda le susurrará reiteradas palabras de amor con las que mitigar su pena. Simón, el difuntito, se convertirá de este modo en el ángel guardián de su querida esposa; la aventura está servida, la reflexión y la sonrisa. La acompañará hasta Murcia, donde Santa tendrá un desafortunado encuentro con un antiguo novio; irá con ella a Torrevieja, lugar donde el finado reencontrará emotivamente partes de su pasado y, contemplando la playa del Acequión, evocará su primera experiencia sexual, de talante bukowskiano, con Luisa, la sirvienta de sus tíos, moza campesina y cuarentona, de abundantes senos y carnes apretadas. Pero, a la vez que suceden estos acontecimientos, Simón se va percatando de una serie de facultades que posee en su nuevo estado. Descubrirá que es capaz de seguir sintiendo pasiones, como la ira o los celos, y a la vez se dará cuenta que puede influir sobre la materia, encendiendo o apagando las luces de la casa; finalmente, como culmen de sus nuevas y adquiridas destrezas, establecerá contacto telepático con Santa, quien terminará por hablarle: Sé que estás conmigo, Simón. Y que sigues queriéndome.

Sin embargo, a pesar de los pesares (y, para Simón, aunque no los desvelaré, son muchos), por más que los hilos del afecto con su tenacidad los mantengan unidos, hay un abismo entre los vivos y los muertos, y no es cosa de pasar por alto que los primeros tengan cuerpo y los segundos no lo tengan. La falta de corporeidad de Simón no deja de ser un obstáculo para los más íntimos deliquios del amor. Simón acompaña, protege y susurra, pero su presencia es intangible; aunque cierta para Santa, no obstante, tan solo le es meramente presentida como lo son las ideas o emociones. Santa a la postre, mujer joven, turgente de formas, plena de vigor, de juventud, deseará rehacer su vida. Encontrará el amor de otro hombre, Carlos, el sacamuelas, de físico no tan garboso como el de Simón sino un tanto achaparrado o hecho polvo, en la valoración del desazonado difuntito. Sin embargo, Carlos está dotado de una enorme ternura semejante a la suya, o más, y, por si fuera poco, capaz de tener hijos, aquellos cuya posibilidad la naturaleza le había negado al amoroso, y ahora celosillo, Simón. La trama se encamina de esta manera hacia un desenlace con efectos de vodevil, propio de la comicidad del mejor Hollywood o de los castillos verbeneros de nuestro levante español que, sin menoscabo de la inteligencia, dejará gratamente sorprendido al lector.
La maestría narrativa de Pedro Javier Martínez salpica el libro de amenidad; unos diálogos cruzados, chispeantes de ironía y segundos sentidos, articulan la seriedad de lo grave con la gracia de lo leve, en una dulce manera de contemplar la muerte y lo que hay detrás de la muerte, no tan terrorífico como cabría pensar. Así las indagaciones profundas sobre el sentido de la vida corren paralelas a una deconstrucción sistemática del miedo a lo desconocido, a ese más allá que de la mano del difunto Simón deja de ser enigmático. La indulgencia se añade como necesidad; una indulgencia benévola que no enturbian los pequeños pecadillos, aunque sean de la carne, porque en última instancia aquello que nos puede salvar es tan solo el amor: Lo que más inclinó la balanza a mi favor había sido —confiesa el finado—, sin lugar a dudas, mi enorme amor por Santa y el fiel comportamiento con mis padres mientras permanecieron en la tierra.
Me consta que Pedro Javier es conocedor (maestros ha tenido, libros ha leído y experiencias no le faltan) del mundo intermedio. Se explica así la soltura, el desenfado tantas veces, no reñido con la profundidad, con que trata, y con ligereza pasa, sobre ciertos temas escabrosos sobre los que el común de los mortales procura obviar. Pero al lector atento no le pasarán desapercibidos los guiños con que el autor hace alusión a ese conocimiento. ¿Cómo es la experiencia de la muerte? ¿Hay un juicio por el cual en el momento de la muerte se discierne entre los espíritus? Postulada la pervivencia de la vida más allá de esta vida, ¿le queda al alma un continuo ascender por los mundos sutiles en pos de una mayor perfección o reencarnar de nuevo en otros cuerpos a modo de un retorno cíclico? ¿Qué sabemos nosotros de ese más allá del que hablan tanto las religiones como los teósofos y ocultistas? ¿Acaso el parloteo de tantos videntes es vano? Que todos vamos a morir, es cierto; que el sentido que se le infiere a la vida depende de la respuesta que se le dé al problema la muerte, innegable (Ya lo decía Platón: la filosofía es una preparación para la muerte.) Quizá nos interese dar un repaso, y procurar respuesta, a las cuestiones apuntadas. Pedro Javier Martínez lo hace, pero no le interesa discutir, sino entretener; por lo que, sin tomar partido abierto por alguna postura, expone, o mejor, sugiere, argumentos para la polémica.
El lector de Una dulce manera de morir deberá arrellanarse en su sillón con un vaso de whisky en una de sus manos dispuesto a contemplar desde una privilegiada posición invisible, al igual que la del difunto Simón, los misterios de la vida y de la muerte. 




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Jesús Cánovas Martínez©