viernes, 30 de enero de 2015

MACHISMO Y LITERATURA

Algunos años atrás, José Cantabella, escritor y compañero en las lides poéticas, me pidió colaboración para “Lunas de papel”, la revista que dirigió durante un tiempo. Le envíe varias colaboraciones; de aquellas entregas hoy rescato este “Machismo y literatura”, que presenta de forma gráfica lo que puede suceder cuando a una hija adolescente se le intentan inculcar determinados vicios.


MACHISMO Y LITERATURA

                   


En el colegio le mandan una serie de lecturas fútiles, y diría que tontas. Mi hija crece y no conoce a los grandes autores. Tenemos un mal sistema de enseñanza; los niños no aprenden nada; se les distrae con cualquier cosa pero no se incide en lo fundamental. Por eso le pido algo a mi hija, un favor. Cuando no vaya al colegio, los días que esté libre de obligaciones (sábados, domingos, festivos), en vacaciones, le pido, que por lo menos lea dos horas al día; después que haga lo que quiera. Sólo dos horas de lectura al día, mínimo; quedan veintidós horas más; si ella quiere leer más tiempo, a mí no me importa (es a ella a quien no debería importarle), que lo haga. Es cierto que esta petición tiene sus contraprestaciones monetarias, pero es algo que no me importa; de todas maneras le iba a dar dinero. Hay que jugar con astucia.
Mi hija acepta el trato a regañadientes, pero lo acepta. Así que, mi hija, en edad de mocear, comienza a leer a los grandes autores. Lee a Dostoyevsky, y cuando le pregunto qué le ha parecido, me dice que es un rollo, complicado, retorcido, y lo acusa de machismo; lee a Chéjov, y lo mismo, lo acusa de machismo. Cambia de tercio y lee autores americanos: Carver es un machista; Bukowski, qué hablar, otro machista, guarro con ganas; Salinger es demasiado, otro machista. Le facilito luego a Pérez Galdós, un machista de cuidado; a Valera, machista; a Pereda, machista; Bécquer es el más machista de todos con esas leyendas tontas. Lee El bosque animado de Wenceslao Fernández Flores, no está mal pero qué machista es el tío; y Gabriel Miró, machista; Unamuno, retorcido y machista; Azorín, machista; Xénius, demasiado culto, y machista.
—Bueno, bueno, y Stendhal, qué tal.
—Un machista.
Cualquier autor que lee es un machista y sus obras son fruto del machismo.
—¿Y las mujeres? —me pregunta—, ¿es que no hay mujeres que escriban?
—Hija, claro que hay mujeres —le digo—. Pero los escritores son prisioneros de su época, no cabe acusarlos de machistas.
—Son unos machistas, prisioneros o no de su época —sentencia la niña.
—No, hija, no. A los escritores hay que leerlos en su contexto histórico, en su circunstancia concreta. Si hoy escribieran lo harían bajo otros parámetros, y no quedaría por eso mermada su genialidad.
—Sí, pero son unos machistas, machistas, machistas, machistas…
—Su circunstancia, hija. Ya lo decía Ortega.
—¡No me hables de Ortega, el tío machista ése!
No sé; yo no entiendo muy bien a la juventud. Mi adolescencia me va quedando cada vez más lejana y no me sirve como referencia para entender a estos adolescentes de hoy. ¿Era yo así de terco? ¿Era tan inmune a las razones?, ¿tan refractario al sentido común?... Por otro lado, me pregunto, ¿qué es lo que le ha aportado a mi hija la literatura? Leer todo lo que ha leído, ¿qué le ha reportado? Me quedo perplejo; quizá nada. ¿Una educación esmerada, hacia dónde conduce?
Literatura como entretenimiento, literatura como catarsis, literatura como vicio, literatura como forma de aprender, literatura como el pan de cada día… literatura ¿para qué?
—Has leído, hija, lo más selecto, y albergo la sensación de que no te ha servido de nada —le digo en un momento de debilidad.
Pero el trato sigue en pie. Pasa el tiempo y se concatenan las lecturas de mi hija, devora los libros: Cervantes, el gran machista, y el Quijote ése, el protagonista, parece mentira, qué machista; Quevedo, ni qué hablar, qué mala sombra tenía el tipo y qué machista. Lee Las últimas banderas de José Mª de Lera, interesante pero machista. «¿Por qué los hombres son tan machistas?», y generaliza: «Machistas todos; ni uno se escapa». Borges, a pesar de ser ciego, un machista ciego, pero machista al cabo; García Márquez, machista; Eduardo Mendoza le cautiva, pero qué pena, si fuera menos machista…
—Hija, creo que te estás pasando un poco.
—Sí, claro, tú hablas así porque eres otro machista.
Somerset Maugham, un capullo y machista; Julio Verne (quizá éste se escape), machista; Salgari, machista (tampoco se escapa); Zola, machista; Chesterton, machista. Lee Las Crónicas de Narnia y concluye que su autor, el bendito Clave Stapes Lewis, es machista; Tolkien, el peor de todos, el gran machista.
—Pero, hija, ¿qué es para ti el machismo y qué relación tiene con la literatura?
Andreiev, machista; Sologub, machista; Tolstoy, machista; Gorki, machista; Solojov, machista; Pasternak, machista. Y si derivamos hacia otras latitudes, tenemos lo siguiente: Guy de Mauppasant, machista; Hoffman, machista; Alfred de Musset, machista; Papini, machista; Bassani, machista; Valle Inclán , machista; Nika Waltari, machista; Thomas Mann, machista, Henry Miller… ¡machista!; Truman Capote, maricón y machista ¿Dónde están las mujeres literatas?



