viernes, 20 de septiembre de 2013

EL FUEGO DEL INSTINTO



EL FUEGO DEL INSTINTO

MARIANO VALVERDE





Por doble vocación, filosófica y poética, al afrontar un poemario tiendo a fijarme fundamentalmente en dos cosas: en su marco teórico-conceptual, por un lado, y en su forma particular de conmoverme, por otro. Así que valoro de él la capacidad con la que me induce a la reflexión, pues cuanto más me ayuda a pensar lo considero más rico; y lo mismo puedo decir acerca del entusiasmo que me produce, pues cuánto más me conmueve, lo considero más profundo. Es cierto que estas dos líneas de penetración quedan matizadas por la propia subjetividad. Aun así son las que considero más válidas para suministrar círculos de comprensión cada vez más concéntricos, más concretos, y, consiguientemente, más objetivos de la obra.

Vengo a convenir con Raymond Abellió que solo hay tres temas dignos de interés, y los demás, o son superfluos o vienen a confluir en estos. No son otros que los del sexo, el arte y la muerte. Son temas nucleares en cuanto antropológicamente hacen referencia a la triplicidad esencial del ser humano: el sexo, el plexo y el cerebro. Dicho lo cual, la propia verticalización de la figura humana parece que viene a marcar un itinerario, natural a la vez que lógico: aquel que atiende a la conversión de unos centros en otros según el orden de sucesivas integraciones cada vez más abarcadoras e intensas. Así, la sexualidad, como impulso originario y motor de la vida, se ha de reconvertir en arte, y este, finalmente, como propio desenlace, nos ha de enfrentar con la muerte. El ser aislado, por el sexo, se abre a un tú; por el arte, a un nosotros; por la muerte, a un ello o a un todos, a un Otro diferente, a una radical alteridad. Crece el ser, se forma y amplía, y crece de igual manera su apertura; se engrosa el ser cuando como la flor se abre y se aroma, y del mismo modo se intensifica y se instala, espacioso, en el mundo. El sexo supone la comunicación entre dos seres, íntima, básica, prístina, sobre la cual se generan las posibles aperturas e intensificaciones de la consciencia. El arte, por ser expansión y juego de posibilidades, promete la intercomunicación; como tal, es posibilitador de comunidad en cuanto la estética revierte en ética y fundamenta la misma emergencia de la civitas. La muerte, finalmente, al convocar la trascendencia, nos enfrenta con la nostalgia del retorno hacia la unidad perdida del Ser, hacia la experiencia de la totalidad, hacia Dios.

Los temas apuntados (sexualidad, plesexualidad, cerebralidad) son dignos de la reflexión filosófica, pero también suscitan el interés del poeta. No atañen, por su propia índole, a lo que se constituye en objeto de una razón instrumental, calculante y calculadora, que supedita todo a razones de interés; procuran más bien visiones globales de lo real en cuanto estas pueden ser portadoras de sentido, atienden a lo solo concebido como acontecimiento. La filosofía, con su voluntad de sistema, oferta cosmovisiones; la poesía, en cuanto situada en el límite del mundo (permítaseme una velada mención a Wittgenstein), al igual que lo místico, provee de sentido, ese que, por definición, al mostrar pero no decir, está más allá de las posibilidades de la lógica. Tengo para mí sin entrar en tortuosas disquisiciones, por convicción interna y por la razón aludida, que el discurso poético es más radical que el filosófico, y de ahí su superioridad.

Mariano Valverde es un poeta básico del amor; un poeta que acomete el amor en sus fundamentos más prístinos y salvajes. Así en El fuego del instinto, tal y como hacía en una anterior entrega poética, El Deseo o la Luz, canta al amor-sexo, al amor de pareja, edificado bajo la forma arquetípica de la pareja originaria Adán/Eva. A mi modo de ver tiende un arco en el cual, según una dialéctica de tres momentos, acomete los misterios del tálamo; y este juego tríadico puede tener parangón con las fases del fuego. La llamarada inicial, el deseo/sexo, fuerza vital o la luz/amor, irrumpe de repente y produce su primera estación: la del amor compartido, el de un hombre y una mujer, alter uno del otro; amor, por tanto, heterosexual, monógamo, básico e irreflexivo. El poema Me miras puede ser un buen reflejo de lo que digo: Me miras, Quiero ver más allá de tus ojos… La mirada se incendia y arde y prende ajena a cualquier juicio o consideración:



Cercana está la brasa,

segura de su fuego,

libre de cualquier juicio,

y me contempla.



Ese fuego inicial, muta en majestad de llama, en fuego del instinto, arde y quema su propio combustible pero no lo consume; así que, ardiendo, intensifica y alimenta su propio arder: esta es la segunda estación. Un poema paradigmático de esta etapa, sería el que lleva por título Incendio (el cual especialmente se presta para ser cantado); cito su última estrofa:



Hierven los ojos.

Hasta el aire se incendia.

