miércoles, 18 de septiembre de 2013

MALOLA

MALOLA
DOMINGO NICOLÁS



Malola nos enfrenta a la experiencia más traumática por la que un ser humano pueda pasar. Los que somos padres sabemos del terror que nos invade cuando la sola imaginación nos presenta esa posibilidad, y temblamos y angustiamos dócilmente ante la impotencia que nos produce tan radical e irreversible hecho.
Desgraciadamente he tenido la vivencia, y no solo una, de tener que acompañar al amigo recientemente herido por el beso con que la muerte se le ha llevado a un hijo. Condolerme y epatar con él ha sido terrible; me ha puesto a prueba y ha puesto a prueba mis convicciones más profundas. He oído decir al padre o la madre del difuntito: “Si Dios existiera, mi hijo no debería haber muerto”, pero también he oído: “Ha sido voluntad de Dios”. Domingo Nicolás no adopta ni una postura ni la otra, sino que las supera y trasciende en espiral dialéctica hacia los aires, hacia los cielos, y convierte tan trágico suceso en dulzura, alada y transida, en prueba irrefutable de la magnificencia de Dios. Por esto admiro la grandeza de Domingo, la amplitud de su alma: la grandeza de un hombre sencillo y tierno, dolido, golpeado en lo más hondo de su ser, roto, pero creyente. Puesto a prueba su amor, Domingo apuesta por el Amor, un nuevo amor, puro y desnudo, desgajado de las adherencias de la carne, de la materia, trasluminado por Dios:

Sin vida y aún cálido tu cuerpo, es acunado entre mis brazos y mi pecho.  Ardiente todavía y dormida para siempre.

Mis lágrimas de padre joven riegan tu piel morena de cuarenta lunas y perfume a rosas.

Nuestra separación define el verdadero aspecto del vacío, de la realidad integrante de un pasado, que jamás tuvo lugar; y matiza con más profundo acento la imperiosa necesidad de la existencia del Gran Ser; de su Azul, origen del sentido, donde cierta es la densidad de la sonrisa y real el aroma violento de la flor.

¿No se sienten estas palabras como una especie de liturgia? ¿No se sienten como un oficio divino que se eleva hacia lo alto, hacia Dios? Dios está en el poemario desde el principio hasta el final porque es origen del sentido, y sin Él no se puede comprender la inmaculada tristeza que nos produce ese extraño don, la muerte, el dolor que le va parejo, la radical ruptura a que nos somete, y, por supuesto, tampoco su grandeza. Ahí está Dios, en la muerte, porque la muerte no es el contrapunto de la vida, como el contrapunto de la vida no es la nada; no, la nada no es, por eso el contrapunto de la muerte es la eternidad. Domingo en este librito, Malola (un himno, dolido y sacro, a la hija muerta entre sus brazos), canta la eternidad. En la eternidad era Dios, y en su eternidad pensó en Malola, la embelleció de gracia, la proyectó en la tarde sobre el trémulo crisol del mar, la aleó con gaviotas y barcos de juguete y la amó profundamente, porque Dios ama profundamente a sus criaturas, en singular, en su desnuda pureza, para convocarla al fin, rotunda, a la dicha de la existencia:

Al principio del tiempo, en la programación del universo, el Creador se detuvo atraído por tu gracia. Y te vio morena sobre arena blanca. Proyectada en la tarde sobre el trémulo crisol del mar. Aleada con gaviotas y barcos de juguete; inefable en el adiós al día.

Se alegró, Malola, en tu estructura física... Y en tu pureza, a ti misma inadvertida, germinó la sonrisa.

Luego, continuó su creación...

Malola es un poema en prosa, quebrado en dos mitades, sentido, dulce e hirientemente atormentado, pues el poeta, Domingo Nicolás, joven padre y tan pronto huérfano, poetiza sobre su terrible experiencia y nos comunica su dolor y su esperanza. Confieso que yo he sentido la tristeza y la alegría aletear juntas en mi pecho cuando mis ojos han rodado por sus páginas, la ternura me ha llegado y me ha dolido, lúgubre, acariciadora, en el corazón, y sí, compungido, he sentido rodar las lágrimas. En la primera parte del canto, escrita posteriormente quizá a la segunda, Domingo hace un repaso por la breve biografía de Malola, de esos especiales momentos transidos por la emoción. La intimidad deliciosa, los primeros desvelos por la niña: He recorrido el pueblo, buscando milrosina. Dicen que es lo más eficaz frente al muguete. Los secretos compartidos entre padre e hija, sus complicidades, imposibles ahora: Me han dicho que en mis ausencias, sentada dentro de mi guardarropas, pasas largos ratos de quietud y silencio, porque huele a mí... Y que a veces me llamas. Los temores del padre, el afán protector que lo desvela ante el rugir del bosque de la noche, el insomnio, el desasosiego: Resulta amenazante el bosque de la noche. En su centro, Malola, tose tu voz de plata, cascabel, que, sin piedad arranca el alma de mi pecho. El presentimiento inasible de la desgracia conforme avanza la enfermedad de la niña: En tus juegos de papeles rotos y muñecas, vivo la pesadilla de lo que temo ha de ocurrir./¿Estabas prohibida para mí? Y el desenlace, un terrible once de mayo: Once de mayo, ¿a dónde la efímera esperanza?, quema el sol, aplasta la mañana. Es el  mensaje un vuelo ya en la casa vacía.

