miércoles, 2 de octubre de 2013

ENTRE LÍNEAS

ENTRE LÍNEAS
PASCUAL CASAÑ MUÑOZ




En el inicio de su poemario Pascual Casañ nos propone un enigma: Esta noche saldré de ti./Nunca volveré a verte. ¿De quién sale y por qué? ¿A quién no verá más? ¿Qué ha ocurrido? ¿Obedece tal evento a una libre decisión o a la fatalidad del destino? Son estas unas cuantas interrogaciones que entre sus líneas nos propone el poema inaugural del libro, 24 de Diciembre (cuyo título alude a un nuevo nacimiento o cambio drástico), con las que queda captada nuestra atención. Algo ha ocurrido, ¿qué? Es la despedida de unos ojos inevitable, y antes del amanecer el poeta se marcha, pero ¿a dónde? ¿A qué exilio fuera de una casa cotidiana y de unos ojos amorosos en que reflejarse y con qué poblarla? Esta noche saldré de ti./Nunca más volveré a verte, repite el poeta, insistente. Deberemos, pues, estar atentos a la lectura de Entre líneas para captar los signos que Pascual Casañ nos va dejando, a modo de miguitas de pan sobre el camino, y de este modo asistir al desvelamiento del amor: cómo este llega y culmina y, al fin, naufraga en las aguas inciertas del olvido.
En los once poemas que componen el libro nos enfrentamos con el amor en su vastedad (una modulación de sus formas), tal y cómo el poeta lo ha vivenciado y quiere hacérnoslo partícipe. Hay, pues, un hilo argumental, una línea de sentido que traspasa el poemario. Pascual Casañ comienza por una reflexión sobre el propio yo (Entre líneas), donde a veces se imagina ser una línea abierta. Sigue una despedida (Invierno del 75); en un flash back de la memoria se recupera un tiempo pretérito, definitivamente ido, y se describen las dos líneas divergentes que ya no se encontrarán jamás, aunque queda un poso en el recuerdo: De aquellas noches/sólo me queda un tiempo de fermatas/inevitables y asumidas. Primer grado del amor: la amistad, y ésta, termina.
Sabe el poeta que asumir el amor es enfrentarse con la temporalidad y la muerte, por eso en la tríada de poemas siguientes (Un muro de tristeza –quizá el que expresa mayor desasosiego­­­­­‒, El Abuelo y A estas alturas de la noche) nos propondrá una meditatio mortis. Son estos poemas dramáticos, aunque quizá el tono sereno de la meditación pueda encubrir dicho drama. Segundo grado del amor: el recuerdo en el corazón de los seres queridos, y ya idos.
Pero la meditación sobre la muerte, abre la puerta a la intensidad del amor. Tanto la muerte como el amor suponen una salida de sí; o, lo que es lo mismo, conllevan una pérdida de importancia personal, una negativa a no encerrarse en ese círculo de lo egoico, lacerante con tanta frecuencia. Ahora bien, más que en la muerte, esa salida, ese olvido de la memoria propia, lo encuentra el poeta en el amor compartido, en el amor como presencia y encuentro de un yo con un tú: tercer grado del amor. Así, tras la reflexión realista, no dramática, no abisal pero real de A estas alturas de la noche, nos llega el poema que ilumina el libro, el más largo e intenso: Tú estás ahí. En él Pascual Casañ aborda el amor como plenitud.
¿Habrá que repetirlo? El amor es lo único que justifica una vida; haber amado es haber vivido. Amar en tiempo presente es vivir el ahora imbatible ante el paso del tiempo. Se conjura, vivenciando el amor, la fugacidad de la vida, la temporalidad que la constriñe, el paso irrebatible de esa rígida flecha que siempre va del antes al después y conforma la sucesión propia de nuestro existir. Con el amor se rescata el placer tranquilo de vivir, porque es este amor tranquilo, pasada ya la mitad de la vida, el que reivindica, y busca, el poeta: Hablo del amor que hace hermosas las rutinas/que reivindica el uso antiguo del beso,/y que en diciembre se viste de primavera. Es ahí donde muere la temporalidad, o, por lo menos, queda suspendida. Con entrecortados versos dice el poeta: Se muere el tiempo… me abrazas… te beso…/dejo el libro… me besas… te abrazo…/…es el preámbulo del acto del amor.
