viernes, 27 de septiembre de 2013

COMA IDÍLICO

COMA IDÍLICO
KATY PARRA



El título del poemario nos introduce de lleno en su temática. Coma Idílico significa que el amor ha entrado en coma, que las emociones se han colapsado y amenaza el desmoronamiento. El idilio del amor, el coloquio amable con las personas o las cosas ha terminado de forma abrupta y definitiva y atisba la soledad. No maldigas el tiempo que perdiste/conquistando mi alma/y otras cosas..., así comienza su primer poema.
El poemario consta de dos partes: Posturas imposibles, en donde se significan las posturas del derribo, el desenmascaramiento de los gestos, la hipocresía o doblez de las superficies, siempre la falsedad, y, Colorín Colorado, como final de cuento, tiempo de moraleja y ajuste, de regresión a una infancia ida en la cual es posible aún la inocencia, quizá la esperanza, la ternura con seguridad. Exponente de esta regresión es la conmovedora Nana de invierno; el resquicio para la esperanza aparece en La Ventana; la añadida ternura se instala a lo largo de todos los poemas del libro.
¿Qué impresión me ha producido la lectura de Coma Idílico? Una serena conmoción a veces inquietante, tierna, desconsoladora, esperanzada, irónica, grácil o dura. Más que de impresión, por tanto, tendría que hablar de impresiones. Voy a hacer pivotar, pues, esta breve nota sobre un poemario complejo, en orden a tres de estas impresiones despertadas: la de admiración, la de inquietud  y la de amor.
Admiración, para empezar, por la autora, porque ella ha perdido el pudor, y, por perderlo, entronca con el alma de la gran poesía. Sí, tengo por opinión que los poetas auténticos son proclives a perder el pudor. No sé cómo valorar este hecho, supongo que con bondad, en su sentido griego de corrección, pues, si los poetas no perdieran el pudor, ¿quién lo iba a perder entonces? Mas por eso mismo son poetas: por y para perder el pudor. De esta manera se convierten en auténticos, y así los poemas que escriben se universalizan, porque ellos, los poetas, tienen la desvergüenza para relatar o mostrar algo propio de su subjetividad. Ahora bien, si tomamos en cuenta que la vida de cada hombre, las vivencias que le quedan reservadas, no son tan diferentes de las de otro; si parecidas son las emociones que los agitan  y también son parecidos los esquemas básicos de reacción o proacción, deberemos concluir que el poeta al comunicar bella y sinceramente lo que siente, revela por lo mismo la consciencia del lector, la emociona y alumbra. Esta es la razón por la cual algunos poemas puedan conmovernos tanto.
Coma Idílico es en primerísimo lugar un ejercicio de desnudez. No hay aquí ficción en la emoción ni en la gravedad de las palabras a lo largo del itinerario que presenta, desde su primer poema, Exit, el cual nos enfrenta a un callejón sin salida, a un derrumbe vital de las emociones: La noche te ha elegido y eso es todo./Sabes que no hay salida de emergencias, hasta el último, Buzón de sugerencias, donde, una vez superada la crisis, se pueden dar consejos, incluso a los hijos: No hagáis caso/de aquellos que os amen demasiado... y estos, en tono senequista, aquilatados por la experiencia: Y aprended de los gatos/ a vivir dignamente/sin más ajuar que un mundo/que quepa en vuestras manos.
