miércoles, 25 de septiembre de 2013

CITA AL ANOCHECER

CITA AL ANOCHECER
PASCUAL GARCÍA



Personalmente, los libros que me hacen reflexionar son los que me gustan. Esto sucede con Cita al anochecer de Pascual García, un poemario traspasado por la muerte y la reflexión suscitada por la misma. Lo introducen unos versos de Antonio Gamoneda en los que, a modo de leitmotiv, con dos preguntas se expresa el desaliento que el hombre siente ante ese frío tajo repentino de la parca. Un primer poema, protocolario y sin título, compendia la trama que a continuación se desarrollará: Al anochecer nos citamos/vestidos como para ir de fiesta… Esta cita es en soledad, caídas las sombras, arrebatada por el miedo, con esa muerte futura que llegará, seguro, como verdad irreductible y única. Mas no es el tiempo del amor aún, y la cita, de momento, puede esperar, señala el poeta; aunque cierto es e ineludible el fatal encuentro con la muerte agazapada, que presiente y sabe extraña celebración erótica, sensualidad consumada, último acto que depara y consume el amor: Y sé que buscará/en lo oscuro mi boca/y besará mis labios…
Una experiencia personal, una singular cita de Pascual García en los páramos sombríos, parece ser el detonante del poemario, aquello que lo informa y se constituye en el núcleo bajo el cual queda construido. Aflora esta experiencia en determinados poemas, sobre todo en los del final, en los cuales se hace nítida: una Quinta Planta de hospital y compañeros de viaje; unos, que transitan en sentido inverso al del poeta y se hunden cada vez más en la sombras que preludian las riberas de la Estigia; otros, que emergen de la penumbra hacia los días de sol y cielos azules. En medio de una batalla librada en la semiinconsciencia, la dulzura de la esposa que vela junto a la cama del enfermo y la pericia de hombres de fuego que no arderán nunca, a modo de ángeles salvíficos, son los aliados con los que el poeta cuenta en tan difícil trance. Hay, sin embargo, fantasmas que deambulan y voces de las que ya no se librará, aun vencedor de la batalla; vendrá después el regreso al alba, el nuevo tacto con las cosas cotidianas, un reencuentro confuso con la casa, los libros, el jazminero, el butacón de las lecturas, y, finalmente, la esposa-madre, amiga, se transluminará en mujer sagrada. Ahora bien, tras la atroz experiencia y el conocimiento que procura (la dicha es esto que sucede/ mientras tanto), ya no quedará lugar para el temor sino coraje ante la vieja anfitriona que siempre lo esperará para hospedarlo (No podría temerte aunque quisiera.) El valor junto a una imperturbabilidad añadida son los dones otorgados para los que han visto el rostro de la parca y, aun así, lo han conjurado, de momento.
Difícil es para el lector avezado saber si los poemas que aluden a la fatal cita en el anochecer son los primeros en el orden de la composición, aunque, salvando tal por menor, sí parece que suponen el telos al que apunta el poemario en su conjunto y en torno a él lo hacen gravitar. Parece como si el impulso poético se retrotrayera para catapultarse luego hacia un origen; por eso, en los poemas iniciales asistimos a una suerte de reflexiones y confidencias con las que el poeta, ahora con ojos sorprendidos de niño, incide en la estupefacción y el misterio que le produce el descubrimiento de la realidad de la muerte. El niño la siente o, mejor, la presiente, de forma vaga y mítica. La umbría de un bosque misterioso y pálidos paisajes de niebla rodean un pueblo no muy grande. Añosos robles y pinos, lentiscos, romeros, y toda suerte de vegetación y matorral enmarañado ciegan los caminos que conducen a ese pueblo en donde el niño vive ajeno a la densidad del misterio que lo circunda. Se insiste en el frío, sea otoño o invierno, en los días cortos de noviembre o diciembre, y el tiempo es un tiempo pasado, ya ido. La metáfora es perfecta; el pueblo de turbada luz de atardecer es asediado por las sombras y el enigma. La muerte se constituye así en El misterio nuevo, y son unos pies enormes, gélidos, cincelados por las rocas; unos pies rotundos, poderosos, vastos, que han dejado definitivamente de caminar, los que descubren al niño el muerto, y, por el muerto, la patencia de la muerte. A partir de ese momento el niño asistirá impotente al adiós postrero de los héroes de su infancia, de aquellos hombres broncos como el acero, colosos del monte, gigantes del hacha/montados en las mulas de la tarde, o de los ídolos que derrumban su pequeña vanidad ante la nada, y, por supuesto, de sus seres queridos (Murió mi abuelo y morirá mi padre). La muerte vaga, difusa, apenas nombrada, presentida en un inicio como un vasto territorio de leyendas, gana espacios de forma imperceptible, adquiere nitidez y terminará por impactar con rotundidad la sensibilidad del niño.