Hímnicos y terribles se suceden los versículos del canto, fragmentados, abruptos, solemnes, como martillazos en las sienes, que claman al sentido, piden entre las lágrimas, y arrasan con su imprevista sencillez. Domingo Nicolás deja que clame el dolor, y yo me inclino ante ese dolor, que es un dolor universal, no solo el del poeta; es el dolor del hombre, del hombre herido, del hombre mortal que se enfrenta con el ángel de la muerte, lo interpela valiente, le grita y le hace sonrojarse.
Hombre fundamentalmente bueno, Domingo nos abrevia la segunda parte de su canto para que no perezcamos con él (¿Dónde estaba tu amor?, le pregunta el padre desconsolado a su pequeña recién muerta), suaviza de repente su palabra y su dolor y nos propone un toque religioso transido de esperanza:

 Siempre amaneces duplicada en el cántico, Malola. Miel de avecilla ausente que, al irte, traje a casa.

De la porfía en sus trinos, -incesantes-, afligen sus latidos, confinando mis venas… O acaso un día, de nieve amanecida, desconcertada tiemble la esperanza.

¡Qué más se puede añadir! Yo callo, porque hablar es mancillar. Hablar sobre este librito, Malola, es diezmarlo, traicionarlo de algún modo. Malola es un libro para dejarlo hablar a él solo, para callar ante él, para llorar y orar en un profundo y terrible silencio, tal como lo hace Domingo Nicolás, el joven padre que, entre sus brazos, definitivamente ha perdido un trozo de su ser. Malola es un libro directo al corazón, directo al sentimiento, fervoroso y arrebatado, transido de luces penumbrosas y violentos claroscuros. Malola es pálpito de emoción, desnudez sin trabas ni piel, pálpito desbordante hacia lo alto, incontenible, en aras de los espacios rumorosos… Hay que leerlo en silencio contenido, sin glosas que lo mutilen; aletea entre sus páginas un ángel de ternura, un ritmo emocionado, truncado tan frecuentemente, detenido en la pincelada emotiva del irreversible instante, eternizado por la palabra y por el nombre con que se signa a Malola.
Quede el dolor, mas brille la esperanza. El ser humano es flor de un instante, humo o perfume que pronto se disipa. Somos carne mortal, carne herida y mortal, cuerpo llagado, pero en nosotros, dentro, aletea el pálpito del alma, por el que sentimos y anhelamos el brillo de lo alto, ese vasto Crisol que al fin dará sentido a nuestras tristezas. Ese Crisol es Dios, Vaso incólume de trasformación por el que nuestro sufrimiento habrá valido la pena, tendrá sentido.
Parafraseando a san Pablo, los creyentes podemos decir que Dios, quien entregó a su hijo a la muerte, y muerte ignominiosa, de cruz, lo resucitó de entre los muertos convirtiéndolo en el primogénito de toda criatura; por eso, así como estamos muertos y sepultados en Cristo, viviendo una vida escondida en Él, por Él, cuando llegue el momento del resurgir, nos manifestaremos para vivir en su gloria. El ser que ha vivido, no puede morir; vive para siempre. Pues lo mantienen vivo el amor de quienes lo han querido, y, en última instancia, el amor que da la vida, el amor de Dios. El mismo Dios que desde la eternidad pensó en todas y cada una de sus criaturas para otorgarles el don de la existencia.

Malola, he grabado con sudor y amor tu nombre sobre el más alto granito; y lo besan las estrellas y el viento.

He grabado tu nombre con sudor y amor sobre el más profundo acantilado; y lo besa el mar.

He caminado del norte al sur, del este al oeste, y en cada lugar estaba Dios... Sobre Dios he grabado con sudor y amor tu nombre, y en Dios lo besa el viento, lo besan las estrellas, el mar y el propio Dios.



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Jesús Cánovas Martínez©