jueves, 17 de diciembre de 2015

LA SOMBRA DE ARTHUR

LA SOMBRA DE ARTHUR
ANTONIO SOTO



Recuerdo que hace unos años, en nuestra etapa de espartarios, acodados en la barra del bar El Convento (Lorca), enfrente de unas humosas manzanillas —¡ah, la bohéme— y a la espera de una lectura de poesía o tras la misma, Antonio Soto me comentó que llevaba entre manos un libro de poesía rompedor y me lo delineó en sus formas básicas. Pronto vino a adosarse el pesado de turno, por lo que tuvimos que pasar a hablar de otros temas, y ahí quedó la cosa. Ese libro, por aquellas fechas quizá en esbozo, recientemente ha visto la luz. Lleva por título La sombra de Arthur, y sobre él pretendo decir unas palabras.
Al sopesarlo, lo primero que llama mi atención es su título, ya que presenta una anfibología que supongo consciente. ¿Arthur tiene una sombra o Arthur es una sombra? Ambas interpretaciones caben según consideremos la preposición “de” como expresión de un genitivo subjetivo o, por el contrario, objetivo. Una primera y precipitada lectura posiblemente nos llevaría a decantarnos por su segundo significado, aunque si volvemos al libro con la intención de ahondarlo, tras su relectura, tampoco cabría desechar el primero: Arthur es una sombra, pero Arthur también tiene una sombra. Tal disemia estructural traspasará todo el poemario.
¿Por qué Arthur tiene una sombra? Porque Arthur puede ser el paradigma de cualquier ser humano y, en particular, de Antonio Soto; ahora bien, si todo ser humano tiene una sombra, Antonio Soto tiene su sombra; así, Arthur, como alter del poeta, muestra la sombra del poeta, por concomitancia reflejo a su vez de la sombra de toda la humanidad. Sin embargo, Arthur, ya desde el primer poema del libro, se nos muestra a sí mismo como sombra, y sombra viajera, nocturna, ávida de sangre y de belleza: Arthur también es una sombra. Constatada tal disemia, si conjugamos los dos posibles significados, vendremos a concluir que Arthur es una sombra que habla desde la sombra y muestra los aspectos nocturnos del ser humano, aquellos que nuestra consciencia rechaza, reduce y condena a los sótanos del inframundo, esto es, del inconsciente, sea éste individual o colectivo.


Supone el poemario una carga de profundidad, y pienso que con él Antonio Soto adquiere su madurez poética. Si en Lolitas o en Pubis Púber había explorado los misterios del eros y En aquellas islas del alma, premio “Armilla de Poesía”, con una emoción a flor de piel había enfrentado la muerte, en La sombra de Arthur, aunará eros y thánatos, el placer y el dolor, la vida que se quiere y se perpetúa así misma como conatus, aun en el hastío, con una pulsión de muerte estremecedora que conduce hasta el desgarro y la nihilidad. Fuerte es la carga del poemario, antítesis de contrarios enfrentados que, como única resolución posible, atiende al horizonte de la belleza, eso sí, una belleza pura a la vez que malversada, espléndida a la vez que tenebrosa.
Pero vayamos por partes. ¿Por qué son inocentes los animales? Entre las posibles respuestas, elijamos una, quizá aquella que se impone por evidente: Los animales son inocentes porque no son conscientes de su condena. Arthur sí lo es, y cuanto más se le intensifica esa consciencia, más le acrece en su interior la sensación de no poder escapar de la misma. Ya, de por sí, esto es horrible: No hay salida ni escapatoria de la condición de Arthur, y Arthur lo sabe. Tal condena a la que queda sometido no es otra que la de saberse arrojado a una cadena trófica donde para seguir viviendo debe otorgar la muerte, incluso la del ser bañado por la inocencia; pero hay más, a esa hambre o sed fundamental, se le suma una sexualidad irrefrenable que lo subyuga y esclaviza.
Hasta aquí, nada nuevo que no conozcamos. El sexo y el hambre, los dos impulsos básicos que traspasan a los animales, de los que ellos no son conscientes. Los seres humanos, sin embargo, en mayor o menor grado, sí son conscientes de los mismos; en Arthur se intensifica dicha consciencia hasta el paroxismo. Porque cualquier parangón que queramos establecer entre el ser humano y Arthur enseguida cede ante lo enorme. El sexo en los seres humanos, aun atávico, se puede deslindar de la función de dar la vida y plantearlo como disfrute; en Arthur, el sexo, aun como disfrute, no se puede deslindar de la certeza de la muerte. La condena de Arthur llega hasta una hipérbole que rebasa la cordura —y, en este sentido, la condición humana—, pues su sexualidad se tiñe de un impulso amoral y fundamentalmente lascivo que en su consumación pretende la destrucción total del objeto de su deseo. Así, ya en el primer poema del libro, el lector queda enfrentado con algo monstruoso, pues el sexo corre parejo con la sangre cuando nuestro protagonista hace el amor a dentelladas con la mujer que le ha dado la vida:

