viernes, 4 de julio de 2014

LA DUDA QUE ME ASALTA

He logrado publicar algún relato que otro en revistas y libros colectivos. En 2009 –¡cómo corre el tiempo!— compuse una colección de doce pequeños cuentos que llevaba por título Libro de los cuentos efímeros; la presenté a Ediciones Tres Fronteras con el fin de que fuera publicada, pero sometidos los cuentos al escrutinio del director de la editorial, el libro quedó todavía más “efímero”. Los cuentos se redujeron a siete, y la colección tomó el título del primero de ellos: Dulcísimas hebras de oro. Dicho lo cual, el libro ganó unidad temática, intensidad, tortura, nervio. Fue publicado en la colección La Biblioteca del Tranvía. Con mi agradecimiento a los responsables de Ediciones Tres Fronteras, aquí rescato uno de aquellos relatillos:




LA DUDA QUE ME ASALTA


No, no sabes, amor mío, qué largas son mis noches y mis días sin ti; no, no lo sabes, amor mío. Te busco incesante y todas las cosas me traen tu recuerdo: los bolígrafos que toco, los folios donde escribo, los libros que me rodean, las carpetas donde guardo mis apuntes, esta habitación en donde estoy y muero, el dintel de la puerta, la noche, el trágico confín donde mueren las horas, el desaliento de cada día; todas las cosas están llenas de ti, tú las animas, y ellas son en tu substancia, de tu substancia, sostenidas, formando parte de ti; tú, en ellas… Y, sin embargo, las toco, las siento, se adormecen en mi alma y me ofrecen un límite frío; esas mismas cosas que sostienes te separan de mí. Esas mismas cosas donde contemplo tu rostro, tu figura, tus ademanes, esas mismas cosas te separan de mí; oponen un muro, tal vez una membrana transparente tras de la cual yo quisiera encontrarte, y me frustra, no sabes cómo, no encontrarte.
Amor, hoy es noviembre, las hojas caen de los árboles. ¿Por qué será que los ojos se me llenan de muerte si pienso en ti? Ingrávida, en el aire, sostienes mi esperanza fruncida en el verde mustio de las hojas y el desencanto. Hoy es noviembre; durante el día ha lucido un sol débil y, ahora, ya la tarde vencida, adentrada la noche, mis ojos caminan tras tus huellas. Soy todo recuerdo, todo recuerdo de ti, amor. Entonces veo tu sonrisa en el alba y aspiro el primer día en que te conocí ¡Qué bella! Si la belleza tiene un nombre, ése es el tuyo. Porque tú emerges en el día primero de mi vida; me contemplas desde allí, y aquí, y ahora. El azabache de tus ojos me sostiene, me sostiene la ternura de tu voz, me acuna y me lleva el ritmo de tu aliento, la melodía de tus brazos cuando se mueven, los giros de tu cintura, tu sonrisa blanca, sin mácula, tu suave sonrisa derramada por el mundo como don y gracia.
Amor mío, aspiro la muerte porque necesito morir. Si tú me faltas, yo no puedo existir… ¿Cómo te diré que te amo? ¿Con qué palabras? ¿Con qué gestos? ¿Cómo te diré que te amo?… Yo, el solo, el desterrado; yo, el perdido, ¿cómo te diré que te amo? Si tú eres plenitud, qué lejos; si tú eres promesa, qué lejos; si tú eres esperanza, qué lejos… ¡Qué lejos, amor mío, te siento, qué lejos!

