lunes, 23 de septiembre de 2013

JINETES DE LO IMPURO



JINETES DE LO IMPURO

PEDRO JAVIER MARTÍNEZ





No pocas veces los libros evocan figuras geométricas: triángulos, rectángulos, círculos, cuadrados... Jinetes de lo Impuro de Pedro Javier Martínez nos propone la cuadratura de un círculo. Posee una estructura formal que podríamos denominar cuadrada, pues lo integran cuatro segmentos de dieciséis poemas cada uno; pero, a su vez, es un libro circular, y así, de manera intencional, el poeta hace coincidir el primero con el último de sus versos. El conjunto de tal construcción da la sensación de armonía pensada, de trabazón arquitectural sabiamente construida.

Jinetes de lo Impuro es un libro nocturno, dionisiaco y ambivalente; lo pueblan una serie de terrores capaces de desencadenar las pesadillas más atroces. Son los jinetes del Apocalipsis: El Hambre, la Guerra, la Peste, la Muerte. Pedro Javier Martínez, el poeta, reinterpretará estos terrores desde su particular experiencia, la que generaliza y convierte en experiencia de todo ser humano, para otorgarles las nuevas significaciones que adquieren en nuestro mundo actual abocado a la prisa y al asfalto. Mutan en la psicología del hombre de nuestros días, y sin perder su carga de fatalidad y desconsuelo, preludian la devastación de su esperanza, adelantan su carencia de un horizonte de sentido, su duda y su inane zozobra. Un páramo de desolación habita entonces su psique: allí donde desaparecen las creencias, allí donde ha quebrado el sentido, allí donde el orden se disuelve en una entropía creciente, aparece la atrocidad del vacío, el nihilismo. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, cantaba Qohélet. La Discordia gana al Amor, Thánatos toma el relevo de Eros, lo que crispa aún más la pesadilla y la lleva a un colmo. Hoy como ayer, el hombre siente su impotencia, se sabe inerme ante lo imponderable, ante lo fatal que lo rebasa, contra lo que nada puede; por eso eleva un grito. Este es un grito distorsionado, cacofónico, de supremo desconsuelo, que el poeta, aun así, lo endulza con la maestría de un verbo de proterva ternura, de distante ironía.

Convertir en materia poética estos antiguos pero tan nuevos terrores, constituye un reto. Supone, para empezar, un ejercicio de valentía. Bucear por los océanos de negrura, destapar la caja de los horrores, introducirse en el pozo de las serpientes, es sabido que tiene un sentido iniciático; pero no existe iniciación sin riesgo, sin peligro añadido, sin la posibilidad de un fracaso a asumir. Pedro Javier Martínez acepta este terrible reto y comienza una partida de ajedrez con la muerte y sus heraldos. Afronta desde su finitud, desde la mirada de un hombre concreto, el misterio de lo imponderable. Lucha contra sus fantasmas que no son otros sino los espantos de la humanidad en crisis. Y así, sistemáticamente, le advienen y asolan los jinetes que rompen los sellos del desconsuelo y vierten el contenido del cáliz que portan:

El jinete del caballo blanco vierte el cáliz de la duda y la desesperanza.

El jinete del caballo rojo vierte el cáliz de la violencia y la guerra.

El jinete del caballo negro vierte el cáliz de la decrepitud y la vejez.

El jinete del caballo amarillo vierte el cáliz de la suprema angustia: el de la muerte.

Cuatro terrores que cabalgan la noche y pueblan las pesadillas. El poeta, como Gary Cooper ante el peligro, los afronta con su palabra poética. Así surge la pregunta, y la pregunta expresa la duda, y de la duda surgen flechas lanzadas al insomne aire donde todo fluctúa, donde todo es móvil, donde es imposible cualquier retorno; contraposiciones, roturas, luchas, desequilibrios, un mar en pugna que aboca al hastío; la vejez asola y amenaza, y todo ello converge para señalar, al galope de un paseo por los páramos umbríos, el sinsentido de la vida y la muerte.


Como recurso estilístico, Pedro Javier difracta su yo y habla consigo mismo; aparece así un ante el espejo, y comienza un ejercicio de desnudez, esto es, de sinceridad. El poeta se desviste; sabe muy bien que frente a su miedo ha de oponer la verdad, único hilo de Ariadna capaz de revelar una salida al laberinto de la duda. No hay mayor engaño que el engaño ante uno mismo, pretender que se sabe o se conoce cuando no se sabe ni se conoce, pretender que se es cuando no se es, pretender haberse liberado de las cadenas del miedo cuando son esas mismas cadenas del miedo las que lo atenazan:



                          En total desnudez, el alma intuye

                          la inminencia de un viaje sin retorno

                          hacia esa dimensión donde la llama

                          es asunción de luces y energía.



