viernes, 22 de enero de 2016

MESARIO

MESARIO
ROSA CAMPOS



De día, diario; de semana, semanario; de año, anuario… Parece que falta un elemento en la serie; sería éste: de mes, mesario, la colección de los doce meses del año, de enero a diciembre, el neologismo que Rosa Campos inventa para darle título a un relato que trata del amor; un amor que nacerá en enero de un año cualquiera, tras las doce campanadas que lo inauguran, e irá tomando cuerpo, forma, densidad, durante los sucesivos meses de ese año.

Caía el frío sobre su viejo gorro que un día fue azul y sin agujeros mientras, tras un pulcro silencio, las doce campanadas sonaban limpias y poderosas en el ambiente, animando a mostrarse efusivos, mediante besos, abrazos y felicitaciones, a todos los congregados en la plaza.

Con esta frase que ya nos da la pista del vigor expresivo de la prosa de Rosa Campos, tan cerca de lo pictórico, comienza Mesario. Ernesto, un indigente que se sabe excluido de toda fiesta o calor humano, desde la atalaya de su soledad —la esquina de una calle que desemboca en el lugar festivo— contempla lo que, a pesar de parecerle una parodia, le hubiera gustado vivir: la bulliciosa recepción del nuevo año. Pero el nómada está condenado a la soledad. Ernesto, aunque lleva bajo su deslucida zamarra una serie de provisiones recogidas en un contenedor, no tiene hambre; así que, dominado por una tristeza extrema, da la espalda a la plaza y comienza un caminar mecánico. De esta forma Rosa Campos nos presenta a uno de los protagonistas de la narración; no tardará en presentarnos al otro: Mila. Sus pasos sin rumbo llevan a Ernesto a una plaza desangelada, tan perdida como él mismo, cuando su pie derecho tropieza con algo pesado. Bajó la vista y se encontró con un cuerpo tendido del que salió una balbuceante voz de mujer.
—¿Es que no me ves, pedazo de bruto? —una ingesta mayúscula de drogas o de alcohol, o de ambas cosas, se deducía del sonido de sus palabras.
Ernesto la aparta del charco de vomitona sobre el que se encuentra, la cubre con periódicos y con harapos que lleva en su mochila, y le da su propio calor tendiéndose junto a ella. A la tímida luz del nuevo día, mientras el hombre piensa que ambos tenían un pasado y no un futuro, descubre que el abrigo que cubre a la mujer es de buen paño y sus manos denotaban un aspecto pulido, adornadas con un anillo y dos sortijas.
Dos soledades juntas, como diría el poeta. Producido el encuentro, comienzan los tanteos del amor, de un amor que nacerá poco a poco entre los protagonistas traspasado siempre por el acicate tremendo de la supervivencia. A Mila la han dejado el marido y los hijos; tras un intento de suicidio fallido la encuentra Ernesto. El hombre y la mujer hablan poco entre sí porque tienen miedo de cansar al otro, de que éste le abandone. Pero en Ernesto se revitalizan los deseos de seguir viviendo porque tiene a alguien, pasados quizá demasiados años, a quien cuidar, y Mila se siente querida por primera vez. Oscurece y cae el frío, desde el portalón donde están refugiados, ven pasar gentes con todo tipo de disfraces. Mila, ante la gravedad con que su compañero observa las máscaras, se atreve a preguntar:

—¿Cuál es nuestro disfraz, el de antes o el de ahora?

Y se suceden los meses. Marzo, en el que las palabras gustan de la diafanidad en crecida de los días, conduce a la extraña pareja a la introspección y la sinceridad. ¿En qué han fracasado sus vidas? Mila se da cuenta de que no ha sabido entregarse a los suyos; dinero no le faltaba en su vida anterior, pero tristemente reconoce que el dinero no puede comprar el amor de las personas. Ernesto, por su parte, fue un ingeniero, casado y con tres hijos, pero siempre antepuso la idealidad a la realidad, así que la realidad terminó por pasarle factura.

