martes, 29 de diciembre de 2015

ÉTICA, POLÍTICA, ARISTÓTELES

ÉTICA, POLÍTICA, ARISTÓTELES



                                                          Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios,
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

A.    Machado.


Se debe a Aristóteles la estructuración de la filosofía en sus diversas disciplinas. Frente a la filosofía teórica, contemplativa, opone la práctica y poética. La póiesis atiende a la producción de los objetos, hace referencia a la acción que realiza el sujeto entorno a la producción, constituye el saber técnico; la praxis, por el contrario, se refiere a la acción intransitiva, esto es, aquella que repercute en el mismo sujeto que la realiza. La acción práxica tiene dos dimensiones: la individual y la colectiva. La ética se ocupa de la acción individual; la política de la colectiva.
¿Cómo debemos actuar? Aristóteles supedita la respuesta a esta pregunta al para qué. Puesto que es un hecho que actuamos, esta acción sería ciega sino sabemos para qué actuamos. Actuamos para la consecución de un fin. Ahora bien, existen diversos tipos de fines, y éstos se pueden instrumentalizar, unos en función de otros; conseguido tal fin, lo convertimos en un medio para conseguir otro fin, y este nuevo fin, a su vez, lo mediatizamos para conseguir otro fin, y así sucesivamente. Aquellos fines que no pueden ser instrumentalizados para conseguir finalidades inferiores son más importantes que aquellos que fácilmente se mediatizan para conseguir fines superiores, pues si queremos conseguir dinero, por ejemplo, sería para la satisfacción de una serie de necesidades que de otro modo quedarían insatisfechas; la necesidad satisfecha es más importante que el dinero con el cual se satisface, pero no al revés. Hay, pues, fines superiores a otros, en el sentido de que la consecución de unos fines se articula para la consecución de otros, pero estos últimos, a su vez, no se pueden instrumentalizar en aras de los primeros. ¿Existe, sin embargo, un último fin, algo que no pueda supeditarse a ningún otro y más allá del cual no se pueda pensar cualquier otro que le sea superior? Para Aristóteles, sí: la felicidad.
No está mal, todo ser humano sano quiere ser feliz. Pero, ¿qué es la felicidad? Aristóteles precisa que no es lo mismo para el vulgo y los sabios. El vulgo piensa que la felicidad consiste en alcanzar un fin inferior; el sabio sabe que esta felicidad sólo puede consistir en alcanzar su humanidad, esto es, en sacar de sí lo mejor que lleva dentro de un modo virtual y actualizarlo en aras de su propia realización. Se trata de optimizar la vida en todos los frentes partiendo de la circunstancia concreta en la que se encuentra cada cual. Esto sólo es posible trabajando el carácter, la manera de estar en el mundo. Aristóteles tiene muy claro que el hombre es proyecto, pura potencialidad que camina hacia su actualización. Una golondrina no hace verano, pero es cierto que si alguien quiere conseguir una determinada excelencia debe trabajar para ello, pues una serie de actos dirigidos en el mismo sentido conforman una actitud, esto es, una disposición interior para actuar de la forma que se ha elegido; conformada la actitud se desarrolla la aptitud, esto es, la facilidad para actuar de la forma que se pretende; pero las actitudes, a su vez, conforman hábitos, es decir, una manera espontánea de comportarse. El carácter no es sino la suma de todos los hábitos que se han conformado a lo largo de la vida; por tanto, no es descabellado pensar que las diversas formas del carácter determinan las diferentes formas de destino.