De lo más profundo del corazón
latía mi amor por la sangre.
Ella me invitaba a poseerla.
Desnuda en su lecho de muerte
aguardaba mis finas dentelladas.

La consumación de tal incesto será el preludio de una vorágine de sexo y de sangre, porque Arthur buscará saciar el deseo inextinguible que lo habita y buscará saciar su sed infinita en una espiral de soledad y de muerte. Vagará Arthur por las ciudades y los desiertos, llorará por Iona bajo las torres de Londres o suspirará por Gino en la Plaza de San Marcos en Venecia; desde las frías aguas de la bahía del Hudson arribará a Manhatam, pero también el viejo París a la orilla del Sena conocerá sus pasos; frecuentará suburbios, parques, tabernas, burdeles portuarios, callejas estrechas sin luz, bosques o desiertos en pos de la satisfacción de su deseo y de su hambre; islas del sur de bellas muchachas, monjitas del Piamonte o tibias escolares anunciando la primavera serán sus presas; bajo el cielo rojo de Arizona una muchacha en un sucio motel sabrá de su furtiva visita, pero también la vieja Bohemia en las riberas del Rhin le ofrecerá la sangre de adorables walkirias. Vagará por el orbe todo, insatisfecho, transido de amor, de hambre y de soledad.


Hurtado al amor, creciendo en él la consciencia de monstruo, por las noches, en los cementerios, se oirá su llanto, su queja desconsolada entre las pútridas tumbas: De noche, en los cementerios, lloro y me desespero aguardando el sueño que me fue vedado por extrañas fuerzas… Siente el hastío prolongado a lo largo de noches monótonas, sin posibilidad de luz o redención, expulsado de todo hábitat humano, extraño a la vida pero sin posibilidad de la vida: Mañana de nuevo la luz,/ y vuelta a los infiernos. A su soledad, se añade la fatiga —un poema comienza: Para mí nunca habrá descanso./ Frágiles aleteos se oyen en la noche./ Todos los paraísos duermen ahora…; otro, del siguiente modo: Nada de amor. Las estaciones/ tienen el rostro del desaliento…—, y, mientras, en su corazón deshabitado del amor, pena el amor: Decidme, ¿qué tengo que hacer con este corazón? Enfermo de amor cruza la vida con todos sus inviernos.
La sombra de Arthur es un libro fundamentalmente existencial que de forma implícita plantea una serie de preguntas perentorias acerca de la vida y la muerte, a las que se les añade la resolución poética que el autor les confiere. La angustia ante la propia existencia queda resaltada hasta lo salvaje y patético, sea en el eterno vagar, sea en el ansía de la propia extinción. La muerte para él vedada, consciente de su no vida, Arthur clama:

 Cuánta belleza se consume en mi pecho. Hay una mariposa en el cristal que late como un crepúsculo. Los días mueren pero no la memoria. ¿Hay una muerte peor que ésta?

