viernes, 14 de marzo de 2014

LAS RAZONES ASTROLÓGICAS DE LA ÚLTIMA CENA

He tenido el honor de que al mandar cualquier tipo de trabajo a Ágora. Papeles de Arte Gramático, nunca me haya sido rechazado. Es una suerte que sus directores, Fulgencio Martínez y Francisco Javier Illán Vivas, sean amigos míos. Reproduzco a continuación un pequeño relato que fue compuesto a modo de boutade, y apareció en el nº 20 de la mencionada revista.


  LAS RAZONES ASTROLÓGICAS DE LA ÚLTIMA CENA


—...los aries, de una pieza, pero elementales, revoltosillos; los leo, si no se pasan de fantasmas, se les puede aguantar; los tauro, cerriles, cabestros con cuernos; los acuario... los acuario... los acuario... los más difíciles, no hay quién los entienda. Un acuario, por definición, es contradictorio; a mí me cuesta mucho trabajo convivir con ellos, y el destino, para inri y tormento mío, se empeña en ponerlos de continuo en mi vida.
—Compruebo que dominas a la perfección el lenguaje astrológico —me interrumpió Irma, la de mirada azul, incisiva y picarona.
Había leído uno o dos libros de astrología recientemente, y en aquella cena informal de fin de curso sentí unas ganas locas de comunicar mis conocimientos sobre el asunto, así que en cuanto pude metí cuña para derivar la conversación hacia mis adelantos en dicha materia. Esto ocurrió durante los postres, al ocuparme solícito del interés que había demostrado Irma por mi tarta de queso con arándanos. «Debes de ser una tauro, por lo glotona que eres», le dije, y, al tiempo que infería una orientación positiva a mis propósitos, le arrimé a la boca una cucharada del preciado manjar.
—No es que quiera dármelas de nada —me justifiqué—, pero algo de verdad hay en la astrología. La teoría hay que contrastarla con la práctica. Con asombro verás entonces cuánto de verdad hay en este saber.
Un grupito cercano andaba con la oreja puesta.
—¿Saber? —preguntó Aparicio Excrementini con el gesto torcido.
A mí se me antojó que había un tanto de incredulidad en su pregunta. Aparicio era el de Economía; chato de cara, chato de mente y con un encefalograma, tac, resonancias y demás completamente planos para lo que no fueran números y cuentas, asientos, debe y haber.
—¡Sí, saber! —contesté, circunspecto pero enérgico—; aunque hay quien piensa que también es un arte.
—¿Arte? —volvió a preguntar Excrementini. Miró de corrido a su alrededor en busca de solapadas connivencias y masculló unos sonidos ininteligibles.
Pero Irma, con ojos refulgentes, adelantándose a cualquier réplica por mi parte, con la suavidad de su sonrisa, me instó:
—Sigue, sigue, Fernandino, con tus descripciones de signos, no te cortes. ¿Cómo son los virgo?
—Unos estreñidos; de tanto aguantar la mierda les cuesta cagar.
Fue un golpe de efecto, y algunos comensales más giraron su cabeza hacia mí, encandilados, supuse, por mis disquisiciones. Puri me empitonó con sus preciosos y redondos ojos color mermelada de albaricoque.
—¡Pero bueno! —exclamó Puri.
—Tal vez yo esté utilizando ciertos eufemismos mal sonantes —me defendí—, pido perdón por ello a las personas recatadas. Lo único que pretendo es enfatizar de forma gráfica el carácter de los signos. Para que se me entienda.
—¿Tú crees en esas perfollas? —inquirió de nuevo Excrementini, con cierto tonillo entre burlesco y agresivo. Y añadió, sentencioso—: La astrología es una superstición infundada y bastante nociva.
—Ni creo ni dejo de creer —le respondí—. No se trata de creencias sino de conocimientos. Estas cosas hay que comprobarlas con una observación minuciosa. —Le miré con atención a los ojos (su mirada opaca tras unas gafas redondas de aretes dorados, su belfo caído, su boca entreabierta, sus dientes pequeños y separados, su doble papada) antes de soltarle—: Si es infundada, debe ser superstición; pero si no es superstición, debe ser fundada. Por otro lado, ¿ayuda o no a la vida? ¿Tú qué piensas, Aparicio?
—Fernandino está sembrao esta noche —intervino la rauda Irma dirigiéndose a los presentes, y zanjó con un gesto de su mano la incipiente protesta de Aparicio. Luego posó su mirada almendrada y suave sobre mí, y me la clavó como una daga—. Vamos a ver, Fernandino, escancia tu saber y alúmbranos… Julio es géminis —dijo, y enfocando al aludido, le preguntó—: ¿No, Julio?
A Julio Pajotero en petí comité lo llamaban, unas veces El Pestuzas, otras El Masturba, y tales apodos los tenía bien ganados, pues cada vez que iba al baño a propiciar sus menesteres sustraía la prensa de la Sala de Profesores y se excitaba leyendo cualquier artículo de opinión.  
—Sí, soy géminis, pero solo un poco… —aclaró Pajotero, elevando la testa con infinita parsimonia, dando leves (y amorosas, como diría el poeta) cornadas a uno y otro lado, un tanto confuso—. ¿Por qué me lo preguntas?
Al instante, como un estoque en la base del testuz, calló una rogativa:
—¡Di algo sobre los géminis!
Eso me pidió Irma, la pervertidora.
—Son unos alcohólicos con vicios ocultos —largué—. No hay más que mirar a Pajotero.