—Mira, hija, las hermanas Brontë son una de las cúspides de la literatura.
Y las lee, en su idioma nativo. Wuthering Heights, de Emily; Jane Eyre, de Charlotte; Agnes Grey, de Anne.
—¿Qué tal?
—No escriben mal, pero son machistas.
Le facilito obras de Jane Austen (Mansfield Park, Emma, Sense and Sensibility, Pride and Prejudice), le proporciono Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, le suministro a Agatha Christie para que disfrute con el comisario Poirot. Y también le doy las obras del monje investigador fray Cadfael, de Ellis Peters.
—Son machistas; las mujeres que se dedican a la literatura son unas machistas, igual que los hombres.
Me da miedo sugerirle que lea a Pardo Bazán o a Concha Espina.
Sin embargo, ha pasado el tiempo, y sé que mi jovenzuela ha tomado gusto por la literatura; sé que le gusta leer y disfruta con los libros. Quizá, si pensamos que los libros van a descubrirnos algo, sea una tortura innecesaria adquirir el hábito de la lectura. Decía Azorín que a una biblioteca sólo le bastaban cincuenta libros (en esos cincuenta libros se condensa todo el saber, todo lo que podemos aprender en nuestra vida), los demás son repetición, cacofonías, remedos, parches; Borges, reduce la biblioteca a uno solo, universal, inconmensurable e indescifrable... ¡Habrá que realizar algún tipo de escrutinio, como el que llevaron a cabo el cura y el barbero en la biblioteca del señor hidalgo, no se nos sequen los sesos!
—Papá, ¿tienes algo de Poe?
«Me ha pedido un libro para leer —pienso—, esto marcha.»
—Aunque es un machista, mis amigas dicen que Las narraciones extraordinarias son demasiado —se justifica la interfecta, como si adivinara mis pensamientos.
Le posibilito a Poe, y a Machen, y a Lovecraft, y a Stocker; le encanta Melmoth, de Charles Maturin. Los maestros del terror son unos machistas
Ha leído El nombre de la rosa de Umberto Eco, y su juicio ha sido unánime, un machista. Lee a Malraux, La esperanza, La condición humana, un machista; a Kafka, vaya rollo, ¿se aclaraba él mismo?, machista. También lee a Miguel Espinosa, Escuela de mandarines, La tríbada, ése está pillao, machista.
En medio de estas lecturas caen en sus manos las entregas de una obra del momento: Harry Potter. Estos libros le gustan, y los devora en idiomas diferentes (los lee en inglés, francés, español), pues dice que según el idioma en que se leen, son obras distintas las que se leen.
—¿Te gusta Harry Potter? —me atrevo a preguntarle.
—Sí.
—Pues su autora… ¡es una mujer! ¿Supongo que romperá con ese esquema preconcebido que tienes de pensar que las escritoras son machistas? ¡Alguien se tendrá que salvar!
—No me vengas con ésas, papá, ¡pues claro!, la Rowling es una machista.
—Bueno, bueno... no me negarás que machista o no es muy famosa, gana mucho dinero y es mucha la gente que se divierte con sus libros. A mí me gustaría que tú te convirtieras en una escritora famosa, más todavía que la Rowling.
—¡Bah! ¡Yo no quiero ser escritora!
—¿Cómo qué no? ¡Y lo bien que te lo pasarías!
Pero la niña no entra al trapo, y da un giro inesperado a la conversación:
—Quien se lo pasa bien escribiendo eres tú, papá, porque te gusta.
—¡Pues, claro, hija! Leer es un placer, y si encima te atreves a escribir…
—¡Tú siempre con ésas! —me corta— ¡Tú no te has comido una rosca!
—Ni falta que hace, hija. Me lo paso bien, y punto; no importa triunfar en este mundillo literario. Lo importante es pasárselo bien.
—Papá, eres un optimista.
Tiene razón la jodida.
—¿Velarás por mi memoria literaria cuando yo muera? —le pregunto de sopetón. Y añado—: Eres mi única heredera.
—Sí —dice casi de forma inaudible.
—¿Qué has dicho?, no te he oído.
—Sí, papá, sí; que sí... Si fueras menos machista hubieras tenido más éxito.
Le gusta leer, no cabe duda; al final le he inoculado el veneno y estoy contento, ya no podrá dejar la literatura a lo largo de su vida.
«Quizá yo sea también un machista como todos ésos», pienso al fin, cumplida la hazaña, la que me ha costado tantos años de aplicación... Y, cuando discurro de esta manera, voy y acelero el paso.


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                                       Jesús Cánovas Martínez©