De las múltiples sugerencias para la reflexión que el poemario propone, me interesa, sobre todo, señalar dos, y la manera que tiene el poeta de abordarlas. La primera plantearía el dilema de si la muerte es una cesación o un tránsito; la segunda, íntimamente ligada a la anterior, y consecuencia de la misma, haría referencia a la cosmovisión del poeta.
¿Hay vida más allá de la vida? Para Pascual García, por lo menos, tal como lo deja traslucir en este poemario, no. Su peculiar experiencia no le ofrece un argumento decisivo con el que pueda aceptar una pervivencia de su ser más allá de la frontera de la muerte. Con tintes oníricos y surrealistas, relata en Aniversario su anhilación en las tinieblas y su posterior regreso del sueño y del vacío. En el siguiente poema, Resurrección, las imágenes dan paso al concepto, y expone un orden de creencias telúricas, para concluir: Si regresamos, ya será de noche/y será tarde y no recordaremos/siquiera quienes fuimos. Los que hemos pasado por un quirófano sabemos del dulce vino de olvido que nos invade y nos hunde en un sueño sin sueños en donde nada sentimos y no hay lugar para la memoria. Valga, pues, la analogía. La muerte, para Pascual García, es el sueño del cual no se regresa.  El hombre es un ser elegido, desde su mismo nacimiento, para la fatal cita al anochecer, a raíz de la cual se perderá su memoria y no habrá retorno (Creo en la tierra donde dormirá/la vida para siempre.) Nadie puede hacer nada para impedirlo, y esa cita llegará, de seguro.  
¿Qué impacto produce la muerte en la totalidad del cosmos? Ninguno; la vida está entretejida de muerte. Un hombre muere y no pasa nada; el dolor es algo meramente subjetivo. La cesación de un ser no supone ningún cambio o mudanza en el gran engranaje del universo; se seguirán sucediendo los días y el viento hará titilar las hojas de los álamos o los olmos. El poeta siente estupor ante este hecho, y magistralmente lo retrata en algunos poemas del libro, como Sólo será ella, en el inicio, o La última hoja, al final, cerrando de esta manera una circularidad. Pero me interesa el poema que lleva por título Noticia. El padre de una amiga acaba de morir y esta se lo comunica al poeta; este queda estupefacto al percatarse del contraste que ofrece la impasibilidad del cosmos frente al dolor humano, y se confiesa: pensé/que el mundo seguía su curso inalterable/y que la muerte no cambia apenas/nada. Esta percepción estremecida le lleva a Pascual García al desarrollo, y diría que hasta a la tematización, ya patente en otras de sus entregas poéticas, de una especie de misticismo telúrico, de sagrado panteísmo, con el que expresa un amor exacerbado a la tierra casi de forma idolátrica, pues la tierra sola es aquello que perdura cuando se pierde la memoria.
 Los poemas de Cita al anochecer están construidos con un estilo directo, en el que la palabra se serena, clara y diáfana, y la emoción se esconde detrás de una expresión que Pascual pretende demasiado imperturbable, me parece. Unas ilustraciones de Francisca Fe Montoya, su esposa, lo enmarcan a modo de círculo, de sellada esfera.




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Jesús Cánovas Martínez©