Me gustan los libros en los que encuentro este ejercicio de desnudez por parte de sus autores, en los que la sinceridad camina de la mano del arte, de la bella expresión, y las palabras son contumaces alardes de la vida de sus autores. En los poemas de Coma Idílico el sujeto poético coincide con el yo del poeta; no hay fisura posible entre ambos y la ficción es la justa que se ha de conferir a su carácter narrativo.
Pasemos a la impresión de inquietud. Algunos poemas del libro terminan de forma abrupta con una pregunta. Como una especie de mondo zen estas preguntas sugieren una respuesta que va más allá del sentido de la misma pregunta. Con ellas se rompe la estructura de monólogo en la que viene inmerso el poema y se pide, o exige, una comprensión allende la situación que se relata; suponen, pues, una petición de sentido. Porque, en el fondo, son paroxísticas, retadoras; son preguntas que expresan un culmen de la emoción y permiten adivinar en el lector la carga de su intensidad al incitarle a darles respuesta, a participar de algún modo en el desenlace del poema y, por tanto, a establecer un diálogo con la autora. Ahora bien, son formuladas las más de las veces con ironía, de ahí que filtren la elipsis necesaria para la sugerencia con los consiguientes corrimientos de los campos semánticos. El lector, tras la pregunta, por un momento queda descolocado, pues lo que le parecía una línea clara de sentido queda en suspenso; se abre así una fisura que permite adivinar aquello que no se expresa, mas alude la misma elusión de las palabras con que cabría nombrarlo.
Traigamos, como ejemplo, el poema Parador Nacional, donde Katy magistralmente hace suya aquella idea de Borges, quien opinaba que la mejor manera de aludir a una realidad era justamente no nombrándola. La realidad que subyace a este poema es algo tan intangible como la soledad, y Katy, en un monólogo que detenidamente se va posando, y reposando, en el silencio ambiguo, en la tristeza de los ceniceros, en las calles desiertas, en los teléfonos que no suenan, en las leguas afiladas de los espejos, termina preguntando de forma abrupta: ¿Quién compró esta corona de difunto? Todo la sugiere, mas nada la nombra, por eso la pregunta final adquiere el carácter de una revelación: la soledad es la muerte. Se la ha aludido de repente con una pregunta inquietante, amenazadora; el lector queda cogido por la sorpresa, su esquema preconcebido de sentido se le rompe en añicos, por lo que a partir de ahí queda transportado a una especie de segunda realidad allende la apariencia del argumento del poema. Ahora bien, precisemos, esta segunda realidad solo queda apuntada de forma intuitiva: ¿Quién, realmente, compró la corona de difunto? El yo de Katy, haciendo un bucle sobre sí, se ha desdoblado, y con ese desdoblamiento involucra al tiempo al yo del lector: el interpelado. Con todo, queda apuntado en el horizonte un él, una tercera persona, acaso la que realmente ha comprado la corona de difunto. Mas si la soledad es la muerte, quizá nadie ha comprado la corona.
 
