lunes, 30 de septiembre de 2013

DEL CÁNTICO Y EL VUELO

DEL CÁNTICO Y EL VUELO
DOMINGO NICOLÁS



Fue en Totana, cerca del santuario de La Santa, casi tocando El Ángel, con el cielo azul intensísimo cayendo entre bruñidos tornasoles sobre el esplendor rojizo de la tierra y la espesura en sesgo de verdes pinadas, en un lugar llamado Sopaenvino, donde mis amigos Paco y Mª José tenían una casa, cuando tuve la oportunidad de saborear las primicias del libro de poemas Del cántico y el vuelo. En él Domingo Nicolás, una vez más, se desviste de ropajes superfluos para comunicarnos la pureza de su sentimiento.
Luego de un solícito arroz regado con excelentes caldos de la tierra, venimos a un ritual, ya muy estandarizado por el paso de los años, de encender sendos puritos ante olorosa, y generosa, copa de coñac, y dedicarnos al chascarrillo, la risueña y displicente conversación. Es un día tibio. Apunta la primavera su gozosa algarabía (¿o es la primicia del otoño que dulce llega y toca al día con su mansa mano de ternura?) y, cumplidos con el soma, agradecidos en lo que al yantar se refiere, el precioso tiempo cesa en su férreo latido para convocarnos a otro tiempo diferente, a un tiempo más cordial, menos rígido, más ameno. Al primer corrillo se suma uno que pasa por allí, luego otro, y otro; opera la inercia y por la fuerza de la gravedad terminan por apuntarse otros cuantos. No faltan los amigos anfitriones, ni nuestras respectivas, Marilola y María José, ni Katy Parra ni Elvira Vicente (las instigadoras en las sombras del evento), ni María José Valenzuela, ni Antonio Soto, ni Lola, ni Pedro Javier, ni Josefita, ni Ana María Alcaraz, ni Pepe Izquierdo,  ni Mariano Valverde, ni Isabel García Amador, ni, por supuesto, Perico. No falta nadie; estamos todos, o casi. Se apuntalan las risas porque el chiste adquiere forma ácida, un poco a la española, y se recuerdan anécdotas de igual modo, reales o inventadas, que toman como protagonista a alguno de los presentes o, con delicada ternura, a alguno de los no presentes. Así llega el momento. Se ha improvisado una mesa con un decorado de trasfondo con sutiles hilos de los que penden libros, pequeñas filigranas, motivos diversos como exvotos. Y, allí, bajo la tibia luz de la tarde remecida en la estancia, la que por sus fueros se cuela por un amplio ventanal, sucede el milagro, la magia imparable de la palabra. Hete que los poetas sacan de sus carpetas unos folios escritos (letra superior al punto 14), y van y pasan a leer algo de sus cosas, como al azar… ¡Qué tiempos! Cuento estas cosas porque también ha sido en Totana, años después de aquel encuentro entre poetas, que ha venido a aparecer Del cántico y el vuelo en la imprenta Santa Eulalia (la del buen decir), auspiciado por la pulcra mano de Arráez Editores S.L.

Del cántico y el vuelo está compuesto por más de cien composiciones breves, la mayoría de ellas haikus, repartidas en siete secciones. Esta repartición heptádica prefigura y pauta el vuelo de la creación, el despliegue del cántico, la celebración acometida ante la belleza del mundo: I Del Cántico (Apuntes de Amor), II Mariposas de Otoño, III Súbitas Dagas, IV El Vuelo, V En las Manos del Agua, VI Del Orto hacia el Ocaso, VII La Creación y la Duda. No hurta el poeta la admiración que siente (y, por tanto, la filiación) por el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, de mágica ligereza por sus 39 leves liras de irrepetible corazón o por los entrecortados poemillas, claridades rimadas, de Antonio Machado, y así lo expresa en el Pórtico (Lo inequívoco triste. Reflexiones acerca del haiku) con que inicia su libro. Guías seguros estos, en lo que a poesía hispánica se refiere, para internarse por las frondas de la estrofa breve, a los que habría que sumar J.R. Jiménez, J.L. Borges, Mario Benedetti, Octavio Paz y tantos otros. Pero el poeta mira hacia oriente donde otra tradición, henchida de espiritualidad, como el zen, ha destilado una estrofa ultra breve de diecisiete sílabas: el haiku. ¿Qué es el haiku?: “Haiku —afirma Basho Matsuo— es lo que está sucediendo en este lugar y en este momento”. Así de sencillo, pero así de complejo: el haiku como forma catártica, sencilla, natural, armónica, serena, sutil pincelada capaz de condensar la visión mística.

Vena de amor,
¿qué se yo de mí mismo
si en ti descanso?