Cada uno de nosotros es lo que él mismo hace de sí, lo sepa o no; pero es mejor saberlo, puesto que sólo quien lo sabe tiene la oportunidad de cambio. Podemos realizar un trabajo sobre nosotros mismos y modificarnos, pero este trabajo también se puede frustrar. A priori no hay ninguna garantía de conseguir la propia realización salvo la voluntad mantenida a lo largo del tiempo de quererla.
Ahora bien, somos seres muy condicionados, no sólo por fuerzas internas sino también por las situaciones externas. Las circunstancias entre las cuales nacemos y discurre nuestra vida también nos condicionan: estatus social, salud, amistades, género, edad, sociedad en la cual se vive. Se podría añadir un largo etcétera. Por eso el sabio que busca la felicidad se debe regir por la prudencia, esto es, por el cálculo o ponderación de estas circunstancias, por un saber hacer, que es lo mismo que un saber vivir: por una adaptación consciente con propósito de mejora a su propia realidad.
No existe, pues, la felicidad con mayúscula; existe la felicidad con minúscula, y es la que cada uno quiere y consigue para sí. Además, la felicidad no se puede desligar del propio camino emprendido para ser feliz. La realización personal, por tanto, la consecución de la completud como ser humano corre pareja al trabajo emprendido para conseguirla. En este orden de las cosas, ¿qué es la felicidad?: La apuesta por uno mismo.
Aristóteles no es ninguna anticualla del pasado; es tremendamente actual. Cuando leo al fundador de la psicología positiva, Martin Seligman, o a psicólogos de esta línea, constato su vigencia. Al griego sólo le faltaban estadísticas y trabajos de campo para confirmar sus teorías; Seligman coge el testigo y aporta lo que le faltaba. Está bien que la psicología se ocupe de poner solución a los diversos morbos, pero quizá ha descuidado algo importante: optimizar la vida de las personas normales, o, lo que es lo mismo, abordar el tema de la felicidad y ayudar a las personas a ser felices. Si es cierto que nacemos con un rasgo que nos predispone a ser optimistas o pesimistas, también es cierto que no todo depende de factores innatos; hay variables en las que podemos intervenir y determinan la manera más o menos feliz con la que afrontar la vida, y éstas no son tanto, aun teniendo su importancia, las que atienden a la posición económica o la salud,  por ejemplo, como al trabajo sobre el carácter —nuestro modo de estar en el mundo—, sobre las propias ideas, sobre la visión que tenemos de la realidad. Y me atrevo a añadir algo no desdeñable: Para que las minúsculas pudieran pasar a mayúsculas habría que apuntar al horizonte de la espiritualidad.
Pero volviendo a Aristóteles, ¿alguien por sí mismo puede realizarse? No, pues somos seres relacionales, necesitamos de los otros para hacernos; en nuestra naturaleza tenemos una tendencia innata que nos lleva a vivir en sociedad y no como lobos solitarios. La política, de este modo, cobra una relevancia especial. Puesto que necesariamente nos proyectamos en la sociedad, y ésta es tanto reflejo nuestro como nosotros de ella, la organización de la convivencia es imprescindible para que podamos organizar nuestras vidas particulares. Si no existe un orden político, tampoco puede existir un orden ético; si no existe una justicia social, no puede existir la justicia individual, una vida buena, esto es, la vida feliz. Aristóteles prioriza de este modo la política a la ética. Es tema este a discutir: ¿La esfera ética mantiene una superioridad sobre la esfera política, o viceversa? Si no existe un orden político justo, con gran dificultad alguien podría encontrar su equilibrio interior, porque de entrada tiene en contra muchas cosas; pero si no existen hombres o mujeres justos, prudentes, íntegros, que asuman las funciones de gobierno y tomen las decisiones políticas difícilmente podríamos pensar que vivimos en una sociedad justa.

Los políticos son paradigmas de conducta, y lo son para bien o para mal. Un pirata o un tonto con poder condicionará una sociedad donde abunden los piratas y los tontos; lo mismo podemos decir si los dirigentes de esa sociedad, o los que aspiran a dirigirla, son macarrones, son ladrones, son pusilánimes, les falta un chispazo mental, son mentirosos, son enterados o tienen una determinada tara de carácter u otra. Los políticos deberían de ser personas realizadas, y digo esto en el convencimiento de que cualquier persona íntegra, intachable, con sobrados conocimientos, independientemente de las posiciones ideológicas que pudiera adoptar, siempre trabajaría para el bien general. Aristóteles era muy consciente de esta eventualidad, por eso proponía a Pericles como ejemplo de hombre prudente. La pregunta cae de por sí: Hoy, en España, ¿qué político de los que tenemos aguantaría la comparación con Pericles? ¿Podemos medir a alguno con el griego?
El pasado llama a la puerta y se hace presente. Ahora que quieren mermar, sino desterrar, la presencia de la filosofía en las aulas —y no me refiero sólo a la LOMCE, pues la cosa viene de antiguo—, ¿deberían los filósofos salir a la calle, o, por lo menos, asomarse al blog?
Al terminar este breve artículo oigo que sube de la calle cierta musiquilla. Abro la ventana y miro hacia abajo. Veo una cabra encaramada sobre una especie de podio, y un señor con bigotes y chaqueta de pana sacando sonidos, a fuer de manija, de un extraño artilugio; una señora ataviada con un vestido de faralaes tiende una pandereta vuelta del revés a los viandantes. Es el circo de la cabra, o eso parece.


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                                               Jesús Cánovas Martínez©