¡Qué lejos tú de mí! Pero en mi vida irrumpiste y eres dueña de ella: eres mi vida, mi misma vida, que ya no es vida si tú no la habitas. Oteo siempre detrás de todo, a la zaga tuya, te persigo por los laberintos de lunas o puñales, por los vericuetos del tiempo, al acecho, despierto, en el sueño, siempre, esperándote, amor, esperándote.
Se adentra la noche, se sumen los rincones en penumbras; mi amor es puro y blasfemo. He pronunciado tu nombre en voz alta y me he callado luego para que tú seas conmigo; tú seas aliento, cuerpo, conmigo; para que no haya opacidad, no rotura, no hiato, no separación, no dos, sino uno; uno siempre. He gritado y me he callado en el silencio para escucharte, para sentirte; me he callado y he cerrado los ojos para meditarte, para medirte en la noche, la larga noche, para poseer tu sombra en mi delirio, en la soledad, contigo, en el silencio de la noche.
Uno, uno contigo; uno; no dos, uno… Un mismo mundo para uno; ser uno contigo, renunciar a toda dualidad, a toda oposición, a toda polaridad… Uno en la vida. Recentrar, reencontrar un centro perdido, contigo, siempre, contigo…
Sin embargo, mis ojos se nublan, amor mío, mi razón se oscurece… una sombra de duda me golpea… ¿Qué pensará tu marido de todo esto? ¡Sí! ¿Qué pensará? Es un buen tipo. Hoy, sin ir más lejos, hemos tomado una cerveza juntos. Y sé, que aunque el muy jodido sea testigo de Jehová, mormón o algo así, es un amigo. ¿Sería capaz de entender lo que yo siento por ti… mi amor arrasador por ti? No… creo que no. Y no porque Antonio sea un zoquete; Antonio es simplemente Antonio: una circunstancia. Pero, además, tú tienes seis hijos: Antonio, Juan Luis, Emilia, Fulgencio, Rocío Macarena y Angustias. Tus hijos, ¿qué son de ti? ¿Cómo hacerlos a ellos partícipes de nuestra unidad esencial? Esta es la duda que me asalta, amor mío, ¿ves? Yo que soy incapaz de pronunciar tu nombre, porque tú estás por encima y más allá de todo, de cualquier horizonte, yo, ya ves, tiemblo cuando pienso en tus hijos. No sé cómo asumirlos en nuestra unidad esencial, perfecta y sin mácula. No importa que mi mujer, Alicia, como tu marido, Antonio, no entiendan nada: son circunstancias que nos allegaron en un extremo, acontecimientos que nos sucedieron antes de descubrirnos… Tampoco importan mis hijos, José Joaquín, Alberto, Jesús Renato; no, no importan, porque ellos me los ha dado la circunstancia externa, el sinsabor de la vida.
¡Ay, amor! ¿Qué será de tus hijos? ¿Qué será de ti y de mí y de nuestros hijos y cónyuges respectivos? Cuando te veo en la oficina, mis ojos se me llenan de ti; aspiro entonces tu fragancia, el perfume de tu voz, como migaja que de tu aliento cae entre esos «Buenos días», por las mañanas, con que así me torturas, y que yo recojo avaro, ávido, sediento de ti… Ave delicada, vuelo de alondras levantan tus brazos y tus manos cuando revolotean entre las mesas de la oficina y atrapan folios y albaranes, cuando, delicadas y sublimes se posan, aleves, sobre las teclas de los ordenadores, rozan los bolígrafos, irrumpen entre los lápices. Delicadas son tus orejas al tacto de los teléfonos; tu boca, pozo de frescura, por donde escapan las sílabas y el aire que emerge desde dentro de ti; tu boca, pozo, pozo de un oasis, pozo del que yo nunca he de beber, pozo con que así me torturas; boca de sílabas, boca con que pronuncias palabras y nombres, tu boca…, amor, amor mío, tu boca…
Mi mujer, Alicia, duerme. Es de noche. Muy tarde. Sigo solo en mi despacho y ordeno mis pensamientos en la sombra. Sigo solo.
Te recreo en la noche, amor mío, para llegar a tu noche, alzar el velo, correr la cortina, traspasar la puerta. Pienso en ti, y se me llena todo el corazón de amor y de muerte. Y mi corazón retrocede. Mi corazón se consume en esta hoguera nocturna. ¿No he de abrasarme en el amor y la noche cuando todo, todo, todo es en ti y arde en el amor y la noche? ¿No he de consumirme en la hoguera? Sin descanso he buscado tus ojos para mirarme en ellos, llegar a su fondo; desde la profundidad misma de tu centro, desde el fondo de tus ojos, he querido encontrar mi rostro…
Yo te amé. Te he amado. Te amo. Pero me asalta la duda de tus hijos, prolongaciones de ti; no sé el lugar de ellos en nuestra relación, en nosotros. Por más que me devano los sesos no sé el lugar de ellos. ¿Dónde ellos? ¿Podrían ocupar un espacio en mi amor único por ti? ¿Dónde ellos en el Amor? ¿Dónde situarlos? ¿Dónde?… Amor, amor mío, una duda me asalta. Pero la noche llega, y la hoguera, consumida en sí misma, de sí misma alimentada, palidece ante las palomas del alba que anuncian un nuevo día. Palidecen todas las hogueras. Todas las hogueras mueren y fenecen ante el día que se anuncia. Desde la oscuridad más oscura de esta noche —de mi noche— yo clamo y grito, amor mío, ante la alborada que ya no verán mis ojos.




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                                       Jesús Cánovas Martínez©