Por eso envidia a los muertos que lentamente se disuelven en sus tumbas, a los que contempla como verdaderos dioses: Ellos duermen/ en sus lechos de terciopelo rojo/ indiferentes a los días y a las noches… Pero a la vez que envidia esa oscura suerte de los muertos, también denuncia la no menos oscura suerte de los vivos, las lacras de la humanidad:

Los hombres me odian… Sienten terror cuando oyen mi nombre… Y, sin embargo, ¡pobre bestias! Ellos son más sanguinarios… Son vengativos y envidiosos… son aves de rapiña, roban, violan… destruyen a sangre y fuego al contrario. Ninguna bestia es tan dañina como el hombre…

Entre tanta desolación, la única certeza que a sí misma se muestra es la belleza. Y, para Arthur, la única calma posible ante el pesar y la desesperación será la eterna y traumática persecución de esa belleza, para hacerla expirar entre sus propias manos, bajo colmillos sangrientos, como consumación de la propia búsqueda y como venganza. ¿Venganza? Sí, porque solamente a partir de la consciencia de la propia fealdad se puede tomar la resolución de dar muerte a todo aquello que es bello y en lo que atisban signos de pureza. Arthur, sombra viajera, ente apenas con cuerpo, predador nocturno, necesariamente elije como objeto de su deseo a un ser joven que eclosiona en flor. No lo olvidemos, Arthur es un vampiro, y pena de amor.


Búsqueda de sentido, pues, que es lo mismo que búsqueda de la verdad, que es lo mismo que búsqueda del amor. La originalidad del poemario consiste en que esta triple búsqueda se lleva a cabo desde el eje de la nocturnidad y de la sombra. Una de las víctimas pregunta al vampiro: ¿Es usted el maligno? Y la respuesta, a fuer de sincera, resulta tétrica y desconsoladora: No, tampoco soy el maligno. Mi mundo está lejos de él, como de Dios. Para que lo comprendas mejor, ni el uno ni el otro me dan cabida en sus reinos. Mi condena es vagar por el mundo sin otro fin que la soledad y mis ansias de ser como vosotros. Resultan tremendamente patéticas, por fútiles e imposibles, estas ansias por ser como un humano; un humano, sí, un ser débil, pero capaz de reír y alegrarse, de sentir la ternura y el afecto, de ser digno del amor y de la muerte. Sin embargo, a pesar de esta declaración, Arthur —digamos ahora la sombra de Arthur— resbala por el lado de lo luciferino; sólo así se puede entender la imprecación al innominable que encontramos en el poema XLV, y sólo así se entiende la definición, transida de tenebroso orgullo, que de sí mismo hace en el poema XXVIII. Es más, dicha soberbia luciferina se muestra con nitidez en otro poema, el XLVI, donde desde alturas celestes o de profundas tinieblas —cielo de sombra, cielo impostado—, sediento de sangre, el vampiro vigila y se cierne sobre el mundo: Soy la garra del águila/ que sobrevuela las gargantas,/ y mis alas me elevan/ hasta lo más alto del cielo. Por si fuera poco, como se delinea en el poema LII —y no creo forzar el texto—, Arthur, por oposición a lo satánico, se sabe una individualidad desgarrada, orgullosa, insomne y al acecho, vórtice de una luz tenebrosa; lo satánico —aquello que él desprecia—, en fiel contraste con su condición, no es más que la masa de lo torpe e inconsciente, un punto negro de estupidez insoportable. Imposibilitada la resolución crística entre lo luciferino y lo satánico, puesto que el estado vampírico la torna irresoluble, a lo largo de las páginas del poemario el lector comprobará cómo crece, anidada por la soberbia del espíritu, la condición del frío en ese ser, etéreo y corpóreo, sediento de sangre y lujuria, condenado a vagar sin término por los estratos más bajos del mundo intermedio.
Arthur es un vampiro que busca el sentido de su existencia, aquello por lo que él mismo puede ser verdadero, el lugar donde reconocerse y ser, la posibilidad de querer y ser querido. Pero la sombra tan sólo tiene la existencia de la sombra, por lo que tal búsqueda necesariamente ha de quedar frustrada, ¿o no? Este ha sido el empeño de Arthur: conquistar su existencia, disolverse como sombra, morir o vivir con una nueva vida a la que se pudiera llamar real, plena. Arthur ha insistido en ese empeño a lo largo de su vagar. Si ya en el poema II nos había advertido de su condena al perpetuo viaje, tal viaje concluirá en una huida definitiva de sí mismo, hacia el norte, hasta la inmensa noche polar de fríos glaciales. Ese viaje que comenzó en una recóndita selva, oscura y enmarañada, remota como el tiempo, terminará bajo la inmensa noche del polo:

Y se hizo el blanco y el silencio sobre la tierra. Allí, bajo la inmensa noche de los fríos glaciales me dispuse a dormir un largo sueño en aquel abrasador lecho de nieve.

Así termina este libro bellísimo, con un oxímoron precedido por una sonora sinestesia, quizá porque todo él no ha sido sino un oxímoron terrible. En el polo se intensifica el frío, que es lo mismo que decir que se intensifica la consciencia lúcida. Después de hacerse el silencio y el blanco, ya no es posible el color ni la palabra, porque el blanco contiene todos los colores y el silencio todas las palabras; después del clímax sólo cabe el silencio y el blanco, la albura total y silenciosa en la verticalidad abrasadora del polo donde se hace imposible toda sombra.
 Tras este final, a los lectores nos acosan las preguntas. En la noche vertical y absoluta del polo, ¿se disuelve la sombra individual en una gran sombra como el leve sueño en el sueño profundo? ¿Si la luz restallante en su esplendor resulta cegadora, no ocurrirá lo mismo, pero a la inversa, con la última noche, inmensamente azul y gélida? Por último: ¿Qué es la verdad? Antonio Soto eleva la respuesta desde la tarima de la sombra. El blanco toma la función de sustantivo y se iguala al silencio para formar una sinestesia. El silencio es blanco y el blanco es silencio, pero la nieve abrasa… ¿Tales expresiones aluden a una redención o a una eterna condena? ¿Se puede hacer consciente la sombra o la sombra inunda definitivamente la consciencia?


Nadie busque en La sombra de Arthur un remanso donde se espacie la paz en la dicha que supone cualquier lectura contemplativa, donde venga la ternura con su mano a acariciar levemente el corazón, porque no lo hallará. Quien se acerque a sus páginas encontrará más bien cierta incertidumbre e inquietud en su alma, una zozobra que le hará mirar hacia atrás de reojo, cuando de noche ande solo, sintiendo el frío y la niebla, por las calles de una ciudad anónima alejada de cualquier confort; acelerará el paso y, mientras las oscuras farolas proyecten su sombra sucesiva, quizá alcance a ver aparecer la otra sombra, aquella que no ha sido convocada. Oirá cómo arrecia el ulular del viento, sentirá cómo le atrapa una extraña ventisca, un frío intenso, cómo sus vísceras se conmueven y le deshabita cualquier posibilidad de firmeza. Extrañas flores se desprenderán entonces de árboles misteriosos porque la noche le ofrecerá la copa donde se mecen inquietas sus pesadillas.
Lo dicho sobre este poemario estremecedor, seguro que es demasiado poco. El lector avisado, sin embargo, encontrará en él secretos que yo no he sabido ver. Pero ésta ha sido mi lectura. Traigo el siguiente poema como compendio y colofón de la misma:

Hermosa juventud, tienes el alma cansada.
Y tú, noche, no me abandones nunca.
Ni el helado aliento de una tumba
es comparable al frío que tú me das.
Existencia, dime la hora de mi muerte.
Ya es tiempo que esta pesadilla termine.
Id, demonios, a la búsqueda de otra maldad.


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Jesús Cánovas Martínez©