La sobremesa tomaba la forma de una cálida combustión de leños, íntima, entrañable. Se sentía una especie de rebullir en los contertulios, quizá en sus plexos solares. Y, sin embargo, no florecían las risas, tan deseadas.
—¡Fernandino!, ¿qué dices? —enfatizó el mencionado al tiempo que alzaba su encallecida mano derecha en señal de protesta, mas su voz sonó a estrangulamiento.
—¡La verdad! —repuse—. Si te ofendes es porque la astrología no te deja indiferente. Si no creyeras en ella, te daría igual lo que yo dijera o no dijera de los géminis. Tú no eres el signo, pero Géminis tira al alcohol. Y punto.
—¡Cojones, lo que sabe este tío! —exclamó Juan Romerijo—. No hay quien rebata su lógica abstracta. —Y miró para Irma.
—Los sagitario unos mierda engreídos, no tienen educación ni modales —apunté, sin que nadie me incitara a tales confesiones.
Se cogía marcha.
—¿Qué dices? —preguntó Miguel Cagarrutio con mirada un tanto torva.
—Lo que oyes.
—¿Qué? —insistió Cagarrutio, levantando la voz.
—Que los sagitarios son pancistas —le expliqué, silabeando un poco—, lo contrario de los capricornios que son roñosos y trepadores.
Cagarrutio era guasón, pero muy digno en sus apreciaciones. Si las guasas no provenían de él, y podían pillarlo en arrenuncio, adoptaba porte estólido. Quizá fuese por este tipo de disposición que estiró la columna vertebral todo lo que pudo antes de sacudirse (con dignidad) un lingotazo de vino; le retembló el bigotillo debajo de su nariz larga y terminada en porreta por donde se entrecruzaban múltiples venillas de color morado. Después del ataque de pundonor me echó una mirada criminal. Sagitario o capricornio, ¿qué sería el tipo?
—¿Cómo son los piscis? —preguntó la jocosa Irma, dispuesta a no dejar pasar motivo tan interesante de conversación.
—No te puedes fiar de ellos —respondí—. Yo no confiaría en ningún piscis. A parte de que, para variar, también son alcohólicos.
—¿Y los cáncer? —volvió a preguntar la interfecta en franca pero torcida sonrisa.
—Si quieres amargarte, pon un cáncer en tu vida —dije—. Muy blandengues y muy malos, muy ideosos. Alcohólicos de cuidado…
Rió la gorda Finita (un fuelle asmático), y al bies mostró un perfil cañí y algo canastero. Un moño en lo alto de su cabeza, traspasado por una especie de arpón, le daba aire de antigua reina. Rió y rió la gorda Finita (poseía garbo, tronío, caderas anchas, boca ancha, prominentes mandíbulas y un cabello morenazo, largo y brillante), y sus ojos negros, atormentados por la miopía y la presbicia que no disimulaban las lentillas, intentaban parecer gráciles mariposas.
—Finita es feliz —apostilló Irma, la rubia y picarona de ojos azules.
El paso de los años, atroz, había tejido su telaraña, lenta, insistente y fatal, y bajo los afeites donde subyacía la tez aceituna de Finita Heredia Camborio asomaban diminutos canalillos y terribles redes. («¿Me ves guapa?», en confidencia me preguntó un día, al salir de clase, cuando coincidimos en el pasillo. «Finita, donde ha habido siempre queda», le respondí. Ella agitó con gracia su morena pelambrera a la vez que me guiñaba uno de sus ojazos, engrandecido.) Inmensas, sus tetorras, enfundadas en una blusa negra de moaré adornada con lujosos lamparones, subían y bajaban por encima del abultado vientre. Ju, ju, ju, ju
En mitad del jovial espectáculo, una risita de pitiminí tomó la iniciativa, y después se insinuó, acaramelada, una vocecita:
—Yo soy libra, ¿qué puedes decir de los libra?
Era Zorraida Martínez, viuda de tres maridos.
En estas que llega el camarero e interrumpe el sabroso coloquio. Hecho un general sin charreteras capta nuestra atención y nos conmina a elegir un tipo de chupito: orujo, mora, melocotón, manzana... A las peticiones de los presentes, estampa garabatos en una libretilla. Nada remilgado, severo, mas con cierta gracia en el ademán y diligente, parte pronto hacia el infinito donde se barajan las posibilidades de los licores.

