sábado, 2 de enero de 2016

EL SUSURRO DEL VIENTO ENTRE LOS PINOS

EL SUSURRO DEL VIENTO ENTRE LOS PINOS




Nací al borde de las vías del tren. Viví en La Alfoquia (Zurgena), en las Casas Baratas de Lorca, en las Casas de la Renfe en Murcia, en el Pozo del Tío Raimundo en Madrid; ahora, tras algunos avatares y años acumulados entre los estantes, soy catedrático de filosofía —o eso creo—, vivo en un barrio céntrico de Murcia y doy gracias a Dios porque sigo viviendo con dignidad. Ni me aflige, ni me molesta haber nacido en una familia humilde, más bien siento por ello un cierto toque, diré que de distinción y casi de orgullo; más todavía si el azar me lleva a mantener conversación con persona algo estirada que comienza a cantar las lindezas de su vida, pues entonces encuentro un gran placer al meter cuña y decir algo como: “Pues yo vivía en el Pozo del tío Raimundo y allí había que tirar de navaja…” O cosas de esta guisa. Este año, si me sobrevivo y Dios lo quiere, seré sexuagenario. Llegar a tal número hace cien años ponía los pelos de punta. Son diez años añadidos a la edad jubilar que es la de la madurez, y en aquella época no todo el mundo llegaba. Hoy no es así. Los sesenta años no son nada cuando las perspectivas de vida se han ampliado sobremanera. “Aún queda tiempo para dar guerra”, decimos los viejunos.
Como cualquier ser humano he pasado por experiencias duras que hubiera preferido no tenerlas, pero a mi favor tengo que reconocer que, tras sus molestos trámites, no han terminado por arruinar mi psiquismo; las agradables, y también intensas, las equilibran. Mis ambiciones son pocas: seguir comiendo caliente todos los días, mantener en mi corazón a las pocas personas que sé que me quieren, no hacer daño a nadie y, si eso fuera posible, realizar alguna buena acción que otra. Y añadiría: seguir disfrutando del placer de la lectura, lograr algún pinito literario y, sobre todo, entrar en el jardín cerrado para cultivar, en la medida de mis posibilidades, sus secretas flores; seguir pensando por mí mismo, y poder mostrarme agradecido con aquellas personas que a lo largo de mi vida me han ayudado.
Decía aquel viejo monje zen, quien tuvo la suerte de encontrar admirables maestros que le iniciaron en la sabiduría, que, al comienzo de su camino, las montañas eran montañas y los ríos eran ríos; después, tras largos años de meditaciones y esfuerzos, las montañas dejaron de ser montañas y los ríos dejaron de ser ríos; próximo a la iluminación, constató sin embargo que las montañas volvieron a ser montañas y los ríos de nuevo fueron ríos. ¡Cuánta verdad se encierra en esta anécdota! La vida sigue, y es la misma; nada cambia, y aunque cambie, retorna y se repite. El paso del tiempo parece ficción; quizá lo sea. Echo de menos la inocencia del niño que fui, pues en la niñez es donde reconozco mi única patria; el hombre es proyección del niño, y, el futuro, completud del pasado. Por lo demás, sé bastante poco de la vida; para mí sigue siendo un misterio. Un enigma maravilloso.
Aprovechando el tiempo vacacional he subido a un rincón recoleto de la Cresta del Gallo y me he tumbado sobre un manto de secas acídulas, a la sombra de unos pinos, para escuchar el leve susurro del viento. Al igual que otras muchas veces he sentido la paz, cómo llegaba a pasos lentos y me inundaba. Con prontitud he sido cogido por una serie de reflexiones que, por un lado, consistían en buenos propósitos, por otro, pretendían elevarse a las esferas metafísicas. He tirado de ellas hacia abajo para, vuelto a casa, dejarlas por escrito, que es como decir en voz alta. A la misma vez recordaba un viejo poema, quizá no tan viejo, de mi libro Estridularia. Dice así:


Con sus dedos
deletrean los pinos
el nombre de la luz.

Nada deseo.
Apago el murmullo
de ardor y
                     pasión.

Quedo,
             me arrastran y llevan
ominosos suspiros
de la brisa.

Es la forma que adviene,
escondida y secreta,
presencia del azul vibrante,
tenue
y leve,
por las ramas de estos árboles
que la brisa orea.




Todos los derechos reservados
Jesús Cánovas Martínez©