Y, sin embargo, el amor como presencia e intimidad también se diluye, porque, muy a pesar del poeta, lo herirá la flecha del tiempo. Aquel amor que daba sentido a la vida y abolía la temporalidad, también fenece, ¿por qué? ¿Por qué se apaga la luz de una estrella? Nadie sabe exactamente cómo. Se sabe que hay un apagón de bambalinas y quedan ciertos gestos en las rutinas cotidianas —hábitos adquiridos, compromisos, ataduras, ciertos miedos— que danzan en el vacío… Nadie sabe cómo, quizá ha acontecido un robo propiciado por los amantes, quizá fue una quimera, una traición de la fantasía, una aventura en nada diferente a cualquier otra, un sueño imposible. De pronto es la noche y el breve conjuro de la infancia apenas; quizá, por eso, haya necesidad de un retorno a la inocencia antigua. El poeta, para tal viaje, se pertrecha con los versos diseñados por una bella almea/la bufanda blanca que bordaron las alevillas/el corazón de la mujer que un día amé, para que aún luzca la esperanza, para que aún sea posible el retorno mismo.
 Nos enfrentamos con un poemario de despedida, de destierro, de exilio (¿interior?, ¿exterior?, ¿buscado?, ¿impuesto?), de adiós, de un simple adiós injustificado/que se convierte en un muro de tristeza, y el recuerdo deviene entre sus líneas inexorables. Son las líneas de un destino, de un peregrinaje por la vida; son dos renglones que se siguen en la distancia y se pierden en el punto de lo infinito, porque son líneas abiertas, diferentes, oblicuas, isógonas, paralelas, no cerradas, y admiten la sorpresa. El autor rehúye los círculos, esos que se ensimisman en una interioridad clausurada, porque no se trata de abrazar la muerte ante un adiós, sino de abrirse, de caminar hacia adelante, hacia el futuro accesible a la sorpresa; futuro que siempre, por inexorable, espera… ¿de nuevo al amor? Quizá.
Hay que resaltar que esta despedida o exilio del amor no lo vivencia el autor ( así nos lo transmite) de forma patética; no cala en él la angustia existencial donde los sentimientos, los tristes sentimientos, desbordan a la razón, sino que tal evento nos lo presenta con una reflexión serena de quien ya ha recorrido parte del trayecto de la vida con sus luces y sus sombras, sus esperanzas y anhelos tantas veces insatisfechos; de quien ya ha transitado con el amor y la muerte a cuestas y por lo mismo puede desprender de sí una reflexión ribeteada de estoicismo y lirismo contenido, signo de la madurez (De pronto ha pasado media vida como si nada/y la nostalgia oxida más que la lluvia.). Hace gala Pascual Casañ de una serenidad en el verbo, fielmente acompasada de llaneza a la vez que de profunda sensibilidad, agazapada entre los intersticios de sus líneas, esos renglones de negro sobre el blanco marfileño de un futuro que acecha en la espera. Pero cuando todo comienza a doler, pausadamente el poeta nos propone un remedio sereno: Conviene quizá un viaje lejos de la memoria.

Entre Líneas de Pascual Casañ Muñoz ha sido galardonado con el XVI Premio de Poesía Aurelio Guirao 2012, organizado por el IES Diego Tortosa de Cieza (Murcia). Con esta nueva entrega se consolida la colección Acanto, editada por el Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd, fiel al riguroso criterio de la calidad.



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Jesús Cánovas Martínez©
 

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