Otro poema interesante que ilustra el tema del que hablamos, lo constituye Vista Preeliminar. La brevedad del mismo ya convoca la inquietud: A lo que se alude y es contemplado debe ser algo que realmente importa a todos, así que ahora el tú interrogado se convierte en un plural, en un nosotros. ¿De dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, son preguntas adolescentes de sentido demasiado originales, en el sentido de básicas o prístinas, por cuanto no pueden ser resultas por medio de una praxis y a lo más que conducen es al planteamiento de su propia irresolución (Donde no hay respuesta, tampoco hay pregunta, lapidariamente decía el Wittgenstein del Tractatus.) La pregunta que debe formular el adulto, por consiguiente, es: ¿Qué puedo hacer ante una situación dada? Más allá de la visión invita a la acción. Quizá por esto mismo, después de mostrarnos algo (y aun así, velado y vedado) que vemos tras cualquier coincidencia, Katy pregunta resueltamente: ¿Qué haremos esta tarde/ con tanta primavera? No debemos engañarnos, la trivialidad de la pregunta esconde su intensidad; la ocultación de sus intenciones patentiza su drama; la evasión de su significado nos arrebata de un sueño quién sabe si demasiado cómodo. La linealidad de la lectura ha sido trastocada pues se ha cortado de raíz el horizonte donde se perfilaba una respuesta plausible; como consecuencia viene a anidarnos la duda, el desconcierto.
Sentimos las emociones, nos transita la soledad o la tristeza, pero no sabemos; sentimos el desamor, el frío de la nieve, pero no sabemos. Aun sin el recurso a la interrogación, ya sea a principio o final de poema, como en Epanadiplosis afectiva ¿Viaja en este tiovivo algún psiquiatra?—, o a mitad del mismo, como ocurre en el poema que da título a la obra —¿Aún deseas que te diga/lo que quieres oír?—, la mayoría de los poemas poseen un halo turbador. Nada es como aparece, todo tiene un trasfondo diferente al esperado, así la sombra que planea sobre el poema termina por ser más real que la anécdota que relata. Sea el poema Días de vino, que recuerda el tema del carpe diem, pero de forma inversa. En su comienzo se viene a recordar el pasado en tono idílico: Ayer la rosa, el vino,/sus ojos, como cálices…, y se prosigue con el enmarque de una situación: la noche, que podemos adivinar perfumada, la Luna casi llena, proclive al encuentro amoroso, la música de Strauss invitando al vals, y la complicidad de las estrellas…Sin embargo, ese pasado idílico es una trampa falaz de la memoria, ecos que no existieron, caracola que resuena por el inane vacío: Todo fue como lo digo./Obligada alegría.
Desbordado el diálogo interior de la autora por la misma intención que infiere a los poemas, sea como catarsis, trabajo sobre sí misma o como impudor con el que nos concita, deberemos concluir que quien ha pasado por el miedo, puede superar el miedo; quien ha pasado por la tristeza y el desconsuelo, puede superar la tristeza y el desconsuelo; en definitiva, quien conoce la soledad, sabe del amor. Por eso el amor es lo único que puede proveer la resolución de la dicotomía planteada entre admiración e inquietud, y proveer la resilencia necesaria frente a la crisis.
Y del amor, como tercera impresión, es de lo que quiero hablar ahora.
Después de leer Coma Idílico a mi amiga Katy la quiero más que antes. Me ha hecho meditar sobre los motivos del miedo y la tristeza, y en su emoción y fragilidad, me ha mostrado mi emoción y fragilidad; en su impudor he encontrado un espejo en donde mirarme y hacerme más humano, lo cual me lleva a relativizar lo ilusorio y celebrar la vida, con su enigma y maravilla. Pero si lo que yo he sentido, lo ha sentido cualesquiera de los lectores de Coma Idílico —y así lo pienso—, entonces elevemos la copa para el brindis.
Estamos vivos para celebrar, y celebramos porque podemos comunicar y compartir, pero este compartir nos debe llevar a reafirmar nuestro compromiso con la vida, así nos lo trasmite la autora. Contra el fatum, la inteligencia; contra el desasosiego, la valentía, y la palabra siempre, el don de la comunicación para afirmar la dignidad, fortalecidos ante y por el dolor. Ya desde el citado primer poema, Exit, se nos alerta acerca de lo que debemos llevar en nuestras alforjas para afrontar la travesía de la vida: una culpa desclavada, un no pedir excusas para la inacción y no caer en el victimismo. Estas tres exigencias quedan enunciadas de esta manera: Sería preferible/que a golpes de martillo/desclavaras tu culpa de las cosas que amas./No busques una excusa para retroceder/ni pongas esa cara de perro apaleado.
No hay más vida que aquella que a cada uno le ha tocado vivir y es competencia suya optimizarla. Por eso, como última reflexión al presente, cabría decir que Coma Idílico apunta hacia una sabiduría de vida, expresada graciosamente en alguno de sus poemas, como en el que lleva por título Gatos —Desprendí las formas del silencio/escuchando a los gatos…—, o, en tono contenido de pulcritud meditativa, en el ya mencionado Buzón de sugerencias. La autora, al mostrarnos su impudor, nos invita a una toma de consciencia de nuestra vida y nos induce a nueva responsabilidad ante la misma. El poemario adquiere de esta forma un sentido moral.



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Jesús Cánovas Martínez©