—¿Qué puedes decir de mí? Soy libra… —me insta otra vez, tras la huida del general sin charreteras, la Zorraida, agitando blondas y ricitos rubios por debajo del sombrero vaquero que le cubre la cabeza.
—Zorraida, tú perteneces al éter, pero eres muy follaora —sentencio con aplomo.
Interviene, presuroso, ante la perplejidad de Zorraida, y de alguno más que Zorraida, Salvador Pérez Cabezabuque, el chivatini, el pelotillero y El Bueno, como le dicen, y me recrimina:
—Fernandino, no te pases. Eso de que Zorraida es follaora... Te has pasao...
Su voz suena atemperada, suave es su amonestación. Da la impresión de que el tipo anda cultivando el buenismo desde su nacimiento.
—¡Yo a este tío no lo aguanto! —exclama, de repente, Puri, enfurruñada, y busca complicidad en los presentes, sin mirarme.
Y entonces, tras la arrancada de Puri, Grulí Mochuelar, solterona convencida, diplomada en Diseño y Corte de Trajes, grita desde algún inopinado rincón de la mesa, con mucho desparpajo:
—¿¡Cómo dices eso!?
Hocica un peludo belfo, se adelantan unos salvajes incisivos, se tensa una piel ciruela corrompida por encima de unos pómulos sobresalientes, y de nuevo desentona la Grulí Mochuelar con un exabrupto:
—¡Zorraida no es follaora, y a quien me la toque lo mato!
El alcohol…
Conocidas eran las inclinaciones lesbianas de la Mochuelar, de signo astrológico indefinido, y tal vez ofuscado, por lo que aquel arrebato de pasión incontenible provoca la hilaridad de ciertos contertulios.
 —Grulí, ahora te has pasado tú —oigo que le dice alguien, no sabría precisar quién, seguramente persona sensata. 
—Vamos a dejarnos de remilgos —digo, cargado de razones—. Somos mayores y a estas horas los niños ya están acostados; además, estamos de broma. —«Se imponen, pues, tácticas subliminares», pienso para mis adentros, a la vez escruto un vaso donde destella el vino, rojo y llameante, y refiero—: Dejad a Grulí, la inocencia habla por su boca —y, seguido, le pregunto a la interfecta—: Grulí, ¿cuál es tu signo?
—¡Y a ti qué coño te importa! —me espeta la Mochuelar, arrebatada (en su voz parece que resuenan las cavernas), y arroja para adelante sus rotundos incisivos—. ¡Siempre hay alguien que lo estropea! —grita a voz en cuello.
Me quedo acoquinado ante sus bríos. Se produce el silencio, pero es breve. Pronto se deslizan los murmullos por aquella atmósfera cargada.
—¡Bueno...! ¡Cómo anda el patio! —resopla Guajairo Mariconeti, el de música, con una gracilidad estudiada y la boca estreñida como un culo, meneada su media melenita rubia en nervioso tintineo, quebrándose leve para un lado, el mariconazo y muy alfeñique, y en el aire sacude una de sus manos como espantando moscas.
Grulí, con su pelo color zanahoria cortado a cepillo, está roja, aunque no se sabría precisar si por vergüenza o por algún otro tipo de mudanza.
—Yo sé defenderme sola, Grulí —dice Zorraida a la soliviantada. Y mirándome fijamente con sus ojazos de terciopelo celeste, rasgados y a cubierto bajo unas gruesas gafas de concha con anchas patillas recamadas de circonitas, ante la expectación de todos los comensales, me pregunta —: El señor, ¿de qué signo es?
Del mismo modo que ocurre cuando se produce un terremoto, como réplica a la inquisición de la bella y rizada Zorraida, la Grulí Mochuelar, airada a su vez, toma la palabra, y me la arroja.
—Fernandino es un bocazas y nos quiere cabrear a todos —dice la Grulí, fuerte y rugoso, para que la oigan sin cortapisas ni malos entendidos, y al tiempo estira su belfo peludo todo lo que da de sí—. Es su condición —remata. Con inopinado gracejo, después añade—: Anda, Fernandino, dínoslo, ¿tú de qué signo eres? Haznos una caracterización somera de tus encantos.
El silencio es absoluto. Sonrío en mi interior. Cuando hablo, nada en mi semblante delata la fiesta interior de que gozo, la ecuánime zozobra que me sacude.
—Soy escorpión —digo, trasmudado en ciencia—, y los escorpiones somos buenas personas, sinceros, fieles hasta el extremo y muy leales.
Se alza entonces un coro, in crescendo.
«¡Escorpión tenías que ser!» «¡Mala persona!» «¡Resentido!» «¡Aguafiestas!» «¡Capullo de mierda!»
Irma La Dulce, la puñetera, me ha abandonado. Compruebo que también se suma al regocijo general y disfruta con las variopintas garrochadas que me van cayendo encima.
El camarero, general sin charreteras, llega con las botellas de licor. Al posarlas enérgico sobre la mesa, muy profesional, no deja traslucir en su porte torero, ni en su altivo semblante (perfil de raza, orgullo gitano) signo alguno que permita descubrir sus valoraciones, o algún tipo de impresión, al respecto del alegre cotilleo que se disfruta entre los comensales.
Y yo, arrobado por aquellos gratos calificativos que me traen a la memoria el canto de los mirlos, oigo finalmente, o me lo parece: «¡Hijo puta!», como en sordina.
Debe ser la candorosa voz de la Grulí Mochuelar, por el tono.

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                                                   Jesús Cánovas Martínez©