Somos luz blanca.



Así llegamos a una mayor conscienciación del amor, esto es, a su cerebración; la que, oportunamente cambiando una “r” por una “l”, no es otra cosa que celebración: No hay más mundo que éste que celebra/ que estás en nuestra casa, afirma el autor en el poema Reflejo. Consumada la pasión en la hoguera de la carne, queda el rescoldo íntimo de la brasa, la espiritualización o sublimación del mismo amor: la tercera estación. Cito el bellísimo endecasílabo con que se inicia el poema Médanos, donde la amada es convertida en homóloga de la muerte:



Escucho, amor, la muerte y te desnudo…



¿Cómo se puede escuchar la muerte? ¿Y cómo, al escucharla, se puede desnudar a la amada? Muerte/Amor, Eros/Thánatos, los dos fuertes impulsos que convergen para apurar la copa del instante: el amor-sexo se trasciende a sí mismo para alumbrar el nuevo día, la plenitud de la sorpresa, una vez que se han consumado las fases del fuego:



Ven. Apúrate. Habrá nueva ternura

tras la huraña caricia del espino

que la mañana aleja de tus ojos.



Todo lo dicho viene a confluir en algo muy concreto, y que cabe resaltar, hasta el punto que se convierte en uno de sus ejes fundamentales de sentido del poemario, sino el fundamental: es el aspecto de comunión, esto es, de con-unión o intento de fusión de los amantes. En la ceremonia del sexo, los cuerpos tienden a la fusión y la transparencia del uno en el otro y por el otro, y lo pretenden en el intento de alumbrar una suerte de andrógino: los dos seres que se aman, por el amor, que es fuego, quedan transmutados en uno, se funden, consecuencia de la alquimia del sexo. Esta idea queda apuntada en el poema Confluencia, así como en Ilógica y en otros tantos, pero se expresa vigorosamente en el que lleva por título Ésa es la cuestión, el cual termina con doble interrogación retórica, ya que el lector conoce su respuesta:



¿Qué más podría darte?

¿Qué serte para que los dos seamos?



Debo mencionar, para terminar con esta breve nota sobre El fuego del instinto, las dos apuestas estéticas que realiza Mariano Valverde, las cuales ya aparecían en otros de sus poemarios anteriores. Una, que podríamos considerar como la búsqueda del equilibrio entre clasicismo y actualidad; otra, que supone el riesgo de jugar con campos semánticos divergentes, los que se cruzan o entrechocan, produciendo así una suerte de relampagueo muy curioso. Por la primera, el tiempo vital del poeta adquiere un referente implícito a los clásicos. Sean estos versos del poema Alegría:



Es la verdad serena de la vida

la que acude purísima a tus ojos.

Sobre ti la luz nunca se dispersa

y la paz es un alma concentrada.



La apuesta por el cruce y entrechocar de campos semánticos supone un fuerte contraste de ideas y emociones, pero gracias a la pericia del poeta no produce ninguna distonía, sino que, justamente, viene a servir de complemento a la primera apuesta mencionada. Por eso los poemas dan una sensación de cercanía con la calle y de distancia con la misma, tan cerca de la cotidianeidad pero tan lejos de la experiencia del común, pues la intención de su léxico y formas expresivas corre en consonancia al universo simbólico del momento del poeta. Aparecen así títulos curiosos como: Tú, yo y Baudelaire, Airbag, Página virtual… Y, espigando, podemos asistir a la convivencia de Bach, Vivaldi, Rilke o Rimabaud, con Bod Dylan, Alejandro Sanz o Sabina.

 Propongo el siguiente ejemplo de Vivace:



La música de Bach hace ganchillo

con el aire y el plumaje de tus alas,

rompe el himen de un tiempo de silencio

que se lleva el centauro de la noche.



Véase este otro de Tú, yo y Baudelaire:



Mis párpados se vuelven almidón

en el rostro desnudo de tu pubis

y luego son escamas de un pez caprichoso…



El amor humano quizá haya que entenderlo como extensión de la territorialidad del cuerpo; no queda ahí, lógicamente, pero empieza ahí. Después, por su propia carga inercial, tenderá hacia el azul, que es luz, y hacia la blancura, que es totalidad. En cualquier caso, entre las cuatro filiaciones poéticas que Mariano propone al inicio de El fuego del instinto, me quedo con la de Jorge Guillén, magnífica: Y por la carne acude y cesa/ la soledad del mundo en su lamento. Y añado nueva cita sobre la que cabe profusa meditación y que bien podría servir de lema a todo el poemario, la de Ibn al-Faradih, recogida en uno de los libros de Juan-Eduardo Cirlot (Cuarto canto de la vida muerta y otros fragmentos), poetas estos que no merecen el olvido: No ha vivido aquí abajo el que ha vivido sin embriaguez y no tiene razón quien no ha muerto por su embriaguez.



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Jesús Cánovas Martínez©