El lector atento, conforme avance por las páginas de la novela, se dará cuenta de que estos peculiares seres, aun en su condición miserable, encarnan perfectamente los arquetipos de la masculinidad y la feminidad, el cielo y la tierra. No son personas bellas ni atractivas, y si alguna vez lo fueron, ahora han perdido todo encanto; están desnudos ante sí, y los personajes que una vez representaron ya no tienen lugar. Sólo se tienen ellos, y si viven, si todavía siguen vivos, es porque se cuidan mutuamente. La paulatina luz solar en aumento, la claridad que van ganando los días, le sirve a la autora como metáfora del mutuo desvelamiento de sus intimidades que, tal vez, por pura inercia hace la pareja, del uno para el otro.
Dice la autora de Abril, en preciosa pincelada: Abril, con su jovial candela solar, con su afluencia de hojas puestas en las arboledas y en las plantas de los parques, con su fluir de gente en las calles, dignificaba aún más la vida en su conjunto y la expandía. Y de Mayo: Mayo se abría en canal ante sus ojos. Y de Junio: La luz de los días se iba extendiendo a pasos agigantados, pintando amaneceres de horizonte visible, y trasnochando al extinguirse. Y de Julio: La gente llenaba las calles de hermosura con sus ropas ligeras, ya ajustadas ya amplias, vaporosas… El brío o la parsimonia de la juventud, la mesura en los maduros… Fiesta de la luz, por tanto; la luz sin máculas en la que se transparencian los indigentes, desnudos de falsas identidades; sólo ellos dos frente a un mundo, sino hostil, refractario a la verdad de la vida y del amor. Desde esa condición hasta cierto punto privilegiada de la marginalidad, la pareja contempla, aunque no juzga, ese mundo de las gentes que pasan ignorantes del propio sentido que pueden adquirir sus vidas, de su verdad profunda.
Mila tiene un constante miedo a ser reconocida; Ernesto no, porque él venía de lejos y nadie sabía qué paradero tenía, o al menos eso quería pensar. Sin embargo, la causalidad —así cabría pensar cuando se desconocen la multiplicidad de circunstancias que condicionan una vida— elige a Ernesto. Mientras Mila atiende a su aseo en la estación de autobuses que les sirve de refugio, no sin un vuelco del corazón, Ernesto ve que su mujer, Celia, y sus dos hijas, Isa y Marta, están a la espera de un autobús. Ernesto se esconde y las acecha; los recuerdos de su vida pasada pronto lo herirán, y las viejas heridas se abrirán para supurar de nuevo. No obstante ambos fueron niños, y a los dos, a Mila y a Ernesto, les llegaran retazos de la niñez perdida durante una calurosa tarde del mes de agosto, pero saben ellos que esos recuerdos aluden a un mundo desaparecido y las personas que los pueblan hace tiempo que yacen para no despertar.
No seré yo el que desvele tanto los entresijos de la trama como el final de la narración. Baste decir que Mila, quien pedirá a Ernesto que la llame Milagros —¡ah, los nombres, cuánto significan!—, tomará protagonismo, iniciativa; si hasta un determinado momento vivía su relación con Ernesto de forma pasiva, aceptando la protección del hombre sin más, dejará de lado este papel pasivo y será ella la que de forma activa comience a protegerlo a él. Juntos los dos, sintiendo el mutuo apoyo, se lanzan a reencontrar la dignidad, la que nunca habían perdido. De sus miradas ya ha desaparecido cualquier tipo de espejismo, el paso por la miseria más descarnada, les ha servido de acicate y ha sido para ellos terapia capaz de cauterizar sus heridas.

Como última consideración quiero resaltar algo importante; el lector de la reseña se habrá percatado de que no me he referido a los protagonistas como amantes. No lo son si la condición de amantes implica la vivencia de la sexualidad; ésta no existe entre ellos. Llega un momento en que Ernesto estruja a Mila entre sus brazos, pero ella lo rechaza; aunque sí, es cierto, después se arrepiente. Esta circunstancia llevaría a profundizar en la psicología de los personajes, sin embargo yo quiero limitarme únicamente a apuntarla. Quede para el lector, junto a la consideración de otros planteamientos, dicha reflexión.  
Mesario supone una metáfora o alegoría sobre el amor humano, transida de extrema ternura. Expone el estado de derrota de dos seres que, tras el mutuo reconocimiento por el amor, son capaces de remontarse desde el suelo de la abyección y elevar un vuelo hacia la verdadera vida.


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                                   Jesús Cánovas Martínez©


                                   Filósofo y poeta