Ahora bien, ese que aparece frente al espejo, tantas veces velado pero cierto, que recorre todo el poemario, con el que habla el poeta y a quien increpa, no solo es figura de un alter, sino que adquiere un valor genérico con el que se afronta a cada uno de los lectores de la obra; estos se ven así involucrados en esa fuerte partida de ajedrez contra el terror. Sin embargo, algunas veces, ese aludido viene escrito con mayúsculas y se convierte en el de Dios. Me gusta especialmente este Pedro Javier que prescinde del recurso retórico, en exceso tan traído y llevado últimamente por algunos poetas, con el que se apela e increpa a los dioses, para dirigirse directamente a Dios. No existen en Jinetes de lo impuro devaneos con un neopaganismo mal entendido y, por consiguiente, falso, sino que en él se invoca a lo Supremo, al Abismo que invoca al abismo, en el mejor de los sentidos de nuestra tradición poética y religiosa.

Muestra el poeta dos instancias que, a modo de apoyos, conjuntamente a esa sinceridad mencionada, le ayudan a vencer estos terroríficos jinetes. Son dos aliados con figura de niños. Me refiero a la ironía y a la ternura. El niño es inocente y su mirada expresa pureza; por eso, en esa mirada, y solo en ella, es en donde despierta la esperanza: consecuencia o concomitancia de la misma será la ternura. La ternura es amor, empatía, condescendencia; la ternura nos hace vibrar con el todo excluidos de la culpa, excluidos del desengaño, nuevos y renovados en una mirada limpia, la del niño, donde radica la esperanza. Hay, pues, que salvar al niño, ya que el niño es quien nos salva:



       Si hay algo que conmueve mis raíces

                         es la orfandad de un niño

                         y su desasosiego, ya lo sabes.

                         Ese es mi no a la guerra más profundo.



La ironía, sin embargo, coadyuva a la salvación, pues crea un vacío ante el vacío; aísla de los fantasmas, ya que al objetivarlos y reírse de ellos sin contemplaciones, con denodado descaro, los desenmascara y les hurta su fuerza; los reduce a esa nada que son.

Desde la niñez reivindicada y conforme a esa alianza entre ironía y ternura para luchar contra la muerte, aparece en el poemario un alegato a la frónesis, la vieja virtud aristotélica. De este modo, Jinetes de lo impuro denota un carácter didáctico (rasgo, por otra parte muy propio de la poesía de Pedro Javier) como intento de enseñarnos a vivir, un maestrazgo ante la vida que condensa la experiencia del poeta, la resume y la transmite. Pedro Javier reivindica una sabiduría moral, un saber vivir que se adapta a las diferentes circunstancias y momentos, un saber ponderar el dónde, el cómo, el cuándo, el porqué, pues la felicidad se muestra como un cálculo, un equilibrio entre posibilidades que implica la justeza del medio, la ponderada áurea mediocritas. Esta postura enlaza con la lucidez serena del senequismo, tan española si pensamos en nuestros clásicos del siglo de Oro:



                                    No aprendí a ser feliz,

                                    pero dispongo

                                    de una aleve sonrisa multiusos.



Jinetes de lo impuro es un poemario de mesilla de noche, un libro apto como soporte de meditación; un libro para cogerlo entre las manos tras la fatiga del día y leerlo y releerlo con mirada atenta, pues nos descubrirá claves para entender el complejísimo y, tantas veces, angustioso tiempo que nos ha tocado vivir. Antes de que los intereses editoriales entraran en escena, fue ganador del Premio de Poesía ciudad de Torrevieja cuando ese Premio era efectivamente el Premio de Poesía ciudad de Torrevieja. Un aval. Queden aquí estas breves pinceladas sobre la constelación de ideas y motivos que lo pueblan y cese, por tanto, mi discurso. A conciencia he dejado muchos flecos sueltos, sugerencias de sentido e intencionalidades por descubrir, pero esa tarea ya corre de parte del lector. Solo me queda invitar a su lectura, una lectura pausada, comprometida, inteligente, pues entre sus entresijos y recovecos se desvela, luminosa, una sabiduría de vida aquilatada por los años.



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Jesús Cánovas Martínez©