viernes, 10 de abril de 2015

EL DÍA DE LOS NÍSCALOS

EL DÍA DE LOS NÍSCALOS




Fue hace algún tiempo. Corría el mes de noviembre, y aquel día, como era costumbre, teníamos planeada una excursión. Esta vez nos daríamos un garbeo por la falda del Talayón. Echamos los palos y las mochilas en el Seat 127, y allá que nos fuimos. Las mujeres no tenían ganas de andar y se quedaron hablando de sus cosas.
El día era una maravilla; por la tarde, brillaba la luz aterciopelada del mes de los muertos, y sesgaba los contornos nítidos de los montes. Había llovido hacía poco, y las fragancias del tomillo y el romero pronto nos asaltaron. No era largo el trayecto. Remontando por el Campico de los Lirias, pronto salimos del asfalto y echamos por caminos de tierra poco frecuentados. A la vera de un pino aparcamos el automóvil.
Había que aprovechar el tiempo, las tardes son cortas en esa época, y queríamos dar una buena caminata. Con celeridad nos pusimos las mochilas a la espalda, cogimos los palos... Fue en ese momento que vi, entre la broza de un pino cercano, una suerte de botón brillante de color anaranjado, tirando a pálido. Con el palo quité las acídulas mohosas que lo ensombrecían y se me mostró en su esplendor un níscalo, un lactarius deliciosus, que se dice en bonito, como había tenido ocasión de leer hacía poco en un libro de micología.
—Loren, mira... ¡Un níscalo!
Lorenzo se acercó presuroso a inspeccionar el hallazgo. Puso su mirada escrutadora en él; le dio varias vueltas delante de sus ojos.
—Pues, sí; parece... aunque yo no soy muy experto en setas.
—¡Cómo que parece! Es un níscalo, ¿no lo ves? Y esta es la época de los níscalos.
Giré mi mirada, la deslicé ávida por los contornos cercanos a nuestros pies; removí con el palo. No se hizo de esperar el siguiente lactarius deliciosus. Ya se sabe que no hay dos sin tres, así que seguí removiendo... ¡Otro!... ¡Otro y otro!... ¡Estábamos en medio de un bosque animado de níscalos!
—Lorenzo, creo que sin pretenderlo hemos encontrado Las Minas del Rey Salomón.
A Lorenzo le entró una risita loca.
 Ya lo dicen los psicólogos, una vez abiertas las puertas de la percepción, todo es coser y cantar. Nos había tocado una gracia al aparcar justo en el lugar donde habíamos aparcado, una quebrada donde los pinos se sucedían, glamourosos, con su corte diminuta de níscalos, repartidos en pequeños grupos anárquicos.
Al tiempo que nos prometimos dejar la excursión para otro momento, sacamos unas bolsas de plástico del maletero del 127. No era cuestión de entretenerse contemplando la belleza del paisaje, ni en marchas sin destino definido. Ahora urgía recolectar el preciado hongo; en el futuro, y seguramente en el tiempo que restaba a nuestras vidas, no tendríamos una ocasión semejante.
Pronto las bolsas estuvieron llenas, pero había más níscalos, muchos más... ¿Estábamos dispuestos a permitir que la madre naturaleza, así como había tenido a bien hacerlos aflorar en medio de la soledad del bosque, de la misma manera los deshiciera en un silencio atormentado y sin provecho para nadie?... ¡Ah, el gato de Schrödinger!
Espoleada la codicia, la tarea recolectora adquirió tintes de epopeya. Una manada de jabalíes no hubiera actuado con tanto frenesí como lo hicimos nosotros. La remolienda fue de abrigo. Llenamos el maletero hasta la bandera, y aún cargamos el asiento de atrás del preciado tesoro.
Entre dos luces, con el fin de festejar la hazaña, nos dirigimos a Campico López. Tomándonos las cervezas de rigor en el único bar de la localidad, entablamos conversación con el señor mayor que nos atendió, un hombre huesudo y calvo que calzaba esparteñas. En un momento, cuando ya creíamos que nos habíamos hecho los simpáticos, Lorenzo le preguntó:
—¿Sabe usted si por aquí hay níscalos?
Dudó el hombre a la hora de responder, pero finalmente dijo:
—Este año ha llovido poco, y no han salido. Cuesta trabajo encontrarlos. Otros años salen, pero éste no.
La risa nos afloró loca y contagiosa, y aquel hombre se desconcertó.
—¡Pues ponga otras cervezas!