Me apetece coger ese testigo que nos tiende Domingo y establecer un diálogo. La verdad del latido y, en su esencia la música y el ritmo interior, es a cuanto (y en cuanto a magnitud y dimensión concierne) debe aspirar la voz poética, sin desaliento, frente a la inefable limitación de la palabra. Con esta aseveración concluye el autor el Pórtico, y en ella queda resumida toda una poética. ¿Hay diversos modos de entender y hacer poesía? Sí. Uno de estos modos es el de Domingo Nicolás cuando nos invita a trascender el armazón de las palabras para danzar con el espíritu de su música. Frente a una poesía de corte narrativo, tan traída y llevada como moda en estos últimos tiempos (no seré yo tampoco quien la critique o disculpe), Domingo opta por una poesía esencial, es decir, intemporal. La palabra es tierra que aprisiona el cántico; por tanto, para que este devenga libertad, hay que hacer estallar los goznes de las palabras que lo reducen y ocultan y, a través de ellas, más allá de ellas, hacer surgir el vuelo de la emoción, y el toque, siempre leve, de la belleza. Bécquer, poeta poco sospechoso de mediocridad, en una conocida rima hablaba de ese instrumento enmudecido que yace en el fondo del alma y esperaba, como todo lo que es digno de espera, el toque del genial artista: el poeta, el mago, el augur, el tañedor de las cuerdas.

Perenne anhelo
de luz arde en la niebla:
sueño cautivo…

Una concepción de la poesía como la de Domingo Nicolás aboca a un tipo de escritura: aquella que busca la cualidad e intensidad del momento poético por encima de cualesquiera otras consideraciones, esto es, aquella que intensifica, por la palabra, la emoción sugerida y convoca la belleza. No es de extrañar por ello que la producción poética de Domingo, en general, se incline por el poema corto, y yo añadiría que por el ultra corto, aquel que, por su misma brevedad, solo puede sugerir cuando a sí mismo se agota en el roce que depara su propia caricia. Efectivamente, el poema largo pierde intensidad; la narración hurta el lirismo y distancia, hasta cierto punto, de la belleza. Ya Cernuda llamaba la atención sobre el particular en aquellos Ensayos sobre poesía española contemporánea, donde ve como características determinantes del nacimiento de la contemporaneidad poética (se refiere fundamentalmente a los maestros del 27) la preferencia por el poema breve junto a la expresión de los sentimientos propios del poeta; ambas exigencias se dan la mano puesto que la expresión de impresiones subjetivas —insiste Cernuda— sólo es posible en poemas breves y de concisión lírica. Como remotos precedentes de esta actitud ve al mencionado Bécquer, con sus Rimas, y, salvando las distancias, agudo en intención aunque no en concepción, a Campoamor, con sus Doloras, Humoradas o Pequeños Poemas. La preferencia por el haiku, su importación desde el lejano oriente, será cuestión de sensibilidades, de tiempo y de estar en la onda.

Asta de rosa,
tu piel despliega al alba
su agua desnuda.

El haiku es la pincelada del instante, el captar intuitivo de lo que sucede aquí y ahora, allende la propia subjetividad del poeta u objetividad del suceso; o, lo que es lo mismo, con el haiku se intenta fijar la eternidad en el punto del inmóvil presente, allí donde confluye pasado con futuro; es el instante, por tanto, afirmado fuera del tiempo. Hay conexión con el zen: condensación, intensificación del tiempo en un punto donde una sola característica resalta y estalla plena de sugerencias, de sentidos.


Aire a través
del tibio otoño cruzan
pétalos blancos.

No estamos ante el poema breve sino, como he referido, ante el ultra breve. El haiku es una forma cargada de sensualidad, misterio, que supedita la atención al mero instante: percibir y describir aquello que se percibe: percibir lo que se percibe siendo consciente de lo percibido, para trascender de esta forma el sujeto que percibe, el objeto percibido y el acto mismo de la percepción por el que se sabe que se percibe lo percibido. Esto significa salir fuera del tiempo, arribar a un espacio metafísico donde se disuelve el espacio, aun la misma consideración del espacio y toda metafísica. Percibir… percibir… percibir… Volcar la atención en la sola percepción… ¡Solo percibir! Alguien percibe, mas no soy yo quien percibe; algo se percibe, pero lo que se percibe no es externo a quien percibe, sino que el perceptor con lo percibido forman una unidad de intemporalidad flotante, acaso trascendida, con seguridad trascendental, porque el yo que se disuelve frente al suceso desaparece, y ya solo hay suceso, pero no objeto. Las causas se han difuminado entre las luces que juegan y danzan, pero cuando no hay causas no se siguen tampoco los efectos. El haiku, en el extremo, conjura la ley más férrea de todas las leyes, la de causalidad; el acontecimiento que se describe emerge, nítido, como impresión sin causas y sin posteriores consecuencias; la impresión se fija a la mirada atenta, pero no hay avance (ni retroceso) en la escena, únicamente asociación impactante y deriva hacia el sonoro silencio, quizá hacia esa página desnuda, y en blanco, de Mallarmé.

Es el desnudo
desvelado en el viento.
Pura su llama.

No he intentado procurar una discusión entre estéticas, sino mostrar la emoción convocada y, paralelamente, la belleza producida por un tipo de estética.

Llueve y la tarde
—su aroma de violines—
urge en la rosa.

Termino estos breves apuntes sobre El Cántico y el vuelo con un haiku de los que hacen pensar, por cuanto metafísico y concentrado, donde el tema de la temporalidad adquiere especial relieve, que encuentro en la parte VI, Del Orto hacia el Ocaso; parte esta que, como Domingo Nicolás la dedica al servidor que esto escribe, el mismo le profesa un especial cariño, ¡oh vanidad!:

Futuro ayer:
en la vida su vértice
de instante cero.



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Jesús Cánovas Martínez©