Ya en casa, no cabíamos de contentos. Una vez realizada la selección, un montículo iridiscente de simpáticos lactarius deliciosus coronaba el poyo de la cocina. Hicimos el reparto: una buena tanda para Lorenzo y Marisa, otra para Blanca y el servidor. Pero como había tantos, intuimos que no podríamos dar cuenta de todos ellos, así que hicimos unos apartes en bolsas para regalarlos a los amigos. Dejamos un buen montón para la cena de aquella noche. ¡Con ajetes resultan chapó!
Blanca, mientras, los cocinaba, me hizo una pregunta capciosa:
—¿Seguro, Jesús, que son níscalos?
—¡Pues, claro! ¿Qué iban a ser si no?
—No sé... no sé... Es que sueltan mucha baba.
Efectivamente, Blanca izaba con la rasera unos cuantos, y una baba gelatinosa y abundante se desmoronaba hacia abajo.
—Eso es normal —le respondí a Blanca—. Ten en cuenta que los acabamos de recoger por lo que están repletos de zumo.
Las mujeres entraron en sospecha y comenzaron a poner peros allí a donde mi entender no los había.
—¡A ver si nos envenenamos!
—Si nos envenenamos, nos vamos a enterar el día después, porque yo me los voy a jalar —dije, algo sentencioso.
—¡Tú sí, pero yo no! —sentenció, a su vez, Blanca—. No me fío
—Nena —dije conciliador—, lo he mirado en un libro de micología y son níscalos.
—Bueno, si es así, y tú quieres comértelos, te los comes. Pero Marisa y yo cenamos otra cosa. ¡Mira! ¡Mira!, ¡mira la baba que sueltan! —y diciendo esto, alzó de nuevo la rasera.
—¿Tú que dices, Loren? —pregunté.
—Yo no digo nada, pero echan mucha baba.
—Bueno, yo me los voy a comer, con baba o sin baba, ¡y que cada uno coma lo que quiera! —zanjé cualquier posible discusión.
Lorenzo, por eso de no quedar mal, arrimó su plato a los níscalos, y como las mujeres no comieron, tocamos a ración doble. Ciertamente, no estaban tan sabrosos como yo esperaba, y hasta me resultaron algo insípidos, pero en conjunto no sabían mal. «De algo hay que morirse», mascullé para mis adentros mientras los jalaba.

En aquella época yo tenía un saque terrible; comía de todo y nada me hacía daño. Dormí plácidamente durante toda la noche. Al día siguiente, mientras se los elogiaba, repartí unas cuantas bolsas de lactarius deliciosus entre los amigos. A lo largo de la semana estuve jalando el preciado manjar: solos, con ajetes, en arroz, en tortilla, acompañando carne...
Lorenzo fue el único en sincerarse:
—¿No te has sentido mal?
—No.
—Pues yo he estado con retortijones... y de visitas al señor Roca.
—¿Cómo puede ser eso?
—Lo que cogimos no eran níscalos, sino boletos. Lo he preguntado a uno que conoce de setas.
Lorenzo me explicó las diferencias de bulto que había entre el boleto y el níscalo.
—De verdad, Lorenzo, que yo no he sentido nada.
—Los boletos, en sí mismos, y pocos, no hacen daño, pero en grandes cantidades producen trastornos digestivos. No soy el único que ha pasado por el trámite.
Caí entonces en la cuenta de la palidez de ciertas caras y en las miradas hoscas que había recibido durante esa semana. Sin embargo, la discreción, ese prurito de dignidad a la hora de reconocer que estamos hechos de fehaciente humanidad, pudo más que el lógico disgusto, y callaron... ¡A saber lo que dirían en la intimidad! «¡Te das cuenta de qué manera más tonta haces enemigos!», me recriminó Blanca. Por aquella época, yo pesaba mis cien kilos en canal, comía como un león, no me sentía gordo, ni me acometía ninguna flojera. La suerte que tuvimos todos los que deglutimos los supuestos níscalos fue que en la dichosa recolecta no entró ningún boleto de Satanás.



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                              Jesús Cánovas Martínez©